Lo que no tiene precio

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Es una dificultad de valuación. O, mejor dicho, dificultad para traducir la valuación a precios.

Uno puede conocer el precio de la cerveza. Varias marcas compiten entre sí y eso presiona hacia abajo los precios. Los consumidores, queriendo beber, presionan hacia arriba los precios. Y el resultado se ve en partes variadas, por ejemplo, en el supermercado y los precios de cada marca.

Así funciona nuestro universo y la valuación de los recursos disponibles. Todo eso que tiene un precio expresado en dinero. Pero, ¿cómo ponerle precio a eso que no lo tiene?

Me refiero a eso que no estamos dispuestos a ceder. Lo que decimos que «no tienen precio». Suponga usted el caso extremo, el de un mártir que no renuncia a su religión incluso ante amenazas de muerte y suplicio. Sus creencias no tenían precio, eso que uno pone como condición de intercambio.

Piense usted en la situación de alguien que frente a usted pone una pistola y le pide su billetera. ¿Cambiaría su vida por la billetera? Tendría más sentido darle la billetera si eso hace que le deje a usted con vida. La vida, no tiene precio, al menos en este caso.

Mi punto es que existen ciertas cosas que tienen tanto valor que están exentas del sistema económico de intercambio. Y que si alguna vez se llega a situaciones de intercambio, esas cosas tienen un valor altísimo, difícilmente expresado en dinero.

Un caso interesante, para este tema, es el secuestro. Un joven es secuestrado y su padre recibe una nota pidiendo dinero por la vida del hijo. Aunque se exprese eso en dinero, ¿es posible ponerle precio a la vida del hijo? Un precio por el que el padre esté dispuesto a intercambiarlo por algo que valore más.

Piense usted en eso que usted tenga en tan alta estima que concluya que «eso no es negociable». El amor en un matrimonio, por ejemplo, no es algo que fije sus precios en un mercado. Como tampoco la vida en un mercado en el que se ofrezca la vida propia a cambio de algo.

Me refiero a esas cosas que no tienen posibilidad de estar sujetas a mercados de oferta y demanda, con precios que fluctúen. Aunque son cosas que sí significan costos o, mejor expresado, sacrificios personales. La educación cada a los hijos, sin duda, tiene un costo para sus padres (parcialmente expresado en el costo de las escuelas).

Quizá sea que esas cosas para las que no existen mercados con sistemas de precios fluctuantes sean de tal naturaleza que signifiquen sacrificios personales considerables. La negativa de alguien que rechaza o acepta, por ejemplo, un millón de dólares por ceder a su esposa una noche a otro hombre. O quien niega o acepta participar en sobornos cuantiosos.

Supongamos a alguien, un científico, que niega o acepta una posición de muy alto ingreso que le hubiera significado dejar su puesto de investigador en una universidad, con un ingreso mucho menor.

Hasta aquí, he propuesto que hay cosas cuyo valor no puede ser expresado en precios que sirvan a su intercambio. Vida, amor, conocimiento, creencias, valores, cosas como esas y cuya naturaleza lleva a la idea de sacrificio personal.

Es la zona de lo inmaterial. Esa que no está sujeta al sistema de precios e intercambios, sino más bien a eso que conocemos como sacrificio personal: privación, abnegación, renuncia y cosas por el estilo. En contraste con lo material que es sujeto de ese sistema de cálculos de intercambios expresados en precios.

Y, finalmente, creo que una sociedad entra en problemas severos cuando lo inmaterial se convierte en práctica común de ser algo sujeto a precio. Como, por ejemplo, cuando la corrupción deja de ser  la excepción y se hace una práctica generalizada.

O cuando se renuncia al uso de la razón y se acepta cualquier mentira si ella significa un beneficio material. Como cuando el ciudadano vota por quien le promete una beca a pesar de ser eso irracional. Como cuando el intelectual abandona la búsqueda de la verdad para apadrinar al gobernante que le promete un lugar importante.

Mucho me temo que, en estos tiempos, hemos perdido el sentido de que hay cosas que no debían tener precio para su intercambio.

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