Riesgos de economías emergentes

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Las fragilidades de esas economías emergentes y la elección de líderes con propuestas económicas equivocadas es la idea de Manuel Sánchez González en esta columna.

Durante la última década, la expansión de las economías emergentes ha estado limitada por la debilidad de la recuperación de las naciones avanzadas, la cual últimamente ha ganado vigor.

La noción de economías emergentes hace referencia a aquellos países que, siendo menos desarrollados, poseen un elevado potencial para alcanzar los niveles de bienestar de los más prósperos.

Se espera que la brecha de desarrollo se cierre mediante un crecimiento sostenido del ingreso por habitante mayor al de las naciones avanzadas.

Tal expectativa se finca en la existencia de un entorno adecuado para el aprovechamiento de las oportunidades de negocios e inversión, que típicamente superan a las de las economías maduras.

Dada la flexibilidad del concepto, la lista de integrantes de ese grupo varía entre organizaciones y con el tiempo.

Las clasificaciones más comunes contienen entre una veintena y una treintena de países, dentro de los cuales sobresalen, por el tamaño de su PIB, China India, Rusia, Brasil, Indonesia y México.

Desde los años noventa del siglo pasado, las economías emergentes, según varias categorizaciones, han registrado un crecimiento promedio anual del producto de más del doble del correspondiente a las naciones ricas.

Si bien la convergencia internacional del ingreso por habitante no ha sido clara, el elevado crecimiento económico de China e India ha resultado en una disminución de la desigualdad mundial del ingreso personal, ignorando las fronteras nacionales.

Adicionalmente, el dinamismo considerable de estos y otros países en el grupo ha abatido notablemente los índices de pobreza global.

Históricamente, los obstáculos a un mayor progreso en las economías emergentes han radicado, principalmente, en sus propias fragilidades, incluyendo errores en el manejo de la política económica.

Esta tendencia se modificó, en algún grado, con la gran crisis financiera de 2008.

Los excesos de endeudamiento relacionados con el mercado hipotecario en Estados Unidos y otras naciones desarrolladas condujeron a un colapso de la actividad económica con graves repercusiones mundiales.

La caída del PIB y la lenta recuperación posterior en esos países se tradujo en una disminución en el ritmo promedio de expansión de las economías emergentes.

Adicionalmente, la política monetaria extraordinariamente laxa implementada por los principales bancos centrales para hacer frente a la crisis, y mantenida por largo tiempo, propició entradas masivas de capital a las economías emergentes en búsqueda de mayores rendimientos.

Con frecuencia, el contexto internacional benigno se tradujo en un acelerado financiamiento al sector privado. El elevado apalancamiento constituye una vulnerabilidad que puede inhibir la actividad económica a medida que progrese la normalización monetaria de los países desarrollados.

Desde mediados de 2016, la economía mundial ha experimentado una recuperación generalizada, liderada por las naciones avanzadas, de la que se han beneficiado las emergentes.

El canal de transmisión de beneficio mutuo ha sido la reanimación de los volúmenes de comercio internacional a ritmos no observados desde 2011.

La consolidación futura del mejoramiento de las economías emergentes dependerá, indudablemente, del mantenimiento del ímpetu económico de los países avanzados.

Entre los posibles riesgos contra ese avance, resalta la proliferación del proteccionismo, a partir de la orientación que respecto al comercio internacional ha adoptado el gobierno de Estados Unidos.

Sin embargo, las economías emergentes enfrentan sus propios desafíos internos. Sobresalen los ajustes necesarios posteriores al relajamiento de las condiciones financieras internacionales.

Los casos más significativos son China y otros países asiáticos, cuyos niveles de endeudamiento y apreciación de bienes raíces no parecen sostenibles.

Un riesgo central adicional son las próximas elecciones presidenciales en varias economías, incluyendo México y Brasil.

El desencanto con las élites políticas derivado, en gran medida, de los escándalos de corrupción, podría llevar a la población a elegir líderes que, en aras de contravenir el sistema, promuevan retrocesos en el proceso de apertura a la inversión privada y de liberalización de los mercados.

De aplicarse, esa orientación desperdiciaría las lecciones de los fracasos propios y ajenos asociados a la excesiva intervención gubernamental y el nacionalismo en las relaciones económicas. Afortunadamente, la tendencia reciente de muchos países latinoamericanos va en la dirección opuesta.

Nota del Editor

Esta columna fue publicada anteriormente en El Financiero. Agradecemos al autor, Manuel Sánchez González, y a El Financiero el amable permiso de reproducción. Manuel fue subgobernador del Banco de México durante 2009-2016.

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