Papel del intelectual

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¿Qué es un intelectual? ¿Cuál es su definición? Y, lo más importante, una vez que se conoce al intelectual, ¿por qué en tantas ocasiones falla tan espectacularmente en sus juicios políticos?

Paul Hollander hace de esos temas el propósito de su obra (referencia abajo).

El autor inicia afirmado que la idea acerca de los intelectuales tiene dos vertientes. Una, la positiva, que los toma como una especie de guardianes de la justicia y la razón.

Es una concepción idealizada y que contempla en el intelectual cualidades de gran valor en su crítica social; poseyendo además la fuerza que necesita el atreverse a perseguir la verdad y defenderla a pesar del riesgo de sufrir ataques.

La otra, la vertiente crítica, menciona la falta de contacto del intelectual con la realidad; sus tendencias a generalizar y vivir en medio de abstracciones, además de una tentación que no puede resistir, la de pontificar. Más incluso, su ambición de poder.

Con esa introducción, P. Hollander se adentra en el tema exponiendo precisiones más detalladas que profundizan en las cualidades de un intelectual.

Algunos intelectuales tienen un sueño que implantar, como Gramsci y G. Lukacs, esa sociedad ideal que han creado en su mente. Algo que tiene el aroma del rey-filósofo platónico y contiene un dilema inevitable: la búsqueda de la verdad y tener el poder son situaciones no sencillas de reconciliar.

El intelectual suele sostener alguna idea sobre una sociedad ilustrada, una especie de comunidad ideal iluminada por la razón, en la que se tiene una existencia idílica de prosperidad y paz. Donde quienes están en el poder son los más preparados, los guías de la humanidad.

Este es un punto mayor en el libro. La frecuencia con la que el intelectual sostiene esa idea de la comunidad ideal y ya que el intelectual está por lo general alejado de los polos de poder real, le crea una inclinación a la que cede: el ansia del poder, la ambición de gobernar, la pasión por implantar esa sociedad idealizada que ha concebido.

En cuanto a su profesión, no tiene una especialidad. El intelectual puede ser encontrado en diversos campos que tienen alguna relación con actividades de creación y difusión de ideas. Es lo que podría hacer, por ejemplo, que un novelista famoso exprese opiniones económicas.

Ideas que surgen de las actitudes propias de cada caso particular, pero que contienen elementos críticos acerca de la comunidad en la que viven y, por ende, tienen también elementos prescriptivos, una naturaleza moral.

Siendo críticos de su propia comunidad y teniendo una idea acerca de la sociedad ideal, los intelectuales llegan con facilidad a la posición de un rechazo a la realidad que viven y, sintiéndose marginales dentro de ella, ser tentados por la posibilidad de hacer realidad sus ideales.

Y puede suceder todo eso a pesar de que el intelectual lleve una vida acomodada y goce de prestigio dentro de su comunidad. La vida confortable, sin embargo, no detiene las críticas a su comunidad.

Eso les ha valido críticas que cita el autor, como esta de Joseph Epstein (p. 7):

«el intelectual por excelencia, que es lo mismo que decir sin conocimiento alguno especializado estaba él preparado para comentar acerca de todo… y siempre con lo que parecía una confianza inquebrantable».

Sigue el autor con otro elemento, la disensión. El intelectual es un disidente natural, alguien que no acepta el estatus quo y que es oposición y desacuerdo. Es parte, por tanto, de una minoría que se encuentra en estado de eterna insatisfacción con la realidad.

Parte de esa oposición natural en el intelectual se manifiesta en un estado de indignación y enfado, lo que le otorga una posición elevada, moralmente superior. Sabiendo el intelectual que está en esa situación de mayor altura moral, alimenta su propia personalidad.

Forman ellos, por tanto, una especie de aristocracia solitaria que sostiene ideas que no suelen ser apreciadas en su real valor. Tienen, como consecuencia, responsabilidades morales significativas que pueden crearles la sensación de estar oprimidos dentro de su comunidad; amenazados por la realidad que viven.

Los intelectuales, en resumen, según Hollader:

«[…] son personas idealistas, bien educadas, de una disposición para la crítica social y grandes expectativas, preocupadas con asuntos morales, culturales, políticos y sociales, principalmente empleadas en instituciones académicas en departamentos de humanidades y ciencias sociales».(p. 9).

Ahora, el autor introduce una variable adicional. Hay intelectuales que han vivido en países gobernados por dictadores, y otros que no. Estos últimos observan a las dictaduras a una distancia segura.

El apoyo de intelectuales a regímenes dictatoriales, que es frecuente, resulta curioso porque viviendo en esas comunidades conocen su realidad, mejor que los que viven en sociedades libres. Estos últimos tienen a su favor, al menos, un alegato en su defensa, que es su desconocimiento de la realidad.

Lo que debe sorprender es el apoyo de los intelectuales locales a esas sociedades bajo dominio dictatorial, incluso a pesar de la realidad que lógicamente llevaría al intelectual a su posición natural de opositor.

Y esto da entrada a la razón de ser del resto del libro de Hollander, bajo el supuesto de que se esperaría que el intelectual no simpatizara con regímenes dictatoriales ni totalitarios; mucho menos que los admirara y los promocionara.

Su papel de opositores con altura moral hace que, por ejemplo, resulte sorprendente que siquiera un intelectual manifestara su admiración ante Mussolini, Hitler, Stalin, Castro, Mao, Che Guevara y otros personajes que forman el detalle del libro (con amplias citas y evidencias que lo muestran).

Esta es la falla espectacular de muchos intelectuales, sus «juicios políticos algunas veces severamente deficientes». No se tiene esta expectativa del real intelectual, quien no debe dejar de usar sus habilidades críticas en circunstancia alguna, especialmente cuando son llevados a tours especialmente diseñados por algún régimen para causarles una impresión favorable.

Lo que lleva a preguntas acerca de, por ejemplo, qué es lo que hace que un intelectual, que debe apoyar a la libertad de expresión, lo mueva a mostrar fascinación hacia regímenes que la han anulado. O incluso conociendo la barbarie de muchos de ellos, los exalte públicamente. Lo que ese intelectual calificaría de propaganda política dentro de su comunidad libre, deja de ver como propaganda en los regímenes dictatoriales.

Son estas situaciones las que esta obra pretende estudiar, Facetas del intelectual como su aparentemente inexplicable admiración de dictadores, quizá por su personalidad, sus ideas, o la sociedad que pretenden construir.

Los intelectuales no tienen conocimientos especializados, al mismo tiempo que tienen la especialidad de la crítica social y moral de la sociedad en la que viven, con la que están siempre disintiendo. Se ven a sí mismos como los responsables guías que conducen a un mundo mejor.

Y, sin embargo, a pesar de esa expectativa natural y lógica, existe un buen número de intelectuales que fallan escandalosamente no siendo los críticos que debieran ser cuando se convierten en inocentes admiradores de regímenes dictatoriales y totalitarios que sucumben al anhelo de propuestas de sociedades ideales que justifican cualquier medio.

Con un fenómeno digno de notar, la combinación de una moral absoluta cuando se trata de juzgar a la sociedad libre en la que viven, con una moral relativa cuando justifican a la dictadura que admiran.

Terminan siendo gente como cualquier otra, que es víctima de predisposiciones y prejuicios que explican la atención y percepción selectiva que tienen.

Quizá esta cita ilustre de qué está hablando Hollander en su obra:

«Jerome Davis, profesor en la Divinity School de Yale, llegó a la conclusión de que “sería un error considerar al líder soviético [Stalin] como un hombre deliberado que cree en forzar sus ideas sobre los demás”». pp. 122-123

Nota del Editor

El libro usado para este resumen es el de Hollander, Paul. From Benito Mussolini to Hugo Chavez: Intellectuals and a Century of Political Hero Worship. Cambridge University Press. Kindle Edition.

Cuando inició mi interés en los asuntos políticos, allá por los años 60, gradualmente me di cuenta de que la gran mayoría de los intelectuales célebres eran de clara inclinación socialista y admiradores de sistemas opuestos a la libertad.

Con el tiempo, formulé un principio que me ha servido desde entonces: cuando no se tiene una opinión definida acerca de un tema político o económico, debe buscarse la opinión general de algunos intelectuales selectos; una vez conocida será razonable suponer que la mejor opinión al respecto será la contraria a la de ellos.

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