Dios y fe

La inevitable necesidad de creer en algo. Un examen de la idea de que el ser humano tiene en su propia naturaleza la necesidad de creencias espirituales.

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Creer en algo es inevitable

Quizá el comienzo sea una palabra, creencias. Cosas que pensamos son ciertas, justificadas, lógicas, razonables, obvias, naturales, válidas.

En ellas hay un componente vital, el grado de certeza que tenemos, la seguridad con la que pensamos que ellas son ciertas, reales, verdaderas.

Entra aquí una frase atribuida a G. K. Chesterton, aunque pueda ser que la atribución sea falsa:

«Cuando el hombre deja de creer en Dios, el peligro no es que dejará de creer, sino que creerá en cualquier cosa».

Pero antes de entrar en la noción de la inevitabilidad de creer en algo, conviene aclarar algunos significados.

Saber y creer, no son lo mismo

Hay diferencia en el significado de esos términos.

Saber está asociado con tener conocimiento, con tener certeza y estar convencido, con poseer información. Su significado se ilustra en frases como, «saber de leyes», «saber que eres mi hermano», «saber conducir un automóvil», «saber que es posible votar».

Creer está asociado con también tener conocimiento sin existir comprobación cierta, con dar por cierto algo sin conocerlo directamente, con el opinar o pensar de cierta manera pensando que eso es algo verosímil, razonable, probable. Con el tener confianza en algo.

Su significado se ilustra en frases como, «no creo que mañana lloverá», «creo que él se equivoca al pensar así», «las ideas de ese columnista son siempre muy creíbles», «ella supuso que yo no vendría».

Saber algo y creer en algo

De lo anterior es posible hacer una distinción que servirá para examinar la idea de esta columna —la de que creer en algo más allá de lo material es inevitable para el ser humano.

Saber algo es la combinación de conocimiento con certeza. Conocimientos que difícilmente pueden disputarse. Quien sea que se arroje del décimo piso sabe lo que le sucederá, al igual que quien consuma drogas.

Es el conocimiento cierto que se usa al construir edificios, al volar un avión, al usar un ordenador —cuando alguien afirma que acaba de regresar de Antofagasta, o que su padre se llamaba Enrique.

Creer en algo es la combinación de conocimiento con certeza también, pero la que no tiene la contundencia anterior. No hay aquí demostraciones y evidencias de peso total para todos.

Fue bien expresada al decir que la fe es «la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (S. Pablo, Hebreos, 11:1)

Regresando a la frase inicial

Creer, por tanto, contiene el convencimiento que tiene el saber, pero no la certeza contudente de su conocimiento —lo que da entrada a un elemento clave: en el creer siempre puede admitirse a la duda, la propia y la ajena.

La frase contiene más de lo que aparenta en la superficie. Muestra que somos seres que no pueden vivir sin creencias. Las tenemos que tener. La repito:

«Cuando el hombre deja de creer en Dios, el peligro no es que dejará de creer, sino que creerá en cualquier cosa»

Sus elementos

Ella contiene componentes que pueden examinarse así:

  • Creer en Dios es una opción.
  • Si ella no es seleccionada, de cualquier forma habrá creencias.
  • Esas creencias alternativas serán «cualquier cosa».
  • Por lo tanto, siempre habrá creencias.

La conclusión es la clave del significado: siempre se tendrán creencias acerca de lo inmaterial y espiritual —siendo la creencia en Dios una de las posibilidades, e incluyendo al ateo que también tiene una creencia, la de que Dios no existe.

Un rasgo humano con consecuencias

Son parte de la naturaleza humana — guías para la vida que sirven de indicadores y no hay manera de evitarlas, aunque supongo que sí haya manera de ocultarlas.

Un ejemplo, el de las personas que creen convencidamente que Dios existe. Eso crea una impresión general en la persona, seguramente vaga y difícil de verbalizar, incluso una especie de imaginario personal: haber sido creado por Dios, tener un alma inmortal y aceptar la existencia de un juicio al final de todos los tiempos.

Ahora la otra posición, la de quien tiene otra creencia, la de que Dios no existe y que todo es material. Al igual que la anterior, esta persona tiene su impresión general, el marco bajo el que vive: nada hay sobrenatural, al morir se desaparece, los humanos son algo más que animales, el universo es un accidente físico, el mundo no tiene propósito.

Claramente el imaginario de cada persona de esas dos será bastante más complejo de lo que lo descrito, pero eso no es importante para aceptar una consecuencia —las creencias de cada uno tendrán una influencia en su conducta.

En otras palabras, las creencias afectan al comportamiento —como el de quien carga energía en una pirámide durante un equinoccio.

Ahora vamos a otro campo, que es el que creo que bien vale una segunda opinión.

En los dos casos anteriores he expuesto casos claros y opuestos. Casos de personas que tienen creencias convencidas sobre las existencia de Dios. Una cree en él y la otra no.

¿Qué pasa con las personas que están en medio?

Esas personas que no están tan convencidas de cualquiera de las dos posiciones, creer o no en Dios —las que tienen un sinnúmero de alternativas a su disposición, el «supernova espirtual».

La explosión de opciones que existe en el creer en algo confirma la sabiduría de la frase —existe esa inevitable necesidad de tener creencias que van más allá de lo material y se refieren a aspectos espirituales.

Más aún, son creencias cuya solidez es producida por la fe —es decir, por la convicción interna más que por la contundencia de las demostraciones y evidencias. Eso eso de «la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve».

Si la inevitabilidad de creer en algo es cierta, entonces los humanos tendrán creencias espirituales acerca de la divinidad —lo quieran o no, lo que incluye a ateos y personas enemigas de la religión.

Ellas serán las que mostrarán una mayor tendencia a creer en cualquier cosa y se moverán de una creencia a otra con gran facilidad, a veces creyendo, a veces no ——con irremediables consecuencias en sus conductas.

Casos y ejemplos

La amplitud de opciones puede sospecharse viendo, por ejemplo, esta lista de libros de autoayuda y espiritualidad; o lecturas acerca de estilos de vida.

Es lo que puede ser llamado «ser espiritual pero no religioso». Aquí caen formas religiosas como (sic para todo):

«creo en dios pero no en los q la profetisan solo les importa los intereses sullos y no de la gente q pasa hambre y miseria . no saben respetar las ideologias politicas y relijiosas de cada uno… creo en una Energía Suprema Divina y Creadora que es Dios, que habita en todo y en todos, que habita dentro de mí, dentro de tí, en los árboles, en el agua, en el Sol, etc. »

Y se explica la existencia de una categoría de libros, la de espiritualidad, con casos como uno:

«El Gran Secreto siempre ha estado presente de forma fragmentada en las tradiciones orales, en la literatura, en las religiones y en las distintas filosofías de todos los tiempos. […] Esta revelación te aportará felicidad en todas las áreas de tu vida. El Secreto encierra la sabiduría de los grandes maestros actuales, hombres y mujeres que lo han utilizado para conseguir salud, fortuna y felicidad».

Conclusión

Tomando como punto de arranque esa frase, he tratado de concluir las siguientes ideas.

  • Las personas tienen en su misma naturaleza la necesidad de creer en algo que es espiritual o inmaterial.
  • Las ideas acerca de lo espiritual son innumerables y varían entre lo razonable y lo absurdo.
  • Una de las opciones es la creencia en Dios dentro de una religión.
  • Las creencias en lo inmaterial y espiritual tienen consecuencias en las decisiones y conductas personales.

Al final, lo que he querido mostrar es el rasgo humano de tener naturalmente creencias sobre lo espiritual y la existencia actual de opciones innumerables de ese tipo. Lo que en algunos casos demuestra que Chesterton tuvo razón —muchos podrán creer en cualquier cosa.

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Y unas cosas más para los curiosos…

Debe verse:

Las alternativas y sustitutos de Dios
La apuesta obligatoria sobre Dios

Ideas relacionadas:

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Las creencias alteran la conducta personal

Es razonable suponer que las creencias personales afectan la conducta personal —el creer en algo, lo que es inevitable, influye en las acciones que se realizan.

De lo que puede concluirse que las creencias religiosas intervienen en lo que la persona hace.

Tomo lo anterior como una realidad y a continuación exploro una argumentación concreta acerca de la influencia que tiene en la conducta personal la creencia en una vida futura posterior a la muerte física.

Algunas religiones creen en una vida posterior a la muerte del cuerpo —una vida eterna en la que se castigan o premian las acciones de la persona en su vida actual. Es natural que esta creencia altere los actos que la persona realiza en su vida presente.

Lo anterior permite dos especulaciones sobre la conducta terrenal de quien tiene esa creencia, que es el objeto específico de esta columna.

Primera especulación

Es la que hace S. Landsburg y otros, indicando que quien cree en una gloriosa vida futura después de la muerte tienen menor miedo a morir y que, por eso, «invierten menos recursos en su autopreservación».

Por ejemplo, esas personas podrían gastar menos en tratamientos médicos que quienes tienen la creencia opuesta, o usar menor alarmas de incendio, o en general, atender menos su vida presente. Más aún, estas personas estarían muy dispuestas a morir por su religión como mártires y, se alega, eso sucede muy poco.

Esta primera especulación sostiene que hay pocas diferencias de conductas reales que muestren realmente una fuerte creencia en la vida futura —de lo que puede concluirse que esa creencia es débil, que la gente en realidad no la tiene.

[La primera especulación, está basada en lo escrito por Landsburg, S. E. (2010). The Big Questions: Tackling the Problems of Philosophy with Ideas from Mathematics, Economics, and Physics. Free Press.]

Segunda especulación

Podría alegarse lo opuesto y sostener que el creer en la vida futura eterna posterior a la muerte terrenal sí tiene un efecto en las acciones presentes y que ese efecto es más complejo que lo sostenido en la primera especulación.

Esa primera especulación sostiene que quien cree en la vida futura, por ejemplo, tendría conductas congruentes con su creencia, como gastar menos en atención médica, o comprar autos con menos sistemas de protección. La simpleza es engañosa.

Quien cree en la vida futura la valúa más que la vida presente, pero eso no implica que la descuide necesariamente —después de todo, esta vida terrenal es el medio para alcanzar la vida futura. Descuidar la vida presente equivale a descuidar un regalo de Dios y eso no ayudaría a alcanzar la vida futura.

El engaño

Mi objetivo es apuntar la simpleza falsa que existe en razonar concluyendo que quien cree en la vida futura necesariamente va a realizar actos que menosprecien visiblemente la vida actual.

No necesariamente y, en realidad, puede ser al contrario: quien valúe a su vida terrenal como un don de Dios tiene una idea que la hará cuidar su vida, no despreciarla.

La primera especulación, la simple, supondría que quien crea en la vida futura estaría dispuesto a morir por causas religiosas de inmediato —algo que podría llamarse martirio, dar la vida presente por su religión. Y, ya que existen pocos casos de martirio (?), se concluye, la creencia en la vida futura es débil o inexistente.

La cosa es más complicada: las situaciones extremas en las que se debe decidirse entre la vida actual y la muerte para llegar a una vida futura, son mucho más la excepción que la regla —lo que hace absurdo esperar que esas situaciones extremas y raras fijen la regla general.

Hay muchas otras acciones posibles que pueden usarse como indicativas de la creencia en la vida futura como la bondad consistente en las acciones de personas religiosas —sus obras de caridad, por ejemplo, o sus acciones misioneras.

Es erróneo presuponer que la creencia en la vida futura solo puede ser demostrada por medio del desprecio total y la renuncia a la vida actual, en situaciones extremas y excepcionales.

Es posible, realista y común, que el aprecio por la vida futura se demuestre con el aprecio por la vida presente.

Si realmente la creencia en la vida futura se mostrara sólo por medio del desprecio de la vida terrenal, eso haría incongruente el realizar obras de ayuda a los pobres —sería más lógico el abandonar a los pobres a su destino sin ayudarles y dejar que mueran.

Esto es justo lo opuesto de lo que haría un creyente en la vida futura.

Mi objetivo fue mostrar una instancia de cómo el creer en algo influye en la vida personal y cómo las interpretaciones simplistas pueden conducir a conclusiones opuestas a todo sentido.

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