Seducción utópica

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Dijo que era regla general que los intelectuales que defendían dictaduras de izquierda nunca habían vivido dentro de ellas. Fue curioso. Un amigo señaló eso hace tiempo.

Intelectuales que eran y son personas que, viviendo en sociedades libres, aprovechan su libertad para alabar al totalitarismo de su elección y criticar a la sociedad que les permite decir eso. Criticar a este tipo de dictadura, viviendo dentro de ella, no le sería permitido.

Este es el mismo punto que señala un libro que merece ser leído, uno de Paul Hollander, From Benito Mussolini to Hugo Chavez: Intellectuals and a Century of Political Hero Worship. Cambridge, United Kingdom: Cambridge University Press, 2016

Un ejemplo, Gabriel García Márquez alabando a Cuba, pero viviendo fuera de ella. Los demás ejemplos abundan (vea el libro de Hollander para una lista)

En ese libro se hace una cita de Mark Lilla:

«Distinguidos intelectuales, talentosos poetas y periodistas influyentes invocaron sus talentos para convencer a todos los que les escucharan que los tiranos modernos eran liberadores y que sus crímenes desmedidos, cuando se los veía en la perspectiva adecuada, eran nobles».

El fenómeno es curioso por la contradicción que implica. De un intelectual se espera honestidad mental, objetividad y raciocinio. Pero este nuevo tipo de intelectual es un «filotiránico». La expresión es de Lilla y nos muestra a un intelectual convertido en agente de relaciones publicas y propaganda de una dictadura.

Con una aclaración significativa, la de que este fenómeno de admiración incondicional a regímenes que anulan libertades no afecta solo a los intelectuales propiamente.

Periodistas, artistas, escritores, pintores, científicos lo sufren. Incluso clérigos y hombres de empresa, por no mencionar a los gobernantes mismos. Incluso a los académicos.

Esto es lo que me hizo llegar a una cierta conclusión hace ya largo tiempo, una especie de principio general de razonamiento: cuando un intelectual expresa una opinión política o económica es muy probable que la opinión contraria sea la acertada.

Hace ya años que hice eso con las opiniones de Carlos Fuentes, el célebre escritor mexicano: sus opiniones me servían de evidencia que sugería que lo opuesto era una opinión más razonable.

Muy bien, el fenómeno existe. Es real y demostrable, pero qué lo explica. ¿Qué es lo que convierte a una persona pensante en defensor de lo indefendible, de un totalitarismo que anula libertades y es una dictadura extrema?

Tengo la fuerte sospecha de que eso sucede por una razón central, el hechizo de la utopía propuesta. La persona construye un panorama que le presenta dos alternativas:

A. Su sociedad actual, la realidad presenta. Obviamente es imperfecta, tiene problemas y ellos son serios. La conclusión es la obvia, ellos deben solucionarse.

B. La sociedad perfecta propuesta por el dictador. Una en la que ya no hay problemas y todo es justo, compasivo y amoroso. La conclusión es obvia, debe implantarse esa sociedad. Y debe hacerse a cualquier costo.

Sucede entonces que para el intelectual, y otros más, el líder encarna esa sociedad perfecta y, por tanto, se convierte en su sujeto de admiración incondicional. Nada de lo que haga, por sangriento que sea, es reprobable. Todo lo justifica esa sociedad perfecta que el dictador busca.

Llámele a esto «seducción utópica», el hechizo que produce creer posible a la sociedad perfecta que se propone. No creo que haya fuerza más poderosa que esta en asuntos políticos. Es como una poción mágica que, una vez bebida, suprime a la razón. Todo se vuelve creíble y posible, así sea el disparate más absurdo.

Es un problema de idealismo y buenas intenciones, de falta de realismo y de carencia de prudencia. Una especie de frenesí político que todo lo justifica usando a sus buenos propósitos sin que lo demás importe. Es entonces cuando surge la idea más terrible de la política, cuando el gobernante afirma que él ama al pueblo.

En fin, solo quise apuntar ese curioso fenómeno del intelectual que es hechizado por las utopías propuestas por personajes totalitarios. Una tentación de la que nadie está exento.

Y una cosa más…

La cita de Mark Lilla viene de Reckless Mind: Intellectuals in Politics.

Me recuerdan estas cosas a una película que termina con la lectura del escrito de su personaje central:

«No soy un cliente, un cliente ni un usuario de servicios. No soy un chiflado, ni un mendigo, ni un ladrón. No soy un número de seguro nacional ni una señal en una pantalla. Pagué mis deudas hasta el último centavo y me enorgullezco de hacerlo. No levanto la cara, sino que miro a mi vecino a los ojos y lo ayudo si puedo. No acepto ni busco caridad. Mi nombre es Daniel Blake. Soy un hombre, no un perro. Como tal, exijo mis derechos. Exijo que me trates con respeto. Yo, Daniel Blake, soy ciudadano, nada más y nada menos». de la película Yo, Daniel Blake (mi traducción)

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