Intensidad ideológica

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Cuando la ideología a la que la persona se ha adherido reclama conformidad absoluta, de esa persona se espera lealtad irrestricta e incondicional, incluso por encima de la lógica, las evidencias y la realidad.

Es un fenómeno de congruencia mental. Una estrategia para enfrentar contradicciones. Algo que en el terreno político sucede con frecuencia.

Un ejemplo, el de una persona de izquierda convencida, que critica con vehemencia la violación de derechos humanos en los regímenes de Pinochet o Franco; pero que permanece callada ante hechos similares en los regímenes de Cuba y Venezuela.

Es un mecanismo mental que lanza fallos condenatorios a representantes de opiniones contrarias a la suya por las mismas faltas que perdona a representantes de opiniones similares a la propia. La misma conducta en perdonada en unos casos y reprobada en otros.

Le sucede a la izquierda, pero el resto de las posiciones políticas no está exento de cometer el mismo error. Creo que esto puede explicarse con una variable vital en terrenos políticos: la intensidad de la creencia, especialmente cuando es una ideología.

Sea la persona conservadora o progresista, liberal o socialista, ella siempre está en riesgo de que sus opiniones muten en una fuerza que le demande aceptación categórica. Faltar siquiera un poco a la lealtad exigida es un acto equivalente a traición.

Conozco a una persona para quien Ayn Rand (1905-1982) ha tomado esa posición y se ha metido en una caja de la que no quiere salir. Es como ser preso por voluntad propia. Para otros, es Marx, o cualquiera de los filósofos de antes, o de hoy.

Creo que el punto bien merece una segunda opinión. Es importante señalar eso que puede llamarse «intensidad ideológica» y que produce el rechazo de la razón y de la realidad.

Es un asunto de vehemencia y exaltación que convence a la persona con tal energía de la verdad de sus creencias que le lleva a construir un mundo alternativo en el que esas creencias no tienen oposición. Un asunto de cerrazón mental suficiente como para torcer a la realidad y convertirla a así en un aliado.

Otro ejemplo, el de una persona que reprobaba a un presidente por la misma política que propone su candidato favorito. Se muestra en este caso una variante de la intensidad ideológica, la de la intensidad fanática: una persona es convertida en un líder digno de culto incuestionable.

Lo que señalo es en lo general un padecimiento producido por la ausencia del pensar y razonar y que produce un convencimiento absoluto acerca de algo que no está sujeto a discusión alguna. Como los dogmas ideológicos del socialismo en Cuba o Venezuela, o los dogmas personalistas de Hugo Chávez y Fidel Castro. Hitler y Stalin son los ejemplos más famosos, con sus respectivas ideologías.

La intensidad ideológica se muestra en la incapacidad para razonar y dialogar con opiniones opuestas. Un caso más reciente es el de la defensa de la homosexualidad, sustentada en el lanzamiento de adjetivos, como «homofóbico» a sus opositores.

Es decir, el rechazo del diálogo razonado es un síntoma de esta intensidad ideológica que se encuentra por todas partes. Algo que tiene un gran aliado en la idea de la posverdad, por la que la realidad no importa frente a los sentimientos personales.

Un problema serio surge de todo esto, el de la anulación de los mecanismos de corrección de errores. Las causas de fracasos se acumulan y la realidad empeora, pero eso no importará a quienes por principio la desechan como poco importante.

El gradual empeoramiento de las situaciones en Cuba y Venezuela muestra la ausencia de mecanismos para corrección de errores. Era obvio que podía verse que iban por mal camino antes de que llegaran a situaciones críticas. Y, sin embargo, en un hecho que no tiene explicación lógica, la intensidad ideológica impidió corregir errores.

El sistema económico mexicano es un ejemplo curioso de esto. Sin haber producido resultados positivos sostenidos durante décadas, un candidato a la presidencia, López Obrador, propone intensificar ese mismo sistema.

Parte de lo que sucede en esos casos es una sustitución de personas: los incapaces sustituyen a los capaces, los tontos a los inteligentes, los inhábiles a los talentosos. La intensidad ideológica solo pide lealtad a toda prueba y eso es precisamente lo que no pueden tener quienes piensan y razonan. La lealtad a la ideología y al líder exige la renuncia a la inteligencia.

No sé usted, pero creo que ese tipo de gobierno sustentado en la intensidad ideológica no tiene probabilidad alguna de ayudar a crear bienestar entre sus gobernados.

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