Es la herencia intelectual de los años 60. Es estar atorados en esos tiempos, estancados sin haber progresado a ideas mejores. El legado mental de esa década pesa aún después de tantos años. Su influencia nos dejó la liberación sexual, el optimismo utópico y un socialismo primitivo.

La década de los 60

Los años 60 fueron más que la vida de los hippies, las flores y las canciones de protesta —ellos terminaron dejando una herencia profunda con su desparpajo sexual y su socialismo simple.

Curiosamente, no fueron hippies los que produjeron la mentalidad estatista de esos años, sino gente como J. K. Galbraith, el economista, que sostenía que las grandes corporaciones eran ajenas a las fuerzas económicas y que los emprendedores ya no existirían.

La herencia intelectual de los años 60

De esos y otros intelectuales de izquierda, el mundo heredó ideas como las siguientes que constituyen ese fenómeno de estancamiento en los años 60, una herencia pesada:

  • No existe la oferta y tampoco la demanda, por lo que los precios pueden ser manipulados por el gobierno.
  • La economía puede ser planeada por el gobierno, quien establece lo que se debe producir y a qué precio se debe vender, como se hacía en la URSS.
  • Los consumidores son manipulados por la publicidad y compran todo lo que les ofrecen las empresas.

Los años 60 y su herencia intelectual creó también otras ideas que se mantienen aún, como estas:

  • La competencia es inútil y desperdicia recursos.
  • Los salarios pueden elevarse por encima de la inflación para remediar la pobreza.
  • El gobierno debe intervenir en todo para realizar la justicia social.

Por no mencionar otra parte de los años 60 y la herencia intelectual de un socialismo primitivo que descansa en una enorme ingenuidad.

  • Para luchar contra la pobreza basta asignarle presupuestos enormes a los programas gubernamentales.
  • El papel de los trabajadores es obtener conquistas sindicales cada vez mayores.
  • La prioridad primera de los gobiernos es distribuir la riqueza.
  • La mejor opción de progreso es cerrar las fronteras para proteger a las industrias nacionales.

Y, por supuesto, la herencia intelectual de los años 60, por excelencia, la idea de que todo es relativo, de que no hay nada absoluto.

Estancados en tiempos pasados

La herencia de los años 60 es esencialmente intelectual, con ideas que aún tienen consecuencias porque se mantienen vivas. Entre ellas destaco la del socialismo —uno que es entendido con candor y simpleza, que es optimista sin escrúpulos y que todo lo justifica con buenas intenciones.

Se hubiera esperado que esas ideas habían sido superadas por otras mejores, más apegadas a la realidad —pero la realidad es que existen personas atoradas en los años 60 que si llegan al poder tratan de aplicar ideas de ese tipo.

Bernie Sanders es un ejemplo de esa herencia intelectual de los años 60 —igual que López Obrador y las protestas en Chile.

Congelados en los 60

Un artículo de Arnold Kling titulado «Stuck on 1968», contiene una idea que creo es muy merecedora de atención por referirse a ese fenómeno que tiene poder para explicar sucesos de nuestros días —la herencia intelectual de las ideas de los años 60

Es decir, la predominancia de las ideas y la tendencia de ellas a prevalecer a pesar de cambios —más específicamente la tendencia de los socialistas de los años 60 a quedarse como estaban, congelados en esos tiempos.

Kling enfatiza un fenómeno que puedo resumir en una tendencia muy natural en la gran mayoría de las personas —ellas van a creer lo que más cómodas les haga sentirse y no lo que sea verdadero. Y lo hacen por una razón, su equivocación no tiene consecuencias en ellas.

El error que cometen en su razonamiento no les representa un costo a pagar. Por ejemplo, una persona puede pensar que para reactivar la economía un gobierno debe elevar su gasto y entrar en déficit, y nada de esa creencia le va a afectar en lo personal.

Desde luego, si la política de gasto deficitario se aplica, esa persona y el resto sufrirán consecuencias, pero no será por la creencia que ella tiene, sino porque el gobierno la ha aplicado. Este es el socialismo inocente al que me he referido.

La creencia personal tuvo cero costo en términos de consecuencias personales —lo opuesto de, por ejemplo, comprar un auto y resultar de mala calidad, una creencia que sí le significa desenlaces que le afectan su bolsillo.

Ideas con cero costo para la persona

Como producto lógico de lo anterior, las personas pueden sostener las ideas más insustanciales que deseen sobre una multitud de temas sin sufrir los efectos de sus errores.

Podrán dar las explicaciones más detalladas sobre el conflicto de Irán, sobre tratados de libre comercio, sobre elección de gobernantes, inflación, gobiernos y un gran número de asuntos, sin que sus errores o aciertos tengan significado ni consecuencia.

Quizá por esto se den tantas argumentaciones sobre futbol —ni los analistas, ni los aficionados sufrirán las consecuencias de lo que opinan.

De aquí es posible derivar el siguiente paso y al que Kling alude llamándole conventional knowledge y que traduzco como conocimientos convencionales —son ideas que son creídas por muchos, quizá por su amplia repetición, y que no necesariamente son ciertas o bien pueden ser totalmente falsas o al menos muy sujetas a discusión.

Ejemplos

Kling cita como ejemplos de esas ideas a las siguientes, que son casos de la herencia intelectual de los años 60:

  • El planeta no podrá soportar a la población hacia fines del siglo 20,
  • Lo mejor para combatir a la pobreza son los programas de gobierno,
  • La inflación se remedia con controles de precios y otras más.

Son ideas populares, sin sostén, y cuya creencia no tiene efectos personales.

Cualquiera puede pensar que para crecer las economías deben aceptar tener inflación, o que cerrando las fronteras al comercio se eleva el estándar de vida de la gente, o que elevando los salarios mínimos se acaba con la pobreza —porque ninguna de ellas le repercutirá personalmente.

Si esas ideas se implantan, ellas afectarán a los que creían en ellas pero también a quienes no.

Cuando algunas de esas ideas se tornan aceptadas por una amplia cantidad de personas, se vuelven intocables en el sentido de no aceptarse el ponerlas en tela de juicio —el proteccionismo en décadas pasadas en México fue una de ellas.

Kling enfatiza la creencia popular en los 60 de que el comunismo podía funcionar como alternativa al sistema liberal/capitalista —había elogios a la URSS, al gobierno de Vietnam.

Una herencia estatista

Pasados los años, el derrumbe de la URSS y las evidencias de que el comunismo es un fracaso abundan, como el éxodo de cubanos. Lo mismo sucedió con los pronósticos apocalípticos del fin de los alimentos por la explosión demográfica antes del siglo 21.

Las opiniones convencionales tienden a convertirse en dogmas aceptados sin cuestionamiento —y quienes se oponen a ellos son colocados fuera del establishment.

Como Milton Friedman como el ejemplo que cita el autor y al que podría añadirse una lista de pensadores que desafían a lo convencional, como Mises, Hayek y muchos más que hoy mismo retan una de las ideas convencionales más dañinas que me parece que existen.

Me refiero al estatismo y la aceptación mayoritaria de que no hay problema ni dificultad que no puede resolverse con la actuación del gobierno.

¿Problemas de pobreza? Que se creen programas de combate a la miseria. ¿Problemas de una economía estancada? Que se eleve el gasto gubernamental. Esta es la herencia estatista de los años 60, el legado intelectual que permanece.

Todo lo puede el gobierno, piensan demasiadas personas, que sin costo directo para ellas apoyan un intervencionismo creciente.

Lo anterior me lleva a aceptar una idea que ha sido comentada por varios —la de que la opinión que favorece el estatismo creciente produce como efecto indirecto lo que ella cree cierto, aunque sea falso: que el gobierno todo lo puede solucionar.

Con una opinión mayoritaria de ese tipo es más probable la elección de gobernantes socialistas que de gobernantes liberales, llevando a los gobiernos a realizar errores garrafales.

El remedio

El remedio a las malas ideas del socialismo ingenuo son las buenas ideas y ellas se obtienen de una educación aceptable, que produzca en las personas ansias de saber y disciplina para razonar.

Cuando la buena educación falta, el vacío se llena con malas ideas, como las de la herencia intelectual de los años 60.

Quien superficialmente para toda cuestión sugiere la intervención gubernamental cae dentro de esa categoría de opiniones convencionales: está equivocado, no paga directamente las consecuencias de sus opiniones y abre las puertas a la elección de gobernantes que creen también en una opinión infundada.

De vuelta a Galbraith

El 2 de mayo 2006, David R. Henderson publicó en el Wall Street Journal una columna acerca de John Kenneth Galbraith, canadiense, fallecido unos días antes a los 97 años.

La idea central de Henderson es mostrar un caso real de ideas que aún hoy sostienen buena cantidad de gobernantes y que afectan a la actividad legislativa y de gobierno en general.

Esas ideas de la herencia intelectual que produce estancamiento en los años 60, como temor a las grandes empresas y la creación de necesidades por parte de ellas.

Henderson sostiene que Galbraith derivó su fama no de sus contribuciones ni de sus logros académicos, sino de su popularidad entre audiencias masivas —Galbraith escribió más de 30 libros mostrando una gran habilidad como escritor.

El fenómeno señalado llama poderosamente la atención: un autor de fama pública, cuyas ideas se popularizan, sin méritos académicos ni de disciplina científica, logrando que muchas personas tomen como verdad lo que en los círculos académicos es puesto en duda.

Henderson da pruebas de esto en tres de sus grandes éxitos literarios.

American Capitalism: The Concept of Countervailing Power (1952)

En ese libro, afirmó la preeminencia de las empresas grandes sobre las pequeñas, lo que invalidaba la idea de un sistema de competencia y creaba un poder grande que sería enfrentado por los sindicatos poderosos —es decir, el contrapeso de las empresas grandes era los sindicatos, cuya acción neta beneficiaría al consumidor.

Un par de años después, la tesis fue expuesta como falsa por parte de George Stigler demostrando la existencia de empresas pequeñas cuando Galbraith había predicho lo contrario.

Y en cuanto a los sindicatos balanceando el poder de las empresas en beneficio del consumidor, pues los sindicatos preferían tener precios altos.

The Affluent Society (1958)

El economista comparó la riqueza del sector privado y la pobreza del sector público, lo que le llevó a sostener que se le deben dar más recursos al gobierno.

Dice Henderson que a la gente le agradó otra idea de ese libro, la de la afluencia o riqueza de las personas, similar a la idea de consumo conspicuo —de la que se derivaron pienso las ideas de consumismo y de creación de necesidades. Este libro fue seleccionado como el número 46 de los 100 mejores en inglés en la categoría de no-ficción (USAToday).

Pero surge Hayek y ataca esa idea: las necesidades básicas son muy pocas y las demás las desarrollamos naturalemente. No nacemos, por ejemplo, necesitando penicilina —ella tiene que descubrirse y se tiene ahora necesidad de ella.

Lo mismo va para otros bienes, como la música. No hay creación de necesidades —no hay necesidad básica de leer El Quijote, nada de lo que llamamos cultura es necesario en el sentido de Galbraith.

Pero no importaron los argumentos en contra. Las ideas del economista aún ahora mismo son usadas como argumentos de crítica al sistema económico de mercado —sigue creyéndose que intencionalmente las empresas crean necesidades nuevas a las que los consumidores sucumben sin remedio.

Y se mantiene vigente la idea del sector público que debe crecer y crecer, tomando recursos que ha creado el sector privado. Es ese socialismo ingenuo que es herencia intelectual de los años 60.

The New Industrial State (1967)

Su obra magna y en ella sostiene que las grandes empresas dominan a la economía norteamericana, siendo capaces de fijar los precios a los que venden y compran —incluso dijo que los diseños de autos de General Motors no reflejan las preferencias sino que son las preferencias de las personas.

La realidad niega eso una y otra vez —preguntarle a Toyota podría ser suficiente evidencia.

La terca herencia intelectual de los años 60

Galbraith, dice Henderson, reconoció esas fallas. Sin embargo, esas ideas siguen siendo repetidas como si fuesen verdades reveladas. Las ideas tuvieron consecuencias.

Por ejemplo en la India, donde Galbraith fue embajador en los años 60, y donde dio conferencias que proponían alejarse del mercado libre por ser demasiado riesgoso —la India le hizo caso y elevó su pobreza hasta que en los 90 cambió de política a mejores resultados.

Las ideas dejan consecuencias; las malas ideas dejan consecuencias malas. Y la herencia de Galbraith en este sentido es altamente criticable. Un buen ejemplo de ideas que se conservan sin mérito alguno.

Conclusión

Escuchando las palabras de muchos gobernantes actuales pueden detectarse los ecos de las ideas de los años 60 —el temor a las grandes empresas, la necesidad de incrementar el tamaño del gobierno, la sociedad ideal es posible, mayor gasto público y demás.

Malas ideas, falsas, rebasadas, demostradas como erróneas, pero que por alguna razón siguen siendo tomadas como dogmas no sujetos a discusión.

Son ideas que forman una pesada herencia intelectual con origen en los años 60 y que sobreviven causando daño y miseria. El fenómeno de las economías frenadas tiene una buena explicación causal en este legado.

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Y unas cosas más para el curioso…

En 1984 Galbraith visitó la URSS sobre la que escribió

«[que] la economía soviética ha hecho un gran progreso material en los últimos años, es evidente tanto por las estadísticas … como por la escena urbana general … Uno lo ve en la apariencia de un sólido bienestar de la gente en las calles, el enorme tráfico, la increíble remodelación de edificios de apartamentos y el aspecto general de restaurantes, teatros y tiendas … En parte, el sistema ruso tiene éxito porque, en contraste con las economías industriales occidentales, hace pleno uso de su mano de obra».

Menos de una década después, la URSS se desintegró.

Conviene ver algunas de estas ideas;