Libertad: verdad como aliado

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La íntima conexión entre la verdad y la libertad es la idea de Álvaro Feuerman en esta columna. Agradecemos al autor el amable permiso de publicación.

«Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Juan 8, 32.

Considero que aquellos que tienen en gran estima a la libertad, se caracterizan por:

  • Buscar la verdad.
  • Con humildad, con sabiduría, con prudencia.
  • Verificar y revisar sus hipótesis y resultados.
  • Descartar toda tentación de querer imponer esa verdad a los demás.
  • Motivados por amor.

Hablar de la verdad no es sencillo. En nuestros tiempos, es políticamente incorrecto, en alto grado. Más aún con una cita del Evangelio de San Juan.

Buscar la verdad… en la visión que impera actualmente, suena como algo propio de fanáticos locos, de gente autoritaria, de gente cerrada, estructurada y poco creativa, que acaso cree que existe tal cosa como la verdad. Y mencionar al amor…

Sin embargo, hay una clara conexión entre verdad y libertad.

Dejemos de lado el aspecto religioso, y vayamos al ejemplo que Roberto Ampuero y Mauricio Rojas (2016) relatan en su libro, Diálogo de Conversos.

Mauricio Rojas y un grupo de amigos, militantes de la revolución comunista en Chile, se encontraban exiliados en Suecia en 1977. Estaban atrapados por el partido, que «mentía, manipulaba y buscaba un activismo suicida», pero son literalmente liberados por las palabras sinceras de un camarada que los aconseja con honestidad y con buena intención.

«A su juicio, la política del partido de mandar a sus mejores cuadros jóvenes a una muerte segura era criminal. En Chile no había ninguna condición [para lograr los resultados esperados]… y todo lo que se nos decía… eran puros cuentos… Cuento corto, este compañero nos llamó a una reunión en Estocolmo, donde planteó todo esto. Lo hizo con fuerza y, además, con cariño y preocupación por esas jóvenes vidas que tenía delante de él. Fue el discurso más importante que he escuchado en mi vida, y me salvó… Sus palabras tuvieron en [ellos] un efecto liberador… De esa manera, unos veinticinco miristas rompieron con el partido y decidieron seguir su camino propio».

El ejemplo no requiere mayores aclaraciones: la verdad les devolvió la libertad a Rojas y a sus compañeros.

Cuando nacemos, los seres humanos estamos naturalmente inclinados hacia la verdad. Tenemos ansias de avanzar en nuestra comprensión del mundo.

Nos entusiasma incorporar mayor comprensión sobre nosotros y sobre los demás, sobre el mundo, sus elementos, y su funcionamiento.

En muchos casos el sistema de educación formal, la presión social y eventualmente algún familiar de influencia nefasta o el contacto a temprana edad con algún líder negativo, pueden reducir y quizás eliminar ese natural entusiasmo.

Erich Fromm (1947) nos ilustra sobre la triste situación de quienes, presionados por un incontrolable deseo de pertenecer, renuncian a ser ellos mismos y a pensar y actuar según sus propios valores, para ser, pensar y actuar «como todo el mundo».

Cuando nos referimos a la verdad, en ningún caso lo hacemos con la pretensión de que ésta consista en algo cerrado y terminado, o posible de alcanzarse en forma completa. La verdad es un camino, una intención.

La verdad existe, aunque no podamos alcanzarla del todo, aunque nuestra comprensión sea imperfecta, aunque siempre podamos mejorar y aumentar nuestros conocimientos.

Por eso decíamos, más arriba, que se trata de una búsqueda con humildad, con sabiduría y con prudencia. Debemos revisar permanentemente nuestros supuestos.

Con relación a las políticas económicas, una buena teoría económica nos permitirá explicar adecuadamente el funcionamiento de la economía, y comprender las complejas relaciones entre las instituciones, las leyes, los integrantes del mercado, sus preferencias, y la tecnología y demás circunstancias.

Una buena teoría económica, nos acerca a la verdad. Nos permite actuar con mayor efectividad. Pero actuar, ¿hacia dónde? La dirección de nuestras acciones no está dada por la teoría económica, ni por nuestro conocimiento del mundo, sino por nuestros valores e intereses.

Una buena política económica será aquella que nos permita actuar de acuerdo con nuestros valores e intereses, es decir, alcanzar los resultados que deseamos, según nuestros valores e intereses.

Existe aquí cierto tipo de retroalimentación, dado que un mayor conocimiento de nosotros mismos y del mundo nos ayudará sin duda para identificar nuestros valores con más precisión, y para definir nuestras prioridades ante situaciones complejas.

Y, finalmente, nos encontramos necesariamente con la cuestión más políticamente incorrecta de todas, aquello que puede invalidar un trabajo por falta de rigor científico, y que también puede cambiar el mundo; aquello sin lo cual no tiene tanto sentido hablar de libertad, ni de verdad, ni de alguna otra cosa, porque quizás nada existiría realmente sin él: es el amor.

Si buscamos dentro de nosotros mismos, bien al fondo de nosotros, seguramente encontremos amor. Porque el amor es lo más importante, y es la razón de ser de nuestras vidas.

Y si lo que nos motiva es el amor, seguramente defenderemos nuestra libertad, allí donde haga falta, porque sin libertad, no hay amor, ni compasión; sólo hay mentira, error y esclavitud, resentimiento y odio, miseria y desesperanza.

Sin libertad no hay amor, porque el amor sólo puede ser voluntario. Si intentamos convertirlo en obligatorio, lo transformaremos en esclavitud. Aquel que actúa motivado por amor, jamás tendrá la pretensión de imponer su verdad a los demás.

Al margen de lo anterior, si bien no lo puedo demostrar, estoy convencido de que hay una íntima conexión entre la verdad y la belleza, y de que quien con honestidad busca la verdad, también busca la belleza. Amor, verdad y belleza, van juntos.

El amor puede salvarle la vida a un prisionero de un campo de concentración, o a un militante comunista a punto de embarcarse en una guerra revolucionaria.

Y también puede evitar que caigamos en ese laberinto tan engañosamente atractivo del conformismo automático que nos impide transitar nuestro propio camino y buscar nuestra felicidad.

Sí, el amor puede cambiar al mundo, y puede hacerlo más bello. Y, para eso, los seres humanos necesitamos vivir en libertad.

Bibliografía

  • Biblia de Jerusalén. 4a edición. (2009). Desclée De Brouwer.
  • Roberto Ampuero y Mauricio Rojas. Diálogo de Conversos. Debate. 2016.
  • Erich Fromm. 1947. El Miedo a la Libertad. Editorial Paidós.

Nota del Editor

Esta es la séptima columna de Álvaro Feuerman sobre la libertad, tratando ahora a la libertad y su aliado leal, la verdad, con una conclusión: el amor que siendo voluntario solo es posible en libertad.

Agradecemos al autor el amable permiso de publicación. Sus columnas pueden ser vistas en ContraPeso.info: Álvaro Feuerman.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.


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