El deseo irresistible de implantar el modelo de sociedad ideal.

La tentación de hacerlo puede ser tan irresistible como el temperamento de quien haya desarrollado esa idea propia de la utopía obligatoria.

Si se ve en términos religiosos, que es lo más sencillo al principio, piense usted en un grupo religioso cualquiera y que está convencido de conocer algo que podemos tener el reino de Dios en la tierra: una sociedad perfecta en la que se ha logrado tener pureza y felicidad. Allí, las personas serán salvadas de sus malas inclinaciones y estarán libres de sus pecados.

Esto puede verse en los intentos de establecer un paraíso terrenal por parte de algunos cristianos y musulmanes. Recuerde usted, por ejemplo, la influencia religiosa en la prohibición de bebidas alcohólicas o en el decreto religioso para asesinar a Salman Rushdie.

En tiempos secularizados se esperaría la ausencia de ese irresistible deseo de implantar a la sociedad ideal y divina que alguien ha concebido, pero no es así. Los deseos de implantar a la utopia obligatoria siguen existiendo a pesar de ya no tener contenido religioso alguno.

Un ejemplo, mejor dos. La URSS y China bajo Mao el siglo pasado, por no mencionar a Pol Pot en Cambodia o a Castro en Cuba y a Chávez en Venezuela. La misma idea básica que llevó a la mentalidad puritana a buscar el apoyo gubernamental para borrar la ocasión pecaminosa del alcohol.

Ahora y desde hace un siglo más o menos, sin componente religioso, de mantiene el proceso. ¿Tiene usted una utopía que quiere hacer obligatoria porque está seguro de que eso salvará a todos? Use al gobierno, al poder del gobierno. No importa que sea para imponer la sharia o el Socialismo del Siglo 21.

Esquemáticamente, lo anterior puede examinarse en los siguientes elementos:

1. La existencia de una idea cualquiera que sea capaz de crear la expectativa de una sociedad perfecta, esa utopía obligatoria, que permitirá alcanzar la felicidad completa de las personas. 

La puede producir C. Marx, Fidel Castro, Mao Tse-tung o quien usted quiera. O la puede crear alguien usando las lecturas de libros religiosos. 

2. La existencia de una o varias personas totalmente convencidas de su utopía a la que quieren implantar porque ello les representa una obligación moral irrenunciable. Admiten y aceptan que su vida será consagrada a los esfuerzos de implantar su sociedad ideal obligatoria.

3. El reconocimiento inevitable de que solo existe un medio posible para implantar la utopía que han concebido, el gobierno. Es decir, la fuerza será el método por el que la utopía se convertirá en obligatoria para todos, pues si se dejaran libres a las personas no todas la aprobarían y la implantación no admite excepciones.

Esto último es lo que merece una segunda opinión, la realidad de que para alguien que está convencido de saber cuál es la sociedad ideal y no puede resistir la tentación de implantar su utopía, el único camino que existe es el gobierno. Pero un gobierno con poder absoluto, eso que conocemos como totalitarismo.

Alguien lo ha expresado así:

«[…] el infierno totalitario solamente prueba que el poder del hombre es mayor de lo que él se atrevió a pensar, que el hombre puede realizar fantasías infernales sin que el cielo se caiga ni la tierra se abra». H. Arendt, The Origins of Totalitarianism

A la utopia obligatoria la conocemos como ideología y al gobierno que la quiere implantar, como totalitario.

Sirva lo anterior para apuntar el riesgo de que llegue al poder cualquier persona o grupo que posea una utopía obligatoria que está por encima de toda discusión.

Y una cosa más…

México, en estos momentos, está en esa situación posible que combina a la fuerza del gobierno con una utopía obligatoria. Esta cita de E. Krauze en «El presidente historiador» lo ilustra:

«López Obrador aspira a ser como Juárez, Madero y Cárdenas, pero sus actos perfilan otro modelo político, otra biografía del poder: mandar desde el principio, encabezar un régimen unipersonal y autoritario, centralizar el mando del país, no compartir el poder con nadie, ser el gran elector, poner y quitar gobernadores, nombrar magistrados del poder judicial, hacer del parlamento un departamento del ejecutivo, confeccionar la lista de diputados y senadores, tejer una red de hombres fuertes e incondicionales en todas las regiones del país, someter a sus adversarios, amordazar a la prensa, manipular las leyes a su modo, instaurar el culto a su persona, practicar el nepotismo, reinstaurar el ritual del “besamanos”, la foto oficial en las oficinas públicas, dejarse ver como un dios en todas partes y dejar que los suyos insinúen la posibilidad de la reelección. ¿No es ese el “estilo personal de gobernar” de Porfirio Díaz? ¿López Obrador lo ha estudiado con detenimiento para mejor imitarlo?»

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