Qué debe hacerse con las reservas internacionales del banco central. Esa es la idea de Manuel Sánchez González en su columna.

De forma periódica, ha surgido en el país el debate sobre la aplicación que deberían tener las reservas internacionales del Banco de México. 

Tal discusión, que a lo largo del tiempo se ha traducido en diversas propuestas y hasta iniciativas legales para utilizar presumiblemente mejor esos recursos, revela numerosas confusiones.

Las reservas internacionales representan el principal activo del banco central y sirven para desempeñar funciones esenciales en el mercado cambiario. 

Consisten en instrumentos de bajo riesgo y disponibilidad inmediata denominados en moneda extranjera, como bonos del Tesoro de Estados Unidos y depósitos a la vista en instituciones internacionales.

Estos acervos son indispensables en un sistema de tipo de cambio predeterminado, como el que prevaleció en México hasta 1994. En tal régimen, la autoridad monetaria debe vender divisas cuando la demanda supera a la oferta, y comprarlas en el caso contrario, a fin de mantener el nivel objetivo de la paridad. 

El agotamiento de reservas fue el preludio de las grandes crisis de balanza de pagos de nuestro país.

En contraste, el sistema de libre flotación, vigente en México desde 1995, no requiere estos activos para fijar el tipo de cambio, ya que este se determina en los mercados. No obstante, aun con la flexibilidad cambiaria, los bancos centrales mantienen reservas porque generan otros beneficios.

En particular, esos recursos permiten a la autoridad monetaria proveer liquidez a las transacciones en episodios de estrés financiero y proporcionan un respaldo a las obligaciones soberanas en moneda extranjera. 

Con ello, se incrementa la confianza en la moneda nacional y se reduce el costo de financiamiento externo no sólo para el Gobierno sino para los particulares.

La naturaleza de elevada calidad y liquidez de estos activos conlleva irremediablemente costos, entre los que destacan dos. 

El primero es su carga financiera. Al respecto, debe subrayarse que, contrario al imaginario popular, las reservas no representan una riqueza neta para los bancos centrales (mucho menos para el país) ya que tienen como contrapartida un pasivo.

Específicamente, la autoridad monetaria acumula reservas emitiendo deuda, ya sea sin costo en la forma de base monetaria (billetes y monedas en circulación más depósitos bancarios en cuenta corriente) o con costo mediante otras obligaciones.

En México, actualmente este segundo componente representa más de la mitad del fondeo de las reservas. Al situarse las tasas de interés internas muy por encima de las externas de corto plazo, la carga ponderada de ese financiamiento supera el rendimiento de los activos.

El segundo es el costo de «oportunidad», asociado con el mejor uso alternativo de los recursos. Si bien esa referencia está abierta a discusión y justifica, en parte, el debate sobre el uso deseable de las reservas, una comparación idónea es con la deuda externa del sector público. 

Como las tasas de interés de los pasivos superan las de los activos, podría concluirse que sería preferible utilizar los segundos para cancelar los primeros.

Para niveles no excesivos de reservas internacionales, es posible fundamentar que los beneficios totales rebasan a los costos. Lo anterior conduce a descubrir el monto óptimo de reservas más allá del cual prevalecerían las desventajas netas. 

El FMI ha desarrollado varios indicadores para evaluar la suficiencia justa de estos recursos en comparaciones internacionales.

De acuerdo con esa metodología, las reservas del Banco de México se encuentran en niveles adecuados. De hecho, la contratación de la Línea de Crédito Flexible con ese organismo confirma el diagnóstico de que las reservas no son excesivas.

A pesar de lo anterior, repetidamente se ha postulado en el país la supuesta conveniencia de desviar estos acervos a actividades alternativas, como la construcción de infraestructura o el combate a la pobreza. Este intento enfrentaría, por lo menos, dos graves inconvenientes.

Por una parte, desaparecerían los beneficios financieros y de estabilidad asociados con las reservas, objetivo para lo cual se constituyeron. Por otra, el banco central se convertiría en uno de desarrollo, con la peculiaridad de poderse financiar con emisión monetaria, lo que obscurecería su misión.

Ante tales confusiones, es indispensable que el Banco de México mantenga su carácter de autoridad monetaria independiente. Los objetivos de gasto que algunos le buscan asignar desvirtuarían su operación y acarrearían severos riesgos, incluyendo la inflación y la fragilidad financiera.

Nota del Editor

Esta columna fue publicada anteriormente en El Financiero. Agradecemos el amable permiso de reproducción. El autor fue subgobernador del Banco de México de 2009 a 2016. Desempeñó diversos cargos en BBVA Bancomer. Fue director general del CAIE en el ITAM.

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