Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Una almeja, un conejo
Eduardo García Gaspar
20 enero 2018
Sección: Sección: Listas
Catalogado en:


Iban por la playa. Un conejo y una almeja.

— ¿Cómo esta usted? —preguntó la almeja Meja.

— Muy bien ¿y usted? —dijo el conejo Nejo

— Igual que usted, muy bien —dijo ella.

 

Meja y Nejo hablaban mientras caminaban.

«¿Cómo camina una almeja por la playa?»,

se preguntarán quienes esto lean.

Pues camina sobre arena,

distinto a como caminaría si subiera una montaña.

 

Caminaban Meja y Nejo. Hablaban de todo.

No había tema ni asunto que ignoraran.

Hablaban de hoyos y pollos, de centollos y Pocoyo.

De cinturones y Pokemones, de galeones y tiburones.

Hablaban de minas y colinas, de sardinas y gallinas.

Aun no hablaban de cocinas y piscinas,

cuando alguien los saludó.

 

— ¿Como están ustedes Meja y Nejo? —dijo la gallina Gina.

— Muy bien —dijo Meja.

— Muy bien —dijo Nejo.

— Yo también —dijo Gina, que gustaba responder a preguntas que nadie le hacía.

 

Y fue así que Meja, Nejo y Gina continuaron su paseo.

«¿Cómo camina una gallina por la playa?»,

se preguntarán quienes esto lean.

Pues camina sobre arena, picoteando lo que brilla

igual a como caminaría si bajara una montaña.

 

Caminaban Meja, Nejo y Gina. Hablaban de todo.

No había nada que olvidaran.

Hablaban de ferodos y escodos, de chapodos y epodos.

¿Qué son ferodos, escodos, chapodos y epodos?

No lo sabían, pero eso no importaba, decían.

— Muy limitada conversación tendríamos si solo hablamos de lo que sabemos —dijo Meja.

— Tienes toda la razón —dijeron al mismo tiempo Nejo y Gina.

Aun no hablaban de cestodos y denodos,

cuando alguien los saludó.

 

— ¿Puedo acompañarlos? —preguntó la paloma Loma.

— Por supuesto —dijo Meja.

— Será un placer —dijo Nejo.

Nada dijo Gina porque picoteaba la arena, distraída como todas las gallinas.

«¿Cómo camina una paloma por la playa?»,

se preguntarán quienes esto lean.

Pues camina sobre arena, picoteando lo que brilla

igual a como caminaría una gallina.

 

Meja, Nejo, Gina y Loma siguieron caminado por la playa.

Ninguna cuestión, ninguna materia dejaban fuera.

Hablaban de orejas y bandejas, de ovejas y madejas.

Hablaban de pellejos y festejos, de espejos y cortejos.

Hablaban de idiomas y diplomas.

Aún no hablaban de genomas y bardomas,

cuando alguien los saludó.

 

— ¿Quién es esa que nos saluda? —preguntó Meja.

— No la conozco. No la he visto antes —dijo Nejo.

Gina y Loma nada dijeron porque estaban las dos picoteando la arena, distraídas como las gallinas y las palomas.

— Presentémonos —dijo Meja—yo soy la almeja Meja.

— Y yo, el conejo Nejo.

— Yo soy la Gallina Gina.

— Yo, la paloma Loma.

— ¿Cuál es tu nombre? —preguntaron todos a la ardilla.

— Pepe —respondió la ardilla.

— ¡Pepe! —gritaron asustados todos.

— Eso no puede ser, es imposible —exclamó Meja.

— Es algo que no puedo creer —dijo Nejo.

Loma y Gina no respondieron porque habían encontrado un pedazo de pan que ambas picoteaban.

— Pepe me llamo —dijo la ardilla.

 

Nejo tomó las cosas con calma y explico a la ardilla.

— Mira con atención, en estas tierras los animales tienen nombres que siguen ciertas reglas. Por ejemplo, yo soy el conejo Nejo y ella es la almeja Meja. Las que quedaron atrás son la gallina Gina y la paloma Loma.

— Y tenemos otros amigos —agregó Meja— como la abeja Beja, el armadillo Dillo, el cocodrilo Drilo, el cotorro Torro, el mapache Pache, la pantera Tera, sin olvidar a la tortuga Tuga.

— También —dijo Nejo— tenemos amigos en el mar, como el bonito Nito, la cigala Gala, el centollo Tollo, la langosta Gosta,

— Aunque hay veces que eso causa confusión —dijo Gina que ya había comido el pan— porque a veces llamo a Quito y viene el mosquito, pero yo quería hablar con el periquito.

 

Todos se quedaron callados en este momento.

Esperaban que la ardilla comprendiera que Pepe era un nombre imposible.

— ¿Cuál sería entonces mi nombre según ustedes? —dijo la ardilla.

— Es un asunto grave —dijo Meja.

— Sí, sí, muy grave —dijo Nejo —tendremos que pensarlo con seriedad.

— Yo propongo que se llame Casimiro —dijo Loma que de estas cosas nada entendía.

— Pues a mi me gustaría que se llamara Ludovico Sexto —dijo Gina quien tampoco sabía la importancia que tiene un nombre.

— Seamos lógicos —dijo Nejo— si la termita se llama Mita y la mariposa Posa y el langostino Tino, ¿cómo se llamaría esta ardilla?

— Sí, pensemos bien —dijo Meja— si la iguana se llama Ana, y el impala Pala y la cotorra Torra, me parece entonces que la ardilla se llame…

— ¡Dilla! —dijeron todos al mismo tiempo.

 

La ardilla Dilla, como se le conoció desde ese momento, solicitó unirse al grupo y todos aceptaron con gusto.

Meja, Nejo, Gina, Loma y Dilla siguieron caminado por la playa.

Ningún punto, ninguna idea dejaban fuera.

 

Pero esta vez pensaron que sería de buena educación dar la bienvenida a la ardilla Dilla, hablando de ciertas cosillas.

Hablaron de rodillas y mejillas, de chiquillas y cerillas.

También de pastillas y capillas, de hebillas y polillas,

de sombrillas y tortillas, de rosquillas y mezclilla.

Aún no hablaban de orillas y barbillas,

cuando oyeron un saludo.

 

Eran varios animales que levantaban las manos saludando.

Era un grupo variado. Un alce y un tigre, un cerdo y un diablo de Tasmania. Detrás de ellos había un coyote y una golondrina. Un lémur y un lince. Un mandril y un murciélago. Y otros más.

 

—¿Sabemos sus nombres? —preguntó Meja.

— ¿No estoy seguro? —respondió Nejo.

— Creo que aunque no los haya visto antes, conozco sus nombres —dijo Dilla. Allí están el coyote Yote, la golondrina Drina, la salamandra Mandra, la urraca Raca…

— Yo no estoy seguro —dijo Nejo —después de todo, hoy encontramos a una ardilla que se llamaba Pepe. Quizá el alce se llame…

— Podría llamarse Lububulo, o Clotolocampo —interrumpió Meja.

— ¡Sería un horror! —gritaron todos y se dieron la vuelta de regreso por donde habían venido.

Loma y Gina quedaron muy conformes con la decisión y siguieron a Meja y a Nejo.

 

Durante el camino, Meja, Nejo, Loma, Gina y Dilla hablaron de sus nombres y se admiraron de lo bellos que eran.

— ¿Y si no tuviéramos esos nombres, como nos gustaría llamarnos?

— A mi me gustaría llamarme Victoria —dijo la paloma y empezó a hablar de zanahorias y prehistoria.

— Pues a mi me gustaría llamarme Elisa —dijo la gallina—y comenzó a hablar de camisas y sonrisas.





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