Soberbia optimista, la enfermedad

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Soberbia excesiva. Optimismo ilimitado. Son síntomas. Manifestaciones de algo. Indicios y señales que llevan a una particular conclusión.

Si, por ejemplo, alguien pierde peso sin explicación, padece sed o hambre excesivas, tiene fatiga, orina con mucha frecuencia, su visión es borrosa, todo eso tiene probabilidad de indicar una cierta enfermedad.

Si, en otro ejemplo, alguien tiene síntomas como dolor abdominal, rigidez de la pared del abdomen, mareos, vómitos, pérdida del apetito, fiebre, diarrea, estreñimiento, distensión abdominal, todo eso indica que se puede tener otro padecimiento concreto.

Pues esa misma idea de signos visibles que en conjunto se presentan como probables indicadores de la existencia de una enfermedad en política, la del gobernante que sufre de soberbia optimista (superbus optimus, quizá pueda decirse en latín esta enfermedad).

El gobernante afectado por este padecimiento tiene síntomas que son muy visibles. Uno de ellos es un espectacular y aparatoso amor por sus ideas y propuestas. Las ama hasta el frenesí más delirante que pueda existir. Ama a sus ideas hasta la locura.

Y ese gobernante afectado entiende que su amor por sus propias ideas y propuestas le otorga el conocimiento suficiente como para gobernar a millones dictando la vida de estos. Aunque no tenga experiencia, aunque no tenga estudios, aunque desconozca todo, él siente ser capaz de gobernar profesionalmente. Es un síntoma de ilusiones creadas.

Es esa soberbia optimista de locura amorosa por sus ideas la que produce otro síntoma, el del lenguaje sentimental que típicamente le lleva a usar palabras como ‘amor’, ‘compasión’, ‘pasión’. ‘vocación’, ‘dolor’ y similares que le llevan a declarar que «ama al pueblo» y que «tiene vocación de servicio».

Otro síntoma es la construcción de sociedades teóricas y abstractas en las que todos son felices por estar bajo su autoridad. En sus propuestas existe esa sociedad virtual en la que todo problema ha sido solucionado mediante medidas y decisiones simples tomadas por él.

Un amigo dice; «Antes, a los que creían ser Napoleón los llevábamos al manicomio. Hoy los llevamos a la presidencia en todas partes».

Esta es la locura del optimismo soberbio que está rodeada de promesas grandiosas que ya no prometen lo consabido en política, como crecimiento y empleo, sino la felicidad misma y la solución de problemas personales. Llegan a prometer cuidar a todos desde que nacen hasta que mueren.

Otro signo es el del lenguaje dual que combina dulzura exagerada en sus propuestas y agresividad vulgar hacia sus opositores. Entiende como opositor a todo aquel que no se le somete incondicionalmente. Contra él dirige la más vulgar y tosca retórica intolerante (a los únicos que tolera es a aquellos que están sometidos a su voluntad).

En cuanto al uso de su cerebro, sus neuronas tienen escaso uso. No les hace falta pensar, ni analizar. No requieren justificar sus propuestas pues solamente las intenciones bastan. Tener un cierto propósito es suficiente como para justificar que tal o cual medida tenga garantía de éxito. Nada más hace falta que un objetivo compasivo.

También, el soberbio optimista tiene un fino instinto para crear culpas y odios colectivos. Es un talento refinado para crear frustraciones y odios. Mucho de su retórica está destinada a producir rencores y tirrias. Eso lo nutre y alimenta. Lo mantiene vivo y vigoroso.

Nada como el encono entre grupos sociales para emerger como el salvador justiciero que resolverá los problemas que él mismo ha creado. Y se coloca, para muchos, como un redentor que los salvará del mal para lo que están dispuestos a cederle todo el poder. Después de todo, ellos piensan, será él quien los lleve a esa sociedad perfecta en la que todos serán felices.

Lo que he querido hacer es apuntar algunos de esos síntomas del gobernante que padece el síndrome del soberbio optimista y que se ha vuelto tan común en la política. Tanto que el padecimiento se ha convertido en un estándar que no causa sorpresa.

Al soberbio optimista se le padece en todo tipo de regímenes, pero brilla espléndidamente en los tiempos electorales cuando la realidad no frena aún sus propuestas imposibles. Vea usted a su país y podré apostar doble contra sencillo de que allí se tiene al menos un candidato que es un caso de soberbia optimista.

Y que muy posiblemente ha contagiado a los demás.

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