La razón moral

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¿Por qué obedecer a la moral? ¿Por qué tener reglas morales?

Un niño puede responder que la moral sirve para poner alto a las diversiones que tiene. Un adulto puede responder que sirve para hacer más armoniosas las relaciones entre personas.

C. S. Lewis, (1898-1963) contesta también diciendo que las respuestas anteriores son visiones muy limitadas. Las reglas morales van mucho más allá de buscar mejorar las relaciones entre los humanos y de suspender las diversiones.

Lo primero que hace Lewis es tomar a las reglas morales y darles una defición.

Ellas son las instrucciones para caminar, las direcciones para orientarse y tener dirección. Cada una de las normas morales tienen un fin simple: anticipar y prevenir accidentes, percances, contrariedades y malos resultados.

Esta naturaleza de las reglas morales permite comprender que ellas interfieran en la conducta personal. Hay una gran cantidad de acciones que las personas pueden realizar, pero que en producirían esos accidentes, percances, contrariedades y malos resultados.

Para entenderlo mejor, las reglas morales marcan acotamientos a la conducta humana, límites a lo que puede hacerse. Líneas divisorias que determinan que mientras que todo puede hacerse, no todo debe hacerse, marcando la orientación y dirección de la conducta personal.

Una vez entendida esa función de las reglas morales, Lewis apunta dos maneras en las que la conducta personal puede faltar a esas líneas divisorias entre lo que puede hacerse pero no debe hacerse.

1. Cuando los hombres chocan entre sí y se hacen daño entre ellos.

2. Cuando hay daños internos en los hombres y se hacen daño a sí mismos.

Lewis ilustra esa dos maneras de las reglas morales para evitar daños usando una comparación con una flota de barcos. La expedición conjunta de las embarcaciones será exitosa si ellas no chocan entre sí, si no dificultan unas a otras la ruta que se han marcado.

La comparación muestra esa primera posibilidad, la de las reglas morales evitando que las personas se hagan daño unas a otras en esa trayectoria. Pero eso no es todo.

El viaje en común de esos barcos, si quiere ser exitoso, necesita que las embarcaciones en lo individual no sufran daños ellas mismas; que no fallen sus timones, ni sus motores. Las fallas internas de cada barco alterarán la travesía del total de ellos.

Esta es esa segunda forma de daño que la moral persigue evitar, el daño a sí mismo. La conclusión que se sigue de eso es la obvia: las reglas morales persiguen orientar a la conducta personal para evitar daños a otros pero también a uno mismo.

Así se llega al gran punto de C. S. Lewis, el resaltar que la moral es algo que va más allá de la limitada idea de llevarnos bien con los demás, de tratarlos bien y con justicia.

Estos son tiempos en los que, dice el autor, la atención se coloca en la primera de esas líneas divisorias, la de evitar dañar a otros. Tiempos en los que se olvida que la moral también tiene ese otros propósito, el de evitar dañarnos a nosotros mismos. El punto es vital para nuestra época.

Si se relega la idea de que la moral también da dirección a la conducta propia, a la que pone límites para evitar daños internos, la moral se convierte en un simple mandato de «mientras no hagas algo que lastime a los demás, tú puedes hacer lo que te venga en gana».

La moral también busca evitar los daños internos de la persona y no solamente los daños a terceros. Lewis recurre de nuevo a la comparación con la flota de barcos.¿Qué provecho tiene que los barcos sigan instrucciones de no chocar entre ellos, cuando haya barcos con incapacidad de maniobra?

Es decir, de poco servirán las reglas de buen trato a otros si dentro de nosotros existen mismos existe odio, envidia ira y rabia que nos dificultarán respetar esas reglas.

El punto de Lewis es diáfano. No se trata de dejar de pensar en mejorar las relaciones entre humanos. Se trata también de aceptar que esas mejoras dependen en mucho de lo que existe en lo interno de los individuos. El tratar bien a otros dependerá en muy buena parte de la moral interna de cada persona.

Esto tiene impactos en las leyes. Las leyes no pueden hacer buenas a las personas, no se dirigen a su interior, sino a las relaciones entre ellas. Y estas relaciones dependen de lo que hay en el interior de cada persona.

Y tiene impacto en una forma de pensar en estos tiempos. Existe una mentalidad que afirma que si lo que la persona hace no lastima a terceros, entonces nada hay de malo en lo que ella haga, no importa qué, nada de malo puede tener.

Siguiendo a la comparación con los barcos, eso significaría creer que lo que se hace dentro de cada barco es asunto propio e individual de ellos mientras no se choque con el resto de las embarcaciones. El problema es visible ya: lo que se hace dentro del barco puede alterar su capacidad de navegación y hacer que se choque con otros.

C. S. Lewis ha tratado dos elementos hasta ahora, pero introduce un tercero:

1. La moral guiando a la conducta entre personas.

2. La moral guiando a la conducta interna de la persona.

3. El destino de esos barcos que navegan juntos.

¿Qué destino tienen, a dónde van, a qué puerto? Para responder a este tercer elemento debe anticiparse que creencias diferentes producirán respuestas distintas. Contestaciones en las que entran en juego las creencias religiosas produciendo diferentes respuestas.

Esto es lo que da pie para que Lewis presente un elemento cristiano, el de la vida eterna de cada persona. Ese es precisamente el puerto al que nos dirigimos. Si los las personas no tuviéramos la vida eterna, aceptaríamos que existiera una buena cantidad de cosas por las que no debíamos preocuparnos.

Pero, si es verdad que tenemos el destino de una vida eterna, entonces todo cambia drásticamente. Tendremos que tomar las cosas muy en serio. El asunto es básico y central.

Lewis agrega el elemento de nuestras imperfecciones. Defectos, como el ser soberbio, enojón o celoso, que tal vez empeoren con los años, lo que podría ser tolerable si la vida no fuera eterna. Pero esos defectos se convertirían en un infierno infinito en una eternidad.

Si el Cristianismo es verdadero, la palabra exacta y precisa para describir la situación de sufrir eternamente esos defectos es «infierno». El peor de todos los tormentos, vivir eternamente con esas imperfecciones. Lo que hace la diferencia entre una mala situación temporal y el infierno, es la inmortalidad del hombre.

Si acaso vamos rumbo a una vida eterna, más nos vale llegar sin esas imperfecciones. Si los hombres vivieran sólo unos setenta, ochenta, o noventa años, resulta obvio que lo que más importaría sería la sociedad, la civilización o la nación.

Pero si el Cristianismo es verdadero, cada persona es infinitamente más importante que la sociedad, el gobierno, o la nación. Simplemente porque cada persona es eterna.

Con la primera de las partes hay consenso; muy pocos dejarían de cooperar. Los desacuerdos surgen con la segunda y tercera de las partes de la moral. Es en la tercera en la que se encuentran las principales diferencias entre el Cristianismo y las demás religiones.

Nota del Editor

La idea de este resumen fue encontrada en la obra de Lewis, C. S (1960). Mere Christianity. New York. Collier books, «The three parts of morality», pp 55-59. La columna fue publicada originalmente en diciembre de 1997 y aquí se presenta con importantes cambios.

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