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¿Hasta dónde debe llegar una buena ley? La pregunta data de hace muchos siglos, al menos del siglo 13. Ella pone sobre la mesa una duda. ¿Hasta qué punto debe llegar la ley? ¿Debe ella reprimir todos los vicios y fallas humanas? Es una pregunta sabia.

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El punto al que llega una buena ley

Seguimos aún tratando de determinar ese punto. Por ejemplo, no hace mucho que un grupo de amigos se reunieron para cenar y tomar unos tragos. Varios de ellos fuman. Otros no.

Los que fuman tuvieron que salir al exterior para poder hacerlo porque un reglamento prohibe fumar en restaurantes.

¿Es una ley con sentido común? Las opiniones estaban divididas. Los que apoyaban la ley decían que así el gobierno protegía la salud de los que no fuman, evitándoles el humo secundario.

Era una disposición válida porque, dijeron, un restaurante es un sitio público. La medida no podría imponerse en lugares privados.

Los que reprobaban la medida, entre los que había no fumadores, decían que era una intromisión en los derechos de propiedad del dueño del restaurante y una anulación de libertad de sus clientes.

Ellos apoyaban la libertad para que el propietario decidiera si en su establecimiento se fume o no.

No es la única medida gubernamental de ese tipo. Hay gobiernos que, por ejemplo en Nueva York, tienen reglas estrictas para restaurantes.

El punto central de quienes apoyan esas medidas es la aceptación del papel del gobierno para cuidar a los ciudadanos prohibiendo, por ejemplo, la prostitución, los alimentos chatarra, o cualquier otra cosa considerada negativa.

Es la misma pregunta del siglo 13. ¿Hasta dónde debe llegar una buena ley?

¿Debe una ley suprimir vicios? Me refiero a vicios como el fumar. No hay duda de que es mejor no fumar que hacerlo, pero no es ese el punto. El meollo es si una ley debe ir hasta el punto de prohibir fumar en un restaurante o un un bar que son propiedad privada.

La pregunta la planteó Tomás de Aquino en ese siglo y si nos inspiramos en su respuesta, contestaremos que no, que el gobierno no debe ir a esos extremos.

Tomás incluso cita a San Agustín: «Prohíbase la prostitución y el mundo se desharía en lujuria». La ley, en otras palabras, no debe intentar imponer la virtud en todos las personas, pero sí prohibir sus más grandes vicios.

Más, en nuestros tiempos, se añadiría otro factor: el de la libertad personal. El propietario del restaurante debe decidir por sí mismo lo que hace dentro de su propiedad y correr esos riesgos. Si allí deja fumar o no, esa debe ser su decisión y sus clientes decidirán ir o no a comer allí.

El punto de no rebase

Esta decisión de señalar el punto al que llega a la buena ley, me parece, es de más sentido común y con más lógica. Y, sin embargo, llama la atención que se haya impuesto una posición de menor lógica y sin tanto fundamento. ¿Por qué?

Los amigos que defendían la prohibición de fumar en restaurantes y bares dieron una respuesta que es preocupante: ellos aceptaban con gusto que el gobierno tomara decisiones que guiaran a las personas a un mayor bienestar.

Estaban contentas y satisfechas con esa autoridad que imponía leyes que atacaban vicios y de ellos protegían a la gente.

Contra esa visión ya no valieron los argumentos anteriores. Por mucha lógica que tuvieran, no fueron aceptados. Ellos querían que el gobierno implantara medidas como esa porque era buena en sí misma y no había otra manera de implantarlas que por la fuerza gubernamental. Conocer esto es extraordinariamente valioso.

La mentalidad detrás del rebase

Valioso porque muestra con claridad una mentalidad que aqueja a nuestros días: sin que medien argumentos y razones, existe un grupo de personas que da la bienvenida a lo que ordena un gobierno.

Para estas personas no existen valores a defender, sino objetivos a lograr por el medio que sea efectivo… y el más efectivo de todos es el de la fuerza gubernamental.

Todo empezó con una amigable y ordenada discusión sobre la ley que prohibe fumar en restaurantes. No hubo agresiones, al contrario, la conversación fue ordenada y tranquila.

No hubo al final acuerdo alguno. Nadie cambió de opinión, que es lo normal, pero aún así, yo salí de allí con tres sabrosos vodkas, un par de cigarros fumados en el exterior y una idea más clara de la realidad.

Santo Tomás, en su pregunta del siglo 13, dio una respuesta que es sólida y razonable, a pesar de lo que es rechazada no por mejores razones, sino por la existencia de una mentalidad desafortunada: querer con ansia algo, lo que sea, y hacer que el gobierno la imponga en el resto. Revelador sin duda.

Precisiones

Obviamente defiendo la libertad de que el propietario decida si en su restaurante se fuma o no. Lo hago porque defiendo la libertad del propietario y la del cliente.

Si algún lector va a criticar mi posición, por favor ni acuda a la desgastada idea de que sostengo esa opinión porque fumo y quiero buscar razones a lo que hago (sería una crítica demasiado débil).

El punto central es simple, la llega más allá de donde debería detenerse: la supresión de valores y normas, que son sacrificados en aras de un objetivo. Se sacrifica a la libertad del cliente y del propietario con tal de alcanzar un objetivo, el de minimizar un vicio.

¿Vale la pena? No lo creo. Prefiero un mundo en el que hay libertad y se fuma, a un mundo en el que hay menos libertad y no se fuma. Es decir, prefiero al mundo en el que se bebe al mundo que se tuvo durante la Prohibición.

¿Debe llegar la ley al extremo de prevenir todo vicio?

Existe, se dice, un problema serio de obesidad, que tiene consecuencias en la salud y que, por supuesto, da una excusa para la intervención gubernamental —y también, da vuelo a una imaginación sin límites, como regulaciones del número de agujeros en los saleros, la aclaración de que las salchichas marca Dragón no tienen en realidad carne de ese animal.

Una de las medidas propuestas para aliviar el problema de la obesidad es la de elevar el costo de comer fuera, con impuestos mayores—creyendo que existe una relación causal entre el comer en un restaurante y la gordura. La ventaja de esta hipótesis es que puede ser probada con un estudio o varios.

Y es grandioso que ya se tenga alguna evidencia al respecto. Ha sido reportado por el Center of Consumer Freedom que no hay tal relación.

Dos profesores de economía en los EEUU realizaron un estudio titulado Are Restaurants Really Supersizing America? y que responde a esa pregunta: no existe una asociación entre comer en restaurantes y padecer obesidad.

El estudio concluye lo siguiente:

«… Las correlaciones bien establecidas de series transversales y series de tiempo entre el peso corporal promedio y comer fuera de casa han convencido a muchos investigadores y legisladores de que los restaurantes son una de las principales causas de obesidad en los Estados Unidos. Pero un problema de identificación básico desafía estas conclusiones … Los resultados no encuentran evidencia de un vínculo causal entre los restaurantes y la obesidad … Concluimos que es poco probable que las políticas de salud pública dirigidas a los restaurantes reduzcan la obesidad, pero podrían afectar negativamente el bienestar del consumidor». Mi traducción

Regulaciones contra el mal

En palabras sencillas, las regulaciones gubernamentales, como elevación de impuesto al comsumo en restaurante, que persigan reducir el problema de obesidad no tendrán los efectos que persiguen —porque la hipótesis de la que partieron es falsa, o al menos cuestionable.

Esas regulaciones, como muchas otras, serán un desperdicio de recursos —como sucede con muchas otras donde la ley llega más allá de su punto razonable.

El esquema legal

Son casos de legislación gubernamental innecesaria y sustentada en creencias falaces, algo que es costumbre burocrática de larga tradición. Sigue un proceso secuencial claro:

  1. Los gobernantes y burócratas andan en busca de problemas a resolver.
  2. Seleccionan uno, el que sea y que generalmente es poco importante en relación a otros.
  3. Crean hipótesis sobre la causa del problema seleccionado —como en este caso en los EEUU: las personas engordan porque comen fuera de casa.
  4. Y proponen medidas para regular la supuesta causa —elevar los impuestos al consumo en restaurantes o cosas similares. En la UE, por ejemplo, se han calculado diez regulaciones nuevas diarias en promedio.
  5. Si acaso confrontan opiniones opuestas, se retraen y las ignoran —es un fenómeno de terquedad y obstinación.
  6. Las medidas gubernamentales se implantan, no dan resultado, producen problemas colaterales y se concluye que lo que se necesita es mayor regulación.

Lo extraño que es que a pesar de las evidencias encontradas una y otra vez en contra de estas intervenciones fallidas, las medidas propuestas sean aprobadas con gusto por los ciudadanos, quienes no parecen en su mayoría haber comprendido la necesidad de tener hipótesis demostrables.

¿Hasta dónde debe llegar una buena ley?

¿Hasta el punto de obligar a retirar saleros de las mesas, regular el tamaño de las bebidas azucaradas, o poner impuestos adicionales a los refrescos?

El gobierno, por ejemplo, propone evitar la publicidad de comida rápida, creyendo que al cancelar sus anuncios, los niños dejarán de ingerir esos alimentos. No es una hipótesis lógica, pero si hay una que lo es: los niños que comen en familia tienden a padecer menor índice de gordura y hay evidencia que lo prueba.

Conclusión

Sí existe una mentalidad que supone que la ley debe llegar a puntos más allá de lo razonable y, por ejemplo, intentar curar vicios, como sucede con los impuestos al pecado.

El problema es serio pues con cada regulación que hace que la ley llegue más allá de su sentido, la libertad se pierde poco a poco, sin notarse siquiera.


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Y solo unas cosas más…

Debe verse:

El problema del exceso de leyes
Los límites de las leyes humanas

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[Actualización última: 2020-10]