poder embrutece

Los trastornos mentales del poder. Las posiciones de alto poder tienen consecuencias en la personalidad de quienes las ocupan.

Introducción

Parto de una premisa clara. Las personas son afectadas por la cantidad de poder que tiene el puesto que ocupan y ellas padecen trastornos mentales en la proporción de la cantidad de poder que detentan: a más poder, más trastornos.

«El neurólogo Davi Owen analiza la “locura” que provoca el poder. Este neurólogo escribe su libro después de seis años del estudio del cerebro de los líderes políticos y concluye:”el poder intoxica tanto que termina afectando al juicio de los dirigentes”. El psiquiatra Manuel Franco explica así lo que ocurre con los líderes políticos:”una persona más o menos normal, se mete en política y de repente alcanza el poder o un cargo importante”». smu.org.uy

Ese es el fenómeno a examinar, la del poder que intoxica alterando el juicio y la mente. Algo que es más marcado en donde más poder existe, los gobiernos.

Síntomas

Y hace que el poder sea causante de trastornos mentales, como estos:

«Todo el que se opone a él o a sus ideas, es un enemigo personal […] deja de escuchar, se vuelve imprudente, toma decisiones por su cuenta, sin consultar porque cree que sus ideas son correctas […] Modo mesiánico de comentar los asuntos corrientes y una tendencia a la exaltación […] Se rodean de funcionarios mediocres […]». Ibídem

O como estos:

«Se confunde con una nación u organización. Usa el “nosotros” en la conversación. Muestra excesiva confianza en sí mismo […] Se dice responsable solo ante Dios o la historia […] Pierde contacto con la realidad. Recurre a la imprudencia y las acciones impulsivas. Esgrime la rectitud moral para obviar consideraciones prácticas, el costo o los resultados […]» semana.com

Los trastornos mentales del poder

El tema ha recibido atención formal, con el nombre de «síndrome de hubris»,

«es un trastorno psiquiátrico adquirido que afecta a personas que ejercen el poder en cualquiera de sus formas. Se ha descrito en multitud de campos, desde la política a las finanzas […] La falta de humildad y empatía en su ejercicio puede hacer que cualidades como la confianza y seguridad en uno mismo se transformen en soberbia, arrogancia y prepotencia características […]». neurologia.com

El nombre tiene su origen:

«El término ‘hubris’ o ‘hybris’ (ὕβρις, hýbris) es un concepto griego que significa ‘desmesura’. Es lo opuesto a la sobriedad, a la moderación. Alude al ego desmedido, a la sensación de omnipotencia, al deseo de transgredir los límites que los dioses inmortales impusieron al hombre frágil y mortal. En la mitología griega se aplicaba a los que víctimas de su propia soberbia, se creían y actuaban como dioses». Ibídem

El inicio del los trastornos del poder

Es común pensar que ellos inician en el momento en el que la persona ya está en el poder y se da cuenta de que lo puede usar. Sin embargo, sugiero que existe una personalidad anterior asombrosamente propicia a esos trastornos y al síndrome de hubris.

Mi pieza de evidencia es el encuentro con una persona que conversó diciendo cosa somo las siguientes.

«Desde joven tuve vocación de servicio. Quiero ayudar a los grupos marginados, lograr el bien común, promoviendo un medio ambiente limpio en el que se respeten los derechos de la gente […] salvar a las tortugas […] dar becas a jóvenes […] construir carreteras y universidades populares, especialmente ayudar a los pobres y darles medios para que sean felices […]»

Es una misión tan panorámica, desde un punto tan alto, que solo pueden verse grupos, no individuos. Solo puede contemplarse a la sociedad y a alguna clasificación de ella en toscos grupos amorfos que borran rasgos individuales. Es una postura demasiado impersonal que provoca ansias de ayudar a algunos sin darse cuenta de que así puede dañarse a muchos.

La visión amplia, panorámica, elevada, carente de individualidades, es la que haga que el gobernante, desde antes de serlo, sea fácilmente contagiado por los trastornos del poder.

Es su postura natural, desde la que contempla a sus gobernados. Y gobernará, rodeado de acólitos que lo aislarán de la realidad, contemplando a sus gobernados como quien ve Nueva York desde el Empire State.

Una vez en el poder

Querrá hacer felices a todos, querrá lograr el bienestar general, pero le será imposible entender el bienestar personal.

Creará campañas, usará recursos, dirá que quiere ayudarnos, que quiere hacer el bien, que desea hacernos felices. Pero no lo puede hacer porque no conoce a esos a quienes quiere ayudar. La única manera de saber de sus gobernados es agruparlos y tratarlos genéricamente.

Hablará de sectores, grupos, conjuntos, conglomerados, multitudes, ciudadanos, mujeres, jóvenes, ancianos, pero no de individuos. Querrá hacer felices a grupos, pero no podrá hacer felices a personas. Trazará grandes planes, enormes proyectos, ambiciosos programas… generales, no personales.

Y, si no es prudente, se verá tentado a entender esa sociedad como formada por grupos en pugna, entre los que debe tomar partido y defender a unos de otros. Basará sus esfuerzos en el sacrificio de unos en aras del beneficio de otros. Será él el árbitro inapelable que solucionará los conflictos que él mismo azuzó.

Llegará el momento en el que sentirá que su labor salvadora de bienestar social no puede ser realizada si la sociedad a la que gobierna no piensa como él. Querrá que compartan sus mismos valores y prioridades.

Verá como molestos a quienes no piensan como él. Llegará a convencerse de que sólo él tiene el secreto de la felicidad de sus gobernados, que ellos no saben qué es su felicidad ni como lograrla.

Se persuadirá a sí mismo de que el corto tiempo de su gobierno no es suficiente, de que su proyecto social necesita de su presencia constante, todos los días sin descanso en el puesto de mayor poder. Después de todo, piensa él, nadie más realmente sabe lo que hay que hacer. Se convierte es un místico de su propio proyecto en el que él es la encarnación de la voluntad de la masa.

Discusión

Es una de las ideas más fascinantes que se han escrito sobre la política. Los trastornos mentales del poder producen la instauración de una política contraria al interés propio del gobernante mismo.

En otras palabras, hacer cosas que producen daño a uno mismo. Nadie está exento de esto. Pero en los gobernantes es especialmente notorio. Tanto que puede conformar uno de los tipos de mal gobierno.

El tipo de gobierno que es malo por razones de locura o perversidad. Lo de locura lo entiende cualquiera. Lo de perverso es en el sentido de causar daño, producir perjuicios.

El asunto es serio y describe el caso de gobernantes que implantan políticas que son opuestas a su propio interés y, por supuesto, causan daños a ellos mismos, y a otros. En pocas palabras, se trata del caso de gobiernos malos por razón de tener gobernantes a los que el poder ha producido trastornos mentales.

¿Cómo definir eso de cabeza dura?

La tienen:

  • Quienes implantan una política de gobierno existiendo información disponible que indica que sus resultados netos serán malos.
  • Quienes aplican esa política dentro de circunstancias en las que es posible optar por otras políticas mejores.
  • Y, finalmente, quienes la aplican persistentemente por períodos largos de tiempo.

Eso es tener gobernantes de cabeza dura con trastornos mentales que su poder les produce. Al menos, según Barbara Tuchman, la historiadora que propuso esas ideas en 1984, en su libro The March of Folly (La Marcha de la Locura).

No es un problema menor. En realidad puede ser el mayor problema que enfrentamos en nuestra vida.

Imperfección humana

Todo comienza con una realidad innegable, nuestra imperfección. Todos los humanos, sin excepción, podemos ser afectados por el poder. Podemos tomar decisiones malas, consistentemente, cuando podíamos decidir otra cosa, y no lastimarnos.

Si somos imperfectos todos y los gobernantes son también humanos, se sigue que los gobiernos serán también imperfectos. Y entonces los trastornos mentales de los gobernantes pueden entenderse como originados por la soberbia, al suponer ellos que no son imperfectos.

La soberbia como el origen

Examinando el tema, es posible sugerir que el origen de los trastornos mentales del poder se originan en la soberbia, bien descrita en el término ‘hubris’.

Algo que puede entenderse así: «La soberbia (del latín superbia) u orgullo (del francés orgueil) es un sentimiento de valoración de uno mismo por encima de los demás». Y que se entiende mejor en sus sinónimos, como arrogancia, jactancia, fatuidad y altivez.

El gobernante soberbio piensa de sí mismo como un agente reformador, con especial sabiduría sobre lo que el país necesita. Él y quizá otros como él son los que saben lo que conviene, eso que salvará al país. Es la mentalidad de quien siente ser un salvador nacional.

Él es quien tiene la capacidad de lograr una sociedad perfecta o casi, el lo sabe, tiene las ideas, conoce lo que necesita hacerse; si no lo eligen, el problema es la gente que no lo ha reconocido como lo que es.

En su idea de una sociedad perfecta, la gente tendría la suficiente inteligencia como para elegirlo. Si no lo elige es que las personas no son inteligentes. La definición de estupidez, entonces, se vuelve clara: «no entenderme significa que el otro es tonto, que no alcanza a ver lo que yo sé».

Cree ser él parte de la élite intelectual con la obligación de acarrear a los que no lo entienden, a pesar de eso, por medio de la acción gubernamental.

Consecuencias

La posición arrogante tiene consecuencias en su conducta. Desde el principio, el político salvador adopta un papel mesiánico sustentado en su vocación de servicio público.

Ama él a la humanidad y toda su ambición es ayudarla. Es el humanista por excelencia, ese que tiene su propia idea sobre cómo lograr la felicidad del resto.

Por eso, el político salvador se lanza al mundo en busca de oprimidos y opresores, con él en el papel de héroe salvador. Él es quien sabe como hacerlo y lo podrá hacer cuando llegue al poder.

¡Ah, si él tuviera el poder para hacer lo que él quiere, entonces la sociedad sería justa, perfecta, feliz!

De allí que si llega al poder, enfrente otra molestia, la división del poder, la existencia de opositores dentro del gobierno mismo. Será molesto tener que trabajar con cámaras de legisladores donde hay opositores. Y ve a estos como reaccionarios, tontos, defensores de intereses especiales, tontos que no entienden su visión.

La existencia de este tipo de político es inevitable. Los puestos de poder son extraordinariamente atractivos a quienes se sienten superiores y piensan tener la respuesta a la felicidad social. Y, muchos de ellos, tienen la habilidad de convertir a las elecciones en una competencia por dádivas gubernamentales.

Llegando, por esa vía, al poder, el gobernante salvador iniciará su gobierno con medidas que suponen como cierta esa idea de que la gente es estúpida; que por sí misma no podrá ser feliz y que necesita la intervención estatal en sus vidas. Por ejemplo, estudiar sin costo y relajar los estándares académicos.

Conclusión

Lo que ha sido resaltado es el riesgo del poder para causar trastornos mentales en los gobernantes, los que tienen su origen en la soberbia.

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Y algo más para los interesados…

En Brain a journal of neurology hay más información sobre el síndrome.

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