La ardua tarea de la inclusión financiera en México es la idea de Manuel Sánchez González en su columna.

La inclusión financiera, entendida como la proporción de la población y las empresas que usan productos y servicios financieros, es un componente potencial del desarrollo económico.

El acceso y aprovechamiento de esos medios permite a la sociedad ahorrar, realizar transacciones, obtener financiamiento y asegurarse contra riesgos de manera eficiente.

Así, la inclusión financiera hace posible que el público administre mejor sus ingresos y sus gastos, liquide y reciba rápidamente pagos, acometa proyectos productivos y enfrente eventuales vicisitudes económicas, entre otras aplicaciones.

Ahora bien, las personas que comúnmente carecen de acceso a las posibilidades ofrecidas por los intermediarios financieros son aquellas con bajos ingresos, muchas de las cuales habitan en localidades alejadas de las zonas urbanas. 

De ahí que, después de ciertos niveles, la mayor inserción implique, esencialmente, la participación de segmentos poblacionales de escasos recursos en el sistema financiero.

Existe evidencia de que la inclusión financiera puede contribuir a impulsar, por algún tiempo, la actividad económica, así como a reducir la pobreza. 

Sin embargo, los posibles beneficios no ocurren de forma automática, sino que requieren un ambiente propicio para que la población incorporada pueda aprovechar adecuadamente los productos y servicios financieros y, de esta manera, ampliar sus oportunidades de bienestar.

En otras palabras, desde un punto de vista de políticas públicas, la inclusión financiera no constituye una panacea, alcanzada la cual no se requeriría algo más para que los pobres superaran su situación de penuria.

Los requisitos del desarrollo económico son múltiples, incluyendo obviamente la educación y la adquisición de habilidades para las actividades productivas, así como un sólido Estado de derecho. Sin estas condiciones, el acceso financiero difícilmente puede rendir frutos.

Por otra parte, la inclusión no debería perseguirse a ultranza ya que, además de no justificarse en casos de ausencia de demanda por productos financieros, tiene el potencial de generar resultados indeseables. 

Por ejemplo, promover masivamente el endeudamiento de los nuevos sectores incluidos conlleva el riesgo de conducir a la insolvencia y a la aflicción de los acreditados, con peligros de inestabilidad financiera.

Tal vez sea esa la razón por la que los estudios empíricos encuentran que el acceso a los productos de ahorro y a los medios eficientes de pagos, más que al crédito, contribuye a reducir, con mayor frecuencia, la pobreza.

En México, por mucho tiempo, el sistema financiero ha ampliado sus canales de distribución y ha incrementado el número y la calidad de sus productos y servicios, con lo que ha aumentado su acceso y las posibilidades de progreso social. Empero, prevalecen rezagos significativos.

Por ejemplo, la información de la CNBV revela que, en 2017, 1.6 por ciento de las personas con quince años o más vivía en municipios sin ningún canal de acceso financiero, incluyendo sucursales, corresponsales, cajeros automáticos y terminales punto de venta. Además, 7.6 por ciento habitaba en localidades sin sucursales.

El mayor crecimiento de los canales se ha basado en corresponsales, los cuales ofrecen un número reducido de servicios a nombre y por cuenta de los bancos. 

Sin embargo, como suelen coincidir con cadenas comerciales o grandes almacenes, estos agentes tienden a ubicarse en localidades urbanas, haciendo poco probable el acceso desde poblados lejanos.

Además, de acuerdo con el INEGI, en 2015, 56 por ciento de los adultos en el país carecía de una cuenta bancaria. Datos más recientes de la CNBV apuntan a que sólo 15 por ciento de las cuentas transaccionales está ligado a un número celular.

En transacciones, ha aumentado la intensidad en el uso del efectivo a pesar de la expansión en el número de operaciones por medios electrónicos y por internet. Asimismo, para remesas de Estados Unidos únicamente 28 por ciento de los migrantes posee cuentas en ambos lados de la frontera.

Las estadísticas anteriores sugieren que la inclusión financiera es relativamente baja, considerando la escasa utilización de los productos y servicios de ese sistema por parte de grandes segmentos de la población.

Las oportunidades de avance son evidentes a la luz del potencial de la tecnología para proporcionar servicios de bajo costo, el constante proceso de innovación y el elevado porcentaje de adultos bancarizados y no bancarizados que posee teléfono celular. La tarea de la inclusión financiera es ardua, pero bien conducida, puede generar beneficios extraordinarios.

Nota del Editor

Esta columna fue publicada anteriormente en El Financiero. Agradecemos el amable permiso de reproducción. El autor fue subgobernador del Banco de México de 2009 a 2016. Desempeñó diversos cargos en BBVA Bancomer. Fue director general del CAIE en el ITAM.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.