Una tienda para animales

Caminaban un día por la playa dos hermanas.

Una se llama Victoria, la otra Elisa.

Conversaban de cosas curiosas y mariposas furiosas,

cuando una almeja y un conejo las saludaron.

 

— ¡Hola, Meja! —dijo Victoria que sabía el nombre de la almeja

— ¡Hola, Nejo!  —dijo Elisa al conejo.

— ¡Hola, hola, Elisa y Victoria! —dijeron Meja la almeja y Nejo el conejo.

— ¡Hola, hola! —gritaron a la distancia otros que venían retrasados.

Era la ardilla Dilla, la gallina Gina y la paloma Loma.

 

Después de saludarse se sentaron en la playa.

Y hablaron de muchas cosas famosas y ruidosas.

Hablaron de murallas y pantallas, de toallas y medallas.

Hablaron de leyendas y haciendas, de tiendas y meriendas.

— ¡Tiendas, tiendas, tiendas!  —gritaron Meja y Nejo.

— Sí, tiendas, tiendas! —gritaron Gina y Loma que no sabían de qué se hablaba, pero les gusta gritar repitiendo lo que otros dicen.

— ¿Tiendas?  —preguntaron Victoria y Elisa.

— ¿Stores? —preguntó Ludovico, el oso blanco, que a veces hablaba en otros idiomas y que siempre acompañaba a Victoria.

 

— Sí, tiendas, pero tiendas para animales —dijo Nejo.

— Sí, tiendas para animales —gritaron Gina y Loma que tampoco ahora sabían de qué se hablaba y picoteaban lo que brillaba en la arena.

Sì, negozi, ma negozi per animali —dijo Ludovico en italiano.

Lo que sucede es que no hay tiendas para animales.

— Un día quise comprar una pastilla y no pude —dijo Dilla, la ardilla.

— Lo mismo me pasó cuando quise comprar una bandeja —dijo Meja, la almeja.

— Sí, es cierto, yo necesité un espejo y no lo encontré —dijo Nejo, el conejo.

Oui oui. Magasins pour animaux. Grande idée —dijo Ludovico.

 

Y fue así que Elisa y Victoria tuvieron una idea.

Pondrían una tienda especializada en cosas para animales.

Victoria y Elisa regresaron a casa. Y allí contaron sus planes y preguntaron a sus papás, los que habían estudiado esas cuestiones, funciones y acciones.

Y fue así que al día siguiente se abrió una nueva tienda en el barrio.

Elisa y Victoria pusieron una mesa en el jardín de su casa y sobre ella colocaron todo lo que podían pensar que necesitaran los animales que pasaran por allí.

Atendían la tienda ellas dos y tenían como ayudante a Ludovico, ese muy pequeño oso blanco, encargado de mover cajas y cosas, como navajas y sonajas, y al que le gustaba hablar en varios idiomas.

 

A los pocos minutos de abrir, tuvieron ellas su primer cliente.

Era una jirafa que se detuvo y miró con atención la mesa donde estaba las cosas que se vendían.

— Buenos días —dijo la jirafa.

— Buenos días —respondieron Victoria y Elisa.

— Busco una bufanda —dijo la jirafa—. Estos días ando con un poco de tos y una bufanda me vendrá muy bien.

— ¡Una bufanda para una jirafa, eso debe ser enorme! —exclamaron las dos hermanas.

Tenían ellas una cobija enorme que podía servir de bufanda y gustó mucho a la jirafa. La trajo Ludovico.

— ¡Es amarilla, que maravilla! —dijo la jirafa—. Le va muy bien a mi barbilla y a mis rodillas, y no tiene polilla. Además me sirve de sombrilla.

 

Llegó más tarde una hormiga

—Gran fatiga tengo —dijo la hormiga— pues busco una bufanda y no la encuentro de mi tamaño.

—Ludovico, trae por favor, una bufanda para nuestra amiga, la hormiga —ordenaron las hermanas.

Ludovico trajo un hilo grueso que la hormiga se probó quedándole muy bien.

— Bien me abriga —dijo la hormiga—y oculta un tanto mi barriga.

— Es de tul, muy azul —dijo Victoria.

— Y tan suave como pluma de ave —dijo Elisa.

 

A continuación llegó un elefante que casi pisa a la hormiga. El elefante quería un diamante muy brillante para su turbante.

Ludovico no se hizo esperar y de buen talante trajo el diamante.

En eso y por sorpresa, llegó la ardilla, Dilla.

— Buenas tardes —dijo Dilla— ahora que han abierto su tienda quiero comprar algo para mi merienda.

— ¿Qué es lo que quiere usted? —preguntó Elisa.

— Un poco, nada más, de mantequilla —dijo la ardilla.

— ¿La quiere amarilla? —preguntó Victoria.

— Sí, amarilla, que le va muy bien al color de mi vajilla —respondió la ardilla.

—Ludovico, por favor, trae mantequilla y asegúrate que sea amarilla —dijo Victoria.

— Sí, amarilla —dijo Dilla—, porque he probado la mantequilla roja, la verde, la azul y la rosada y no me han gustado nada.

Pagó la ardilla con unas monedillas y salió muy contenta.

— Esa ardilla antes se llamaba Pepe —dijo Elisa.

— Sí —dijo Victoria— pero le cambiaron el nombre en el cuento pasado.

— Pues yo le seguiré llamando Pepe —dijo Elisa.

— O quizá podamos llamarle Pepedilla —propuso Victoria.

 

A continuación, visitó la tienda la paloma Loma.

— Muy buen día —dijo Loma—, espero que se encuentren bien, señoritas.

— Nos encontramos perfectamente —dijeron Victoria y Elisa —¿Qué es lo que desea comprarnos?

— Necesito con urgencia un birichibicho —dijo Loma.

— ¿Qué es un birichibicho? —preguntó Victoria.

— Nunca había escuchado eso de birichibicho —dijo Elisa.

— Pues yo tampoco sé qué es —dijo Loma—, pero sé que lo necesito con urgencia.

— ¡Un birichibicho! —dijo Ludovico mientras se rascaba la cabeza, —ya había predicho que alguien pediría un capricho.

— No hay birichibichos, lo sentimos —dijeron Victoria y Elisa.

— ¿Qué? —dijo Loma que era muy distraída y no recordaba las cosas.

— Que no tenemos birichibichos —dijeron.

— ¿Y quién quiere birichibichos? —preguntó Loma.

— Pues usted los quiere —dijo Victoria.

— Yo no me pedido birichibichos, lo que he pedido es algo que necesito con urgencia, un kilo de tutucuchos —dijo Loma, la paloma.

— ¿Qué son tutucuchos? —preguntaron Elisa y Victoria.

— No lo sé —dijo Loma—, pero los necesito y no son caprichos.

— Pues no tenemos tutucuchos —dijo Victoria.

— ¿Y quien quiere tutucuchos?— dijo Loma, que estaba picoteando el jardín —yo nada más he venido a saludarlas y ahora me voy.

— ¿Quién será el loco que pide tutucuchos? —dijo Loma, la paloma.

 

No pasó mucho tiempo cuando llegó a la tienda de Victoria y Elisa la gallina Gina que es muy amiga de Loma, la paloma.

Loma y Gina son muy distraídas y las cosas se les olvidan con frecuencia, lo que a quienes las conocen exige mucha paciencia.

—¡Quiero comprar unos guantes! —dijo Gina, la gallina.

—¿Guantes para una gallina? —preguntó Victoria pues nunca había oído de tal cosa como guantes para gallinas.

— También quiero un anillo —dijo la gallina.

— ¿Anillos para gallinas? —preguntó Elisa, quien tampoco imaginaba que existieran anillos para gallinas.

— ¡Ah, y también quiero una pulsera! —dijo la gallina Gina.

— ¿Bracelete para galinhas? —preguntó Ludovico que a veces hablaba en portugués.

— Gina, tú tienes alas no tienes manos ni brazos. No puedes usar guantes, anillos, ni pulseras —dijo Victoria.

— Claro que puedo —dijo Gina— Los guantes los uso de sombrero, de babero y de joyero.

—¿Y los anillos? —preguntó Elisa.

— Los anillos para construir castillos junto a los cepillos —dijo Gina la gallina,

— ¿O que você está fazendo com as pulseiras? —preguntó Ludovico que seguía hablando en portugués.

— Con las pulseras juego a las banderas que guardo en las carteras —contestó Gina.

Caestus, annulos et dextralia. Hic sunt —dijo Ludovico que ahora hablaba en latín y que nadie entendió— ¡Guantes, anillos y pulseras. Aquí están!

Gina salió de la tienda muy contenta pensando en comer polenta con pimienta.

 

Ya era tarde cuando llegaron a la tienda, el conejo Nejo y la almeja Meja.

— Buenas noches, Elisa —dijo la almeja Meja.

— Buenas tardes, Victoria —dijo el conejo Nejo.

—¿Qué quieren comprar? —preguntaron las dos hermanas.

— Neja quiere una bandeja para sus lentejas y madejas —dijo Nejo.

— Nejo quiere un espejo para el festejo del Día del Cangrejo —dijo Meja.

Erretilu bat, ispilu bat —dijo Ludovico que ahora hablaba en vasco y nadie le entendió.

En skuff, et speil —dijo en noruego, pero tampoco entendieron lo que decía y pensaron que tenía la lengua enferma.

One tray, one mirror —dijo en inglés y ahora todos supieron qué decía.

Nejo salió con su espejo y Meja con su bandeja, muy contentos los dos.

 

Ya era casi de noche y las dos hermanas cerraron la tienda.

— Mañana la abrimos —dijo Victoria.

— Sí, mañana la abrimos —dijo Elisa.

— Y no hay que olvidar tener cosas para los armadillos, como castillos, ladrillos y cuchillos, tornillos y palillos —dijo Victoria.

— Tampoco hay que olvidar las cosas para las panteras, como maderas, banderas y carteras, palmeras y tijeras.

— Yo me encargo de traer cucuruchos, serruchos y cartuchos, en caso de que nos visite algún animalucho —dijo Ludovico.

 

Entraron a la casa y saludaron sus papás. Cenaron. Se bañaron. Limpiaron sus dientes y oyeron que les decían.

Bedtime —gritó Ludovico que ya estaba acostado.

L’heure de dormir —dijo papá.

Hora de dormir —dijo mamá.

Lo egiteko denbora —dijo amama, pero solo Ludovico entendió.

L’heure de dormir —dijeron papi y mami.

Ora di andare a letto —dijo Bu.

Victoria y Elisa se durmieron muy rápido y soñaron con cosas sabrosas, lujosas y lustrosas.


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