Las empresas y sus pecados capitales. Tal vez el origen y causa de las faltas y fracasos empresariales, porque ellos afectan a las personas y las personas afectan a las empresas.

Introducción

No sé de Teología lo suficiente como para explicar el pecado de soberbia, pero sí lo he visto cometido en más de una ocasión como para creer que no hay falta más grave que se pueda realizar en una administración.

Lo que no debe ser sorpresa, pues los siete pecados capitales deben tener consecuencias negativas en la vida diaria y material de las personas y sus empresas.

A lo que me refiero es a una congruencia necesaria entre lo terreno y lo celestial.

Es decir, una empresa que comete uno o más de esos pecados, sufrirá las consecuencias.

La soberbia

Podemos definirla como el deseo desordenado de tener honor, gloria y reverencia, que presupone el creer tener una posición de superioridad frente a los demás.

Esto lleva al desprecio del resto, a quienes se les considera menores frente al que comete esa falta.

Mi tesis es simple: la empresa cuya administración comete este pecado, tarde o temprano, terminará pasando por serias dificultades, e incluso el fracaso total. La razón de decir esto es igualmente simple.

La soberbia detiene el aprendizaje y sin aprendizaje no hay muchas posibilidades de sobrevivir. La empresa soberbia, más aún, se pone una venda en los ojos. Quien es soberbio, menosprecia a sus competidores y les permite operar hasta convertirse en serios rivales. Tener a menos a las empresas competidoras es una causa clara de fracaso.

Igualmente, la empresa soberbia maltratará a sus empleados, creyendo que ella les hace un favor al dejarles trabajar allí. También, lastimará a sus proveedores a quienes verá como males necesarios.

Tal vez, al final, lo que la soberbia ocasiona es ceguera mental, la total imposibilidad de entender el medio ambiente. Y quien no entiende a las personas y a las circunstancias, de seguro, no podrá manejar los recursos de su empresa o de su área.

Es como tener un piloto que conduciendo el avión insiste en aterrizar donde él dice que la pista está y no donde realmente se encuentra.

La lujuria y la gula

Quiero ahora tocar el tema de la lujuria y la gula, así en general, como el deseo desordenado de satisfacer apetitos bajos, sensuales, sexuales, de comida y bebida.

Eso es bastante entendible en lo que se refiere a la acción personal. La clave está en encontrar si esas conductas tienen una contrapartida en el desempeño de los negocios. Si son pecados capitales con consecuencias para las empresas.

Uno de ellos es muy claro y ha sido señalado en los libros chinos, como El Arte de la Guerra; me refiero al «lujo de los generales». Los gastos en boatos y ostentaciones de la plana mayor, no solo gastan recursos innecesariamente, sino que alejan a la alta administración del resto de la empresa.

Me refiero a los carros de lujo injustificables, comidas excesivas y bebidas en demasía, que son cosas que no mezclan saludablemente con los negocios. Más actividades sexuales indebidas.

Las pasiones en oficinas evitan la formación de equipos de trabajo y reducen la productividad, pues las actividades de las personas se descoordinan y se crean rivalidades.

Quizá el mayor de los daños se produce cuando el ejemplo de este vicio se da en los niveles superiores, porque así esa conducta se toma como aprobada y el resto de la organización la copia, impidiendo las contribuciones potenciales del recurso humano.

Los vicios y pecados sí tienen consecuencias negativas en esta tierra y las empresas no son la excepción. Lo contrario de estos vicios es la templanza y sostengo que el negocio en el que ella se cultive, será una empresa exitosa y viceversa. No son cosas complicadas.

La ira

La ira puede ser muy bien entendida con términos como furia, enojo, enfado, cuando esos sentimientos son llevados a su extremo de indignación, venganza y saña.

Se trata de la reacción ante algún suceso, el que sea, y que genera esa apasionada e irreflexiva reacción que pone a una persona fuera de control.

Todos hemos pasado por situaciones en las que, dentro de una empresa, alguien sufre un ataque de ira.

Me parece obvio que el efecto directo de la ira es lastimar a los recursos humanos y con ello a la fuerza principal de la empresa. La ira quita motivación, retira iniciativa y produce indiferencia y descaro en los subalternos, quienes terminan por juzgar como loco a quien padece de ataques de ira.

Lo contrario de la ira es la paciencia, que es la virtud que hace posible soportar las contrariedades de manera sosegada.

La ira, desde luego, causa efectos negativos en quienes la sufren, pues los ciega ante la realidad y les hace tomar acciones que causan estragos en las personas que laboran en una empresa, con lo que la dañan severamente.

La perdida de control y el vómito de regaños, no conduce a nada, absolutamente a nada. Y si se hace por sistema, termina por causar chistes entre el personal, el que se vuelve cínico e irresponsable.

Por su parte la paciencia, bien manejada, permite escuchar y poder juzgar con prudencia, como debe ser.

La envidia

Podemos definirla como ese sentimiento que se sufre por causa del bienestar ajeno. Es envidioso quien resiente las cualidades de otros, que se sienta mal ante el bien ajeno, quien sufre en lo interno ante el logro de los demás.

La envidia, por tanto, crea rivalidad entre las personas llegando al extremo de realizar acciones para evitar el éxito ajeno.

La envidia produce rivalidades ciegas y temor a ataques e intrigas, basadas en invenciones y mentiras. Todo eso daña a la productividad. Lo contrario de la envidia es la caridad, que es el desear el bien ajeno y realizar acciones para lograrlo.

El caso más claro de caridad es el querer servir a los clientes y consumidores, pero no hay que olvidar que igual buen trato debe darse a los proveedores y tenerse entre los empleados.

Me parece obvio que la caridad es un disparador de la productividad, un requisito del trabajo en equipo, igual de necesario que buenas instalaciones tecnológicas.

La empresa caritativa necesariamente tendrá más éxito que el negocio en el que se practique la envidia. Sus costos serán menores y su eficiencia mayor.

La pereza

Otro de los pecados capitales que también, como el resto, tiene efectos negativos en las empresas.

La pereza puede ser definida como el desgano y la falta de acción para emprender trabajos destinados a mejorar y progresar.

El más obvio ejemplo de pereza es el caso del «san lunes», famoso por acumular faltas de asistencia laboral en mayor proporción a otros días… aunque quizá los viernes en la tarde pueden haber tomado el lugar de ese lunes.

Otra manifestación clara de pereza es el incumplimiento de fechas de entrega, compromisos adquiridos y que no son cumplidos.

Es un obvio ataque a la productividad, que se agrava en la situación en la que unos dependen del trabajo de otros. Dicho de otra manera, la pereza es veneno en los negocios, pues ataca la eficiencia de frente y con golpes mortales.

La pereza se manifiesta de muy diversas maneras, desde las llegadas tarde de los empleados por la mañana y tarde, hasta el exceso de conversaciones internas entre ellos, lo que desperdicia tiempo.

Lo contrario de la pereza es la diligencia, una virtud que se entiende como la prontitud para trabajar y realizar cosas.

Esto me recuerda una frase atribuida a Thomas Jefferson y que dice, “Yo creo en la suerte y conforme más trabajo más suerte tengo”. Es obvio que el trabajar produce mejores resultados que el no hacerlo y hay muy pocos que podrían argumentar al respecto.

Lo que más me maravilla de todo esto es la enorme congruencia que existe entre la moral que busca el bienestar espiritual y esa misma moral que produce bienestar material.

Si en términos cristianos buscamos salvar nuestras almas evitando los pecados capitales, tendremos una buena vida terrenal también.

Resultaría absurdo que lo que nos lleva la salvación de las almas produjera efectos negativos en esta vida. Cultivar la virtud del trabajo, por tanto, es bueno para los negocios pues eso mueve al mayor y más importante de todos los recursos, al humano.

La avaricia

El último de los pecados capitales que afectan a las empresas porque, con en el resto de ellos, afectan a las personas.

La avaricia es «es el afán o deseo desordenado de poseer riquezas, bienes, posesiones u objetos de valor abstracto con la intención de atesorarlos para uno mismo, mucho más allá de las cantidades requeridas para la supervivencia básica y la comodidad personal».

No es, en el caso de empresas, el deseo lógico de tener utilidades, sino el justificar cualquier medio para obtenerlas. Sin utilidades las empresas no sobreviven, pero ellas deben ser obtenidas con medios válidos y legítimos.

La avaricia no solo afecta a las empresas en general, es también uno de los pecados que afecta a las personas en lo individual, cuando los empleados hacen trampas para obtener mayores ingresos y bonos.

La avaricia impide ver las funciones de la empresa y llega a hacer que las personas funden negocios ilícitos e inmorales.