Romanticismo en ambos

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Esto es algo que a diferentes amigos en diferentes momentos nos llamó la atención, incluso también ahora. Un cierto escritor de fama, por ejemplo, el que usted quiera, es muy probable que al mismo tiempo alabe a F. Castro y critique a Pinochet; o repruebe al nazismo pero elogie al comunismo.

A unos sí, pero a otros no. Un tipo de dictador es aprobado, pero otro al menos similar es reprobado. Si son similares deberían producir la misma reacción de aprobación o desaprobación.

Establezcamos, si le parece, un principio, el de la inclinación a la izquierda, el que establece que las opiniones de los intelectuales tienen una marcada preferencia hacia la izquierda.

Esto es lo que hace que todo lo que sea de derecha reciba una veloz desaprobación del intelectual y que todo lo que sea de izquierda reciba una rápida aprobación. Y si acaso un régimen de izquierda comete alguna atrocidad innegable, el intelectual calla y no critica, à la Chomsky.

El punto es llamativo y seguramente usted lo puede corroborar con la experiencia propia. Piense en los intelectuales que conoce y vea cuántos son de izquierda y cuántos de derecha. Serán, mucho me temo, más los primeros que los segundos.

Quizá eso pueda explicarse añadiendo algo que no parece obvio al principio: un elemento que es común a ambos, al intelectual y a las ideas de izquierda. Un elemento que los une. Entro entonces en las ideas del Romanticismo.

Ideas como la desesperación ante la realidad, el ensueño de los ideales; la exaltación de los sentimientos y la pasión por lo subjetivo. El arrebato por la naturaleza y la efervescencia por lo ideal. La rebeldía que rechaza lo establecido y que pregona al instinto y a la intuición. La esperanza en la aparición del genio que transcienda la razón y cambie sensibilidades.

En dosis variables de intensidad, el intelectual es un romántico; pero también lo es el socialista. Ambos exaltan ideales sin gran preocupación por la razón. Sus intenciones son motivos suficientes para justificar la desaparición de lo establecido. Viven más por instinto e intuición que por disciplina y trabajo.

Y, por supuesto, les produce asco la vida normal de la gente, con su vulgaridad y fealdad. Por supuesto, el intelectual y el socialista saben lo que es bueno para esa gente y proponen implantarlo: hacerles vivir la vida que ambos creen que es la vida que es la ideal, no la que la gente quiera tener.

Este romanticismo encontrado en socialistas e intelectuales produce un apego agradable a ambos. Los dos quieren imponer en los demás la forma de vida que ellos suponen que es mejor. Y los dos son incapaces de resistir las promesas de sociedades ideales que proponga un gobernante, sean Chávez, Castro, Stalin, Mao, el que usted se le ocurra.

Más en específico, el intelectual y el socialista se identifican fácilmente por su inclinación a lo sentimental y afectivo. Son ambos dados a la indignación apasionada y a la reacción visceral.

Entre la emoción y la razón, han optado por la primera. Esto es lo que los anima a la aceptación sin condiciones de propuestas idealistas de sociedades perfectas, justas, compasivas y amorosas. Y también, fáciles víctimas de gobernantes totalitarios.

Más aún, los sentimientos, las emociones y las pasiones son especialmente  elevadas en situaciones de crisis. Cuanto más grave y grande sea la crisis que se viva, más emociones y sentimientos orientarán las acciones. Esto da cabida al «médico brujo», la última opción del que se cree desahuciado: creer que un líder tiene capacidades sobrehumanas y será quien haga volver a la vida al desahuciado.

Ese líder es comprendido como el redentor nacional que hará posible alcanzar esa sociedad ideal ambicionada. Ese líder ya no está sujeto a dudas ni cuestionamientos, ha sido convertido en un objeto de aprobación venerable que merece conducir al país entero según su voluntad y deseo. Una nueva religión romántica se ha formado.

Y algo más…

Esta cita ilustra mi punto mejor de lo que yo lo he hecho:

«[…] los líderes carismáticos suelen surgir en tiempos de graves crisis y dislocaciones sociopolíticas, cuando el anhelo popular de soluciones simples, rápidas y radicales se vuelve intenso y generalizado. Estas actitudes culminan en la creencia de que ciertos individuos de calificaciones indistintas —los nuevos líderes— se convertirán en redentores, que resucitarán, revigorizarán y revitalizarán a los sistemas sociales decadentes, corruptos y moralmente en bancarrota y establecerán la justicia social, definida de diversas maneras. Mientras las condiciones objetivas deterioradas (guerra perdida, desorden doméstico, crisis económica, inflación, desempleo, etc.) juegan un papel importante en el surgimiento de estas esperanzas y creencias, en última instancia, el culto al héroe político moderno y las atribuciones de carisma que implica , son alimentados por impulsos religiosos durmientes que surgen en la virtual deificación de los dictadores discutidos aquí». Hollander, Paul. From Benito Mussolini to Hugo Chavez: Intellectuals and a Century of Political Hero Worship (p. 82). Cambridge University Press. Kindle Edition.

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