La obsesión igualitaria de estos tiempos puede ser examinada por medio de un experimento menta —con la intención de mejorar el conocimiento.

Constrúyanse con la imaginación dos escenarios sencillos,

  • (1) el de una sociedad en la que las personas son distintas, únicas e irrepetibles, claramente desiguales y
  • (2) el de una sociedad en la que las personas son iguales, todas son prácticamente una copia de la otra.

Sí, ya sé que son escenarios imaginados y opuestos, pero servirán para producir ideas y aclarar conceptos. Primero, el asunto de cómo tratar a cada una de las personas en cada una de esas dos sociedades —suponiendo que la intención es tratarlas con igualdad.

En el segundo escenario, el de las personas que son todas iguales o casi, se tiene una situación que será considerada como admirable por quienes ambicionan a la igualdad como prioridad social. Su meta ha sido alcanzada con creces. ¿O no?

¿Cómo funcionaría esa sociedad de personas casi iguales? ¿Cómo debían ser tratadas? Imagínelo usted. Me parece obvio que ellas tendrían que ser tratadas con desigualdad si es que esa sociedad quiere funcionar.

Un ejemplo extremo en este experimento mental. Supóngase que todos tienen el mismo gusto por ser dentistas y ambicionan serlo. O que un tercio de ellos son iguales en sus talentos artísticos, otro tercio en sus habilidades literarias y el tercio restante iguales en sus inclinaciones políticas.

La supervivencia de esa sociedad dependería en tratar diferente a sus miembros y obligar a algunos a ser cirujanos, choferes, ingenieros, cocineros, agricultores; todo eso que se necesita para vivir y que solo podría lograrse tratando desigualmente a las personas. Unas tendrían que ser obligadas a ser banqueros, pero otras seguirían con sus gustos literarios.

Concluyo que en una sociedad de ciudadanos iguales —si ella quiere seguir existiendo— se tendrían que tomar medidas que trataran a las personas de manera desigual. Una forma de actuar que chocaría contra la mentalidad que ve en la igualdad humana la ambición única.

Voy ahora al primer escenario, el de una sociedad con personas distintas, cada una única y diferente. En esta sociedad hay una variedad gigantesca de habilidades, talentos, conocimientos, actitudes, personalidades, ambiciones—es decir, una sociedad desigual con personas muy diferenciadas entre sí.

La pregunta que debe hacerse es cómo tratar a estas personas tan dispares. Pero antes de responderla habrá que explorar si esa sociedad tiene alguna dosis de realidad. ¿Es así la sociedad que contemplamos a nuestro alrededor? Sin duda lo es, lo que significa que este escenario no es un producto de la imaginación, sino una realidad cotidiana.

Muy bien, pero la pregunta subsiste, esa de cómo tratar a las personas que son tan desemejantes entre sí. No solo de edad y sexo, sino de inclinaciones, gustos, talentos, habilidades, opiniones, actitudes. ¿Tratarlas igual o desigualmente?

La respuesta es paradójica: deben ser tratadas con igualdad, con las mismas reglas y bajo los mismos principios. Uno de ellos es la libertad, el permitir que todas ellas puedan dedicarse a lo que más quieren. Quien sea que quiera especializarse en literatura medieval italiana, que lo haga sin que nadie le fuerce a ser dentista, o agricultor (recuerde a Pol Pot).

Esta es la paradoja que creo debe resaltarse —una sociedad de personas iguales necesita usar reglas desiguales para tratarlas (recuerde al régimen soviético). Pero una sociedad de personas desiguales necesita tener reglas iguales para tratar a todas de la misma manera.

El lector perspicaz señalará que si bien eso es cierto, aún queda un problema por ver, el de la desigualdad económica. Es cierto y debe examinarse cuidando de no confundirla con pobreza.

La desigualdad económica es digna de ser atendida cuando ella apunta a un problema de pobreza inmóvil, es decir, de personas que por generaciones han tenido una vida de bajo estándar (la pobreza móvil o momentánea es otra cosa). Y, más que un problema de desigualdad, es uno de pobreza causal no remediable con programas de dádivas y obsequios.

La desigualdad económica es una realidad sin prioridad cuando ella apunta a «pobres», como se definen en mediciones relativas, que en realidad tienen ingresos satisfactorios, aunque bajos en relación a otros, pero cuya vida no está bajo estándares problemáticos y no son inmóviles.

En fin, mi idea fue proponer un experimento mental que ayudara a entender la ambición igualitaria que tanta efervescencia presenta en estos días —y seguir el razonamiento que surge de allí, descubriendo ideas que ayudan a comprender mejor a la realidad.

Y mi intención fue combatir a quienes entran al tema con una conclusión terca ya tomada y que les impide reconocer a la realidad, que es lo que al final de cuentas debe desearse.

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