Libertad: la manía de merecer todo

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La conexión entre libertad y merecimiento es la idea de Álvaro Feuerman en su columna. Agradecemos al autor el amable permiso de publicación.

Vivimos en una época en que impera un mandato según el cual todo debe merecerse, posiblemente por oposición a épocas anteriores, en las que la condición del hombre estaba mucho más marcada por su nacimiento que por sus logros, y sus potencialidades se encontraban muy limitadas por su condición social.

Sin embargo, este extremo, mediante el cual toda riqueza debe merecerse previamente y, de no ser así, el Estado bien tiene el derecho de tomarla para redistribuirla, es uno de los mayores enemigos de la libertad, y conduce a su destrucción.

Si hemos de hablar sobre la libertad, bien vale la pena dedicarle unas palabras a este grosero malentendido.

Todos los mecanismos de redistribución, y en particular el impuesto a la herencia, se sustentan en este tipo de razonamientos, y se encuentran instalados en casi todos los países del «mundo civilizado».

Respecto de las buenas intenciones, el mismo Karl R. Popper (1945), en su libro La Sociedad Abierta y sus Enemigos, dice en su prefacio a la edición revisada, con cierta culpa dudosa respecto de si había criticado en exceso a Platón y a Marx, que advierte

«con mayor claridad que nunca, que aún los conflictos más graves provienen de algo no menos admirable y firme que peligroso, a saber, nuestra impaciencia por mejorar la suerte de nuestro prójimo» (p. 5).

Debemos destacar que esa impaciencia puede resultar muy dañina, y que en ningún caso el fin justifica los medios. Es decir, que los medios deben ser justos en sí mismos; de no ser así, medios injustos no se justifican con fines loables.

Del afán justiciero se deriva también la idea de que la libertad —o el mercado— sólo es moralmente aceptable en la medida en que resuelva todos los problemas de la humanidad, acabe con la pobreza, la inseguridad y demás.

Frente a estos razonamientos, es muy acertada la frase de Manuel Azaña: «La libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres».

Queda claro que la libertad no resolverá todos nuestros problemas, pero si prescindimos de ella para buscar las soluciones, dejaremos de vivir como seres humanos y el remedio será peor que la enfermedad. En otras palabras, no hay recetas. O, como decía un tío lejano: «There is no free lunch».

En su artículo «¿Por qué los intelectuales se oponen al capitalismo?», Robert Nozick (1984) intenta explicar por qué tantos intelectuales (poetas, novelistas, cánticos literarios, periodistas de diarios y revistas y numerosos profesores) se oponen al capitalismo en una forma, a su juicio, exagerada, a pesar de que en la sociedad capitalista disponen de libertad para expresarse y para vivir de su trabajo.

Comienza su explicación de este modo:

«Los intelectuales piensan que son las personas más valiosas, las de mayor mérito, y que la sociedad debería premiar a la gente en función de su valía y mérito. Pero una sociedad capitalista no cumple el principio distributivo “a cada uno según sus méritos o valía”. Aparte de los regalos, las herencias y las ganancias del juego que se dan en una sociedad libre, el mercado distribuye a aquellos que satisfacen las demandas de los demás expresadas a través del mercado, y lo que distribuya de este modo depende de lo que se demande y del volumen del suministro alternativo».

Y encuentra la raíz del problema en la educación:

«¿Qué factor provocó la sensación, por parte de los intelectuales, de que tenían un valor superior? Voy a centrarme en una institución concreta: las escuelas… Las escuelas se convirtieron en la principal institución al margen de la familia para forjar las actitudes de los jóvenes, y casi todos los que más tarde se convirtieron en intelectuales pasaron por la escuela. Allí triunfaron. Se les juzgaba frente a otros y se les consideraba superiores. Se les ensalzaba y premiaba, eran los favoritos de los profesores. ¿Cómo podrían dejar de sentirse superiores? Diariamente experimentaban diferencias en la facilidad para las ideas, en el ingenio. Las escuelas les decían, y les demostraban, que eran los mejores… Las escuelas, también, exhibían y por tanto enseñaban el principio de la recompensa de acuerdo con el mérito (intelectual). Al intelectualmente meritorio se dirigían las alabanzas, las sonrisas de los profesores y las calificaciones más altas. En la moneda que ofrecían las escuelas, los más inteligentes constituían la clase alta».

Por otro lado, en el mercado las recompensas se establecen de otro modo:

«Ahí las principales recompensas no eran para los más brillantes verbalmente. Allí a las habilidades intelectuales no se les concedía el mayor valor. Instruidos en la lección de que ellos eran los más valiosos, los que más merecían la recompensa, los que mayores derechos tenían a la recompensa, ¿cómo podían los intelectuales, por lo general, dejar de estar resentidos con la sociedad capitalista que les privaba de las justas retribuciones a que les “daba derecho” su superioridad?».

Nozick concluye entonces que: «El sistema escolar crea por tanto un sentimiento anticapitalista entre los intelectuales».

Y agrega que:

«No sorprende, por tanto, que la distribución de los bienes y recompensas por medio de un mecanismo distributivo centralizado sea más tarde considerada por los intelectuales como más apropiada que la “anarquía y el caos del mercado”. Porque la distribución en una sociedad socialista planificada centralmente es a la distribución en una sociedad capitalista como la distribución por parte del profesor es a la distribución [de aceptación y de amistad] por parte del patio [los compañeros y amigos]».

En su libro Camino de Servidumbre, Friedrich A. von Hayek (1944) parece compartir una teoría similar, aunque en este caso, en lugar de referirse a los «intelectuales», alude a los «especialistas», es decir, a los técnicos de cualquier rubro que claman por el avance del socialismo y la restricción de las libertades, para llevar a cabo sus preferencias personales:

«Aunque es el resentimiento del especialista frustrado lo que da a las demandas de planificación su más fuerte ímpetu, difícilmente habría un mundo más insoportable —y más irracional— que aquel en el que se permitiera a los más eminentes especialistas de cada campo proceder sin trabas a la realización de sus ideales».

Bibliografía

Nota del Editor

Esta es la sexta columna de Álvaro Feuerman sobre la libertad, tratando ahora a la libertad y el ataque que ella sufre por parte de los sentimientos indiscriminados de merecer lo que alguien cree que merece y que no obtiene en libertad.

Agradecemos al autor el amable permiso de publicación. Sus columnas pueden ser vistas en ContraPeso.info: Álvaro Feuerman.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.


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