La manipulación de precios por parte del gobierno es una costumbre arraigada —una inquietud constante en la mente de quien gobierna.

Unos proponen que los precios no suban:

«Andrés Manuel López Obrador, candidato a la Presidencia de México […], reiteró […] su compromiso para que, en caso de ser electo presidente, los precios de las gasolinas no aumenten». elfinanciero.com.mx

Otros proponen que suban:

«De ganar la elección presidencial, Ricardo Anaya, candidato de la coalición Por México al Frente, prometió que en diciembre del presente año el salario mínimo subirá a cien pesos[…]». vanguardia.com.mx

No es novedoso. El tratar de controlar los precios han sido una constante histórica:

«En el Antiguo Egipto, el Faraón no sólo controlaba el suministro de los granos y cereales […] En el antiguo Imperio Romano, en época del Emperador Diocleciano, los precios se incrementaban de manera exorbitante, a pesar de los intentos de controlarlos a través de leyes». americaeconomia.com

En su fondo, es el problema del precio justo y que ha tenido una solución odiosa para el gobernante: dejar que las personas se pongan de acuerdo libremente. Ese precio acordado será el justo para quien vende y para quien compra —lo que el gobernante no tiene manera de entender.

No importa que la evidencia demuestre que las manipulaciones de precios producen efectos negativos —tampoco importa que se demuestre que es mejor que los precios sean producto de la voluntad personal. Los gobernantes no resistirán la tentación de controlar los precios.

Esto es lo que tengo intención de resaltar —la obcecación aguda y apasionada de querer fijar precios de bienes y servicios, aun sabiendo que eso produce efectos no intencionales considerables.

La explicación estándar de esas intenciones es ignorancia económica —los gobernantes y una buena cantidad  de electores son analfabetos económicos. Esto tiene buen poder para explicar que aún hoy en día siga proponiéndose y, peor aún, aplicándose como en Venezuela.

Pero mi punto es otro, el de resaltar el elemento que está íntimamente asociado con esa ignorancia económica —la soberbia del gobernante quien por necesidad supone que sabe más que todos los demás juntos y puede decidir que el precio justo del huevo será de exactamente 1.44 pesos por pieza  o cualquier otro, y lo mismo para decenas de miles de productos en decenas de miles de lugares.

Es obvio que ninguna mente puede tener la información que se necesita para decidir precios de mejor manera que la misma gente —y creerlo es una jactancia insoportable en alguien que presume de poder gobernar en aras del bien común.

Y otra cosa más…

Será de importancia el entender al sistema de precios y cómo funciona.  En «Precios justos y baratijas» hay un curioso caso extremo que ayuda a entender el valor personal de los bienes. Es recomendable también «Inflación, su otro lado».

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