grandes ideas

Los malos juicios políticos de los intelectuales. Sus equivocadas opiniones políticas. Y, lo más importante, una vez que se conocen esos errores de los intelectuales, ¿por qué los cometen? Estas son algunas razones.

Introducción

Paul Hollander hace de esos temas el propósito de su obra. Examina una realidad innegable. La de intelectuales cometiendo espectaculares fallas en su apreciación de situaciones políticas. De ellos no se esperarían esas tamañas equivocaciones.

El libro usado para este resumen es el de Hollander, Paul. From Benito Mussolini to Hugo Chavez: Intellectuals and a Century of Political Hero Worship. Cambridge University Press. Kindle Edition.

Punto de partida

El autor inicia afirmado que la idea acerca de los intelectuales tiene dos vertientes.

Lo positivo

Una, la positiva, que los toma como una especie de guardianes de la justicia y la razón. Es una visión basada en la expectativa acertada de su papel.

Es una concepción idealizada y que contempla en el intelectual cualidades de gran valor en su crítica social. Poseen además la fuerza que necesita el atreverse a perseguir la verdad y defenderla a pesar del riesgo de sufrir ataques.

Lo crítico

La otra, la vertiente crítica, menciona la falta de contacto del intelectual con la realidad. Son ellos seres humanos al fin y tienen imperfecciones como el resto.

Enfatiza sus tendencias a generalizar y vivir en medio de abstracciones. Además de una tentación que no puede resistir, la de pontificar. Más incluso, su ambición de poder.

Esta vertiente crítica es la que lleva a la explicación del curioso fenómeno los malos juicios políticos de los intelectuales, a veces notablemente espectaculares.

Cualidades de los intelectuales

Con esa introducción, P. Hollander se adentra en el tema exponiendo precisiones más detalladas que profundizan en las cualidades de un intelectual.

La verdad versus el poder

Algunos intelectuales tienen un sueño que implantar, como Gramsci y G. Lukacs, esa sociedad ideal que han creado en su mente. Algo que tiene el aroma del rey-filósofo platónico.

Contiene un dilema inevitable. La búsqueda de la verdad y el tener el poder son situaciones no sencillas de reconciliar.

El intelectual suele sostener alguna idea sobre una sociedad ilustrada, una especie de comunidad ideal iluminada por la razón, en la que se tiene una existencia idílica de prosperidad y paz.

Donde quienes están en el poder son los más preparados, los guías de la humanidad, los intelectuales.

En busca de la sociedad ideal

Este es un punto mayor en el libro. La frecuencia con la que el intelectual sostiene esa idea de la comunidad ideal y ya que el intelectual está por lo general alejado de los polos de poder real, le crea una inclinación a la que cede

El intelectual ansía del poder, ambiciona gobernar, tiene pasión por implantar esa sociedad idealizada que ha concebido. Una buena razón de los malos juicios políticos de los intelectuales.

Sin especialidad

En cuanto a su profesión, no tiene una especialidad. El intelectual puede ser encontrado en diversos campos que tienen alguna relación con actividades de creación y difusión de ideas.

Es lo que podría hacer, por ejemplo, que un novelista famoso exprese opiniones económicas. Otra buen causa de los malos juicios políticos de los intelectuales.

Rechazo de la realidad

Tiene ideas que surgen de las actitudes propias de cada caso particular, pero que contienen elementos críticos acerca de la comunidad en la que viven y, por ende, tienen también elementos prescriptivos, una naturaleza moral.

Siendo críticos de su propia comunidad y teniendo una idea acerca de la sociedad ideal, los intelectuales llegan con facilidad a la posición de un rechazo a la realidad que viven y, sintiéndose marginales dentro de ella, ser tentados por la posibilidad de hacer realidad sus ideales.

Y puede suceder todo eso a pesar de que el intelectual lleve una vida acomodada y goce de prestigio dentro de su comunidad. La vida confortable, sin embargo, no detiene las críticas a su comunidad.

En resumen

Eso les ha valido críticas que cita el autor, como esta de Joseph Epstein (p. 7):

«el intelectual por excelencia, que es lo mismo que decir sin conocimiento alguno especializado estaba él preparado para comentar acerca de todo… y siempre con lo que parecía una confianza inquebrantable».

Un severo crítico de la realidad, sin especialidad propia, que busca una sociedad ideal pero que carece de poder. Una combinación que propicia que los intelectuales emitan opiniones políticas desatinadas cuando en lugar de ir tras la verdad, van en busca del poder para imponer su idea de lo ideal.

Una personalidad de disidente natural

Sigue el autor con otro elemento, la disensión. El intelectual es un disidente natural, alguien que no acepta el status quo y que es oposición y desacuerdo.

Es parte, por tanto, de una minoría que se encuentra en estado de eterna insatisfacción con la realidad.

Parte de esa oposición natural en el intelectual se manifiesta en un estado de indignación y enfado, lo que le otorga una posición elevada, moralmente superior. Sabiendo el intelectual que está en esa situación de mayor altura moral, alimenta su propia personalidad.

Forman ellos, por tanto, una especie de aristocracia solitaria que sostiene ideas que no suelen ser apreciadas en su real valor.

Tienen, como consecuencia, responsabilidades morales significativas que pueden crearles la sensación de estar oprimidos dentro de su comunidad. Se ven amenazados por la realidad que viven.

Los intelectuales, en resumen, según Hollader:

«[…] son personas idealistas, bien educadas, de una disposición para la crítica social y grandes expectativas, preocupadas con asuntos morales, culturales, políticos y sociales, principalmente empleadas en instituciones académicas en departamentos de humanidades y ciencias sociales».(p. 9).

Los intelectuales y las dictaduras

Continuando con su exploración de las razones de los malos juicios políticos de los intelectuales, ahora, el autor introduce una variable adicional.

Hay intelectuales que han vivido en países gobernados por dictadores, y otros que no. Estos últimos observan a las dictaduras a una distancia segura.

El apoyo de intelectuales a regímenes dictatoriales, que es frecuente, resulta curioso porque viviendo en esas comunidades conocen su realidad, mejor que los que viven en sociedades libres. Estos últimos tienen a su favor, al menos, un alegato en su defensa, que es su desconocimiento de la realidad.

Lo que debe sorprender es el apoyo de los intelectuales locales a esas sociedades bajo dominio dictatorial, incluso a pesar de la realidad que lógicamente llevaría al intelectual a su posición natural de opositor.

La expectativa no alcanzada

Y esto da entrada a la razón de ser del resto del libro de Hollander, bajo el supuesto de que se esperaría que el intelectual no simpatizara con regímenes dictatoriales ni totalitarios. Mucho menos se esperaría que los admirara y los promocionara.

Su papel de opositores con altura moral hace que, por ejemplo, resulte sorprendente que siquiera un solo intelectual manifestara su admiración ante Mussolini, Hitler, Stalin, Castro, Mao, Che Guevara y otros personajes que forman el detalle del libro (con amplias citas y evidencias que lo muestran).

Esta es la falla espectacular de muchos intelectuales, sus «juicios políticos algunas veces severamente deficientes».

No se tiene esta expectativa del real intelectual, quien no debe dejar de usar sus habilidades críticas en circunstancia alguna, especialmente cuando son llevados a tours especialmente diseñados por algún régimen para causarles una impresión favorable.

Lo que lleva a preguntas acerca de, por ejemplo, qué es lo que hace que un intelectual, que debe apoyar a la libertad de expresión, lo mueva a mostrar fascinación hacia regímenes que la han anulado.

O que incluso conociendo la barbarie de muchos de ellos, los exalte públicamente. Lo que ese intelectual calificaría de propaganda política dentro de su comunidad libre, deja de ver como propaganda en los regímenes dictatoriales.

Los malos juicios políticos de los intelectuales

Son estas situaciones las que esta obra pretende estudiar. Facetas del intelectual como su aparentemente inexplicable admiración de dictadores, quizá por su personalidad, sus ideas, o la sociedad que pretenden construir.

Los intelectuales no tienen conocimientos especializados, al mismo tiempo que tienen la especialidad de la crítica social y moral de la sociedad en la que viven, con la que están siempre disintiendo.

Se ven a sí mismos como los responsables guías que conducen a un mundo mejor.

Y, sin embargo, a pesar de esa expectativa natural y lógica, existe un buen número de intelectuales que fallan escandalosamente no siendo los críticos que debieran ser cuando se convierten en inocentes admiradores de regímenes dictatoriales y totalitarios que sucumben al anhelo de propuestas de sociedades ideales que justifican cualquier medio.

Con un fenómeno digno de notar, la combinación de una moral absoluta cuando se trata de juzgar a la sociedad libre en la que viven, con una moral relativa cuando justifican a la dictadura que admiran.

Terminan siendo gente como cualquier otra, que es víctima de predisposiciones y prejuicios que explican la atención y percepción selectiva que tienen.

Quizá esta cita ilustre de qué está hablando Hollander en su obra:

«Jerome Davis, profesor en la Divinity School de Yale, llegó a la conclusión de que “sería un error considerar al líder soviético [Stalin] como un hombre deliberado que cree en forzar sus ideas sobre los demás”». pp. 122-123

Concluyendo

Hollander estudia en su obra ese curioso fenómeno de los malos juicios políticos de los intelectuales. Fallas espectaculares de opinión que tienen con una frecuencia no casual.

Concretamente, las equivocaciones que tienen los intelectuales al transformarse en defensores de regímenes dictatoriales y totalitarios, cuando de ellos se esperaría exactamente lo opuesto.

La explicación del llamativo suceso se encuentra en la personalidad misma de los intelectuales.

Son personas de mayor educación e intelecto, con gran tendencia a la crítica de la realidad en la que viven, parte de comunidades académicas. Con preocupaciones admirables.

Y, a pesar de eso, sin conocimientos especializados sucumben con inesperada ingenuidad a la ambición del poder que les lleva a justificar regímenes que violan libertades antes lo que pierden su sentido crítico.

Y unas cosas más

Conviene ver sobre este asunto:

Más sobre el tema de los malos juicios políticos de los intelectuales.

Seducción utópica de los intelectuales

Por Eduardo García Gaspar

Es un fenómeno llamativo el que los intelectuales sean atraídos por visiones utópicas de sociedades ideales. Es decir, de sociedades que coinciden con sus propias ideas implantadas por la fuerza del poder político.

Eso es lo que, en mucho, provoca que los intelectuales ccometan errores garrafales en sus opiniones políticas.

Este es el mismo punto que señala un libro que merece ser leído, uno de Paul Hollander, From Benito Mussolini to Hugo Chavez: Intellectuals and a Century of Political Hero Worship. Cambridge, United Kingdom: Cambridge University Press, 2016

Un ejemplo

Gabriel García Márquez alabando a Cuba, pero viviendo fuera de ella. Los demás ejemplos abundan (vea el libro de Hollander para una lista)

En ese libro se hace una cita de Mark Lilla:

«Distinguidos intelectuales, talentosos poetas y periodistas influyentes invocaron sus talentos para convencer a todos los que les escucharan que los tiranos modernos eran liberadores y que sus crímenes desmedidos, cuando se los veía en la perspectiva adecuada, eran nobles». Mark Lilla Reckless Mind: Intellectuals in Politics.

Un admirador incondicional

El fenómeno es curioso por la contradicción que implica. De un intelectual se espera honestidad mental, objetividad y raciocinio. Pero este nuevo tipo de intelectual es un «filotiránico».

La expresión es de Lilla y nos muestra a un intelectual convertido en agente de relaciones publicas y propaganda de una dictadura.

Con una aclaración significativa, la de que este fenómeno de admiración incondicional a regímenes que anulan libertades no afecta solo a los intelectuales propiamente.

Periodistas, artistas, escritores, pintores, científicos lo sufren. Incluso clérigos y hombres de empresa, por no mencionar a los gobernantes mismos. Incluso a los académicos.

Una conclusión atrevida

Esto es lo que me hizo llegar a una cierta conclusión hace ya largo tiempo, una especie de principio general de razonamiento: cuando un intelectual expresa una opinión política o económica es muy probable que la opinión contraria sea la acertada.

Hace ya años que hice eso con las opiniones de Carlos Fuentes, el célebre escritor mexicano: sus opiniones me servían de evidencia que sugería que lo opuesto era una opinión más razonable.

El hechizo irresistible de una utopía

Muy bien, el fenómeno existe. Es real y demostrable, pero qué lo explica. ¿Qué es lo que convierte a una persona pensante en defensor de lo indefendible, de un totalitarismo que anula libertades y es una dictadura extrema?

Tengo la fuerte sospecha de que eso sucede por una razón central, el hechizo de la utopía propuesta. La persona construye un panorama que le presenta dos alternativas:

A. Su sociedad actual, la realidad presenta. Obviamente es imperfecta, tiene problemas y ellos son serios. La conclusión es la obvia, ellos deben solucionarse.

B. La sociedad perfecta propuesta por el dictador. Una en la que ya no hay problemas y todo es justo, compasivo y amoroso. La conclusión es obvia, debe implantarse esa sociedad. Y debe hacerse a cualquier costo.

Sucede entonces que para el intelectual, y otros más, el líder encarna esa sociedad perfecta y, por tanto, se convierte en su sujeto de admiración incondicional.

Nada de lo que haga, por sangriento que sea, es reprobable. Todo lo justifica esa sociedad perfecta que el dictador busca.

Llámele a esto «seducción utópica», el hechizo que produce creer posible a la sociedad perfecta que se propone. No creo que haya fuerza más poderosa que esta en asuntos políticos.

Es como una poción mágica que, una vez bebida, suprime a la razón. Todo se vuelve creíble y posible, así sea el disparate más absurdo.

Es un problema de idealismo y buenas intenciones, de falta de realismo y de carencia de prudencia. Una especie de frenesí político que todo lo justifica usando a sus buenos propósitos sin que lo demás importe.

Es entonces cuando surge la idea más terrible de la política, cuando el gobernante afirma que él ama al pueblo.

En fin, solo quise apuntar ese curioso fenómeno del intelectual que es hechizado por las utopías propuestas por personajes totalitarios. Una tentación de la que nadie está exento.

Finalmente

La cita de Mark Lilla viene de Reckless Mind: Intellectuals in Politics.

Me recuerdan estas cosas a una película que termina con la lectura del escrito de su personaje central:

«No soy un cliente, un cliente ni un usuario de servicios. No soy un chiflado, ni un mendigo, ni un ladrón. No soy un número de seguro nacional ni una señal en una pantalla. Pagué mis deudas hasta el último centavo y me enorgullezco de hacerlo. No levanto la cara, sino que miro a mi vecino a los ojos y lo ayudo si puedo. No acepto ni busco caridad. Mi nombre es Daniel Blake. Soy un hombre, no un perro. Como tal, exijo mis derechos. Exijo que me trates con respeto. Yo, Daniel Blake, soy ciudadano, nada más y nada menos». De la película Yo, Daniel Blake (mi traducción)

[La columna fue actualizada en 2019-12]