Ofreciendo utopías

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La oferta de utopías —la promesa de sociedades ideales— es uno de los componentes de la campaña electoral típica de las democracias modernas.

Consiste en la ofrenda ritual y continua de situaciones futuras idealizadas —que se condicionan a la elección de un cierto candidato, bajo el formato simple de «si soy elegido haré de este país una perfección».

En toda elección hay promesas absurdas originadas por desconocimiento o por buscar el voto de ingenuo —pero también promesas obvias: educación gratuita, eliminación de delincuencia, ataque a la corrupción, guerra a las drogas, oportunidades para todos y muchas más.

Lo que quiero enfatizar es una modalidad de la promesa electoral y que consiste en la garantía de una sociedad perfecta, o casi —siempre que cierto candidato gane.

Por ejemplo, de un caso real reciente:

«[…] la señal de Internet se recibirá sin costo alguno, será gratuita […] un Estado de Bienestar […] donde todos podamos vivir sin angustias ni temores […] igualitario y fraterno […] una república amorosa […] una manera de vivir sustentada en el amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza, a la patria y a la humanidad […] crecer a una tasa promedio anual de 4 por ciento […] en 2024 creceremos al 6 por ciento […] el campo producirá como nunca […] la delincuencia organizada estará acotada y en reiterada».

Y que tiene una culminación de fantasía:

« En 2024 tendremos una sociedad mejor [… por] haber creado una nueva corriente de pensamiento, por haber consumado una revolución de las conciencias que ayudará a impedir, en el futuro, el predominio del dinero, del engaño y de la corrupción, y la imposición del afán de lucro sobre la dignidad, la verdad, la moral y el amor al prójimo».

López Obrador, a quien pertenecen estas ofertas de perfección, no es el único que las ha formulado —la filosofía que alimenta estas promesas es la misma que nutrió las de regímenes totalitarios, recuerde a Pol Pot, o a alguien más cercano:

«Hugo Chávez soñó un mundo mejor. Y como si fuera un Aladino de la política, con su lámpara maravillosa rebosante de petróleo, comenzó a prometer gestas maravillosas y obras magníficas. Prometía y prometía, rascando su lámpara imaginaria en busca de la revolución. Sus afirmaciones eran tan contundentes que muchos creyeron que aquellos sueños se realizarían de forma automática. Bastaba con que el líder de la revolución gritara con mucha convicción sus promesas de cambio. Incluso se atrevió a poner como prenda su propio nombre: “Declaro que no permitiré que en Venezuela haya un solo niño de la calle. Si no, ¡dejo de llamarme Hugo Chávez Frías!”, se juramentó en su toma de posesión, en 1999». lanacion.com.ar

El hecho que estoy resaltando y que creo que es propio del siglo 20 en adelante, es la venta electoral de milagros y prodigios políticos imposibles que con toda seriedad son lanzados en un nuevo tipo de plataforma electoral — la propuesta utópica de una sociedad perfecta que viene de un cambio en la naturaleza humana que el candidato realizará.

El proponente de la propuesta utópica se considera capaz de modificar una «revolución de las conciencias» que produzca esa sociedad perfecta —siempre que sea elegido y posea el poder que ello necesita, es decir, poder sobre las conciencias de sus súbditos.

El que estas propuestas milagrosas sean tomadas y consideradas con seriedad tiene que ser una de las más inexplicables realidades políticas de nuestros días. Lo que bien pensado habría sido objeto de mofa y sátira, es ahora examinado con respeto y circunspección.

Y esto se debe a una combinación de candor, euforia e insensatez que han llegado a intensidades vehementes.

• Puede ser que el candidato mismo crea sinceramente en la propuesta milagrosa que ofrece —en cuyo caso tendría que concluirse que se trata de un apasionado optimista sin escrúpulos, como escribió R. Scruton.

• Puede ser que una buena parte del electorado crea sinceramente en la promesa milagrosa que se le ofrece —en cuyo caso tendría que concluirse que se trata también de casos de una ingenuidad suprema que ha hecho del candidato una especie de semidiós todopoderoso.

La democracia electoral, por tanto, está en riesgo debido a candor, euforia e insensatez que han llegado a intensidades vehementes en candidatos y ciudadanos.

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