Pobreza intencional

Fue una lección de Economía. Una de tantas que abundan, pero que pocos parecen comprender.

Lo curioso fue que ella sucedió en una ciudad inesperada, dentro de una zona inesperada. Fue en Oaxaca, México, en una zona empeñada en ser pobre.

Todo comenzó con una visita a un restaurante a unos metros del Zócalo de la ciudad, el Mesón Oaxaqueño. Tiene servicio a la carta, pero también un buffet: por una cierta cantidad usted se sirve y come lo que quiera.

Nada que sorprenda. Excepto por una cosa. Había en las mesas un aviso que más o menos decía así: «Puede usted servirse lo que quiera del buffet, pero si no se lo termina, el precio de su buffet será 1.5 veces el precio anunciado».

Esto es lo que se llama un incentivo. Uno negativo que constituye un costo personal en caso de que alguien realice una cierta acción. No se acaba usted lo que tomó del buffet, entonces el precio aumenta 50%. Un incentivo para servirse lo necesario, no en exceso.

Los buffets tienen ese problema. Teniendo un cierto precio independiente de la cantidad servida, ellos tienden a hacer que las personas se sirvan más de lo que usualmente harían y no lo coman. Ese «castigo» remedia el problema de desperdicio de comida.

Los propietarios del restaurante muestran que tienen idea de los incentivos, es decir, de la base del comportamiento económico. Más conocimiento del que aparenta mostrar el ambiente económico en el que trabajan.

Contraste esa sabia intuición económica con el régimen político de Oaxaca. El estado se rige básicamente por usos y costumbres indígenas en la mayoría de sus poblaciones, se nos dijo; y más tarde confirmé.

Aunque eso de usos y costumbres se refiere a aspectos electorales principalmente, ello tiene consecuencias indeseables. La más notable es la discriminación contra la mujer.

Pero la cosa no queda allí. Piense usted en quien sea que quiera hacer una inversión, abrir una empresa o algo similar; y tenga que hacer una elección entre un lugar en el que rijan leyes conocidas y tribunales, contra otro sitio en el que la vida se rija por usos y costumbres de la localidad.

¿Cuál de esos lugares ofrece menos incertidumbre? Creo que la respuesta es obvia. Y, sin embargo, se alaba eso que es un incentivo opuesto a la inversión:

«Este reconocimiento [de los usos y costumbres en Oaxaca] es un avance significativo en el respeto a los derechos indígenas, cuyo logro conlleva una mayor democratización del país […] “usos y costumbres”, que responden a formas culturales propias. Es así que en el estado de Oaxaca, de los 517 municipios, 418 se rigen por “usos y costumbres”». G. Canedo Vázquéz.

La decisión planteada entre dos extremos: (1) seguir con usos y costumbres que se sabe no conducen a prosperidad sino a la conservación de un estado de pobreza; y (2) abandonar esos usos que impiden crecer y tener la posibilidad de prosperar (lo que no significa adoptar a MacDonald’s y dejar al mole oaxaqueño).

En fin, creo que más saben de Economía los propietarios de ese restaurante que quienes toman decisiones políticas en esas partes. Esta, creo, es una situación universal que tiene una buena ilustración, de muchas otras más, en el caso de Bernie Sanders en los Estados Unidos.

Son nuestros tiempos algo ciertamente curioso. Existe una gran inquietud, incluso angustia, que lleva a reclamar la lucha contra la pobreza; pero al mismo tiempo, se tienen ideas y se realizan acciones que la conservan y amplían.

Un sinsentido generalizado que, mucho me temo, es la regla de nuestros tiempos.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.


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