«La religión es absurda, ridícula y te exige dejar de usar a la razón». Esto me dijo una persona de manera amable y educada.

Según ella existe una contraposición insoluble entre los reclamos de la razón y las exigencias religiosas.

Y eso, me dijo, es lo que le ha hecho no pertenecer a religión alguna y tratarlas a todas ellas con cierto desdén. No es el único caso, debe haber muchos más de personas que se han puesto a pensar y concluido eso mismo.

Lo interesante no es tanto eso, como la existencia simultánea de personas amables, educadas, que se han puesto a pensar y han concluido lo opuesto de lo que esa persona dijo.

Mismas inquietudes, mismas razones, mismos materiales y, sin embargo, conclusiones diferentes, muy diferentes.

Ahora cito lo siguiente de alguien que no puede ser acusado de atacar a la razón, al contrario.

«Hemos visto que existen patologías en la religión que son extremadamente peligrosas y que hacen que sea necesario ver la luz divina de la razón como un “órgano de control”. La religión debe permitirse continuamente a sí misma ser purificada y estructurada por la razón; y esta era la opinión de los Padres de la Iglesia, también». Ratzinger, Joseph Cardinal. Europe today and tomorrow (p.80). Ignatius Press. Versión Kindle. Mi traducción.

Reconocer patologías de la religión es una postura que no suele ser fácil para muchos de los religiosos que conozco, pero son una realidad: interpretaciones equivocadas, acciones erróneas, crueldades sin justificación. Es cierto.

Pero, ¿no hay acaso también patologías de la razón? Vuelvo a citarlo:

«[…] también hay patologías de la razón, aunque la humanidad en general no es tan consciente de este hecho hoy. Hay una arrogancia de la razón que no es menos peligrosa. De hecho, teniendo en cuenta sus posibles efectos, plantea una amenaza aún mayor: basta pensar en la bomba atómica o en el hombre como un “producto”. Esta es la causa por la cual la razón también debe ser advertida para que se mantenga dentro de los límites apropiados, y debe aprender a estar dispuesta a escuchar las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Si se corta completamente a la deriva y rechaza esta disposición a aprender, esta relación, la razón se vuelve destructiva». Ibídem, (p.80)

Tenemos entonces un asunto de equilibrio destinado a evitar esas patologías de la religión, pero también de la razón y con una conclusión que me parece genial: razón y religión se equilibran una a la otra, se purifican entre sí.

No creo que produzcan así una situación de armonía absoluta en nuestro mundo, pero al menos evitan extremos indeseables.

La religión sin razón se descontrola y la razón sin religión se vuelve destructiva. No es una mala idea, al contrario y que recuerda a las ideas de Tocqueville sobre la religión y la libertad.

Sin creencias originadas en la religión, las personas no soportaríamos a la libertad. La libertad necesita la fe en algo, sin lo que la búsqueda de un amo se volvería la acción natural. Para ser libres necesitamos creencias y sin ellas seremos siervos.

Al final, después de todo, parece ser un asunto de evitar extremos exagerados. Quien rechaza a la idea de la religión cierra una buena puerta para él mismo, lo mismo que quien descarta a la razón.

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