Riesgos de la liberación personal total. La idea del hacer de lado toda consideración moral para llegar a la libertad total tiene peligros. Uno de ellos es la falta de lógica. ¿De qué se quiere liberar? Esa es la pregunta central.

Toda defensa de la libertad contiene el riesgo de cambiar la naturaleza de eso que defiende. Un problema de miopía que solo ve al objeto de su culto sin considerar lo que la rodea.

Cerrados en la libertad

El defensor de la libertad con frecuencia cruza límites sin mucho darse cuenta.

Lo hace cuando propone la liberación humana con respecto a reglas, principios, normas, tradiciones, cultura y de todo lo que se vea como un límite a la libertad personal.

Llega así a construir una especie de sociedad ideal en la que la libertad es la única consideración aceptada y en la que rige un principio solo, todo acto, el que sea, es bueno si se realiza libremente.

Una curiosa utopía que recuerda al enemigo central del liberalismo, el socialismo y su propia utopía.

Riesgos de la liberación personal total

Mi punto es simple. Si se quiere defender a la libertad y hacerlo con resultados, habrá que reconocer que ella tiene límites. Si no se reconoce, se entrará en una zona peligrosa.

El punto central es que la libertad no puede ser comprendida como la liberación humana que olvida reglas, principios, normas, tradiciones, cultura y demás.

Sin esos límites, la defensa de la libertad convertida en liberación total, destruirá a la libertad misma.

No podrá ella sobrevivir en una sociedad en la que no existan reglas, principios, normas, tradiciones, cultura y cosas que hacen pensar en los demás construyendo relaciones y lazos, y desarrollen una idea del fin último de la libertad.

Sin la idea del fin último de la libertad, sin el significado de su razón de ser, la defensa de la libertad se torna inestable yendo por un camino que solamente reclama más y más liberación personal sin otro propósito que ese.

Un ejemplo de liberación

Tome usted, por ejemplo, la idea del matrimonio y el deseo de liberarse de él. Un autor ha comentado:

«Entre otras formas significativas en que el cristianismo preliberal contribuyó a una expansión de la elección humana fue transformar la idea del matrimonio de una institución basada en consideraciones familiares y de propiedad a una elección hecha por individuos que consienten sobre la base del amor sacramental». Deneen, Patrick J. Why Liberalism Failed. (p. 33). Yale University Press. Mi traducción. 

Dos personas libres, consienten voluntariamente y se unen con un lazo que deja de ser material y es ya sagrado. Algo que recuerda a las ideas de Tocqueville sobre la necesidad de brújulas morales.

Una buena muestra de algo que da sentido a la libertad, pero que si se adopta la mentalidad de la liberación, se deshace. La libertad consistiría en liberarse del lazo sagrado matrimonial. Un cambio significativo.

El problema de la liberación

La debilidad de la defensa de la libertad entendida como liberación está en un olvido, el olvido de la idea de lo «bueno» y la exaltación de «derecho».

La libertad justificada solo por reclamos y derechos hace de lado a la idea de lo correcto y debido. Uno de los claros riesgos de la liberación personal total.

Curiosa situación porque la defensa de la libertad siempre parte de que ella es buena. Pero más tarde, cuando se convierte en liberación, olvida la idea de lo bueno y adopta una visión limitada a hacer reclamos y exigir derechos.

Significados de la liberación

Hace tiempo me dijo una persona: «Me he liberado ya de todo mandato moral, del Dios que quiere que yo haga cosas que no quiero. Soy libre al fin y hago lo que quiero y me gusta».

Esa es una manera de entender ‘liberación’. No es la única. Hay otras y el contraste es fascinante.

Adiós a la moral

Para unos, la liberación consiste en hacer de lado los mandatos morales. No todos, pero típicamente los que tienen que ver con el sexo y algunos preceptos religiosos.

Es como una libertad que permite poner de lado normas seleccionadas. El resultado en una moral a la carta. La persona según su criterio, preferencia y conciencia escoge qué piensa que le conviene hacer y qué no.

Es como producir una nueva versión de los Diez Mandamientos. Una modalidad flexible, hecha a modo personal (ahora serán dos o tres o cuatro, dependiendo de cada persona, o ninguno). Y pueden modificarse de última hora.

Bienvenida la moral

Para los otros, la liberación tiene otro significado, el opuesto. Liberarse es seguir los mandamientos morales, generalmente los cristianos.

La razón central es pensar que esas normas permiten ejercer el control sobre uno mismo y así ser dueños de la vida propia.

Budziszewski lo expresa bien al decir que «Todo acto de auto control nos hace internamente más auto controlados, todo acto de permisividad nos hace internamente más permisivos».

Esta es la liberación buscada, la liberación de lo permisivo. Para los otros, hacer de lo permisivo algo permitido es la liberación personal total que buscan.

La diferencia

El contraste es pasmoso. Para unos es el renunciar a mandatos morales que consideran restrictivos. Para los otros es renunciar a los actos que consideran ablandan su voluntad. Un ejemplo ilustrará esas diferencias tan notables.

El caso del atleta

Piense usted en un atleta que se prepara para las competencias olímpicas. Para prepararse sigue un proceso de entrenamiento diario, el que sea.

Esos son sus mandatos, las cosas a las que le obliga su preparación. Y esa es su liberación, la renuncia a lo que le distraería de su objetivo personal.

Si este atleta se liberara de la disciplina de su entrenamiento, no llegaría a su objetivo. Podría él sentirse liberado de obligaciones molestas, impuestas por su entrenador, pero no lograría lo que quiere.

¿De qué nos queremos liberar?

Para examinar los riesgos de la liberación personal total, esta es la pregunta central.

Creo que la posición correcta es la de aceptar la existencia de mandatos morales externos, ajenos a nuestra voluntad.

Una de las razones es la debilidad y el riesgo que tiene la otra posición, la de tener una ética creada por la persona misma, lo que he llamado moral a la carta.

Riesgos de la liberación personal total: moral al gusto

Cuando una persona crea sus propias reglas, liberándose de las que no lo convencen, será muy extraño que se convierta en alguien exigente consigo mismo.

Se comportará con indulgencia propia, se permitirá lo que ella crea que le guste. Acomodará la moral a sus propias debilidades, gustos y pasiones. No querrá jamás que su propia moral le condene y repruebe.

Galimatías moral

Más aún, cuando la persona crea sus propias reglas se abre la puerta a que todas hagan lo mismo. Otro de los riesgos de la liberación personal total.

El resultado es una variedad de morales personales que entran en un conflicto inevitable. No habrá posibilidades de juzgar a nadie.

Un ejemplo exagerado, pero real: para algunos, abusar de menores no será falta alguna, pero para otros constituirá una falta terrible.

No habrá maneras de conciliar casos como esos. Será imposible condenarlos cuando el criterio moral ha sido creado por la persona misma a su gusto y conveniencia.

Y, además, será creado un medio ambiente de permisividad y desmesura. En busca de la liberación moral se logrará un descontrol libertino en el que nada realmente estará prohibido.

La moral viene de la realidad externa

Lo que sucede es que somos una especie que no tiene la capacidad de crear por sí misma su propio código moral uno por uno.

Cualquiera que intente hacerlo seriamente tendrá que estudiar de tiempo completo el asunto y mientras lo hace tendrá que seguir el mandato moral de prepararse y saber para hacerlo.

No es nada mala la idea de liberarse, pero antes hay que saber de qué se quiere uno liberar. Algunas liberaciones llevan directo a una esclavitud.

Libertad, lógica y moral

Es un liberal convencido mi amigo. Cree en la libertad y la defiende en contra de los ataques socialistas y progresistas. Un día me dijo más o menos lo siguiente

«Yo soy dueño de mis propiedades y puedo hacer con ellas lo que quiera, lo mismo con mi cuerpo el que también es mi propiedad. Nadie debe intervenir en contra de lo que yo quiera hacer siempre que yo no afecte a lo que los demás quieran hacer. No necesito moral ni ética alguna».

Tiene su punto y es francamente bueno: la libertad es el mayor valor personal. Pero hay algo allí que queda sin terminar. Un problema de lógica que muestra los riesgos de la liberación personal.

Usa lógica moral sin reconocerlo

La posición de mi amigo reconoce sin mucho darse cuenta la idea del ‘deber’: no debes hacer lo que limite la libertad de otros.

Esto es, por ejemplo, no debes robarles sus propiedades. No debes golpearlos, ni dañar sus propiedades.

Es decir, esa idea de libertad contiene una norma moral clara, la de no dañar a la libertad ajena. Este es un elemento moral que acepta y representa un deber, el de no dañar la libertad de otros.

Es un precepto moral que acepta y así niega su idea de que está liberado de todo precepto moral. Pero hay más en esos riesgos de la liberación personal total.

No dañar a la libertad ajena. Tampoco a la propia

Encontramos ya un elemento claramente moral, el no dañar la libertad de otros (lo que hace reprobable al gobierno que lo hace). Por lógica inevitable, no debo dañar tampoco a mi libertad.

La libertad no debe dañarse, ni la de terceros, ni la propia. La conclusión es inevitable, aunque no se acepte.

El descubrimiento tiene sus consecuencias y ellas pueden permanecer ocultas para quien se obsesiona solo con la defensa de la libertad.

Muy bien, acordamos que no debemos dañar a la libertad de otros y tampoco a la nuestra. Y eso significa que no debemos lastimar nuestra libertad para poder tomar decisiones.

En otras palabras, por lógica inevitable, las decisiones libres que tomemos no deben lesionar a nuestra libertad.

Dos restricciones morales a la libertad

Hemos encontrado una restricción a nuestra libertad y eso significa hacer un hallazgo sorprendente para muchos defensores de la libertad.

Ella no es ella realmente una libertad de poder hacer lo que que quiera, sino una de deber hacer lo que se debe. No debe dañarse la libertad de otros y tampoco la libertad propia.

En la libertad, entonces, las personas enfrentamos situaciones en las que podemos hacer cosas que se deben hacer y que no se deben hacer (cosas buenas y cosas malas).

La libertad por consecuencia es el decidir hacer lo bueno cuando puede hacerse lo malo. Lo bueno preserva la libertad propia y ajena. Lo malo hace lo opuesto

Puedo tomar una pistola y salir por las noches a asaltar transeúntes. Sé que lo puedo hacer, es una posibilidad entre varias, como sería la de darle un golpe en la nariz a quienes no me simpaticen. Puedo hacer esas cosas, pero sé que no debo. La decisión de no robar y no golpear es haber decidido hacer lo que se debe.

Lo mismo sucede con uno mismo. Hay cosas que no debe hacer, las que hieren a la propia libertad. Podemos, sin duda, beber hasta emborracharnos y enfermar, quizá incluso sin perjudicar a nadie más. Podemos hacerlo, pero el cuidado de la libertad propia libertad apunta a no hacerlo.

Mi punto es el llamar la atención sobre los riesgos de la liberación personal total. Ella es una imposibilidad lógica.

Resalté la existencia de un elemento moral dentro de la definición más libertaria de la libertad y a partir de eso, sacar una conclusión.

La libertad sirve para decidir hacer lo bueno, para evitar hacer lo malo. Todo puede hacerse, pero no todo debe hacerse.

Entre liberales, creo, se comete este olvido con frecuencia. La defensa de la libertad en contra de los ataques del gobierno es tan intensa y difícil que quizá produzca sin quererlo una visión exagerada de la libertad como un poder de decisión sin limitación.

Tres características de la libertad apuntan otro ángulo de esta idea.