La política de urgencia extrema. Un trastorno político que apremia a actuar de inmediato sin considerar consecuencias futuras.

Un padecimiento político

Es como un síndrome de inmediatez total. Un llamado apresurado a hacer algo, no importa qué. Sucede en todas partes, en las empresas que sufren crisis, en las familias que pasan por muy malos momentos.

Y también sucede en los gobiernos de todo lugar. La victoria del corto plazo sobre el mediano y largo. Decisiones que no siguen un proceso razonable.

Bastiat trató este asunto general cuando habló de las cosas que se ven y que no se ven. Los buenos economistas, y los buenos políticos, son esos que ven los resultados no inmediatos de sus acciones.

Claramente quien sufre este trastorno de la inmediatez de resultados no es un buen economista.

La política de la urgencia extrema

Consiste en la toma de decisiones políticas que privilegian obtener resultados visibles, inestables y de corto plazo, sobre resultados estables que se percibirán en el largo plazo.

Algo que favorece a los radicales, que son los únicos a quienes acomoda la celeridad sin necesidad de reflexión. Y perjudica a los moderados, siempre más dispuestos a la reflexión y menos a la urgencia activista.

Es una sensación de prisa y apremio de tal intensidad política que hace aceptable a cualquier iniciativa, la que sea. Ese estado de furor impaciente que vuelve aceptable a todo, así sea lo menos ponderado. Es cuando las advertencias salen sobrando. Un polo con especial atractivo a lo descabellado.

Los instantes en los que esa sensación de urgencia imprudente se difunde en la sociedad son fatales. Ayudarán a la aceptación rápida de propuestas de cambios disparatados mientras sean inmediatos.

Lo vital ya no es reflexionar sino hacer, cuanto más pronto, mejor. Lo que antes habría sido impensable ahora se torna deseable inmediatamente si da resultados visibles de corto plazo.

Sucede en todas partes

Un autor ha comentado esto en el caso del ascenso al poder de los bolcheviques:

«Las pancartas del partido leninista: “Lo más importante, atacar al enemigo”, “Veremos qué pasa”, y “Las cosas no podrían ser peores”, suman la sabiduría popular que guió a millones de personas a confiar en las promesas bolcheviques». Khlevniuk, Oleg V.. Stalin: New Biography of a Dictator (p. 37). Yale University Press. Mi traducción. 

Favorece a los populistas que enfatizan la necesidad de acciones inmediatas con resultados instantáneos. Si llegan a crear una inercia popular que presione a los gobernantes, estos con dificultad superarán tal presión.

Esto es lo que me creo que ha sucedido en México, durante las pasadas elecciones. «Las cosas no pueden estar peor y es preciso hacer algo ya ahora mismo». Esta es la mentalidad que, entre otras cosas, determinó los resultados.

Ayudó, sin duda mucho, el mal desempeño del gobierno pasado, especialmente en cuanto a corrupción, inseguridad e impunidad. Fue un gobierno de muy escasa inteligencia y nula prudencia el que facilitó la labor a una campaña que se encargó de aumentar la percepción de una situación insoportable que derivó en ese «hay que hacer algo ya, no importa qué».

Esta urgencia de acción inmediata irreflexiva, indeseable en sí misma, lo es más aún por las secuelas que produce y que aumentan su gravedad.

Cuando se hace algo por urgencia desesperada, no importa qué, se crean situaciones peores que alimentan aún más a esa urgencia desesperada.

Y la urgencia desesperada incrementa su magnitud perdiendo aún la poca dosis de prudencia que pudo antes tener. Ya no hay sino una política de vehemencia y ardor, virulenta y excitable, inclinada al furor y a la ira. El costo de la irreflexión inicial será la rabia política posterior.

Es como un principio de interacción social: cuando la razón deja de usarse su lugar es ocupado por el enojo. Y la razón deja de usarse cuando hay demasiada urgencia de hacer lo que sea.

Olvidando el plazo largo

La política de la urgencia extrema puede ser expresada como el olvido del largo plazo. Un caso extremo puede explicar el efecto del olvido.

El fin del mundo

Piense usted que hace unos minutos se ha anunciado el fin del mundo. Un asteroide gigantesco chocará contra la tierra en dos días. No hay manera de pararlo. Las posibilidades de sobrevivir el evento son mínimas. Los expertos calculan que el 98.97% de la población morirá ese día y en los inmediatos siguientes.

Ahora piense en las consecuencias de ese anuncio en las personas, incluyéndolo a usted mismo. Seguramente, las personas dejarán de trabajar. Ya no tiene caso. Como tampoco lo tiene el pagar la hipoteca, ni la tarjeta de crédito, ni la renta. ¿Para qué ir a clases?

Piense usted en esas consecuencias y encontrará más. Seguramente aumenten los delitos y los robos y los actos violentos. Ahora el paso siguiente es más interesante. ¿Cuál es la razón de todos esos cambios radicales de conductas?

El sentido del futuro lejano

Me refiero a la causa de fondo. Es algo que puede perderse de vista. Es la pérdida del sentido de largo plazo. Sin el sentido que da el largo plazo, el plazo corto domina totalmente.

Para ser razonablemente estable u sostenible, el corto plazo necesita del largo plazo. Si este último desaparece, el plazo corto se desestabiliza.

Imagine ahora que acaban de anunciar que el asteroide ha sido destruido y que la vida en la Tierra continuará como hasta ahora. El plazo corto vuelve a estabilizarse.

Política de la urgencia extrema: presente inestable

La conclusión es lógica. El predominio de urgencia por resultados visibles de corto plazo, sin consideración de efectos futuros no intencionales, desestabiliza al corto plazo.

¿Se ha perdido el sentido del plazo largo?

J. Ortega y Gasset (1883-1955) argumentaría que sí. Las personas de estos tiempos no tienen ya el sentido de asociación entre esfuerzo y progreso, creyendo que la prosperidad es algo no creado a lo que se tiene derecho sin necesidad de producirlo.

Es buena forma de explicarlo: la pérdida del sentido de causa-efecto entre esfuerzo ahora y mejor vida tiempo después.

Como una redefinición de la mejor vida ahora desasociada de trabajo anterior. Como creer que hoy se tiene una cuenta de ahorros sustancial sin necesidad de haber hecho depósitos desde tiempo atrás.

Tenemos el caso de la inflación de derechos y reclamos olvidando las obligaciones. La distorsión que sufre la libertad cuando se hace de lado a la responsabilidad. La obsesión con la autoestima por encima del esfuerzo. El abandono del sentido de culpa y arrepentimiento. Esto tiene una manifestación muy concreta.

Para muchos no hay necesidad de que un asteroide choque con la tierra en dos días, pues ya actúan como si eso sucediera. Un problema que tiene consecuencias porque lo que ahora se hace es lo que dará resultados en el futuro, a plazo largo.

Y surge un problema se supervivencia.

«[…] el asunto inevitable de si una sociedad democrática puede florecer, o incluso sobrevivir, en ausencia de limitaciones internas que antes daban soporte a la ética del trabajo y desalentaban a la autoindulgencia». Christopher Lasch, The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy.

El futuro de generaciones pasadas

Si el presente está cimentado en los resultados de conductas pasadas con resultados futuros de largo plazo, eso significa que el presente próspero que vivimos no ha sido creado realmente por nosotros, sino por quienes nos han precedido.

Eso es lo que plantea la pregunta. ¿Qué futuro tendrán aquellos que nos sigan si nuestras conductas ahora mismo no tienen buenos resultados en el plazo largo?

Sí, la política de urgencia extrema tiene consecuencias y ellas no son buenas. Un fenómeno de embrutecimiento gubernamental.