Olvidar presentar cuentas

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Un asunto de rendición de cuentas. Defender a la libertad es inútil si no se acepta que ella implica responsabilidad. Esa aceptación personal de los resultados de los actos propios.

Es una parte de la libertad. Un componente esencial, sin el que todo se viene al suelo. La enseñanza de la libertad sin responsabilidad es igual a fomentar el libertinaje y su acompañante obligado, la irresponsabilidad.

Esta idea, en el terreno político tiene una manifestación muy especial. Se llama rendición de cuentas y es la aceptación de la responsabilidad ante otros y uno mismo. Se entiende como una obligación personal de aceptar la responsabilidad de las acciones realizadas. Es el reporte de los resultados en un negocio, o en el gobierno, o en la vida.

Un reporte claro y transparente de resultados originado por la confianza otorgada. Si se nos confía la libertad, automáticamente se nos da responsabilidad ante nosotros mismos aceptando los resultados de ellas. Si decidimos pasar la vida jugando video juegos, lo que nos suceda deberá ser aceptado.

Cuando se nos confían cosas como un mandato político, digamos la labor de un legislador, de un juez, o de un presidente, la responsabilidad se convierte en rendición de cuentas ante otros. Es decir, el reporte de los resultados logrados con aquello que se nos confió.

No es un concepto extraño. Está profundamente entretejido en nuestra cultura, por ejemplo, en la parábola de los talentos (Mateo 25: 14-30). Y tiene un derivado claro en los negocios, como cuando alguien confía sus bienes en otro.

Deriva también en política. Es parte del sistema republicano con gobiernos que rinden cuentas a los ciudadanos. Una forma para mantener bajo control al gran poder gubernamental, evitando que se vuelva dictatorial y autoritario.

Lo que creo que bien vale una segunda opinión es el olvido de esa idea de rendición de cuentas en el campo de la política. Una amnesia digna de señalar y generada por un rasgo de nuestros tiempos de demasiadas redes sociales y poco seso. Me refiero a las propuestas políticas de sociedades perfectas y utópicas.

«[…] no debemos sorprendernos de que [la rendición de cuentas] sea la primera cosa que desaparece cuando suben al poder los utopistas y los planeadores» R. Scruton.

Es una desafortunada realidad que entre buena parte de los electores domine la idea de las elecciones de gobierno como el clímax del sistema político, una especie de apogeo social indescriptible que, en realidad, tiene una importancia menor. Si, las elecciones son necesarias, pero no merecen esa celebración tan exagerada.

Es una impresión mía, producida por varios años de tratar el tema con otros, que buena parte del electorado entiende que una vez elevado al poder ese que ha ganado las elecciones, el problema político ha sido resuelto. Ahora es cuestión de que el ganador cumpla con lo que ha prometido en su campaña y el electorado se olvida ya de toda idea de participación política (excepto unos a criticar a la autoridad y otros a alabarla).

La omisión a la que me refiero es ese olvido de la rendición de cuentas, sea quien sea que haya sido elegido. Especialmente aquellos que prometieron sociedades perfectas, sin considerar que lo primero que deben hacer es responder por el respeto a la ley y esa concreta idea de rendir cuentas por sus actos.

No tengo la menor duda de que eso no es una tarea grata y que para muchos resulta repulsiva. Las posiciones políticas suelen ser fácil presa de la soberbia y esta repudia a la idea de presentar cuentas. Esta tendencia natural de toda posición de poder a rendir cuentas, y este es mi punto, es mucho más marcada entre quienes adoptan el papel de salvadores sociales o mesías políticos.

¿Quién es el atrevido que se atreve a pedir cuentas al iluminado? Eso es cómo un sacrilegio. ¿Quién tiene la osadía de pedir resultados al experto? Sería una profanación.

Y, si el electorado supone que toda su obligación comienza y termina el día de las elecciones, eso despeja el camino a los gobiernos sin rendición de cuentas, especialmente los prometedores de esperanzas de perfección.

Si me voy al origen, entonces se trata, al final, de una situación de orden moral, concretamente de responsabilidad ante la libertad, de rendición de cuentas ante la confianza. Si a alguien se le confía lo suficiente como para darle poder político, lo mínimo que debe obtenerse de él es el aceptar la obligación de rendir cuentas.

Lo que sucede sin esa obligación lo conocemos de sobra: regímenes dictatoriales y autoritarios, con posibilidad de convertirse en totalitarios. Y eso es muy probable cuando ese que llega al poder siente ser la encarnación de la voluntad popular.

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