libertades culturales
Pluma: símbolo de libertad cultural EGG 2001

¿Qué es laicismo? Definición y tipos. Las dos interpretaciones y las consecuencias y características de cada una. Un asunto muy ligado a la división del poder y la defensa de la libertad. Más el error de la educación laica.

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Laicismo, significado e interpretaciones

Es el tema qué es laicismo y sus dos interpretaciones.

Definición

Ella está bien expresada en esta idea:

«El laicismo es la corriente de pensamiento, ideología, movimiento político, legislación o política de gobierno que defiende o favorece la existencia de una sociedad organizada aconfesionalmente, es decir, de forma independiente, o en su caso ajena a las confesiones religiosas». es.wikipedia.org

Puede comprenderse razonablemente en esta forma de expresarlo:

«Este principio [de laicismo] se realiza a través de los dispositivos jurídicos de la separación del Estado y las distintas instituciones religiosas, agnósticas o ateas y la neutralidad del Estado con respecto a las diferentes opciones de conciencia particulares. Puede definirse la laicidad como un régimen social de convivencia, cuyas instituciones políticas están legitimadas por la soberanía popular y no por elementos religiosos». laicismo.org

En su fondo, la separación o división del poder. La separación del poder político del poder religioso. Una sana política de la que derivan las libertades religiosas y de creencia.

Tipos de laicismo

Aunque las definiciones sean razonablemente claras, ellas pueden tener variaciones en su interpretación. Eso puede mostrarse en los dos tipos de laicismo existentes.

Laicismo amigable

Es la interpretación del laicismo amistoso. La que conocemos por libertad religiosa. Las religiones se practican con libertad y cada persona decide sus creencias religiosas. Los gobiernos no se meten en esas cuestiones. Simplemente las dejan ser. Su otro nombre es separación iglesia-estado.

Ha sido explicado así:

«[…] el Estado no debe inmiscuirse en la organización ni en la doctrina de las confesiones religiosas, y debe garantizar el derecho de los ciudadanos a tener sus propias creencias y manifestarlas en público y en privado, y a dar culto a Dios según sus propias convicciones. También debe garantizar el derecho a la objeción de conciencia […] el Estado y la Iglesia u organización religiosa mantendrán relaciones de colaboración en los asuntos que son de interés común, como el patrimonio histórico y artístico, la asistencia religiosa en centros estatales como cuarteles, hospitales o prisiones, el derecho a la enseñanza con contenido religioso, etc.» es.catholic.net

Laicismo rudo

La otra interpretación del laicismo, intenta borrar las relaciones entre gobierno e iglesias. Las limita, obstaculiza, ignora y confina al campo privado. Ha sido descrito de la siguiente manera:

«[…] se debe prohibir que el Estado mantenga relaciones con la Iglesia u otra organización religiosa. Según este concepto de laicismo, no puede haber […] colaboración entre las autoridades religiosas y estatales […] Esta ausencia de relaciones incluye la falta de colaboración económica con la Iglesia incluso en asuntos de tanto interés público como es la conservación del patrimonio artístico. [se niegan] aportaciones económicas a asociaciones o fundaciones confesionales que contribuyen al bienestar y al desarrollo de la sociedad […] llegan a criticar que los Obispos den indicaciones a los fieles sobre asuntos […] como el aborto o la eutanasia o la homosexualidad». Ibídem

Este segundo de los tipos de laicismo tiene versiones radicales. Por ejemplo, la prohibición de símbolos o manifestaciones religiosas públicas y la asistencia de autoridades públicas a ceremonias religiosas. Incluso, la prohibición de actividades religiosas, el cierre de templos, el control de ministros y similares.

Obviamente entre ambas interpretaciones, la realidad presenta situaciones variadas intermedias.

La división de poderes

El laicismo separa poderes religiosos de políticos, un principio sano de libertades personales. Esta división del poder da una clave para diferenciar aún mejor entre el laicismo amigable y el rudo.

La separación iglesia-gobierno es una división del poder sobre la sociedad. No sugiere que alguno de los poderes separados deba desaparecer. Al contrario, ellos deben mantenerse. Separados pero existentes.

En la teocracia se unen una religión y el gobierno para formar una sola unidad de poder sobre las personas. Aquí se viola la separación iglesia-estado y dejan de existir las libertades religiosas, de expresión y creencia.

En el laicismo rudo, llevado a su versión radical, la religión desaparece y solo queda el estado. No es que haya separación iglesia-estado porque ya nada hay que separar. El poder de las religiones e iglesias deja de existir.

Consecuencias de la desaparición de iglesias

Desbalance del poder

Esa desaparición de la escena social, de las iglesias y religiones, crea un desbalance en la sociedad. Un desbalance de poder.

Las religiones e iglesias, que son uno de los contrapesos políticos del gobierno, dejan de actuar así. Los gobiernos, entonces, dejan de tener esa limitación a su poder.

Se termina con un gobierno con más poder. Una mala noticia para los defensores de la libertad.

Si el gobierno ha anulado una de las libertades más esenciales, la religiosa, y ya no hay separación iglesia-estado, ese gobierno abre la posibilidad de anular o limitar otras libertades y hacerlo con menor oposición.

Esta consecuencia suele ser sorpresiva para los defensores de la libertad que apoyan al laicismo, sin entender que la libertad religiosa es algo que también deben defender (incluso cuando algunos de ellos no tengan religión).

Ella limita el poder del gobierno, al que los liberales miran con gran recelo.

Vacío moral

Las religiones son además fuentes importantes de reglas de comportamiento, eso que llamamos moral. Si las religiones se desvanecen de la escena social, entonces queda un vacío moral que debe llenarse de algún modo.

Si se vive en un régimen no democrático, el vacío será llenado con la voluntad de los gobernantes. Ellos decidirán las reglas morales según su voluntad y, por supuesto, conveniencia política. Es el estado totalitario.

Si se vive en un régimen democrático, el vacío será llenado por diferentes medios: opinión pública, votaciones, discusiones legislativas, fallos judiciales, decisiones ejecutivas. Todas ellas sujetas a presiones de cabildeo y de ONGs. La moral será definida y modificada por una combinación de mayoría y presión política.

No importa con cuál de las dos posibilidades se llene el vacío moral, el resultado será una moral cambiante y relativista, en la que no hay posibilidad de valores absolutos y permanentes. La libertad necesita moral.

Bajo esta situación no podría siquiera defenderse a la libertad como un absoluto. Tampoco a la vida. Ni siquiera a la libre expresión, a la que el estado podría definir a su antojo.

Defender a la libertad

La conclusión me parece obvia. ¿Quiere alguien defender a la libertad humana? Para hacerlo no debe descuidar a la libertad religiosa.

Y si lo hace, entonces dará un paso en la dirección equivocada. En otras palabras, el laicismo rudo es una de las vías para el totalitarismo.

Esto ha sido expresado bien.

«La laicidad integrista [ruda] viene a ser, pues, una especie de paternalismo, que intenta proteger al ciudadano de toda influencia religiosa —y de instituciones como la Iglesia católica—porque estima que tal influjo es irracional y corrosivo de la libertad. Y esto justamente porque, según esta concepción de la laicidad, la religión no habla en nombre de una legitimidad procedimental democrática o de mayoría, sino en nombre de una verdad que reclama validez sin ser fruto de un discurso democrático o de un consenso mayoritario». Cristianismo y Laicidad, de Martin Rhonheimer

Características del laicismo

Punto central

La gran ventaja del laicismo amigable es la de minimizar la posibilidad de abusos de autoridad gubernamental, resultado casi seguro de unir al gobierno y alguna iglesia. Podría suceder que unidos los dos poderes, se castigara a quienes cambiaran de la religión oficial a otra.

Esa es la consecuencia del laicismo, la libertad religiosa que florece cuando se separa a la política de las iglesias y de mantienen ambos poderes. Cualquiera entiende esto.

Pero lo que parece más difícil de comprender otras características del laicismo.

No puede decidir sobre las religiones

Primero, por lógica obvia, bajo el laicismo amistoso, el gobierno no tiene la característica de concluir que no hay una religión verdadera. La posibilidad sigue existiendo, con la libertad religiosa como un medio para que la persona la encuentre.

Igual, por necesidad lógica, el laicismo amistoso puede hacer creer al gobierno que es posible que todas las religiones sean falsas. Pero esta posibilidad la decide la persona libremente, sin que el gobierno tenga nada que hacer oficialmente al respecto.

Tampoco puede concluir el laicismo amistoso que exista una equivalencia total entre las religiones. No significa que deba aceptarse un “indiferentismo teológico” (la frase de M. Rhonheimer).

Cada religión puede reclamar para sí misma la posesión de la verdad divina y será asunto personal el aceptarla o no. No será asunto político el aceptar el reclamo de una iglesia como tampoco el hacer oficial que no hay religión verdadera. El gobierno se abstiene de esto.

No es una posición contra iglesias y religión

El laicismo amistoso no tiene como consecuencia política la postura estatal contra la religión. No implica aceptar en la política una postura atea (que sería como oficializar la no religión).

La neutralidad religiosa del laicismo no tiene como consecuencia el ateísmo político, solamente la neutralidad gubernamental.

Tampoco tiene como característica la anulación de la participación religiosa en la vida pública. Esto se piensa con frecuencia: se dice que la religión debe ser parte solo de la vida privada de las personas, no de la vida pública.

Hay una fuerte corriente del laicismo que propone eso precisamente. Ella entiende al laicismo como la no participación pública de ningún elemento religioso (lo que vería como intromisión religiosa en la vida política).

Puede haber coincidencias

Quinto, el laicismo no implica que sean inaceptables las coincidencias de ideas entre religiones y gobiernos. Sería imposible la situación de total independencia de ideas.

Si varias religiones consideran grave falta al asesinato, no hay nada de malo en el que las leyes coincidan con esa norma.

El caso de una ley que contradice una norma religiosa, como el aborto legalizado, muestra la posibilidad opuesta. Ilustra también la situación en la que personas, sin acudir a argumentos religiosos, se oponen a tal ley.

También, prohibir que las iglesias expresen su opinión, sería un acto de censura.

Concluyendo

Hago una cita de la obra de Rhonheimer, M., Cristianismo y laicidad: historia y actualidad de una relación compleja. Ediciones Rialp, donde se lee:

«La esencia de lo que denomino ‘concepto político de laicidad’ puede definirse como exclusión de la esfera política y jurídica de toda normatividad que haga referencia a una verdad religiosa —justamente en cuanto verdad—; lo que trae consigo la neutralidad e indiferencia pública respecto a cualquier pretensión de verdad en materia religiosa […] Este planteamiento no significa que el Estado sea ‘creyente’ sino que la vida pública de un país no se cierra a priori a la presencia de una dimensión religiosa de la existencia humana».



Y solo unas cosas más…

Debe verse:

Separación de poderes iglesia – gobierno

Otras ideas relacionadas:



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Notas extras sobre laicismo mal aplicado

Una de las interpretaciones del laicismo es digna de ser vista con cierto detenimiento —es la que establece qué es lo que debe y no debe enseñarse en una escuela pública de un sistema laico de gobierno.

Un célebre pensador escribió al respecto algo que tomo como base de esa interpretación del laicismo (Savater, Fernando, «Laicismo: cinco tesis», abril de 2004, El País, España):

«En la escuela pública sólo puede resultar aceptable como enseñanza lo verificable (es decir, aquello que recibe el apoyo de la realidad científicamente contrastada en el momento actual) y lo civilmente establecido como válido para todos (los derechos fundamentales de la persona constitucionalmente protegidos), no lo inverificable que aceptan como auténtico ciertas almas piadosas o las obligaciones morales fundadas en algún credo particular».

Punto de partida

El laicismo general tiene un gran punto de partida —persigue la división del poder para disminuir sus abusos y, con ello, defender la libertad del ser humano.

Es el mismo espíritu que anima a la división de poderes funcionales de los gobiernos, las elecciones democráticas, la separación de las esferas económica, política y cultural.

Pero es un principio solamente, un punto de partida para ser aplicado en situaciones concretas.

Educación pública: sus condiciones laicas

Savater y otros hacen eso precisamente —en este caso, una aplicación específica al campo de la educación pública proponiendo que en ella se cumpla con las siguientes reglas:

  1. debe ser enseñado lo que es comprobable científicamente —lo que se apega a la realidad verificable.
  2. debe ser enseñado lo que ha sido establecido como civilmente conveniente a todos según haya sido determinado en las leyes.
  3. No debe ser enseñado lo que no está sujeto a verificación o comprobación —muy señaladamente cuestiones religiosas.

Lo que intentaré hacer es probar varios errores que tienen esas condiciones de educación laica —con la meta final de poner esas ideas a discusión y probar que se trata de una distorsión muy grave del laicismo, al que da un giro lo vuelve una posoble justificación totalitaria.

1. Sólo lo verificable científicamente

La frase de Savater dice que «En la escuela pública sólo puede resultar aceptable como enseñanza lo verificable (es decir, aquello que recibe el apoyo de la realidad científicamente contrastada en el momento actual)…»

Si únicamente puede ser materia de estudio escolar lo comprobable con los sentidos de manera científica, esa misma aseveración debe pasar por el mismo filtro que propone —y debe serlo siguiendo una disciplina científica tan exigente como la que exige a otros.

Debe esperarse que sus proponentes presenten la evidencia científica indudable.

📌 Si solo lo comprobable es autorizado como materia de estudio y siendo esto un tema en el que no hay acuerdos totales, será necesario que una agencia estatal decida qué conocimiento sí se considera científico y cuál no lo es —el riesgo es la acumulación de poder en el gobierno para dictar contenidos escolares a su conveniencia.

Si sólo es posible de enseñar lo que puede pasar la prueba científica de la realidad, necesariamente será prohibida la enseñanza de Platón —la poderosa imagen de la cueva y las sombras será erradicada del currículum escolar pues no está sujeta a verificación sensible (se tendría la ventaja de quitar a Hegel por sus escritos incomprensibles e imposibles de probar en un laboratorio). ¿Cómo demostrar el pienso luego existo?

Si sólo es sujeto autorizado de estudio en las escuelas públicas lo que pase la prueba de lo científico y sea verificable, se concluye que queda fuera de la enseñanza una buena cantidad de materiales.

¿Cómo hacer pasar por la prueba de la comprobación a «¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son»?

¿Qué proceso científico será necesario para verificar «Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando», o «Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!’ Quoth the Raven, ‘Never more’»?

Quizá algún lector diga que exagero, que no es eso lo que quieren decir Savater y otros más al pedir sólo materias comprobables.

Estoy seguro de que no lo piden en verdad, que no son tan tontos —pero eso es lo que debe interpretarse de lo que dicen cuando piden que sólo lo comprobable sea sujeto de estudio.

Es lo que va a entender un gobernante y dirá que es necesario que él haga eso.

Por supuesto hay otro problema, en verdad ceñudo —lo que debe hacerse con conocimientos que aún son tentativos, para los que pueden existir teorías aún no probadas, que son en este momento especulaciones, pero no conocimientos comprobados.

La propuesta indica que deben ser erradicados del material escolar para concentrase en lo que es decretado como cierto en un momento dado: una decisión que solo una institución con poder de coerción puede tomar y hacer obligatoria.

2. Solo lo civilmente conveniente

La segunda petición de Savater dice que, «En la escuela pública sólo puede resultar aceptable como enseñanza… lo civilmente establecido como válido para todos (los derechos fundamentales de la persona constitucionalmente protegidos)…»

Si únicamente puede ser materia de estudio lo que es civilmente establecido en la ley, esto deberá ser convertido en ley también —deberá existir un precepto legal que prohiba que sea enseñado todo lo que no es «civilmente conveniente».

Si solo puede ser aprobado como materia de estudio lo civilmente conveniente se concluye por necesidad que eso debe ser definido con claridad y aprobado en cada caso por un organismo con poder de coerción que lo haga obligatorio —lo que equivale a colocar en los gobiernos la decisión de qué debe ser enseñado y qué no.

Es una justificación asombrosa del totalitarismo la que ha creado el laicismo así interpretado.

Si las materias de estudio no pueden enseñar otras cosas fuera de lo civilmente conveniente y que está contenido en las leyes, debe deducirse que estará fuera del curriculum escolar público toda mención de otras concepciones morales y prescriptivas —se tendría que decir adiós a Sócrates y sus ideas éticas, si ellas contradicen a lo civil.

📌 Si lo civilmente conveniente es lo que debe enseñarse, entonces el monopolio del pensamiento se coloca en el poder legislativo, pues son las leyes lo que es conveniente para lo social —otra forma de apoyo al totalitarismo: un ligero desacuerdo con las leyes resultaría civilmente inconveniente y por tanto imposible de llegar a un salón de clase.

Los alumnos serían indoctrinados en las ideas de los legislativos —las consideradas de moda y políticamente correctas, cambiantes con el tiempo.

Sería una situación interesante, por ejemplo, estudiar a Erasmo en un salón de clase, pues intentarlo sin mencionar su religiosidad es imposible. Tendría que expurgarse una buena cantidad de libros que mencionaran elementos opuestos a lo civilmente conveniente en cada momento.

3. No a lo inverificable

La tercera petición de Savater dice que, «En la escuela pública sólo puede resultar aceptable como enseñanza… no lo inverificable que aceptan como auténtico ciertas almas piadosas o las obligaciones morales fundadas en algún credo particular».

Al fin se hace algo más clara la posición del laicismo en la educación pública. Después de las dos propuestas anteriores que hacen solicitudes irracionales y peligrosas, esta propuesta es comprensible —puede entenderse que piden que no se enseñen, en las escuelas públicas, credos o religiones.

Podían haber dicho esto nada más y su propuesta habría sido mejor.

No veo por qué no aceptar esta petición de laicismo que se traduciría en una acción muy concreta: no realizar labores misioneras o de proselitismo religioso dentro del plan de estudio de esos planteles.

Desde luego, otras escuelas no públicas tendrían todo el derecho a incluir en sus programas de estudio materias religiosas —o bien, las clases religiosas serían optativas de acuerdo con la voluntad de los padres.

Conclusión: el peligro no visto

Por último señalo dos puntos centrales que, me parece, resumen lo anterior —tanto la propuesta de laicismo en escuelas públicas, para la que aproveché el texto de Savater, y las observaciones que a esa propuesta hice.

• Habría sido mucho más claro y productivo el apuntar lo que el laicismo desea es un argumento negativo: no debe enseñarse religión alguna en las escuelas públicas. Es una petición clara y sencilla, con escasa confusión.

• El añadir al laicismo las dos peticiones de enseñar solo lo comprobable científicamente y solo lo civilmente conveniente, confunde el tema y lo vuelve en extremo débil.

Son peticiones que encierran peligros totalitarios que estoy seguro no forman parte de las intenciones de muchos de los proponentes del laicismo. Y su contenido se presta con facilidad a ser llevado al absurdo.

Laicismo bien entendido

El laicismo es una simple herramienta que es útil para la defensa de la libertad humana —eso es todo. Sería aturdido convertir a una herramienta en una ideología que dictaminara qué puede y qué no puede estar dentro de un curriculum escolar, que es precisamente lo que hacen sus proponentes como se examinó antes.

El laicismo es un instrumento que defiende a la libertad humana fragmentando los poderes dentro de una sociedad —las iglesias no pueden formar parte de los gobiernos y los gobiernos no pueden formar parte de las iglesias.

Si esto llegara a suceder, se cree, alguien en la sociedad tendría un poder exagerado, demasiado grande y fuente de abusos.

El laicismo es una herramienta —igual que la democracia que divide a los poderes y permite cambios pacíficos de gobierno, igual a la competencia en actividades económicas, o la libertad de expresión.

Esa es la razón de ser del laicismo, el ayudar a evitar abusos de poder, que es lo que hace especialmente contradictorias las dos propuestas primeras, pues ambas tienen como efecto no intencional la elevación del poder del gobierno, que es precisamente lo opuesto a lo que el laicismo debe lograr.

Estoy seguro de que sin darse cuenta, Savater y otros, han escrito algo que ataca lo que ellos defienden, la libertad humana. Le han dado, sin querer, un giro de 180 grados y convertido al laicismo en una gran arma para defender regímenes totalitarios.