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La calidad y características de las opiniones comunes y cotidianas. Los humanos emiten juicios, creencias, afirmaciones, todo eso que se entiende como «tener opiniones». Lo que sigue es un análisis de algunos de los rasgos de esas opiniones.

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1. Suelen ser opiniones simples

Inicio el tema de la calidad y características de las opiniones comunes con una de sus cualidades más frecuentes, la simplicidad.

Una necesidad de simplificación. Simplificar para entender con más facilidad. Una necesidad de abreviar y reducir complejidad. La reducción de información que persigue encontrar una síntesis sencilla y accesible.

Suele acontecer cuando se habla de personajes notables a los que se asocia con una cierta idea concreta. Jobs y el iPhone, Edison y la electricidad, Einstein y la relatividad. Un autor ha anotado ese fenómeno:

«Cuando contemplamos grandes logros, nos gusta simplificar nuestra visión concentrándonos en momentos dramáticos y pintorescos, como pensar en César cruzando el Rubicón, en Napoleón sobre el puente de Arcole. En aras de esta concentración, los años no menos creativos de trabajo preliminar quedan en las sombras: el período de preparación, el momento de la organización paciente, la época en que se estaba incubando el hecho». Zweig, Stefan. Magellan: Conqueror of the Seas (Kindle Locations 1946-1951). Plunkett Lake Press. Mi traducción. 

No está eso mal en sí mismo. Es una forma de manejar la existencia simplificando decisiones. Sin embargo, hay casos en los que la simplificación presenta riesgos por convertirse en ignorancia que asume una posición de certeza.

Eso sucede cuando se desprecia el conocimiento completo que es necesario para formar una decisión sólida que produzca resultados acertados. Quizá el campo en el que peores consecuencias se sufren por esa simplificación errónea es la de la Economía.

«La mayoría no entiende como funciona la economía y lo poco que sabe suele estar errado. Esto ocurre también en países desarrollados. Encuestas realizadas en EE UU indican la gravedad y extensión del analfabetismo económico». abc.com.py

2. Pereza de pensar antes

Otra de las características que tienen las opiniones comunes es su afectación por la desidia al razonar. Esta es una escasez de pensamiento previo.

La frase es de un pintor inglés, Joshua Reynolds (1723-1792) estaba colgada en la oficina de Thomas A. Edison. decía: «No existe un recurso al que un hombre no recurra con tal de evitar el trabajo real de pensar».

Usamos todo tipo de trucos, excusas, pretextos y recursos para evitar pensar. Pensar es laborioso, trabajoso. La frase de Reynolds tiene su utilidad en la vida porque puede contrastarse con la facilidad con la que se emiten opiniones.

Por un lado, pocas cosas tan placenteras existen como dar opiniones. Del otro lado, pocas cosas tan evitadas hay como ponerse a pensar.

Esto es lo que permite llegar a una conclusión ya conocida y que puede expresarse como una ley: la mayoría de las opiniones no están razonadas. Con un corolario posible: la terquedad de una opinión está en proporción directa al desconocimiento del tema.

3. Opinión no es conocimiento cierto

¿Qué es una opinión? De manera simple, es una idea que se tiene sobre algo. Una especie de juicio o creencia que la persona sostiene acerca de un sujeto. Como el decir, «Las Meninas es la mejor pintura de todos los tiempos».

Es una manera de pensar sobre algún tema; un modo de juzgar alguna cosa. Dada que sea complejo, pero las cosas se ponen interesantes cuando nos adentramos en la naturaleza de la opinión. Seamos un poco filosóficos al tratar las características de las opiniones comunes.

Una definición nos da una entrada de provecho:

«[…] en el ámbito de la Filosofía, la opinión está considerada como el nivel de tenencia de la verdad en relación a un concepto o conocimiento que se afirma como cierto aunque no se dispone una total certeza de su validez». definicionabc.com

Un poco más esquemáticamente, tenemos ideas acerca de las cosas. Por ejemplo, creemos que W. A. Mozart compuso un cuarteto para cuerdas, que ha sido clasificado como el número 14, en sol mayor, que tiene un número de catálogo, el KV 387 y que fue compuesto en 1782.

Podemos comprobar eso razonablemente. Esa idea que tenemos sobre esa obra no es propiamente una opinión. Es más bien, conocimiento, algo que es en extremo probable de ser verdad, de ajustarse a la realidad y tiene fuertes evidencias en su favor.

Sería una opinión algo que no tuviera esa contundencia, esa pesada evidencia que demuestra una verdad. Por ejemplo, decir que ese cuarteto de cuerdas y el resto de los seis dedicados a J. Hayden son las mejores obras de cámara de Mozart. Esto es una opinión que no tiene la misma contundencia.

Podemos llegar a la noción de que una opinión no incluye una contundencia tal que constituya una verdad fácilmente aceptada por medio de sus evidencias.

Eso nos manda a entender a la opinión como una creencia o manera de pensar acerca de algo y que puede tener diversos niveles de contundencia, pero nunca una tan grande que se considere realidad absoluta.

Pero eso no significa que las opiniones puedan emitirse sin sentido de responsabilidad (lo que parece ser una aflicción de nuestros tiempos). Llegamos así a una idea prometedora: las opiniones pueden ir desde lo más razonable y casi contundente hasta lo más débil e imposible.

Todo depende de la manera en la que esas opiniones sean justificadas. Tome usted un libro como el de Economía en Una Lección y verá opiniones ampliamente razonadas y justificadas, quizá hasta el punto de ser conocimiento.

Del otro lado, puede uno encontrar opiniones como el famoso «Vi al Elvis, está vivo».

Es decir, hay en las opiniones una amplia variedad de calidades, muchas, me temo, tendiendo a ser notablemente baja. La calidad de una opinión actual, que es el concepto central, es en lo general mala.

Esto se debe a la promoción que se ha hecho a la idea del derecho a opinar y ser escuchado, sin que ese derecho haya sido acompañado por su obligación natural, que es el tratar de justificar la opinión emitida.

Un hecho realmente lamentable, como ha señalado J. Whyte, en su libro Crimes Against Logic.

La razón es obvia una vez que se señala: el derecho a opinar no es prueba alguna de la validez de lo que se dice. Y esto presenta un problema serio, pues demasiados piensan que el derecho a opinar convierte a sus opiniones en algo intocable, incluso algo legalmente protegido.

Lo que eso provoca es el dilema del tercero en cuestión: tener o no la obligación de corregir la opinión del que claramente está equivocado. La interpretación laxa del derecho a opinar diría que no, que se deben respetar las opiniones ajenas; pero eso es realmente igual a dejar al otro en el error, algo no caritativo.

4. La victoria del desconocimiento

Otra de las características de las opiniones comunes en la actualidad puede ser ilustrada con un caso real. Una persona habló de la Inquisición. Lo hizo como un experto que emitía juicios inapelables que condenaban universalmente y para todos los tiempos al Catolicismo.

Torturas sin fin, hogueras humanas por decenas de miles, represión cruel, imposición religiosa… Fue una letanía de acusaciones, las usuales. Cuando alguien le dijo que no era para tanto, se indignó y lo acuso de fundamentalista religioso (esa etiqueta de tanta espectacularidad inmediata).

La verdad es que eso de la Inquisición no es para tanto. No es que haya sido algo bueno, sino que ahora se sabe más.

«Por ejemplo, ahora se reconoce que la Inquisición española fue un instrumento de control ideológico mucho menos represivo de lo que hasta ahora se había pensado, y que la tortura y la pena de muerte rara vez se aplicaron, casi exclusivamente durante las dos primeras décadas de su existencia. En comparación, otros países europeos, incluidos Inglaterra, Francia y Alemania, siguieron quemando a los herejes hasta bien entrado el siglo XVII». Helen Rawlings. The Spanish Inquisition (Historical Association Studies) (Kindle Locations 94-97). Kindle Edition. Mi traducción.

Un poco más de información. La Inquisición se estableció en Castilla, en 1479 y se cerró en España en 1834. Isabel I la abrió e Isabel II la cerró. Y no estaba bajo el dominio del Papa, sino de la corona en España. Existió también en Italia, Francia y Bohemia.

El efecto Dunning-Kruger

Y esto es lo que me lleva al Efecto Dunning-Kruger, al que quiero apuntar como característica frecuente de las opiniones comunes, según el que

«[…] los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real». es.wikipedia.org

📌 Es decir, la ignorancia produce mayor confianza en las opiniones propias que la confianza que produce el conocimiento real. Y esto es lo que produce ciertas consecuencias:

1. Las personas que desconocen totalmente un tema tienden a emitir opiniones fuertes y contundentes. Están seguras de su superioridad frente a otros que saben realmente más que ellas

2. Las personas que desconocen totalmente un tema no admiten las opiniones de quienes sí conocen del tema. Sintiéndose superiores rechazan las opiniones de aquellos que ven como inferiores.

3. Las personas realmente preparadas y conocedoras no tienen tanta confianza en sí mismas como las inhábiles e impreparadas.

Finalmente, la conclusión: la seguridad absoluta que el incompetente tiene en sus opiniones tiene mayor probabilidad de prevalecer por encina de las opiniones razonadas del competente y conocedor. Esas seguridad absoluta produce más adeptos que la seguridad razonable.

5. Contradicciones, las tenemos

Puede ser divertido. Me refiero a encontrar contradicciones propias y ajenas. Todos las padecemos al creer dos cosas que se contradicen entre sí. Muchas veces no nos damos cuenta de ellas. Otras veces las racionalizamos.

Quizá sean producto de nuestros gustos e inclinaciones, pero de seguro son otra característica de la opiniones comunes.

Un ejemplo. Una persona critica a ciertos gobernantes, los acusa de dictatoriales y autoritarios. Y nombra a algunos de ellos, por ejemplo, a Hitler, a Mussolini, a Franco, a Pinochet y a Trump.

Quizá sea un olvido, quizá no, pero dejó de nombrar a otros dictadores, como a Stalin, Castro, Mao Tse Tung y otros más que lo merecían más que Reagan, por supuesto.

Cuando le mencioné esos olvidos, la persona aseguró que no podían ser incluidos en la misma categoría debido a que ellos se habían comprometido con el desarrollo y bienestar de sus países. Dijo más, pero no lo recuerdo.

Este es el tipo de contradicciones a las que me refiero, porque si usted dice que Hitler es un dictador, no creo que haya otra posibilidad que añadir a ese nombre el de Stalin y el de Castro.

Lo mismo sucede en la dirección contraria. Si algún socialista se olvida de Castro, también algún liberal se olvidará de Pinochet. E igual, podrá racionalizar sus olvidos o simplemente ignorarlos, dependiendo de la ideología que sostenga.

Otra situación también real. Una persona sostenía una discusión con otra. Diferían en el tema del aborto. Nunca llegaron a un acuerdo en nada.

Una de ellas rehusó seguir la discusión y dijo que «cada quien tiene su verdad y todas las opiniones merecen el mismo respeto». Esta contradicción es un clásico de nuestros tiempos.

Decir que sea verdad que nadie tiene la verdad. No tiene sentido afirmar que es una realidad que nadie conoce la realidad. Esta contradicción es tal vez la más difícil de aceptar por quien la padece. Tiene su nombre, se llama relativismo y es muy común.

6. Especulaciones inútiles

Es uno de los clisés filosóficos. Una critica al pensamiento inútil, a la especulación ridícula. Surge de vez en cuando para demostrar la ociosidad improductiva de lo abstracto.

Se trata de la respuesta a una pregunta curiosa. ¿Cuántos ángeles pueden bailar en la cabeza de un alfiler? La pregunta ha sido citada como ejemplo de la inutilidad del pensamiento abstracto, especialmente en la Edad Media. Un grupo de monjes ocupados en dilucidar una interrogante sin sentido.

Lo que plantea otra pregunta. ¿Sirve de algo saber cuántos ángeles pueden bailar en la punta de un alfiler? Mi inclinación a moverme en sentido opuesto a la opinión establecida me dice que sí, que debe tener alguna utilidad.

Y esa utilidad es la obvia, el ejercicio de las neuronas. Eso ya es importante en tiempos en los que las neuronas tienden a sufrir anemia frente a la televisión. Es decir, el tema de los ángeles, por insustancial que parezca, tiene ese buen efecto, el de echar a andar a la mente. Y eso justificaría la pregunta.

¿Cuántos ángeles?

Un amigo, por ejemplo, ha dado una respuesta original: «Todos, presuponiendo que el baile es secuencial, desfilando uno por uno y que su número es finito». No está mal y muestra que la pregunta debe corregirse a cuantos pueden bailar simultáneamente en la punta de un alfiler.

Otra posible respuesta: «Más que en la cabeza del alfiler, que es de mayor superficie que su punta». ¿Ve lo que digo? Sí, la pregunta echa a andar a la mente y eso es bueno. Hay otra respuesta que sigue criterios físicos: 10 a la 25 (10.000.000.000.000.000.000.000.000).

Y es entonces que surge el tema central, el de usar las neuronas, el de pensar. Es seguro que la respuesta al número de ángeles no tenga una aplicación práctica, pero es también seguro que para responderla se necesitan neuronas y reglas de razonamiento y de lógica. Y eso sí tiene consecuencias prácticas.

Incluso si no las tuviera, no puede ser malo en sí mismo el ponerse a pensar. Después de todo eso es parte de nuestra naturaleza, el buscar explicaciones, el saber más.

Examinar la vida propia, la realidad que nos rodea. Lo que supone que la realidad existe y es posible entenderla.

Es parte de las características de las opiniones comunes que lo abstracto no tiene utilidad, de que no existe. Tome usted, por ejemplo, el concepto de obscenidad, una idea abstracta y general que califica a eso que se juzga no debe salir al campo público.

Sin esa idea general de obscenidad, ni siquiera considerada, resulta lógico que se haga público lo que sea. Buen ejemplo de esto es la prensa de los célebres y famosos, tan llena de eso que no merece ser conocido, que debería haberse quedado en lo privado. Y entonces, sí se presenta el caso real de lo inútil.

Compare usted la acusación de que carece de sentido el responder a cuántos ángeles pueden bailar al mismo tiempo en la punta de un alfiler, contra el propósito que tiene el conocer que las fotografías de tal celebridad desnuda han sido colocadas en línea.

Dígame usted cuál de esas cosas realmente califica de inútil y prescindible. Curioso es que se desprecie ahora eso que usa a las neuronas y se valore eso que las adormece. Y lo que más las adormece es la idea de que todo merece ser conocido o se tiene derecho a conocer.

Quizá suceda que en tiempos futuros, se burlarán de nosotros no porque tratábamos de responder cuántos ángeles pueden bailar en un alfiler, sino por que tratábamos de saber qué parte del cuerpo se había tatuado una celebridad, o si ella llevaba ropa interior.

7. Opiniones sin costo

Las más de las opiniones son malas, de baja calidad y escaso fundamento, características frecuentes de las opiniones diarias y comunes.

Si son correctas, lo son por casualidad, aunque la gran mayoría de las veces son erróneas en alguno de sus aspectos. Lo intrigante es por qué las opiniones que expresamos la mayoría de las veces son malas, es decir, tienen defectos que las anulan.

Una de las razones que imagino es el fenómeno de repetición, el síndrome del perico: demasiados toman opiniones ajenas y las reproducen sin ton ni son. Es cierto. Esta es la causa, por ejemplo, por la que subsisten ideas como la lucha de clases. Se ha repetido en tal proporción que se toma como una verdad revelada que se acepta sin mucha conciencia. Pero hay más razones.

Una de ellas es particularmente atractiva.

Sin consecuencias

La mayoría de las opiniones expresadas son malas porque ellas no tienen consecuencias personales. Si alguien opina que nunca hubo en realidad un aterrizaje lunar, su creencia tiene cero consecuencias, o casi cero (quizá lo único que puede sucederle es que sus amigos lo vean de momento como trastornado).

Lo mismo sucede con quien opina que el déficit comercial con China debe ser corregido prohibiendo importaciones de ese país. Su opinión tiene cero consecuencias en su vida en la casi totalidad de los casos.

Se trata de un costo casi de cero. Y a un costo o precio tan bajo, todo puede opinarse.

Tomemos un caso opuesto, el de opiniones con alto costo. Suponga usted que está planeando la compra de un coche. El gasto será considerable y usted o yo nos veremos motivados a investigar hasta desarrollar una opinión sobre diversas marcas y modelos. Tenemos incentivos para llegar a unan opinión lo más sólida posible.

Pero si se nos pregunta nuestra opinión sobre el uso de las reservas petroleras del país, de inmediato podemos arrojar una opinión cualquiera, así sea la más alocada o la más razonable.

Lo podemos hacer porque dar esa opinión tiene un costo de cero, o casi cero para nosotros. Estar equivocados no nos cuesta. Y si estamos en lo correcto no ganamos nada, o muy poco.

8. Malo no tener opiniones

Postulo que tener opiniones, las que sean, es percibido como positivo y lo opuesto, no tener opiniones es visto como negativo. Dicho de otra manera, alguien que no tiene opiniones es visto con extrañeza, lo que no es deseable.

Por ejemplo. Alguien expresa su opinión sobre la necesidad de más gasto de gobierno para reanimar a la economía y otro opina lo contrario. Se enfrascan los dos en una acalorada discusión en la que a nada se llega, pero se pasa un rato agradable.

En cambio, si una de esas dos personas dice que no puede opinar porque nada sabe del tema, podría vérsele como un aburrido poco interesante.

De acuerdo con todo lo anterior, resulta natural que abunden las opiniones sobre todos los temas, independientemente del nivel de conocimiento de quien opina. Con un costo igual a cero, las opiniones abundan. Ellas no cuestan.

9. Encontrar lo buscado

Es un error simple. Incluso pueril e inocente. Al mismo tiempo difícil de hacer notar.  Quizá aún más difícil de aceptar. Consiste en la forma de razonar, especialmente en discusiones políticas y económicas.

Otra de las características comunes de las opiniones frecuentes y que consiste en encontrar a como dé lugar lo que se quiere encontrar.

Los dos sistemas principales de razonamiento son el inductivo y el deductivo. La deducción va de lo general a lo particular y la inducción de lo particular a lo general. Esta diferencia en las direcciones del razonamiento es la clave de lo que intento explicar.

Y el error al que me refiero es que en la forma de razonar deductivamente hay un peligro serio. Tome usted, por ejemplo, la idea general de que la sociedad está dividida entre explotados y explotadores. Siendo general esa idea, es llevada a la realidad y usada para interpretarla.

No será sorpresa que quien crea que la sociedad está dividida de esa manera encuentre que en la realidad esa idea se confirma. Con una idea general, arraigada e implantada en la mente, no será sorpresa que se crea que la realidad confirma esa idea previa.

La persona encontrará lo que busca porque desde un principio tenía una idea general muy enraizada, lo que la llevará a ver a la realidad de la forma que ella espera. Razona de manera deductiva, lo que es correcto, pero su premisa o idea original es errónea (o al menos no se verifica).

De la manera inductiva, la dirección es la opuesta: de la observación particular se trata de lograr llegar a lo general. Un ejemplo muy popular es el de «todos los cisnes son blancos», lo que se toma como una verdad hasta que se encuentre evidencia contraria.

Es otra mentalidad, más abierta, que no contiene ideas generales preconcebidas y se interesa más en encontrar que en verificar lo previamente supuesto.

Entonces, el error al que me refiero está claro, aunque sea un tanto difícil el explicarlo y aún más el aceptarlo. Cuando alguien tiene una idea previa, enraizada y de la que es poco consciente, tomará a la realidad y la percibirá de manera que esa realidad se acomode a la idea arraigada.

Le sucede a todos, liberales y socialistas, progresistas y conservadores, religiosos y ateos. No creo que haya excepciones, aunque es mi impresión que esto lo padecen en una ligera mayor proporción los socialistas y progresistas. Tienen ellos, me perece, mayor cantidad de ideas preconcebidas.

Este error de encontrar lo buscado, sin que la realidad importe, creo, es muy frecuente y común. Encontrar que la realidad niega la idea ya implantada, es un shock de consideración, que trata de evitarse.

10. ¿Quién eres tú para…?

También una de las características y rasgos de las opiniones comunes es la que reta a la opinión ajena razonando que el otro no es nadie para poner en tela a la propia.

La situación tiene dos partes claras.

  • Una persona A emite la opinión h.
  • La persona B emite otra opinión que dice no-h, es decir, está en desacuerdo con la opinión de A.
  • A niega la opinión contraria a la suya de B, argumentando que B no tiene la facultad ni la capacidad para negar h.

Y queda la parte más interesante de todo, esa pregunta que hizo su amigo: ¿quién eres tú para decir que yo estoy equivocado? Esto puede verse con claridad en un caso concreto.

  • A opina que el aborto debe ser permitido.
  • B opina que el aborto es inmoral y no debe permitirse.
  • A responde: ¿Quién es B para decirme lo que está bien o está mal?
  • Y A responde: B no tiene autoridad en eso, por tanto, el aborto es bueno.

Conclusión

La obsesión por tener opiniones crea características comunes a ellas. Diez de esas características fueron examinadas en esta columna, comprendiendo que deben existir otras muchas más.

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Y unas cosas más para el interesado…

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