Gobernantes imperfectos, gobiernos imperfectos. El problema natural de la autoridad política, el ser delegado en seres defectuosos y deficientes. No diferentes al resto de las personas. La naturaleza imperfecta de la autoridad y cómo resolver el problema.

Para algunos, es cuestión de deshacerse de él. Otros lo toman como el objeto de su adoración. Hay también quien piensa que es un mal necesario. Y muchos más, como lo que creen que es un modus vivendi.

Es el gobierno.

¿Lo necesitamos en verdad? Un mundo sin gobierno, basado en acuerdos entre las partes, resulta atractivo, pero seguramente es imposible

La razón la vemos todos los días, nuestra propia imperfección. Realizamos actos indebidos y por eso mismo, necesitamos un gobierno.

Una entidad con poder que aplique leyes y castigue conductas indebidas. Conductas que dañen a las personas mismas y a sus propiedades, conservando las libertades más amplias posibles. En fin, debido a nuestra imperfección necesitamos gobiernos.

El problema real

Y eso crea un problema fascinante. No hay otra opción que tener gobernantes que también son imperfectos, igual que el resto de los mortales. No hay otra opción

Es decir, para hacer más leves las consecuencias de nuestra imperfección tenemos que acudir a la intervención de gobernantes, los que son también imperfectos.

Eso significa que la premisa de la que parten el socialismo, el intervencionismo, el estado de bienestar está equivocada. Estas formas de arreglo político-económico, suponen que los gobernantes son perfectos, o casi perfectos (al menos, mucho mejores que el resto de nosotros).

La conclusión es obvia: para remediar y prevenir las consecuencias de nuestra imperfección, la que lleva a conductas indebidas inevitables, recurrimos al gobierno, pero el gobierno está también formado por personas imperfectas.

Un problema interesante. Uno que lleva a concluir que siempre tendremos gobernantes imperfectos y, por tanto, gobiernos imperfectos.

¿Como solucionarlo?

La siguientes son algunas ideas y sugerencias para minimizar los problemas que causa el tener gobernantes imperfectos y, por ende, gobiernos imperfectos.

Aceptar la realidad

Lo primero es aceptar lo inevitable. Jamás tendremos un mundo perfecto, ni un gobierno perfecto, ni gobernantes perfectos, ni ciudadanos perfectos.

Creer que podremos tener una sociedad ideal, es al menos ingenuo. Las propuestas de sociedades ideales son sueños irrealizables.

Sospechar siempre

Comienza aquí la idea de cómo solucionar el problema de gobiernos y gobernantes imperfectos y lo hace con una idea simple. Ver con sospecha y recelo las propuestas de gobernantes que piensan poseer el diseño de una sociedad ideal.

Cuando usted escuche eso de un gobernante, lo mejor que puede hacer es salir corriendo y votar en su contra. Un ser imperfecto que cree tener el secreto de una sociedad ideal, es aún más imperfecto que el resto de nosotros. Darle poder sería una locura.

La peor posición que puede tener un ciudadano es la de convertirse en fan incondicional de un gobernante, al que supone una persona excepcional y sin defectos.

Limitar el poder gubernamental

Otra manera de encontrar un gobierno razonablemente bueno, pero en manos de seres imperfectos, es hacer todo lo posible por limitarles el poder.

Demasiado poder en manos de seres imperfectos sería igual a ponerse en manos de un ser defectuoso que cometerá errores y sucumbirá a conductas indebidas.

Simplemente no conviene hacerlo. Ningún ser humano, absolutamente ninguno, está preparado para gobernar a los demás. Y solo lo podrá hacer bajo reglas que le son impuestas por el resto y cuidando que no se salga de ellas.

División del poder gobernamental

El gobierno, entonces, puede tenerse bajo la estricta condición de un papel de empleado que obedece el mandato del resto, expresado en leyes emitidas por legisladores con poder separado.

Es un gobierno empleado, al que se le exigen cuentas y que puede actuar solamente dentro de estrictos límites de los que no puede salir. Es eso que se conoce como estado de derecho y visión del poder.

Y a pesar de todo

Es una locura esperar acciones perfectas de un gobierno de gente imperfecta. Y sin embargo, eso es lo que sucede en nuestros tiempos.

Por alguna razón demasiados ciudadanos han sido atraídos a la idea de que quienes gobiernan tienen capacidades y conocimientos sobrehumanos, los suficientes como para ser ahora ellos quienes dictan conductas a los ciudadanos.

Bajo el supuesto de un gobierno razonable y limitado, es el ciudadano el que le exige cuentas al gobernante. En cambio, bajo el nuevo concepto del gobernante que sabe conducir a la sociedad, es ese gobernante quien le exige cuentas al ciudadano.

Es ese el panorama general de los gobiernos en nuestros tiempos y que se debe al olvido de que los gobernantes son seres imperfectos, que no pueden producir gobiernos perfectos.

Deben ellos ser vigilados, limitados, supervisados y mantenidos dentro de lindes bien definidos.

Es cuando nos olvidamos que los gobernantes no son sino seres iguales a nosotros, y quizá peores, que comienzan los problemas que padecemos en nuestros días, especialmente la pérdida de libertad y con ella, la pérdida del florecimiento humano.

Gobernantes analfabetas económicos

Es otra realidad que ilustra a los gobernantes imperfectos, el carecer de conocimientos económicos. Algo que les suele llevar a suponer que pueden manejar a la economía según su antojo y deseo.

Los ejemplos son abundantes. Las propuestas de precios de garantía, el uso de aranceles como amenaza internacional, controles de precios y uno de los favoritos, el impuesto a productos de lujo.

Veamos este último un poco más de cerca. Otra instancia de que gobiernos imperfectos, con gobernantes iguales producen planes imperfectos que llegan a ser alocados.

Impuesto al lujo como ejemplo

El lujo es un concepto relativo. La única posibilidad de establecer lo que es el lujo es hacer una lista que necesariamente es incompleta y mala. Quizá usted caiga en contradicciones, como la de considerar lujo al salmón ahumado, pero no a otros pescados más caros.

Pero supongamos que usted ya resolvió el problema y cree que todo lo que tiene que hacer es sentarse a esperar que lleguen los impuestos cobrados a esos que más tienen.

Pues quédese sentado porque le va a llegar menos de lo que espera. Seguramente recolectará menos impuestos que los esperados.

Los que compran esos artículos van a comprar menos de ellos, quizá los compren en otros lugares y los vendedores van a encontrar maneras de evitar el impuesto. La gente no es tonta y va a comprar menos de lo que ha subido de precio.

Quien propone ese impuesto al lujo piensa que se oye muy bien eso de que «paguen más quienes tienen más». La gente con más ingresos, ya le dije, comprará menos, lo hará en otro lado y encontrará maneras de evitar el impuesto. Pero hay otro tipo de personas, todas esas que se encargan de la producción y distribución del producto de lujo.

Son los trabajadores de todos tipos, los mecánicos, los vendedores, sus familias, y muchos de ellos son personas que no son esos que «más tienen». Dicho de otra manera, ponga usted un impuesto de lujo, que al rico no le va a afectar mucho, pero sí al de menos recursos que trabaja haciendo eso que un populista considera un lujo.

No es difícil entender esos problemas que producen los sueños económicos usuales. Se llaman efectos no intencionales y desatienden el pequeño problema de que la economía es muy compleja.

Gobernantes redentores sociales

La tema es simple. La razón por la que gobernantes obviamente imperfectos, se nombran a sí mismos salvadores nacionales y redentores sociales. Es una característica muy propia de los gobernantes imperfectos.

Los gobernantes que proponen grandes medidas tienen una visión muy simplificada y falsa del mundo. Para ellos, el mundo está formado usualmente por los pobres y los ricos, que son los buenos y los malos.

Este gobernante solo puede pensar en la existencia elemental de dos tipos de personas, los buenos que son los pobres y los malos que son los ricos.

Con esa mentalidad es lógico que el mundo de ese político se vuelva una especie de guerra santa sencilla, simple, de caricatura: hay que castigar a los malos y premiar a los buenos. Es un mundo de Caperucita Roja, de Cenicienta.

¿Es así el mundo, tan simplificado? Desde luego que no, la realidad diaria muestra una situación mucho más compleja, embrollada y difícil. La clase media, en toda su gama, no tiene cabida en esa visión simplista del mundo.

Tampoco se considera la dinámica de personas que suben y bajan sus ingresos, otra realidad demostrable.

Una visión irreal del mundo

La visión del mundo de esos gobernantes es absolutamente falsa, lo que no tendría mayores consecuencias de no ser por el hecho que sobre esa hipótesis errónea toman decisiones. El punto es básico, pero muy pocas veces lo he visto tratado.

Siempre la opción de más poder

Los gobernantes, siempre imperfectos, se sienten amenazados por todas las ideas que ellos perciben que piden leyes más sencillas, más eficiencia, menos gasto y en general menos gobierno.

Y ellos van a sentirse muy a gusto con todas las ideas que llaman a mayor intervención gubernamental y a decir que la sociedad sola es incapaz de organizarse.

En otras palabras, el gobernante tiene la tendencia a expandir el tamaño del gobierno, con excepciones posibles pero escasísimas. Esa es su opción por default.

Supongamos, por un momento, que las ideas que piden menos gobierno en la sociedad son las más adecuadas. Las ideas de gobiernos limitados más adecuadas a crear riqueza, a generar progreso, a solucionar pobreza.

Entonces vamos a tener una situación curiosa: el gobernante tendrá frente a sí un dilema, el de intervenir menos en la sociedad para mejorarla o el de seguir interviniendo con la consecuencia de frenar su desarrollo.

¿Qué decisión tomará el gobernante ante ese dilema?

Mayoritariamente decidirá seguir interviniendo en la sociedad, a pesar de que eso cause retrasos. La noción de un gobernante que nos diga que debemos arreglar nosotros mismos nuestros problemas es, peor aún, muy ajena a nuestra cultura política.

«Tengo vocación de servicio»

La frase mágica es la de «tengo vocación de servicio y deseo ayudar a la sociedad». Forma parte del paisaje político. La frase es, desde luego, curiosa, pues pone a los políticos al nivel del atleta olímpico que afirma hacer todo por su país.

No es creíble, excepto en casos verdaderamente excepcionales. Los gobernantes son imperfectos y esas altas motivaciones de las que presume son exaltaciones de lo mismo de lo que carece. Veamos esto de manera ordenada.

Vocación de servicio

Si de verdad la tuviera el político por encima del resto de la población, no sería el gobierno una institución con altos niveles de corrupción.

Si alguien en verdad tiene vocación de servicio a la sociedad, difícilmente entraría a un gobierno. Vería realizadas sus ansiedades de servicio con mayor plenitud en las acciones que realizan los misioneros, los enfermeros y una serie de personas que con escasos ingresos se consagran a la atención de los demás.

Deseos de ayudar a la sociedad

Cuando alguien proclama ese tipo de amores a la sociedad y a la humanidad, lo que en realidad está revelando es otra cosa más escondida. Su amor por otra cosa, su amor por sí mismo y los apetitos incontrolables para imponer en otros sus ideas para hacerlos vivir dentro del sistema por él ambicionado.

No puede existir un amor así tan vago, por una entidad tan abstracta.

Por tanto

La vocación de servicio y el amor a la sociedad son palabras vanas y huecas, que suenan bien y convencen al ingenuo que cree en las buenas intenciones de quien las pronuncia.

Eso nos lleva a considerar la pregunta obvia. ¿Son los gobernantes personas en promedio peores o mejores que el resto de los ciudadanos? Al menos sabemos que son imperfectos, que los gobernantes no son mejores que el resto.

La posibilidad de que ellos sean mejores que el resto no es viable. Quedan por tanto, las opciones siguientes, las de ser iguales al resto o ser peores que el resto.

¿Son los gobernantes igual de imperfectos que el resto de las personas? No es una mala opción y, de principio, cancela la posibilidad de que ellas sean movidas por intereses totalmente altruistas y posean los más altos valores.

Si son como todos, van a ser sujetos de las mismas debilidades y sucumbirán a las mismas tentaciones. Sus intereses no serán los del servicio a la sociedad, sino los del avance personal. Mirarán antes por su bien y no por el de los demás.

Pero hay otra posibilidad espeluznante, la de que los gobernantes sean en promedio personas peores al resto de la sociedad. Que tengan estándares morales y preparación por debajo del promedio.

La posibilidad es real y existen casos que se inclinan en esta dirección. Sea lo que sea, la conclusión parece lógica. Cuando algún político habla de su vocación de servicio, de su amor por la sociedad y cosas por el estilo, está mintiendo.

Conclusión

Los gobernantes son evidentemente seres imperfectos y, por eso, los gobiernos son también imperfectos. Suponer lo contrario es una hipótesis demostrablemente irreal.

Por lo tanto, es obvio que el suponer que algún gobernante es tan bueno y está tan preparado como para darle poder sin fuertes controles, es algo temerario, miope y necio.

Y, a pesar de todo, eso de hace una y otra vez. La experiencia no parece ser parte del electorado. El problema natural de la autoridad política, el ser delegado en seres defectuosos, imperfectos y deficientes.