Impuestos buenos y malos

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¿Cómo deben ser los impuestos? ¿Qué requisitos deben cumplir para ser positivos? ¿Qué deben evitar los impuestos para no ser causas de retraso?

Hay una respuestas en la obra de Adam Smith (1993). Wealth of nations, a selected edition. (Kathryn Sutherland). Oxford. Oxford University Press, Book V, Chapter II «Of Taxes», pp. 451-454. 

Smith da comienzo a sus reflexiones sobre los impuestos, mencionando que según él hay cuatro principios que deben respetar las medidas fiscales. El autor las llama máximas sobre los impuestos.

1. Los impuestos deben pagarse

Se trata de reconocer que los ciudadanos deben pagar impuestos. Los ciudadanos tienen la obligación de pagar impuestos al gobierno en proporción al ingreso que cada ciudadano disfruta bajo la protección de la autoridad civil.

Los dos elementos son claros: la labor de proteger los intereses de los ciudadanos, que realiza el gobierno, y el pago de impuestos que como contrapartida hace el ciudadano. Es como el caso de quienes viven dentro de una gran propiedad, en los tiempos de Smith, que están obligados a contribuir a los gastos de esa propiedad en proporción a los intereses que en ella tengan.

El gobierno da protección civil y el ciudadano paga impuestos por ese gozo de la protección de sus intereses.

2. Impuestos claros y no arbitrarios

Los impuestos deben ser ciertos y no caprichosos ni volubles. Las fechas de pago de los impuestos, la forma de pago, la cantidad a pagar, todo debe ser claro para el contribuyente y para todos. No deben prestarse a confusiones.

La razón es obvia. Si los impuestos no son claros, el contribuyente es puesto en manos del recolector de impuestos, quien puede tomar decisiones arbitrarias, e imponer terror en el ciudadano, o incluso hacerse de ganancias personales indebidas por causa de esa falta de claridad. 

La incertidumbre y la imprecisión en las cuestiones fiscales provoca la insolencia y la corrupción en las personas que, por sus puestos, ya son odiados aún sin ser ni desvergonzados, ni corruptos. 

La claridad y la certeza en las materias fiscales es de tanta importancia que un pequeño monto de incertidumbre en ellas puede ser peor que una considerable falta de igualdad ciudadana en otras cuestiones.

3. Impuestos sencillos

Los impuestos deben ser hechos fáciles y cómodos para el contribuyente. Todo impuesto debe ser cobrado de la manera y en el momento que sea mejor para el ciudadano. Los impuestos deben, por tanto, regularse con acomodo al contribuyente, haciendo que ese pago sea fácil y sencillo.

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4. Impuestos mínimos y eficientes

Esta cuarta de las máximas de Smith tiene dos elementos. 

Primero, el impuesto debe quitar lo menos posible de las personas, es decir, el impuesto debe ser bajo, lo más bajo posible, para que no se afecte el presupuesto de la persona. 

En este sentido, Smith nos recuerda que los impuestos son un pago, el que el ciudadano realiza a cambio de la protección civil que le brinda la autoridad. Como en el caso de cualquier otro artículo o servicio, conviene que ese pago sea reducido.

Los impuestos deben ser de tal magnitud que no se afecte el bolsillo del contribuyente. 

Segundo, el impuesto recolectado debe llegar en su totalidad o gran parte al tesoro público. Smith da gran importancia a esta reflexión sobre los impuestos: no sólo las cargas fiscales deben ser bajas, también lo que ellas producen debe llegar por entero al erario. 

La preocupación de Smith en este sentido es clara, hay que cuidar que el dinero de los impuestos llegue al erario. El gobierno necesita ese dinero para poder cumplir con su función de proteger los derechos de los ciudadanos. Una parte esencial, pues, de la actividad fiscal es la eficiencia con la que se hace llegar el impuesto hasta las arcas de la autoridad. 

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Cuando los impuestos llegan disminuidos a la autoridad, ello puede deberse a un sistema caro de recolección de esos impuestos, con un número grande de personas, cuyos sueldos pueden significar una proporción importante de lo recolectado. Si eso sucede, la autoridad podría llegar a decretar mayores impuestos para compensar ese gasto. 

O puede ser que las cargas fiscales pongan trabas y obstáculos al trabajo de los ciudadanos. Los impuestos pueden llegar a tales montos que se piense que no vale la pena entrar a nuevos negocios. Los impuestos pueden llegar a magnitudes que destruyan los fondos y los capitales que facilitarían el pago de los impuestos. Una buena política fiscal es, por tanto, ésa que mantiene el incentivo personal de trabajar, que no es confiscatoria.

Un peligro de los impuestos es enorme: la autoridad corre el riesgo de tener impuestos que pueden destruir los medios que sirven para pagar impuestos. La autoridad puede matar a la gallina de los huevos de oro.

Los castigos y las penas dados a quienes han tratado de evadir los impuestos pueden ser tales que les causen la ruina. Y si se les arruina, entonces se da término al capital que tanto beneficio puede dar a la sociedad con la creación de empleos. No es que la evasión de impuestos no se penalice, sino que se tiene que hacer sin que eso signifique la quiebra del capital.

También, cuando las personas son sujetas a frecuentes visitas de inspectores fiscales y a sus odiosos exámenes y auditorías, esas personas están expuestas a problemas innecesarios, a vejaciones y a opresiones. Desde luego ese mal trato que puede recibirse no tiene un costo expresado en dinero, pero, dice Smith, la vejación es ciertamente algo equivalente a un gasto que los ciudadanos estarán dispuestos a evitarse.

El modo y estilo de las inspecciones fiscales también debe cuidarse, pues es una parte integral de la política fiscal.

Nota del Editor

Las máximas fiscales de Adam Smith pueden causar una reacción aprobatoria que sería superficial. Sus puntos son en buena parte válidos, pero hay aspectos que no son precisamente razonables. Véase, «El fondo de los impuestos» para una breve mención de la crítica de M. Rothbard. 

Esta columna fue publicada en abril de 1998 y se presenta aquí con pequeñas modificaciones.

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