Justicia económica emocional

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¿Qué es justicia económica. ¿Cuál es su significado? Tiene ella connotaciones admirables, intenciones loables. Pero su dimensión práctica tiene problemas considerables.

Justicia económica está bien representada en esta mentalidad:

«[…] creemos que una vida digna es una cuestión de derechos, no de caridad. Todos los habitantes de la Tierra deberían poder tener libre acceso a alimentos, agua potable, sanidad, educación. Poder guarecerse bajo un techo y taparse con algo de ropa. Sin embargo, esos derechos tan básicos le son negados sistemáticamente a millones de personas en todo el mundo» inspiraction. org

Separemos sus elementos, aislando sus dos componentes.

Primero. el de los objetivos e intenciones, los que se entienden como «una vida digna» para todos. La que es definida como «libre acceso» a varios bienes y satisfactores, como agua o comida, casa o vestimenta.  Esto, se afirma, es algo que no tienen millones, pero deberían tenerlo.

No hay duda alguna que esa inquietud es laudable e implica una inquietud moral que merece elogios. Sin embargo, ella no está exenta de problemas que la afectan profundamente.

Segundo, el componente de su implantación y que tiene facetas posibles de ver una por una.

La vía para esa vida digna se entiende como una de derechos y no de caridad. Así se selecciona el camino del reclamo válido a un alguien que no es definido en específico. Quizá sea la sociedad o, más usualmente, el gobierno.

Lo que se exige es gratuidad: bienes que son regalados a quienes no tienen esa vida digna. Los derechos son, por esto, convertidos en exigencias de satisfactores gratuitos a una entidad indefinida.

Dar agua sin costo, de manera sistemática, regalada, justificado por un derecho ignora una realidad, la de los costos de producción. Lo mismo sucede con otros satisfactores como vestido, comida, servicios médicos y demás. Todo esto tiene un costo de producción, a pesar de lo que se reclama que debe ser regalado.

La situación es curiosa. Las buenas intenciones de ayudar a unos a tener una vida digna contiene las malas intenciones de quitarle a otros los bienes que han fabricado con su trabajo. Esto crea un régimen muy especial.

En la sociedad que esa «justicia económica» solicita se olvida toda virtud de caridad y compasión. En ella desaparece el amor al prójimo que es sustituido por los reclamos y las exigencias con carácter obligatorio que fuerzan a la realidad de que para elevar la dignidad de unos debe ser disminuida la dignidad de otros.

Los problemas de esa mentalidad peticionaria comienzan con su solicitud genérica que ignora a la persona y se dirige a la sociedad general. Es una demanda abstracta y vacía de justicia social o económica que solamente puede concretarse por medio de un poder despótico que ejecute acciones forzando un cierto patrón de uso de satisfactores o bienes.

Siguen los problemas con las consecuencias de olvidar que esos satisfactores deben ser producidos y que eso tiene costos: los trabajos e iniciativas de personas que serían obligadas a donar lo producido, por la fuerza. Difícilmente podría considerarse justo el quitarle a cualquiera el fruto de su trabajo. El fin, recordemos, no justifica los medios.

Querer hacer más digna la vida de unas personas no podría justificar el hacer menos digna la vida de otros, especialmente cuando esos otros son quienes producen los bienes que se pretende hacer de libre acceso y sin costo.

En su fondo, quizá, las peticiones de justicia económica adolecen de las consecuencias de la prioridad emocional. Las buenas intenciones engendran inquietudes morales considerables entre quienes tienen las intenciones más dignas de elogio, lo que crea un desasosiego de tal magnitud que hace olvidar a la realidad.

Como quien en su deseo desmesurado de evitar muertes por caídas propone medidas que ignoran a la gravedad. Con la consecuencia lamentable que esa desazón emotiva produce regímenes tiranos que reducen la dignidad de la vida de todos los gobernados.

Mi impresión es la de no poca cantidad de personas que están inspiradas por los más altos y altruistas objetivos, que tienen los mayores sentimientos caritativos y que poseen las mayores ansias de ayuda al prójimo, caminando por sendas que las extravían.

Quizá sea una agitación moral desmedida la que les lleva a creer en utopías posibles, o simplemente una ingenuidad descomunal. No lo sé.

Pero es obvio que el concepto de justicia económica, tal como suele ser reclamado, lleva a usar la virtud de la caridad para destruirla y anularla. La retira de la persona para convertirla en fuerza gubernamental viciosa,

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