Es la adherencia obstinada de la equivocación, la permanencia terca de alguna idea errónea. 

Un ejemplo clásico es el de C. Colón, al que se le negaba la posibilidad de su viaje porque la tierra era plana; no había posibilidad de circunnavegación. Y, colocado como héroe, se dice, Colón probó que la tierra era esférica (un mérito que realmente no posee).

La tierra redonda era en realidad algo conocido y aceptado.

«Que la tierra era redonda se había aceptado durante muchas generaciones. Los astrónomos griegos de Mileto incluso habían pensado, alrededor del año 500 aC, que el mundo era una esfera. Esa visión había sido avanzada por el geómetra Pitágoras. Aunque gran parte del conocimiento griego se perdió más tarde, la Iglesia Católica había aceptado esta hipótesis alrededor del año 750 dC, y en el siglo XV, la “esfericidad” del planeta estaba generalmente aceptada. Solo unas pocas personas ignorantes todavía intentaron mantener que era plana». Thomas, Hugh. Rivers of Gold: The Rise of the Spanish Empire, from Columbus to Magellan (Kindle Locations 1365-1369). Random House Publishing Group. Mi traducción.

Pareciera como si los yerros tuvieran una naturaleza perdurable. Algo que los mantiene con vida incluso a pesar de tener evidencias contundentes en su contra. Equivocaciones que llegan para quedarse.

Tomemos una que es tan notable como ignorada, la de la democracia tomada como voluntad mayoritaria ilimitada por medio de la que quien gane las elecciones se adjudica un poder también ilimitado. 

El error, por supuesto, es un mal entendimiento de la democracia. El error de suponer que ella significa el reino de la mayoría acompañada del poder monárquico y despótico del elegido. 

Una democracia, comprendida correctamente, las elecciones periódicas elevan al poder a personas durante períodos limitados y que gobiernan bajo limitaciones republicanas: el imperio de la ley, el estado de derecho, el respeto a las instituciones, la limitación del poder de los gobernantes.

En una democracia correctamente entendida, la lealtad del ciudadano se dirige a las leyes e instituciones, que son las garantías que justifican al valor más alto, la libertad. El persistente error que se tiene es el de entender a la democracia como lealtad incondicional a los elegidos por la mayoría.

En tiempos pasados, era la lealtad al monarca lo que definía al ciudadano como perteneciente a una comunidad. Los soldados peleaban motivados por la lealtad al monarca quien era la encarnación de la comunidad. La consecuencia de esto es un poder ilimitado del soberano. Es eso de «El Estado soy yo», de Luis XIV.

La democracia es otra cosa diferente. Allí el Estado son las leyes, las limitaciones al poder, el estado de derecho, las libertades ciudadanas. En una democracia no se elige a un todopoderoso monarca temporal elegido por mayoría.

Con frecuencia se encuentra uno con opiniones que muestran el error de la mayoría democrática. Opiniones que en su fondo muestran a personas que políticamente se definen solamente como partidarios incondicionales de tal o cual gobernante y al que implícitamente juran lealtad incondicional como si se tratara de una monarquía.

Esto puede verse en las delgadas pieles de muchos, para quienes cualquier crítica a su preferido se interpreta como un insulto a un ser sagrado al que se le ha dado licencia para ignorar leyes, instituciones y derechos. El error persiste y no tiene indicios de corregirse, al contrario.

Y una cosa más…

Es claro, supongo, que me refiero a la equivocación adherida a las elecciones de entender a la democracia como un sistema que se diseñó para elegir superhombres a quienes se otorga todo poder y quienes merecen toda pleitesía.  

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