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Impuestos buenos y malos. Las máximas fiscales de los impuestos razonables. ¿Cómo deben ser los impuestos? ¿Qué requisitos deben cumplir para ser positivos? ¿Qué deben evitar los impuestos para no ser causas de retraso?

Introducción

Existen respuestas a esas preguntas. Criterios que sirven para distinguir entre impuestos buenos y malos.

Las respuestas tratadas en esta columna son las de Adam Smith en su célebre libro, Wealth of nations, a selected edition. (Kathryn Sutherland). Oxford. Oxford University Press, Book V, Chapter II «Of Taxes», pp. 451-454. 

Cuatro máximas fiscales: impuestos buenos y malos

Smith da comienzo a sus reflexiones sobre los impuestos. Según él hay cuatro principios que deben respetar las medidas fiscales. El autor las llama máximas sobre los impuestos.

1. Los impuestos deben pagarse

Se trata de reconocer que los ciudadanos deben pagar impuestos. Los ciudadanos tienen la obligación de pagar impuestos al gobierno en proporción al ingreso que cada ciudadano disfruta bajo la protección de la autoridad civil.

Los dos elementos son claros en esta primera de las máximas fiscales.

Uno, la labor de proteger los intereses de los ciudadanos, que realiza el gobierno. Y dos, el pago de impuestos que como contrapartida hace el ciudadano.

Es como el caso de quienes viven dentro de una gran propiedad, en los tiempos de Smith, que están obligados a contribuir a los gastos de esa propiedad en proporción a los intereses que en ella tengan.

El gobierno da protección civil y el ciudadano paga impuestos por ese gozo de la protección de sus intereses. Un impuesto bueno, entonces, es el que produce esa protección, un impuesto malo es el que no lo hace.

2. Impuestos claros y no arbitrarios

Los impuestos deben ser ciertos y no caprichosos ni volubles.

Las fechas de pago de los impuestos, la forma de pago, la cantidad a pagar. Todo debe ser claro para el contribuyente y para todos. No deben prestarse a confusiones.

La razón es obvia. Si los impuestos no son claros, el contribuyente es puesto en manos del recolector de impuestos, quien puede tomar decisiones arbitrarias, e imponer terror en el ciudadano. O incluso hacerse de ganancias personales indebidas por causa de esa falta de claridad. 

La incertidumbre y la imprecisión en las cuestiones fiscales provoca la insolencia y la corrupción en las personas que, por sus puestos, ya son odiados aún sin ser ni desvergonzados, ni corruptos. 

La claridad y la certeza en las materias fiscales es de tanta importancia que un pequeño monto de incertidumbre en ellas puede ser peor que una considerable falta de igualdad ciudadana en otras cuestiones.

Otra de las máximas fiscales para distinguir entre impuestos buenos y malos. El buen impuesto es el que es claro y cierto, el que no se presta a varias interpretaciones. El impuesto malo es el complejo e incomprensible.

3. Impuestos sencillos

Los impuestos deben ser hechos fáciles y cómodos para el contribuyente.

Todo impuesto debe ser cobrado de la manera y en el momento que sea mejor para el ciudadano. Los impuestos deben, por tanto, regularse con acomodo al contribuyente, haciendo que ese pago sea fácil y sencillo.

Otra de las máximas fiscales y que se refiere a sencillez. Es decir, impuestos que se adaptan a las necesidades del contribuyente. En buen impuesto hace eso, el impuesto malo, no.

4. Impuestos mínimos y eficientes

Esta cuarta de las máximas fiscales de Smith y que ayuda a diferencias entre impuestos buenos y malos.

Esta máxima tiene dos elementos. 

Monto bajo

El buen impuesto debe quitar lo menos posible de las personas, es decir, el impuesto debe ser bajo, lo más bajo posible, para que no se afecte el presupuesto de la persona.

En este sentido, Smith nos recuerda que los impuestos son un pago. El que el ciudadano realiza a cambio de la protección civil que le brinda la autoridad.

Como en el caso de cualquier otro artículo o servicio, conviene que ese pago sea reducido.

Los impuestos deben ser de tal magnitud que no se afecte el bolsillo del contribuyente. Un buen impuesto hace eso. Un mal impuesto afecta ese bolsillo. La idea de Tocqueville sobre impuestos justos e injustos enriquece aún más esta consideración.

Aprovechados en su totalidad

El impuesto recolectado debe llegar en su totalidad o gran parte al tesoro público.

Smith da gran importancia a esta reflexión sobre los impuestos: no sólo las cargas fiscales deben ser bajas, también lo que ellas producen debe llegar por entero al erario. 

El gobierno necesita ese dinero para poder cumplir con su función de proteger los derechos de los ciudadanos. Una máxima fiscal esencial, pues, de la actividad fiscal es la eficiencia con la que se hace llegar el impuesto hasta las arcas de la autoridad. 

Impuestos buenos y malos, otras precisiones

Smith complementa las máximas fiscales con precisiones adicionales.

Cuando los impuestos llegan disminuidos a la autoridad, ello puede deberse a un sistema caro de recolección de esos impuestos. Si eso sucede, la autoridad podría llegar a decretar mayores impuestos para compensar ese gasto. 

Por tanto, entre impuestos buenos y malos, el bueno será ese que es eficiente y barato.

Impuestos como obstáculo al trabajo

Puede ser que las cargas fiscales pongan trabas y obstáculos al trabajo de los ciudadanos. Los impuestos pueden llegar a tales montos que se piense que no vale la pena entrar a nuevos negocios.

Es decir, esta otra de las máximas fiscales, señala los impuestos pueden llegar a magnitudes que destruyan los fondos y los capitales que facilitarían el pago de los impuestos.

Entre impuestos buenos y malos, el bueno se distingue porque que mantiene el incentivo personal de trabajar y no es confiscatorio.

Con malos impuestos altos, la autoridad corre el riesgo de destruir los medios que sirven para pagar impuestos. La autoridad puede matar a la gallina de los huevos de oro.

Penas y castigos fiscales

Los castigos y las penas dados a quienes han tratado de evadir los impuestos pueden ser tales que les causen la ruina. Y si se les arruina, entonces se da término al capital que tanto beneficio puede dar a la sociedad con la creación de empleos.

No es que la evasión de impuestos no se penalice, sino que se tiene que hacer sin que eso signifique la quiebra del capital. Otra de las máximas fiscales.

También, cuando las personas son sujetas a frecuentes visitas de inspectores fiscales y a sus odiosos exámenes y auditorías, esas personas están expuestas a problemas innecesarios, a vejaciones y a opresiones.

Desde luego ese mal trato que puede recibirse no tiene un costo expresado en dinero, pero, dice Smith, la vejación es ciertamente algo equivalente a un gasto que los ciudadanos estarán dispuestos a evitarse.

El modo y estilo de las inspecciones fiscales también debe cuidarse, pues es una parte integral de la política fiscal.

Y una cosa más…

Las máximas fiscales de Adam Smith pueden causar una reacción aprobatoria que sería superficial. Sus puntos son en buena parte válidos, pero hay aspectos que no son precisamente razonables. Una de ellas es la del pago proporcional.

Sin embargo, las máximas fiscales de Smith permiten juicios razonables para distinguir entre impuestos buenos y malos.

Véase, «El fondo de los impuestos» para una breve mención de la crítica de M. Rothbard. Vale la pena.

Esta columna fue publicada en abril de 1998 y se presenta aquí con pequeñas modificaciones.

[La columna fue revisada en 2019-06]