Pasiones de la democracia 

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Tiene que ver con multitud, tumulto, muchedumbre. Con la conducta de esa horda o tropel. Y, sobre todo, con la exaltación de ella. 

Un escritor lo ha expresado de manera inteligente:

«Pero siempre es mucho más fácil despertar las pasiones de una turba o de una nación entera que disipar la tormenta. Una multitud excitada continúa buscando disfrute a su manera peculiar». Zweig, Stefan. Magellan: Conqueror of the Seas (Ubicaciones Kindle 2093-2095). Plunkett Lake Press. Mi traducción.

Veamos esto pausadamente.

Primero, lo que puede llamarse pasión, delirio, frenesí. Segundo, eso llevado a nivel colectivo dando pie así al entendimiento de lo que es una turba, una muchedumbre.

Y, tercero, la facilidad con la que pueden avivarse «las pasiones de una turba», con la contrastante dificultad de «disipar la tormenta» creada. La turba parece haber adquirido una vida propia que busca seguir viviendo (quizá como con la toma de la Bastilla que inició a la Revolución Francesa).

Con lo anterior en mente, imagino, podrá ser algo más evidente el riesgo de toda democracia que tuerza su idea entendiéndose a sí misma como el instrumento de la voluntad popular o del pueblo o de la nación. Esto es lo que mucho me temo conduzca a «despertar las pasiones en la multitud» y que no se apaciguan con facilidad.

Es un riesgo natural de la democracia el despertar pasiones populares, avivar rivalidades y excitar tumultos. Y, por siempre, ese riesgo que en muchas ocasiones es mantenido bajo control, en otras se desboca haciendo de la libertad su primera víctima.

Y es que se convierte en hábito electoral el que los candidatos acudan más al despertar pasiones políticas que al sembrar explicaciones y apelar a la razón del votante. Sin duda, un camino simple y más efectivo para ganar elecciones, pero que tiene ese riesgo, el del frenesí de la muchedumbre que es difícil de detener.

Esto es lo que creo que bien merece una segunda opinión, el peligro natural de toda democracia de dejar de ser un procedimiento para la defensa de las libertades y tornarse en un instrumento de la pérdida de ellas en medio de las pasiones que la misma democracia ya no pueda apaciguar.

La democracia, vista con un poco de reflexión, es muy poco atractiva si en ella no existen elementos institucionales, eso que se describe como ‘república’ y que es, al final de cuentas, un guardián contra las pasiones de la democracia.

Un guardián que por definición debe tener su principal sustento en las ideas y valores que, aunque sea de manera simple y primitiva, contenga la mente de la mayoría del electorado, sin lo que su idea de democracia será torcida y riesgosa.

Porque, al final de cuentas, la democracia supone personas que son capaces de gobernarse a sí mismas y a quienes resulte odiosa la idea de un gobierno que, anulando sus libertades, les impida ese autogobierno personal. 

Y una cosa más…

Quizá interese al lector la idea que está en «Capacidad de autogobierno».

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