Nostalgia de cuarta 

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Aires de cambio y esperanza de renovación y mejora. Esos son los aires que se respiran en cada elección democrática.

Expectativas de regeneración y adelanto, que ahora en México han dado un giro digno de examinarse. Como igual sucede en muchas otras partes.

La gran cualidad democrática de cambiar de gobierno de manera pacífica aumenta esas expectativas y esperanzas de avanzar. Ocasionalmente, esa ilusión optimista recibe una dosis extra y genera ya no tanto esperanzas de avance sino esperanza de un futuro ideal.

Eso pasó, creo, con la Revolución Francesa. No solo un caso de gran perturbación nacional, sino uno con perspectiva universal. No era suficiente cambiar de gobierno. Se trataba de algo totalmente distinto en todas partes, construir de nuevo todo sobre las ruinas de lo anterior. 

Un agudo autor lo ha expresado así:

«Dado que la Revolución Francesa no tenía simplemente el objetivo de cambiar el gobierno anterior, sino de abolir la vieja estructura de la sociedad, tenía que atacar simultáneamente cada poder establecido, destruir toda influencia reconocida, borrar la tradición, crear nuevas costumbres y hábitos sociales, de alguna manera drenar la mente humana de todas aquellas ideas sobre las que se había fundado el respeto y la obediencia hasta ese momento. Esa fue la fuente de su extraño carácter anárquico». Tocqueville, Alexis de. Ancien Regime and the Revolution (Penguin Classics) (p. 24). Penguin Books Ltd. Kindle Edition. Mi traducción.

Es notable la observación: el cambio es de tal magnitud que no puede lograrse sin «abolir la vieja estructura de la sociedad». Hacerlo todo de nuevo desde la nada, ex nihilo. Ambiciosa ansia que necesita, primero, destruir lo existente.

Sin la ambición universal de la Revolución Francesa, como también la tuvieron los cambios de régimen en Cuba y en Venezuela, en México las elecciones de 2018 dieron entrada a una dosis grande de esperanza de avance que necesita destruir lo existente. fue llamada «cuarta transformación». 

Y quiere ser comparable con las etapas históricas clave del país. Un equivalente actual de la Independencia, de la Reforma, de la Revolución. Y donde el actual presidente, como escribió E. Krauze, coloca a la historia del país como su «evangelio personal» Quiere él hacer historia, ser la historia.

Y es aquí donde emerge ese riesgo de la construcción de eso que pretende ser nuevo, un cambio de tal magnitud que necesita la desaparición de lo existente. Eso que menciona Tocqueville, «abolir la vieja estructura de la sociedad […] atacar […] cada poder establecido, destruir toda influencia reconocida […] la tradición, crear nuevas costumbres y hábitos sociales […]».

Y la propuesta de esa cuarta transformación es curiosa porque no mira hacia adelante, sino hacia atrás. «El pasado como único camino hacia el futuro», escribió el mismo Krauze refiriéndose al presidente mexicano. 

Es algo notable que sea propuesto ese regreso al pasado que por nostalgia se ve mejor, mucho mejor de lo que realmente fue. Y paradójicamente convierte a eso contra lo que antes se luchó (el autoritarismo) en algo que algo que ahora es esperanza incuestionable.

Con un riesgo significativo, no creo que nadie tenga una idea más o menos clara de esa transformación, ni siquiera el presidente mismo. Si bien hay lineamientos generales y vagos, ella parece irse construyendo con la ocurrencia imprevista de cada día que se dirige al pasado.

La curiosa cuarta transformación que concibe como futuro deseable al pasado indeseable.

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