¿Qué es laicismo? Definición y tipos. Las dos interpretaciones y las consecuencias y características de cada una. Un asunto muy ligado a la división del poder y la defensa de la libertad.

Laicismo, significado e interpretaciones

Es el tema qué es laicismo y sus dos interpretaciones.

Definición

Ella está bien expresada en esta idea:

«El laicismo es la corriente de pensamiento, ideología, movimiento político, legislación o política de gobierno que defiende o favorece la existencia de una sociedad organizada aconfesionalmente, es decir, de forma independiente, o en su caso ajena a las confesiones religiosas». es.wikipedia.org

Puede comprenderse razonablemente en esta forma de expresarlo:

«Este principio [de laicismo] se realiza a través de los dispositivos jurídicos de la separación del Estado y las distintas instituciones religiosas, agnósticas o ateas y la neutralidad del Estado con respecto a las diferentes opciones de conciencia particulares. Puede definirse la laicidad como un régimen social de convivencia, cuyas instituciones políticas están legitimadas por la soberanía popular y no por elementos religiosos». laicismo.org

En su fondo, la separación o división del poder. La separación del poder político del poder religioso. Una sana política de la que derivan las libertades religiosas y de creencia.

Tipos de laicismo

Aunque las definiciones sean razonablemente claras, ellas pueden tener variaciones en su interpretación. Eso puede mostrarse en los dos tipos de laicismo existentes.

Laicismo amigable

Es la interpretación del laicismo amistoso. La que conocemos por libertad religiosa. Las religiones se practican con libertad y cada persona decide sus creencias religiosas. Los gobiernos no se meten en esas cuestiones. Simplemente las dejan ser. Su otro nombre es separación iglesia-estado.

Ha sido explicado así:

«[…] el Estado no debe inmiscuirse en la organización ni en la doctrina de las confesiones religiosas, y debe garantizar el derecho de los ciudadanos a tener sus propias creencias y manifestarlas en público y en privado, y a dar culto a Dios según sus propias convicciones. También debe garantizar el derecho a la objeción de conciencia […] el Estado y la Iglesia u organización religiosa mantendrán relaciones de colaboración en los asuntos que son de interés común, como el patrimonio histórico y artístico, la asistencia religiosa en centros estatales como cuarteles, hospitales o prisiones, el derecho a la enseñanza con contenido religioso, etc.» es.catholic.net

Laicismo rudo

La otra interpretación del laicismo, intenta borrar las relaciones entre gobierno e iglesias. Las limita, obstaculiza, ignora y confina al campo privado. Ha sido descrito de la siguiente manera:

«[…] se debe prohibir que el Estado mantenga relaciones con la Iglesia u otra organización religiosa. Según este concepto de laicismo, no puede haber […] colaboración entre las autoridades religiosas y estatales […] Esta ausencia de relaciones incluye la falta de colaboración económica con la Iglesia incluso en asuntos de tanto interés público como es la conservación del patrimonio artístico. [se niegan] aportaciones económicas a asociaciones o fundaciones confesionales que contribuyen al bienestar y al desarrollo de la sociedad […] llegan a criticar que los Obispos den indicaciones a los fieles sobre asuntos […] como el aborto o la eutanasia o la homosexualidad». Ibídem

Este segundo de los tipos de laicismo tiene versiones radicales. Por ejemplo, la prohibición de símbolos o manifestaciones religiosas públicas y la asistencia de autoridades públicas a ceremonias religiosas. Incluso, la prohibición de actividades religiosas, el cierre de templos, el control de ministros y similares.

Obviamente entre ambas interpretaciones, la realidad presenta situaciones variadas intermedias.

La división de poderes

El laicismo separa poderes religiosos de políticos, un principio sano de libertades personales. Esta división del poder da una clave para diferenciar aún mejor entre el laicismo amigable y el rudo.

La separación iglesia-gobierno es una división del poder sobre la sociedad. No sugiere que alguno de los poderes separados deba desaparecer. Al contrario, ellos deben mantenerse. Separados pero existentes.

En la teocracia se unen una religión y el gobierno para formar una sola unidad de poder sobre las personas. Aquí se viola la separación iglesia-estado y dejan de existir las libertades religiosas, de expresión y creencia.

En el laicismo rudo, llevado a su versión radical, la religión desaparece y solo queda el estado. No es que haya separación iglesia-estado porque ya nada hay que separar. El poder de las religiones e iglesias deja de existir.

Consecuencias de la desaparición de iglesias

Desbalance del poder

Esa desaparición de la escena social, de las iglesias y religiones, crea un desbalance en la sociedad. Un desbalance de poder.

Las religiones e iglesias, que son uno de los contrapesos políticos del gobierno, dejan de actuar así. Los gobiernos, entonces, dejan de tener esa limitación a su poder.

Se termina con un gobierno con más poder. Una mala noticia para los defensores de la libertad.

Si el gobierno ha anulado una de las libertades más esenciales, la religiosa, y ya no hay separación iglesia-estado, ese gobierno abre la posibilidad de anular o limitar otras libertades y hacerlo con menor oposición.

Esta consecuencia suele ser sorpresiva para los defensores de la libertad que apoyan al laicismo, sin entender que la libertad religiosa es algo que también deben defender (incluso cuando algunos de ellos no tengan religión).

Ella limita el poder del gobierno, al que los liberales miran con gran recelo.

Vacío moral

Las religiones son además fuentes importantes de reglas de comportamiento, eso que llamamos moral. Si las religiones se desvanecen de la escena social, entonces queda un vacío moral que debe llenarse de algún modo.

Si se vive en un régimen no democrático, el vacío será llenado con la voluntad de los gobernantes. Ellos decidirán las reglas morales según su voluntad y, por supuesto, conveniencia política. Es el estado totalitario.

Si se vive en un régimen democrático, el vacío será llenado por diferentes medios: opinión pública, votaciones, discusiones legislativas, fallos judiciales, decisiones ejecutivas. Todas ellas sujetas a presiones de cabildeo y de ONGs. La moral será definida y modificada por una combinación de mayoría y presión política.

No importa con cuál de las dos posibilidades se llene el vacío moral, el resultado será una moral cambiante y relativista, en la que no hay posibilidad de valores absolutos y permanentes. La libertad necesita moral.

Bajo esta situación no podría siquiera defenderse a la libertad como un absoluto. Tampoco a la vida. Ni siquiera a la libre expresión, a la que el estado podría definir a su antojo.

Defender a la libertad

La conclusión me parece obvia. ¿Quiere alguien defender a la libertad humana? Para hacerlo no debe descuidar a la libertad religiosa.

Y si lo hace, entonces dará un paso en la dirección equivocada. En otras palabras, el laicismo rudo es una de las vías para el totalitarismo.

Esto ha sido expresado bien.

«La laicidad integrista [ruda] viene a ser, pues, una especie de paternalismo, que intenta proteger al ciudadano de toda influencia religiosa —y de instituciones como la Iglesia católica—porque estima que tal influjo es irracional y corrosivo de la libertad. Y esto justamente porque, según esta concepción de la laicidad, la religión no habla en nombre de una legitimidad procedimental democrática o de mayoría, sino en nombre de una verdad que reclama validez sin ser fruto de un discurso democrático o de un consenso mayoritario». Cristianismo y Laicidad, de Martin Rhonheimer

Características del laicismo

Punto central

La gran ventaja del laicismo amigable es la de minimizar la posibilidad de abusos de autoridad gubernamental, resultado casi seguro de unir al gobierno y alguna iglesia. Podría suceder que unidos los dos poderes, se castigara a quienes cambiaran de la religión oficial a otra.

Esa es la consecuencia del laicismo, la libertad religiosa que florece cuando se separa a la política de las iglesias y de mantienen ambos poderes. Cualquiera entiende esto.

Pero lo que parece más difícil de comprender otras características del laicismo.

No puede decidir sobre las religiones

Primero, por lógica obvia, bajo el laicismo amistoso, el gobierno no tiene la característica de concluir que no hay una religión verdadera. La posibilidad sigue existiendo, con la libertad religiosa como un medio para que la persona la encuentre.

Igual, por necesidad lógica, el laicismo amistoso puede hacer creer al gobierno que es posible que todas las religiones sean falsas. Pero esta posibilidad la decide la persona libremente, sin que el gobierno tenga nada que hacer oficialmente al respecto.

Tampoco puede concluir el laicismo amistoso que exista una equivalencia total entre las religiones. No significa que deba aceptarse un “indiferentismo teológico” (la frase de M. Rhonheimer).

Cada religión puede reclamar para sí misma la posesión de la verdad divina y será asunto personal el aceptarla o no. No será asunto político el aceptar el reclamo de una iglesia como tampoco el hacer oficial que no hay religión verdadera. El gobierno se abstiene de esto.

No es una posición contra iglesias y religión

El laicismo amistoso no tiene como consecuencia política la postura estatal contra la religión. No implica aceptar en la política una postura atea (que sería como oficializar la no religión).

La neutralidad religiosa del laicismo no tiene como consecuencia el ateísmo político, solamente la neutralidad gubernamental.

Tampoco tiene como característica la anulación de la participación religiosa en la vida pública. Esto se piensa con frecuencia: se dice que la religión debe ser parte solo de la vida privada de las personas, no de la vida pública.

Hay una fuerte corriente del laicismo que propone eso precisamente. Ella entiende al laicismo como la no participación pública de ningún elemento religioso (lo que vería como intromisión religiosa en la vida política).

Puede haber coincidencias

Quinto, el laicismo no implica que sean inaceptables las coincidencias de ideas entre religiones y gobiernos. Sería imposible la situación de total independencia de ideas.

Si varias religiones consideran grave falta al asesinato, no hay nada de malo en el que las leyes coincidan con esa norma.

El caso de una ley que contradice una norma religiosa, como el aborto legalizado, muestra la posibilidad opuesta. Ilustra también la situación en la que personas, sin acudir a argumentos religiosos, se oponen a tal ley.

También, prohibir que las iglesias expresen su opinión, sería un acto de censura.

Concluyendo

Hago una cita de la obra de Rhonheimer, M., Cristianismo y laicidad: historia y actualidad de una relación compleja. Ediciones Rialp, donde se lee:

«La esencia de lo que denomino ‘concepto político de laicidad’ puede definirse como exclusión de la esfera política y jurídica de toda normatividad que haga referencia a una verdad religiosa —justamente en cuanto verdad—; lo que trae consigo la neutralidad e indiferencia pública respecto a cualquier pretensión de verdad en materia religiosa […] Este planteamiento no significa que el Estado sea ‘creyente’ sino que la vida pública de un país no se cierra a priori a la presencia de una dimensión religiosa de la existencia humana».

Un comentario adicional que examina al laicismo

Laicismo: un Examen

Por Leonardo Girondella Mora –   7 diciembre, 2012  74

Hay una buena cantidad de controversia sobre el laicismo gubernamental —en lo que sigue examino un par de ideas sobre el tema.

Educación pública laica

Con respeto a la educación, se afirma que cuando un gobierno es laico también es laica la educación que el gobierno mismo provee a sus ciudadanos. Una afirmación que en realidad no dice mucho, dada la dificultad para definir ‘laico’.

Aclarando el punto, se dice que una educación pública laica es aquella en la que no se tiene instrucción religiosa alguna, mientras que en las escuelas privadas se dejan en libertad para tener o no cursos de religión.

Esto es usualmente aclarado sin mucho reparar en la asimetría de derechos que encierra.

Quienes acuden a escuelas privadas tienen la libertad de tener o no educación religiosa. Pero esa misma libertad se le niega a quienes no acuden a escuelas privadas, sino públicas.

Me parece que es muy clara la discriminación en contra de quienes no pueden enviar a sus hijos a escuelas privadas. Ellos no tendrán la libertad de decidir si sus hijos recibirán instrucción religiosa o no.

En este aspecto, la laicidad de la educación pública viola libertades ciudadanas.

El problema podría resolverse con simplicidad admirable. Bastaría con que en las escuelas públicas se dieran cursos religiosos optativos según la voluntad de los padres de familia —cursos de diferentes religiones, no necesariamente de una sola.

Así se respetaría la laicidad gubernamental al mismo tiempo que se mantendría la libertad educativa que bajo el esquema presente no tienen los padres de familia. Y se respetaría también la libertad religiosa que se viola con la interpretación de educación pública laica.

Decisiones gubernamentales laicas

Otra de las interpretaciones de la laicidad gubernamental es la que sostienen que cuando un estado es laico también lo son sus decisiones de su gobierno.

Lo que es también una afirmación que necesita definir qué es una «decisión laica».

Esto suele ser aclarado de manera muy directa. Una decisión laica es una decisión que está dominada enteramente por criterios científicos y que es ajena a valores espirituales y religiosos.

Lo anterior supone que es posible diferenciar con total claridad qué es ciencia del resto del conocimiento. Una suposición difícil de justificar con claridad y que descuida partes del discernimiento humano que no sea claramente sujetos de pruebas científicas.

Peor aún, lleva a un descuido de parte de la naturaleza humana, que es espiritual.

¿Cómo comprobar científicamente que lo único que se necesita es una decisión científica? No hay manera de hacerlo sin suposiciones de carácter no científico.

Es decir, ideas que suponen que algo es bueno, que algo es superior, que algo es negativo, y que no están sujetas a pruebas científicas.

Un ejemplo simple ayuda a entender mi punto. Para justificar una ley que prohiba y castigue el robo de propiedades ajenas, siendo laicos en ese sentido, tendría que justificarse con estudios científicos que lo probasen contundentemente. Incluyendo el estudio del efecto de los castigos para cada tipo de robo.

Más aún, en el campo de la Economía se tienen conocimientos más o menos aceptados de los riesgos de ciertas políticas gubernamentales, como el exceso de deuda pública. Y a pesar de ese conocimiento científico, los gobiernos van en contra de él por razones de conveniencia inmediata.

No hay garantía de que un conocimiento científico sea realmente respetado por los gobiernos.

Mi punto es, sin embargo, que es imposible separar lo espiritual de las decisiones gubernamentales. Ellas serán siempre afectadas por ideas sobre la naturaleza humana que no tienen una base científica pura. Vienen de ideas filosóficas, espirituales y religiosas que son imposibles de desechar.