Totalitarismo, riesgo real

Podrá resultar exagerado. Podrá ser descartado por creerse extremo. Y, sin embargo, es una posibilidad real que merece atención. Como la advertencia obligada de quien camina cerca de un precipicio.

Escribo sobre el riesgo del gobierno con demasiado poder y que va más allá de lo que suele clasificarse como dictadura. Esto es ir más allá de los ejemplos de Franco, Pinochet, Trujillo y similares.

«[…] el totalitarismo difiere esencialmente de otras maneras de opresión política conocidas por nosotros como despotismo, tiranía y dictadura».

¿La diferencia? Su objetivo central. Las dictaduras y sus similares significan opresión, pérdidas importantes de libertad dentro de un sistema que cambia a la sociedad y sus instituciones.

El totalitarismo va más allá del dominio sobre la sociedad, lo que intenta es la transformación de la misma naturaleza humana.

La diferencia es bestial. Dentro de una dictadura, el objetivo central de la autoridad es permanecer en el poder por medio de la represión.

En el totalitarismo la ambición no es permanecer en el poder, sino cambiar a las personas de manera que ellas dejen de ser oposición latente y permitan a la autoridad implantar sus medidas de transformación humana.

«[…] el gobierno totalitario siempre transformó a las clases en masas, suplantó al sistema de partidos, no en un sistema unipartidista, sino en un movimiento masivo, y estableció una política abierta hacia la dominación del mundo».

Esta última parte es notable, me refiero a las ambiciones extraterritoriales del totalitarismo. Donde quiera que usted vea esas ansias de expansión internacional de una ideología, la gran probabilidad es que se trate de un totalitarismo. Cuba es un buen ejemplo de esas ansias y su asociación íntima con Venezuela no es casualidad.

Los sucesos cubano-venezolanos tienen además una dimensión que puede pasar desapercibida en medio de noticias llamativas de protestas, muertos, encarcelamientos y represión. Claramente en ese medio ambiente de agitación y turbulencia política, la ley deja de tener sentido.

Con la ley desaparecida, se desvanece también el sentido moral y ético. Ya no aplican los principios naturales de justicia, equidad, razón, libertad y el resto. Ellos son sustituidos, sin embargo, por otros principios que redefinen los estándares de lo malo y lo bueno.

El gobernante totalitario, en su mente, sigue creyendo que actúa moralmente, rectamente. Y lo hace de acuerdo con su código moral que establece dos principios morales; (1) lo bueno es cualquier cosa que permita implantar la ideología en cuestión; y (2) lo malo es cualquier cosa que impida implantar esa ideología.

Eso es lo que le hace percibir como bueno encarcelar o matar a personas opositoras; lo que le hace entender como justo expropiar y desaparecer libertades; lo que le permite razonar como lógico el tener una policía que no tiene límites de poder.

Y, sobre todo, lo que le hace entender que es justo y ético usar cualquier método para cambiar a la naturaleza humana: las personas deben ser persuadidas hasta el punto en el que toda su moral sea obedecer lo que diga el líder (el gran culto a la personalidad que se ve en Cuba o Venezuela es un síntoma de esto).

Esa es la nueva moral, la nueva justicia, que todo justifica, todo: la voluntad del líder del movimiento que pretende dominar por medio del cambio de la naturaleza humana. Es un sometimiento voluntario que hace aceptar a la ideología implantada como una verdad histórica. Las leyes de la historia según las entiende el líder.

Esto es lo que da entrada al sistema de gobierno del totalitarismo, ya no hay leyes, como en un sistema republicano y democrático; tampoco hay falta de leyes, como en los sistemas déspotas. Lo que existe es algo nuevo, terror. El movimiento de la masa según las leyes históricas del líder y su séquito.

Comencé diciendo que consideraciones como estas podrán ser vistas como exageradas. «¡Eso no puede volver a pasar!», se me dirá. Mi punto es no solo que puede, sino que está sucediendo ahora mismo. Lo puede ver usted en el caso de Corea del Norte, y en el eje Cuba-Venezuela y sus aliados.

Y puede suceder en otras partes con la desventaja de que creyéndolo una imposibilidad, va progresando gradualmente hasta que resulta demasiado tarde. Y, dentro de un sistema democrático, todo comienza con el surgimiento de un líder que predica su amor por la sociedad y su intención de crear una nueva sociedad que él conoce perfectamente.

Solo será necesario que él persuada a suficientes personas que se le sometan suponiendo que él es «la» respuesta salvadora del país, para que inicie el camino al precipicio. Todo lo que se necesita es creer posible el paraíso social prometido con la condición de dejar al líder en libertad de hacer lo que quiera.

Los antídotos contra esto: amor por la libertad; inquietud mental y poder para razonar; sospechar de todo político, especialmente los líderes carismáticos; saber que los paraísos sociales son imposibles; y otros que usted puede saber ya.

Post Scriptum

Para esta columna he tomado ideas de H. Arendt, The Origins of Totalitarianism. Las citas son de esta obra.

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