iglesia católica

Se presentan tres columnas que tratan temas de sentimentalismo, impuestos y China, todas relacionadas con el catolicismo. Sus autores son colaboradores del Acton Institute a quien se agradece el amable permiso de reproducción.

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La riesgosa invasión de las emociones en la vida occidental, especialmente en la Iglesia, es la idea de Samuel Gregg en su columna. El artículo «A Church drowning in sentimentalism» fue publicado antes por Catholic World Report.

Una Iglesia ahogada en sentimentalismo

Cada vez que imparto seminarios de posgrado, establezco una regla para los participantes.

Si bien son libres de decir lo que piensan, no pueden comenzar una oración con las palabras «Me siento. . .» O hacer una pregunta que inicie con «¿No sientes que…?»

Las expresiones burlonas aparecen inmediatamente en las caras de algunos estudiantes. Luego les informo que nada me importa lo que ellos sientan acerca del tema.

En ese momento, hay al menos un jadeo de asombro. Pero antes de que alguien pueda siquiera pensar en algo, digo,

«Quizás se pregunten por qué no me interesan sus sentimientos acerca nuestro tema. Bueno, pues quiero saber qué piensan sobre el tema. No estamos aquí para emocionarnos unos a otros. Estamos aquí para razonar críticamente juntos».

Las miradas desconcertadas desaparecen. Resulta que los estudiantes comprenden que una discusión razonada no puede tratarse de una descarga mutua de sentimientos. Y eso es tan cierto para la Iglesia como para los graduados.

La razón

El catolicismo siempre ha atribuido gran valor a la razón. Por ‘razón’ no me refiero solo a las ciencias que nos dan acceso a los secretos de la naturaleza.

También a la razón que nos permite saber cómo usar esta información correctamente; los principios de lógica que nos dicen que 2 por 2 nunca puede ser igual a 5; nuestra capacidad única de conocer la verdad moral; y la racionalidad que nos ayuda a entender y explicar la Revelación.

Tal es el respeto de la razón por parte del catolicismo que este énfasis se ha derrumbado ocasionalmente en hiperracionalismo, del tipo que Tomás Moro y John Fisher pensaron que caracterizó gran parte de la teología escolástica en los veinte años anteriores a la Reforma.

Solo por los sentimiento

Sin embargo, el hiperracionalismo no es el problema que enfrenta el cristianismo en los países occidentales en la actualidad. Nos enfrentamos al desafío opuesto. Lo llamaré Affectus per solam.

«Solo por sentimientos» captura gran parte del ambiente presente dentro de la Iglesia en todo Occidente. Afecta a cómo algunos católicos ven no solo al mundo, sino a la fe misma.

En el centro de este amplio sentimentalismo se encuentra la exaltación de los sentimientos intensos, el desprecio de la razón y la posterior infantilización de la fe cristiana.

Entonces, ¿cuáles son los síntomas del affectus per solam? Uno es el uso generalizado de lenguaje, en la predicación y enseñanza cotidianas, que es más característico de tratamientos terapéuticos que de las palabras utilizadas por Cristo y sus apóstoles.

Palabras como ‘pecado’ se desvanecen y son reemplazadas por ‘dolor’, ‘arrepentimiento’ o ‘triste error’.

El sentimentalismo también asoma su cabeza cuando se les dice a los que ofrecen defensas razonadas de la ética sexual o médica católica que sus posiciones son «hirientes» o «sentenciosas».

Parece que la verdad no debe ser articulada, ni siquiera amablemente, de poder herir los sentimientos de alguien. Si eso fuera cierto, Jesús debería haberse abstenido de contarle a la mujer samaritana los hechos sobre su historia matrimonial.

El Affectus per solam también nos ciega a la verdad de que hay, como afirma Cristo mismo, un lugar llamado infierno para aquellos que mueren sin arrepentirse. El sentimentalismo simplemente evita el tema.

El infierno no es un asunto que deba tomarse a la ligera, pero hágase esta pregunta: ¿cuándo fue la última vez que escuchó, mencionada en misa, la posibilidad de que cualquiera de nosotros pudiera terminar eternamente separado de Dios?

Sobre todo, el sentimentalismo se revela en ciertas presentaciones de Jesucristo. El Cristo, cuyas duras enseñanzas conmocionaron a sus propios seguidores y que rechazó cualquier concesión al pecado cada vez que hablaba de amor, se derrumba de alguna manera formando un amigable rabino progresista.

El Cristo de las Escrituras

Este Jesús inofensivo nunca nos anima a transformar nuestras vidas abrazando la integridad de la verdad. En su lugar, recicla trivialidades sedantes como «todos tienen su propia verdad», «haz lo que sientas que es mejor», «sé fiel a ti mismo», «¿quién soy yo para juzgar?”, etc. Y nunca tengas miedo: este Jesús garantiza el cielo, o lo que sea, para todos.

Ese no es, sin embargo, el Cristo revelado en las Escrituras. Como Joseph Ratzinger escribió en su libro de 1991, Mirar a Cristo:

«Un Jesús que está de acuerdo con todo y con todos, un Jesús sin su santa ira, sin la dureza de la verdad y sin el verdadero amor, no es el Jesús real como lo muestra la Escritura, sino una caricatura mezquina. Una concepción del “evangelio” en la que la seriedad de la ira de Dios está ausente nada tiene que ver con el evangelio bíblico».

La palabra ‘seriedad’ es importante aquí. El sentimentalismo que infecta a gran parte de la Iglesia tiene que ver con la disminución de la seriedad y de la claridad de la fe cristiana. Eso es especialmente cierto con respecto a la salvación de las almas.

El Dios plenamente revelado en Cristo es misericordioso, pero también es justo y claro en sus expectativas de nosotros porque nos toma en serio. ¡Ay de nosotros si no le devolvemos el elogio!

La invasión del sentimentalismo

Entonces, ¿cómo fue que gran parte de la Iglesia terminó hundiéndose en una marisma de sentimentalismo? Hé tres causas principales.

El mundo sentimental

Primero, el mundo occidental se está ahogando en el sentimentalismo. Como todos los demás, los católicos son susceptibles a la cultura en la que vivimos.

Si desea una prueba de Affectus per solam occidental, simplemente encienda su navegador web. Pronto se dará cuenta del puro emotivismo que impregna a la cultura popular, los medios de comunicación, la política y las universidades.

En este mundo, la moralidad tiene que ver con su compromiso con causas particulares. Lo que importa es cuán «apasionado» (atento al idioma) es usted acerca de su compromiso y el grado de corrección política de la causa, no si la causa en sí es razonable de apoyar.

«Yo, yo mismo y mis sentimientos»

Segundo, consideremos cómo muchos católicos entienden hoy la fe. Para muchos, parece ser un «sentimiento de fe».

Con eso, quiero decir que el significado de la fe cristiana se juzga principalmente en términos de sentir lo que hace por , de mi bienestar y mis preocupaciones. ¿Pero sabe qué? Yo, mí y yo mismo no son el centro de la fe católica.

El catolicismo es, después de todo, una fe histórica. Nos involucra a decidir que confiamos en aquellos que dieron testimonio de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, en quienes transmitieron lo que vieron a través de textos escritos y tradiciones no escritas y en quienes, hemos concluido, dijeron la verdad sobre lo que vieron.

Eso incluye los milagros y la resurrección que atestiguan la divinidad de Cristo. El catolicismo no los ve como «cuentos». Ser católico es afirmar que realmente sucedieron y que Cristo instituyó una Iglesia cuya responsabilidad es predicar esto hasta los confines de la tierra.

La fe católica no puede, por lo tanto, tratarse de mí y de mis sentimientos. Se trata de la Verdad con mayúscula. La realización y la salvación humanas implican, en consecuencia, elegir libremente conformarme constantemente con esa Verdad.

No se trata de subordinar la Verdad a mis emociones. Realmente, si el catolicismo no se tratara de la Verdad, ¿qué caso tendría?

Ley natural distorsionada

Tercero, la omnipresencia del sentimentalismo en la Iglesia debe algo a los esfuerzos por degradar y distorsionar la ley natural desde el Concilio Vaticano II.

La reflexión de la ley natural se desarrolló de forma mixta en todo el mundo católico en las décadas anteriores a los años sesenta. Pero sufrió después un eclipse en gran parte de la Iglesia.

Eso se debe en algo a que la ley natural era parte integral de la enseñanza de Humanae Vitae. Muchos teólogos decidieron posteriormente que cualquier cosa que sustentara a Humanae Vitae debía ser vaciada de contenido sustantivo.

Si bien el razonamiento de la ley natural se recuperó en partes de la Iglesia a partir de la década de 1980, hemos pagado un precio por la marginación de la ley natural.

Y el precio es este: una vez que se relega la razón a la periferia de la fe religiosa, comienza a imaginarse que la fe es de alguna forma independiente de la razón; o que la fe es inherentemente hostil a la razón; o que las convicciones religiosas no requieren explicación a otros.

El resultado final es la disminución de la preocupación por la sensatez de la fe. Esa es una manera segura de terminar en el pantano del sentimentalismo.

Otras

Podrían mencionarse otras razones del arrastre del sentimentalismo en la Iglesia de hoy: la desaparición de la Lógica de los currículos educativos, la deferencia excesiva a la (mala) psicología y la (mala) sociología de algunos clérigos formados en la década de 1970, las inclinaciones a ver la labor del Espíritu Santo como algo que podría contradecir las enseñanzas de Cristo, las almibaradas liturgias al estilo de Disney, etc. Es una lista larga.

Conclusión

La solución no es rebajar la importancia de las emociones de las personas como el amor y la alegría, o la ira y el miedo. No somos robots. Los sentimientos son aspectos centrales de nuestra naturaleza.

En su lugar, las emociones humanas deben integrarse en un relato coherente de la fe cristiana, la razón humana, la acción humana y el florecimiento humano, algo realizado con gran habilidad por figuras del pasado como Aquino y pensadores contemporáneos, como el fallecido Servais Pinckaers. Entonces necesitaremos vivir nuestras vidas en consecuencia.

Escapar del Affectus per solam no será fácil. Es simplemente parte del aire que respiramos en Occidente. Además, algunos de los más responsables hoy en día de la formación de personas en la fe católica parecen altamente susceptibles a las maneras sentimentalistas.

Pero a menos que señalemos y impugnemos el desenfrenado emotivismo que actualmente compromete el testimonio de la Iglesia sobre la Verdad, corremos el riesgo de resignarnos a ser una mera ONG en el futuro cercano.

Es decir, a la verdadera irrelevancia.

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La tradición católica como aliado sorpresivo de impuestos bajos y gobiernos limitados es la idea de Robert G. Kennedy en esta columna. El título original es «Catholic Social Teaching and tax justice». La columna es un extracto y adaptación de «Justice in Taxation».

La doctrina social católica y la justicia fiscal

En una carta escrita en 1789, Benjamin Franklin observó que la nueva Constitución estadounidense parecía destinada a la permanencia, pero también apuntó que «en este mundo no puede decirse que haya nada seguro, excepto la muerte y los impuestos».

Los impuestos, de una forma u otra, han sido una característica de la vida civilizada durante 5,000 años o más, y no muestra signos de desaparecer. Sin duda, las quejas acerca de la justicia de los impuestos son igualmente antiguas.

Mi propósito es considerar cuestiones de justicia con respecto a los impuestos a través de la lente de la tradición social católica.

Identificando a algunos de los conceptos fundamentales de la enseñanza social de la Iglesia y aplicándolos al tema de los impuestos, podemos obtener algunas conclusiones sobre lo que la tradición nos enseña —y lo que no nos enseña— acerca de la recaudación de impuestos.

Lo que la tradición sí nos enseña

Autonomía personal

Primero, la tradición social católica nos enseña que, como imágenes de Dios, el florecimiento natural de las personas humanas consiste en el pleno ejercicio de nuestras capacidades para razonar bien, actuar por el bien y participar en la amistad cívica.

Como consecuencia, el bien común de la sociedad consiste en aquellas condiciones que posibilitarían el florecimiento de todas y cada una de las personas de la comunidad. No es y no puede consistir en hacer que los individuos sean receptores pasivos de los requisitos materiales de una vida digna.

El estado puede ayudarnos a ser autosuficientes y autónomos —como seres sociales, no como individuos aislados—, pero no puede hacer esto por nosotros o a nosotros.

Como resultado, el estado debe respetar una gran zona de la vida social, un rico conjunto de familias y asociaciones que puede nutrir pero no controlar. Esto actúa como un límite natural en la actividad del estado y en la necesidad de ingresos fiscales.

Propiedad personal

En segundo lugar, la tradición social católica nos enseña que los individuos y las familias tienen el derecho natural de poseer propiedades privadas.

Al reconocer este derecho, la tradición social católica revela una de sus características más distintivas: el énfasis en la familia como elemento fundamental de la sociedad.

La riqueza de una sociedad es una medida agregada, en su mayor parte, de la riqueza de propiedad privada de individuos y familias; no es la posesión del estado.

Sin embargo, el estado tiene un reclamo sobre cierta cantidad de propiedad privada para realizar sus funciones propias, y reclama este monto a través de leyes que los impuestos gravan.

El bien común

Tercero, la tradición social católica nos enseña que los miembros de una sociedad tienen el deber de apoyar el bien común de varias maneras, entre otras cosas pagando pacíficamente impuestos justos.

Los miembros de una sociedad tienen el deber de justicia de apoyar el bien común. Este deber abstracto se concreta mediante leyes promulgadas por la autoridad civil legítima.

A menos que exista una demostración inequívoca de lo contrario, las personas están obligadas, jurídicamente, a considerar las leyes tributarias como justas y a obedecerlas en letra y espíritu.

Proporcionalidad

En cuarto lugar, la tradición social católica nos enseña que la carga impositiva debe ser proporcionada a la capacidad de pago de las personas y los hogares.

En su mayor parte, los impuestos justos tendrán en cuenta la capacidad de las personas y las familias para llevar la carga exigida.

Este principio fomenta un cierto grado de progresividad en los impuestos, especialmente cuando el objeto de los impuestos es el ingreso.

Es menos claro que la tradición sostenga que los ricos (como quiera que se definan) deben pagar una tasa de impuestos desproporcionadamente más alta que la mayoría de la población.

Además, el empuje de la tradición está a favor de niveles impositivos más bajos que altos para que los individuos y las familias retengan más de su dinero y puedan servir a sus comunidades de manera más efectiva a través de actos de caridad y generosidad.

Imperfección

Cinco, la tradición social católica nos enseña que las personas de naciones particulares son libres de tomar determinaciones sobre qué operaciones delegar al gobierno y qué formas de impuestos, en consonancia con la justicia natural, la comunidad empleará para recaudar ingresos.

En otras palabras, no existe una forma impositiva perfecta, ningún nivel impositivo ideal, ningún objeto fiscal que esté descartado en principio.

Lo que la tradición no nos enseña

Límites gubernamentales

En primer lugar, la tradición social católica no nos enseña que todos los problemas sociales deben abordarse mediante la acción del gobierno.

La tradición entiende que la sociedad es una asociación mucho más grande que el estado.

El estado tiene un papel que desempeñar en el apoyo a la salud y la integridad de la sociedad, pero también lo tienen la familia y una rica colección de asociaciones intermedias.

Las comunidades tienen la libertad de delegar funciones al estado, pero la Iglesia ha sido cautelosa durante mucho tiempo acerca de la delegación excesiva.

Reconoce la importancia de los organismos intermedios, no solo en términos de su eficiencia y su proximidad a los problemas, sino también en términos de la importancia para los individuos en el ejercicio de la caridad.

Cualquier cosa que haga el gobierno, sin importar cuán dedicados y profesionales sean sus empleados, no puede sustituir a la caridad ni los cristianos pueden contratarla.

Subsidiariedad

En segundo lugar, la tradición social católica no nos enseña que se prefiera un gobierno más amplio y más extenso.

En muchos aspectos, la Iglesia ha tenido cuidado de apoyar el crecimiento del gobierno, a menudo justificando la intervención del gobierno en casos de crisis, pero advirtiendo que la intervención debería cesar cuando la crisis sea resuelta.

Todo esto es un reflejo de la preocupación de la Iglesia por la subsidiariedad, que requiere respeto de las funciones propias de los diversos órganos de la sociedad.

Nuestra experiencia histórica es que los órganos más poderosos tienden a absorber las funciones de los más pequeños y menos poderosos.

No redistribución

En tercer lugar, la tradición social católica no nos enseña que la riqueza deba ser redistribuida a través de los impuestos. La clave es abrazar el concepto de vocación.

Es decir, cada persona está llamada a hacer alguna contribución a la comunidad para cumplir algún propósito. Una de las funciones de la Iglesia es recordar constantemente a la gente sus deberes con la sociedad.

Sin embargo, usar los impuestos como vehículo de distribución es descuidar esta dimensión. Que los ricos tengan recursos es una cosa; lo que hacen con sus recursos es otra muy distinta, y es realmente lo más importante.

Para la Iglesia, el objetivo no es igualar la riqueza en la sociedad, sino alentar a que se use la riqueza —generalmente por iniciativa privada— para el bien común.

Prioridades

En cuarto lugar, la tradición social católica no nos enseña que las necesidades de los pobres tienen prioridad sobre todos los demás asuntos en los presupuestos de gobierno.

Sin duda, el cuidado de los pobres es un deber cristiano ineludible, pero el efecto de los presupuestos en los pobres no es la única medida moral que se debe emplear.

Cada dólar de un presupuesto del gobierno que gastamos en los pobres es un dólar que no se gasta en educación, infraestructura, vigilancia, salud pública, o alguna otra función crítica.

La tradición social católica requiere que el estado apoye el bien común como un todo; no requiere que el estado subordine todas las áreas funcionales a un solo problema, ni incluso a la situación de los pobres.

Además, la definición pública de pobreza tiende hacerse en términos de suficiencia de recursos materiales y los programas del gobierno están orientados a abordar las insuficiencias.

Pero, como nos recordó Santa Teresa de Calcuta, la angustia más terrible no es la pobreza física ni la privación material —aunque esto en sí mismo puede ser algo muy malo— sino la angustia de no ser querido; de ser rechazado, descuidado y olvidado; de estar solo.

Dada su naturaleza, los programas gubernamentales, independientemente de su tamaño, no pueden abordar esta dimensión de la pobreza.

En una sociedad libre, los ciudadanos, en el mejor de los casos, atienden libremente las necesidades de sus propias comunidades y reciben apoyo para hacerlo cuando los impuestos son lo suficientemente livianos como para permitirles que aporten sus propios recursos.

Conclusión

Las políticas fiscales y los gravámenes impositivos son una parte inevitable de la vida civilizada. La tradición social de la Iglesia enfatiza el deber de los ciudadanos de apoyar a su gobierno, así como los deberes de las autoridades civiles para gobernar sabiamente y respetar los derechos de propiedad de las personas y las familias.

El objetivo en todo esto es la promoción del bien común, que requiere prudencia y equilibrio. Esto no es fácil de lograr y de mantener, pero vale la pena la lucha.

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¿Es China realmente el ejemplo mejor de la doctrina social católica? No, no lo es, responde Ben Johnson en esta columna y da cinco razones. El título original de la columna es «5 reasons China is not ‘best implementing’ Catholic social teaching».

China y el catolicismo

«En este momento, quienes mejor implementan la doctrina social de la Iglesia son los chinos», dijo el obispo Marcelo Sánchez Sorondo, el canciller de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales.

Comparó favorablemente a China, que tiene una «conciencia nacional positiva», con el presidente estadounidense Donald Trump, a quien cree que está excesivamente influido por el «pensamiento liberal» (léase mercado libre).

Uno podría objetar esta descripción del presidente Trump. Sin embargo, China viola los pilares más fundamentales de la doctrina social católica:

1. Negar la libertad de religión

«La reducción de la libertad religiosa de los individuos», escribió el papa Juan Pablo II en Redemptor Hominis, «es sobre todo un ataque contra la misma dignidad del hombre, independientemente de la religión profesada».

China ha sido un represor de la igualdad de oportunidades, haciendo de la supresión de la fe una experiencia ecuménica. Como escribí en la revista Providence, «China persigue a sus musulmanes uigures, budistas tibetanos y una parte creciente de su población cristiana».

Esto no toma en cuenta a los miembros de Falun Gong, que están «sujetos a violaciones generalizadas y graves de derechos humanos», según Freedom House.

El principal de los perseguidos es la población católica de China. Beijing reconoce solo a la Asociación Patriótica Católica de China, no a la jerarquía oficial leal al Vaticano. El papa emérito Benedicto XVI alguna vez consideró a esto «incompatible con la doctrina católica».

The New York Times reporta que el Papa Francisco está considerando un plan para reemplazar a dos obispos clandestinos con jerarcas seleccionados por Pekín, uno de los cuales ha sido excomulgado, provocando amplias reacciones.

2. Negar la dignidad humana, especialmente a través del aborto forzado

«La justicia social solo puede obtenerse respetando la dignidad trascendente del hombre», según el Catecismo de la Iglesia Católica. «La persona representa el fin último de la sociedad, que le es ordenado».

Además, el Papa Juan Pablo II escribió que «el respeto incondicional del derecho a la vida de toda persona inocente —desde la concepción hasta la muerte natural— es uno de los pilares de que toda sociedad civil sostiene».

China continúa practicando el aborto forzado, si los futuros padres no pueden pagar multas que llegan a los $39,000 (dólares americanos).

Aunque el Partido Comunista modificó su política de un solo hijo para permitir que la mayoría tenga un segundo hijo, «los funcionarios continúan imponiendo el cumplimiento de los objetivos de planificación de la población utilizando métodos que incluyen multas, terminación de empleo, detención arbitraria y aborto forzado», según la Comisión Ejecutiva del Congreso estadounidense en el informe de 2017 sobre China.

«La política de dos niños de China continúa con los abusos contra los derechos humanos y la violencia de género de la política de un solo hijo», dijo Reggie Littlejohn, defensora de los derechos humanos de Women’s Rights Without Frontiers

3. Negar el estado de derecho

El Papa Pablo VI escribió que «el gobierno debe velar por que nunca se viole la igualdad de los ciudadanos ante la ley, que es en sí misma un elemento del bien común».

Si bien especificó la discriminación religiosa, la Santa Sede ha declarado en la ONU que «aunque el estado de derecho no es en sí mismo suficiente, sigue siendo un instrumento indispensable para la protección de la dignidad humana».

Sin embargo, la Comisión Ejecutiva del Congreso sobre China ha informado de una «discrepancia significativa entre declaraciones oficiales [chinas] que afirman la importancia del gobierno basado en leyes … y la capacidad real de los ciudadanos para tener acceso a la justicia».

Los eventos observados en 2017 «continuaron demostrando que las personas y grupos que intentan ayudar a los ciudadanos a abogar por sus derechos lo hacen con un riesgo profesional y personal significativo».

4. Negar los derechos de propiedad privada.

«Todo hombre tiene por naturaleza el derecho a poseer propiedades como propias», escribió el Papa León XIII en la encíclica sobre justicia social, Rerum Novarum.

«Debe estar dentro de su derecho de poseer cosas no solo para el uso temporal y momentáneo, como lo hacen otros seres vivos, sino para tenerlos y mantenerlos en posesión estable y permanente».

Desde 1978, China ha implementado reformas de libre mercado que han sacado de la pobreza extrema a 800 millones de personas. Sin embargo, ni los derechos de propiedad personal ni los derechos de propiedad intelectual permanecen «estables».

Un estudio de 2012 encontró que el gobierno había confiscado tierras del 43 por ciento de las aldeas chinas. Los agricultores recibieron una compensación promedio de $17,850 por acre, «una fracción del precio medio que las propias autoridades recibieron por la tierra (778,000 yuanes por mu o $740,000 por acre, principalmente en casos de proyectos comerciales).

Las violaciones chinas de los derechos de propiedad intelectual son notorias, costando a las empresas estadounidenses $48 mil millones solo en 2009.

5. Negar la libertad política

Si bien el Magisterio permite la existencia de diferentes formas de gobierno, el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia sostiene que «una ulterior fuente de preocupación se encuentra en los países gobernados por regímenes totalitarios o dictatoriales, donde el derecho fundamental a participar en la vida pública es negado de raíz» (énfasis en el original).

La United States Conference of Catholic Bishops agrega, «Creemos que las personas tienen el derecho y el deber de participar en la sociedad».

China figura entre las 10 naciones con la menor cantidad de libertad electoral, en un nuevo informe de la Fundación para el Avance de la Libertad.

Beijing restringe la libertad política al cuadro de miembros del Partido Comunista, a quienes el presidente Xi Jinping ha dicho que deben ser «ateos marxistas inflexibles».

La participación política se ha reducido aún más bajo Xi, a quien algunos han descrito como «las primeras etapas de un culto a la personalidad».

Conclusión

Estas son solo algunas de las muchas razones por las que China no es un ejemplo de la enseñanza social católica.

Motivos adicionales son presentados por el colaborador de Religion & Liberty Transatlantic, Philip Booth, en su artículo del Catholic Herald, «No mires a China como un ejemplo de enseñanza social católica».


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