La Magia de «Social»

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Es como magia del lenguaje. Una palabra que hechiza y encanta. Me refiero a ‘social’ y el efecto que tiene. Uno de extraña fascinación en usos frecuentes y demasiadas veces sin sentido.

El caso clásico es el de la expresión ‘justicia social’, una especie de pleonasmo pues la justicia no tiene otra aplicación que no sea dentro de un contexto que no sea social. Y, sin embargo, se adiciona a cuanta palabra se pueda para darle algún sentido distinto.

No es infrecuente que se hable de ‘turismo social’ o de ‘medios de comunicación social’, o de ‘responsabilidad social’ como si existieran esas cosas fuera de entornos sociales. Este fenómeno nos obliga a hacer esa presunta simple. ¿Por qué?

Debe haber alguna razón por la que se añade esa palabra ‘social’ intentando así darle un valor agregado imaginado a cualquiera que sea el término al que se le añade.

Añadir ‘social’, creo, proporciona una carga de significado que adiciona un elemento caritativo de ayuda a personas pobres, o en alguna situación considerada desventajosa. Una connotación vaga, sin gran utilidad.

Pero lo más interesante y que bien vale una segunda opinión es un fenómeno curioso de desplazamiento de palabras. El término ‘social’ ha sido exitoso substituyendo poco a poco a otras palabras como ‘bueno’ o ‘moral’. En lugar de decir que algo es una obligación moral, por ejemplo, se dice que es una obligación social.

Haga la prueba y lo verá. Decir que algo es ‘social’ equivale a dejar de usar otras palabras como ‘ético’, ‘recto’, ‘decente’ y, sobre todo ‘justo’. La sustitución lingüística tiene una consecuencia notable, especialmente en lo que se refiere a las atribuciones de un gobierno.

Cualquier decisión o acción a la que se le añada ‘social’ obtiene una aprobación casi automática que le da un sello de deseable y conveniente, sin importar de qué se trate, ni qué sea lo que se proponga hacer. Cualquiera puede obtener aprobaciones instantáneas si en vez de proponer «economía de mercado» aboga por «economía social de mercado», como si hubiera mercados fuera de la sociedad.

Esta magia de ‘social’ como adjetivo es reconocido. Vea usted, por ejemplo, esta definición de social:

«2 Que repercute beneficiosamente en toda la sociedad o en algún grupo social» es.oxforddictionaries.com

Y allí da un ejemplo: «destinaron el dinero del premio a obras sociales». No a obras de caridad, sino a obras ‘sociales’. Esta es la manera en la que cualquier revolución se convierte en fuente de hechizo general cuando se dice que es una «revolución social».

La magia del adjetivo es notable y tiene un uso de enorme utilidad para el político, al que facilita el discurso vago e impreciso, que a pesar de su ambigüedad e indefinición, puede resultar de enorme atractivo popular. Si afirma él que su plan de elevar el gasto público es aumentar el gasto social, por ejemplo, gozará de una preaprobación  entusiasta. No es casualidad que los gobernantes sean quienes más usan el adjetivo.

Esto es digno de hacerse explícito. Recuerde usted que ‘social’ ha reemplazado a ‘justo’ y ‘moral’, de manera que el gobernante que diga que propone un gasto social está siendo entendido como proponente de un gasto justo, moral y ético. Sin darse cuenta que cuando habla de justicia social en realidad está diciendo «justicia justa».

La sustitución es bastante más que un fenómeno lingüístico. Tiene consecuencias políticas considerables, pues cualquier cosa que proponga hacer el gobernante recibe una aprobación instantánea y, de esa manera, amplia sus poderes. Es decir, añade funciones y responsabilidades que van más allá de las propias de un gobierno.

La magia de lo ‘social’ entonces aumenta el tamaño del gobierno por medio de la acumulación de toda responsabilidad a la que se añada el adjetivo y el gobierno sufre una mutación. De gobierno pasa a ser una agencia moral:

«Propone López Obrador creación de constitución moral. Ante militantes de MORENA en el Estado de México, López Obrador recalcó la necesidad de fortalecer valores morales y espirituales». excelsior.com.mx

Esto es una consecuencia de esa sustitución de palabras y que sucede sin que sea realmente percibida por la inmensa mayoría. Puede llamarse intervencionismo moral y consiste en una responsabilidad estatal añadida: ser una fuente de preceptos morales en el que el principio central es «todo lo que hace el gobierno es bueno y justo».

La situación es peligrosa y conduce a, mínimo, despotismo, porque viola la noción de separación de poderes. Los principios éticos o morales deben ser autónomos e independientes del gobierno, igual que el banco central debe tener autonomía y los legisladores deben ser independientes del ejecutivo.

La magia de ‘social’ es en realidad una maldición.

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