Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Libertad: gestos y rostros
Selección de ContraPeso.info
13 febrero 2018
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Asuntos
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El valor de la libertad reflejada en la cara de la persona, esta es la idea de Álvaro Feuerman en su columna.

Benito Pérez Galdós (1886), en su célebre novela Fortunata y Jacinta, describe a un personaje, llamado Maximiliano Rubín, como una persona extremadamente fea y enfermiza. Pero su vida cambia notablemente al encontrar el amor de su vida:

“El cataclismo amoroso varió su configuración interna. Considerábase como si hubiera estado durmiendo hasta el momento en que su destino le puso delante la mujer aquella…

«Cuando yo era tonto —decía sin ocultarse a sí mismo el desprecio con que se miraba en aquella época que bien podría llamarse antediluviana—, cuando yo era tonto, éralo por carecer de un objeto en la vida. Porque eso son los tontos, personas que no tienen misión alguna».

Ayn Rand (1957), defensora acérrima de la libertad, en su célebre novela La Rebelión de Atlas, insiste, a través de los personajes protagonistas, en la necesidad de tener un propósito en la vida.

Queda claro en la novela que sólo aquellas personas con algún propósito en particular aprecian la libertad y luchan por ella.

Es particularmente curioso que, además, pareciera sugerir que la condición de tener un propósito en la vida influye también en los rasgos físicos y los gestos de las personas.

En el inicio de la novela, Dagny Taggart, la protagonista, cuyo «rostro, compuesto de planos angulares, destacaba una boca muy bien dibujada, una boca sensual que mantenía cerrada con inflexible precisión», escucha una sinfonía que la lleva a un estado de contemplación.

Para describir la música, utiliza la siguiente expresión:

«Poseían la excitación de algo recién puesto en libertad y la tensión que abriga un propósito firme… Era el canto de una inmensa liberación».

Cuando describe los rostros de los protagonistas, asocia la condición de tener un propósito firme con rasgos firmes en sus caras:

«Le gustó aquel rostro. Sus líneas eran firmes y compactas y no tenía ese aspecto fláccido de quien elude la responsabilidad de una forma concreta, defecto que había aprendido a observar en los rostros de tantas personas».

De Nathaniel Taggart, el antepasado fundador del imperio Taggart, afirma que: «Se hizo un propósito y luchó por conseguirlo».

Y nuevamente, su personalidad también se manifestaba en su rostro, en su postura y en su gesto:

«un joven alto y apuesto, de rostro anguloso, que erguía la cabeza como si se enfrentara a un desafío y gozara con su capacidad para salir airoso de la prueba».

El quiosquero de la estación principal de los trenes Taggart, resume el problema de entonces diciendo que:

«Antes pasaban por aquí a toda prisa. Resultaba admirable verles. Su prisa era la de quienes saben adónde van y sienten impaciencia por llegar. En cambio ahora su apresuramiento tiene otro motivo: el miedo. No los empuja ningún propósito, sino tan solo el miedo».

En un diálogo entre los dos principales protagonistas, Dagny Taggart pregunta a Francisco d’Anconia: «— Francisco, ¿cuál es el tipo más depravado que existe? — El hombre que carece de propósitos».

Hank Rearden, otro de los protagonistas, afirma también que: «Para mí tan sólo existe una forma de depravación humana: el hombre que carece de propósito».

Rand también asocia la determinación de Rearden con su aspecto y su rostro: «Era alto y apuesto… Tenía el rostro tallado por prominentes pómulos y agudas líneas».

Y más adelante: «Las líneas de su rostro estaban tensas, confiriéndole una pureza peculiar, una agudeza y precisión que las hacían más limpias y más jóvenes».

Más adelante, Rearden contempla la ciudad y reflexiona:

«Las dos cosas van juntas: las formas angulares de los edificios y las líneas angulares de un rostro privado de todo aquello que no constituya un propósito firme… Así fueron todos cuantos vivieron para inventar las luces, el acero, los hornos, los motores… Mientras supiera que existía un hombre con valor para concebir nuevas ideas…».

Y continúan las asociaciones entre las personas con propósito de vida y con sus rostros:

«Rearden miró a Francisco, viendo un rostro cuya expresión los situaba por encima de su concepto de lo que la pureza de un propósito puede obrar en la actitud de un hombre; era el rostro más implacable que hubiera podido contemplar jamás».

Para Rand, el propósito, junto con la razón y la estima propia, constituyen «los valores supremos de la vida».

Las personas sin propósito no hacen ni están interesadas en hacer uso de su razón para actuar y tratar de alcanzar la felicidad. Esto constituye la mayor depravación posible.

Respecto de esa asociación intuitiva del aspecto, el gesto, la expresión y el rostro de las personas, con sus valores y en particular con sus propósitos, la encuentro muy afín con la siguiente cita de Ernesto Sábato (1961) en su Autorretrato:

“Creo que fue Leonardo el que afirmó que a los cincuenta años cada uno tiene la cara que se merece. Sobre ella han ido —lenta pero inexorablemente— dejando sus huellas los sentimientos y las pasiones, los afectos y los rencores, la fe, la ilusión, los desencantos, las muertes que vivimos o presentimos, los otoños que nos entristecieron o desalentaron, los amores que nos hechizaron, los fantasmas que nos visitaron (de muertos en los sueños, de personajes que nos arrastran, y también los enmascarados de nuestras propias ficciones, que al mismo tiempo nos expresan y traicionan).

«Esos ojos que revelan con sus lágrimas las tristezas, esos párpados que se cierran por sueño o por pudor o por astucia, esos labios que se aprietan por empecinamiento o por despiedad, esas cejas que se contraen por inquietud o por extrañeza o que se levantan por interrogación o duda, esas venas que se hinchan por rabia o sensualidad, van delineando arruga tras arruga el diseño que finalmente el alma imprime sobre esa carne sutil y maleable de nuestro rostro. Revelándose así según esa fatalidad del alma, que sólo puede existir encarnada y manifestándose a través de esa materia que es su prisión y a la vez su única posibilidad de existencia.

Sí, ahí lo tienen: con cruel y delicada exactitud, en estos retratos está, como un condenado entre rejas, mi propio espíritu: el rostro con que observo el Universo”.

Bibliografía

  • Benito Pérez Galdós. 1886. Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas.
  • Ayn Rand. 1957. La rebelión de Atlas. EPub.
  • Ernesto Sabato. 1961. Sobre héroes y tumbas. Autorretrato.

Nota del Editor

Esta es la cuarta columna de Álvaro Feuerman sobre la libertad, tratando ahora el valor que la libertad tiene para quien también tiene un sentido de propósito en su vida y, no sorpresivamente, el efecto que eso tiene en su expresión.

Agradecemos al autor el amable permiso de publicación. Sus columnas pueden ser vistas en ContraPeso.info: Álvaro Feuerman.

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