Sobre el sentido y propósito de la vida. Un examen que intenta dirigirse a la pregunta obvia pero infrecuente. ¿Es esto todo? Y la posible consecuencia, la vida es más que esto que vivimos a diario.

Introducción

El gatillo que disparó la idea de esta columna fue doble. Primero, y más importante, el encuentro con varias personas que respondían a una descripción general de «personas prácticas».

La segunda, una parte de una obra de Charles Taylor, en la que plantea esa pregunta «¿Es esto todo?», y que fue usada en una canción (véase abajo).

Las dos produjeron esta inquietud de examinar el sentido de la vida, si propósito.

La persona práctica

Él es el epítome de la eficiencia y el buen trabajo. Tiene a su disposición la mejor tecnología y su agenda de trabajo es organizada a la perfección. Es exitoso, como muestran sus signos externos: viajes, automóviles, casa, ropa.

Va rápido y con eficiencia por un camino que él ha pavimentado. El problema es que no sabe a dónde se dirige ese camino. Tiene los mejores medios y herramientas, es inteligente y marchaba rápido, pero en realidad no sabe a dónde se dirige.

Un experto en herramientas, procesos, procedimientos, agendas y medios y un absoluto ingenuo en cuestiones de metas, fines, objetivos. Un representante de un rasgo de nuestros tiempos, en los que tenemos grandes conocimientos para lograr eficiencia, pero para definir objetivos estamos mal preparados.

Creación de un vacío

No le interesaba y dedicaba su mente a los asuntos prácticos de la vida. Era la mitad de un ser humano. La naturaleza humana necesita ideas, creencias, valores, como quiera usted llamar a esas cosas.

Y si se desprecian, se crea un vacío que se llena de cualquier manera.

El vacío es llenado por las ideas que vienen de contenidos muy superficiales que reporta eventos o quienes los comentaban con descuido. Una veleta de ideas, que iba de un sitio a otro dependiendo de lo último que había escuchado.

Una víctima de malas opiniones ajenas, digno de ser notado su alto conocimiento sobre cómo ser eficiente al mismo tiempo que un ignorante para evaluar sus metas. Se precia de ser abierto a todas las corrientes e ideas, lo que le produce orgullo.

Esta persona eficiente y admirado no puede evaluar casi nada de política. Ni de moral, ni de la naturaleza humana. Lo mismo le sucede en otros campos, como la religión, donde tiene una serie de creencias contradictorias entre sí.

Nunca se ha planteado el sentido de su vida y, lo peor, parece que no le importa.

En fin, quizá sea un signo de nuestros tiempos el ser grandes expertos en cuestiones de eficiencia de procesos y creación de herramientas.

Lo que resalto es el desprecio de las ideas y de lo intangible, de eso que se dirige a examinar el sentido de la vida.

Charles Taylor“Charles Taylor” by What is in us is licensed under CC BY-NC-ND 2.0

¿Para qué vivimos? ¿Es esto todo?

La pregunta fue áspera. «¿Y para qué vivimos?» Se refería al sentido de la vida, a la razón última de lo que hacemos. La planteó de manera inocente, sin quererlo realmente.

Quizá sea la pregunta más grave, más seria que nos podamos hacer. Es el sentido de la vida.

Hay una respuesta general, pero que no satisface. Es incompleta. Imagino que si se pregunta a las personas dirán que quisieran ser felices, que ese es su propósito de vida, la razón por la que hace lo que hacen. No está mal la respuesta, pero obliga a preguntar otra vez.

¿Qué es felicidad para ti?

Habrá multitud de respuestas, la mayoría de ellas, mucho me temo, consistentes en clisés usados y abusados: realizar mis sueños, ayudar a los demás, cambiar a mi país, educar a mis hijos, ser mejor… y el resto de las respuestas estándar.

Un escéptico diría que la mejor opción es observar conducta real, lo que la gente hace de verdad y no lo que dice. Hablar de que la felicidad es leer libros y encontrar que solo ve telenovelas, por ejemplo, justifica ese escepticismo.

De la conducta real individual pueden derivarse datos agregados, quizá con datos de popularidad, grandes ventas y altos ratings. Esos datos pueden «hablar» mostrando rasgos de lo que hace feliz a la gente. Una especie de pistas que permiten intuir las ideas de felicidad que se tienen.

Indicadores de felicidad

Un ejemplo:

«La demanda de cirugías plásticas no sólo se remite a Estados Unidos, en México también va en aumento. “Cada día más niños solicitan consultas para someterse a procedimientos estéticos, niños tan pequeños que oscilan entre los 8 y 9 años de edad” menciona el Dr. Serafin Iglesias, Presidente de la Escuela de Cirujanos Plásticos del Valle de México». Salud180. com

Un dato solo, pero que si está acompañado por otros similares, quizá puedan tomarse como indicaciones de lo que la gente considera felicidad. Saber que Cincuenta Sombras de Grey ha sido el libro más vendido en México en 2015, también es otro indicio.

Como lo puede ser el tipo de celebridades más populares en las redes sociales.

Esos indicios que son cientos y seguramente miles, forman una idea general de la definición de felicidad que se tiene en general. Con cierta perspicacia podrían detectarse cambios y tendencias; incluso podrían hacerse pronósticos.

Mi punto hasta ahora es que la conducta personal dice más que la palabra personal cuando se trata de conocer cuál es la definición de felicidad que la persona ha adoptado.

¿Es eso todo el sentido de la vida o hay más?

Es en este momento que las cosas se ponen interesantes, cuando se pregunta uno para qué vivir. Si sigo el camino tradicional, entonces tengo que plantear la alternativa de Aristóteles y que no está nada mal.

A. Camino uno

Es la felicidad lograda por medio de conductas que producen diversión, entretenimiento, placer, fama, riqueza. En fin, todo eso que es material, vivir por vivir tratando de hacer lo que sea que uno quiera y produzca gusto personal inmediato.

Este es el camino de las cirugías plásticas, del gasto en lujos, de la fijación en celebridades, de la obsesión material. Un mundo de gratificación inmediata con un mínimo de responsabilidades, que es ejemplificado brillantemente por los anticonceptivos y el aborto legalizado.

Implícitas en esta vía están las ideas de una escasa valoración personal y falta de ambición que son vistas como valiosas y buscadoras de toda tranquilidad posible. Es la mentalidad del sentirse con derecho a todo y responsable de nada.

B. Camino dos

Es la felicidad lograda con la virtud, el deseo de mejorar, conocer, saber y actuar según lo que debe ser.

Este es el camino del que J. Ortega y Gasset juzga que es la minoría, en oposición a la masa que se siente satisfecha con no ser diferente al resto.

Es la respuesta clara a no, el camino uno no es todo lo que hay en la vida, ella tiene otro sentido y propósito. Es una concepción del sentido de la vida como exigencia y deberes.

¿Cuál es la diferencia entre esos dos caminos?

Es la respuesta que dan a la pregunta de para qué vivir, es decir, el propósito de la vida.

Cuando se carece de un propósito, el camino uno es el adecuado. No tiene sentido, por ejemplo, esforzarse estudiando una carrera cuando se puede pasar el tiempo bebiendo en la playa.

O bien, mejor dicho, cuando puede personalmente seleccionarse un propósito cualquiera, esta libertad produce una carencia práctica de propósito. Dedíquese a lo que usted quiera y que ese sea el objetivo de su vida, como el preocuparse por la apariencia física o cualquier otro.

Pero lo interesante que se presenta es la posibilidad de que sí exista un propósito de vida, algo que sea dictado por la propia naturaleza humana.

Propósito de a vida

Esto, creo, es la idea de Aristóteles, la de que sí existe un propósito de vida humana al que estamos obligados si queremos ser felices en verdad. Es la razón última por la que existimos, la causa última.

Esa es la respuesta de «¿es esto todo?», algo que sea un fin en sí mismo y no un medio. Algo que sea suficiente en sí mismo para tener una vida feliz. Y eso, según este filósofo, es la vida virtuosa, una combinación de razón, moral, prudencia y dominio de las pasiones.

Una forma de entender a la vida feliz:

«La vida feliz es una vida “reglada” por la razón y no abandonada al desorden de deseos y pasiones, reglas que tienen que ver con la moderación porque las cosas se destruyen (se “desvirtúan” o dejan de ser ellas mismas) tanto por exceso como por defecto. Aristóteles nos ha ha dejado distintas listas de virtudes. Para entender el significado de la idea de virtud sobre todo conviene fijarnos en las cuatro virtudes cardinales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza». ConFilosofía.com

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¿Pero qué sentido tiene la vida?

La pregunta mueve y conmueve. Es un tema central, quizá el más central de todos. Es el pensar en el sentido de las cosas. Ese para qué de todo, de mí mismo, de la existencia.

¿Qué sentido tiene la vida? No pretendo responder a la pregunta, pero sí ubicarla. ¿Es esto realmente todo?

Ahora llega la ayuda de Aristóteles

Podemos comenzar por el principio acostumbrado y bueno, Aristóteles y su idea de las cuatro causas. Piense usted en usted mismo y véase reflejado en las ideas de ese personaje.

La causa material, eso que hace al objeto o persona, el material de que está hecho. la madera de una mesa, por ejemplo. Los huesos, músculos, órganos y demás que hacen a nuestro cuerpo. La causa material es eso de lo que estamos hechos.

La causa formal, que se refiere a la forma, a la estructura o diseño que hace al objeto o la persona. Es eso que nos hace reconocer a una mesa, la estructura que ella tiene, la forma en la que su material está arreglado.

En nosotros, es la estructura del cuerpo: brazos y piernas, cabeza, tórax, la manera en la que estamos estructurados, con dos ojos, una boca, y demás. Eso nos permite reconocernos.

La causa eficiente, que es lo que vuelve realidad al objeto o a la persona, lo que potencializa a su ser. En una mesa esta causa sería todo eso que la creó: máquinas, personas que tomaron el material y le dieron una estructura.

Y, por último, la causa final, que es la razón de ser del objeto en el sentido de su meta, fin, propósito. Para una mesa, eso sería seguramente el uso que tiene para servir un cierto propósito en una comida, por ejemplo, o colocar encima un jarrón con flores.

¿Y para qué la vida?

Vayamos a la causa final, que está encapsulada en la respuesta a ¿y qué sentido tiene la vida?

Frente a la causa final podemos tener varias reacciones. Una es considerarla inexistente, mal planteada, negando una respuesta. Otra es aceptarla pero no preocuparse mucho por ella, colocándola en un lugar de poca prioridad.

La tercera, tomar el toro por los cuernos y tratar de dar una respuesta, la que sea y por alocada que parezca. Esta, me parece, es la mejor posición frente a la causa final. La razón es muy simple: las otras dos posiciones son terribles. Veamos.

Sin una idea de la causa final, es decir, de la razón de nuestra existencia, se pierde significado personal, se extravía la identidad.

Quedan sin contestar inquietudes naturales que dan sentido a la existencia: quién soy, para qué existo, a dónde voy, cómo debo comportarme, por qué trabajar o estudiar.

Si la causa final se ignora por la razón que sea, eso conduce al extravío de la persona en un mundo que no tiene sentido.

Donde se pierde todo concepto que guía nuestros actos: justicia, compasión, responsabilidad, conocimiento, moderación; todo eso se derrumba y lo único que queda es un franco “nada importa”. La sociedad que eso produce no es precisamente agradable.

Y si nos preocupamos por la causa final, en la concepción de Aristóteles, sin mucho quererlo ni pensarlo, la respondemos de maneras indirectas.

Lo hacemos cuando sentimos la obligación de ayudar a damnificados de un sismo, cuando nos indigna la corrupción política, cuando percibimos alguna injusticia. Estas ideas de «deber ser o no ser» sostienen, no sin cierta debilidad, la noción de una vida con un propósito.

Por tanto…

Visto desde otro lado, podemos vernos a nosotros mismo y concluir que somos personas libres y racionales, que tienen pensamientos, que actúan, que necesitan vivir en sociedad, que hay cosas buenas y cosas malas.

Estaríamos en lo correcto. Habríamos definido tal vez las causas de Aristóteles, pero no la causa final, ¿y para qué?.

En fin, mi única intención fue hacer un poco de ejercicio mental realmente extremo y plantear la pregunta más esencial de nuestra vida. Usted respóndala, pero hágalo en serio, a profundidad.

No hacerlo es dejar de ser humano.

La sal de la vida

Es un pasaje que intriga. Uno que hace pensar en su significado, que es el sentido de la vida y que, más aún, contesta con un ‘no’ a ¿es esto todo?. 

¿Qué quiere decir exactamente ese pasaje? Usa una metáfora cotidiana, pero el significado es complicado. O al menos eso parece. En fin, creo que merece una poner atención en esas palabras.

Comienza con palabras que son muy conocidas:

«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente».

Que esas palabras se encuentren en el evangelio según San Mateo (5,13) puede ser causa para que algunos las desechen como irrelevantes.

¿Es esto todo? No, no lo es

Pero no lo son. Contienen una visión del ser humano y es una visión tremendamente optimista e importante incluso para el ateo.

En la interpretación que conozco, se dice que ser la sal de la tierra es poner atención en lo que la sal logra. Ella mejora la comida, le da sabor y la hace placentera. Aún más, la sal se usa también para preservar la comida, para evitar que se pudra.

De allí es fácil concluir que las personas que son la sal de la tierra, son también las que hacen de la vida algo mejor. Incluso son las personas que evitan que la vida se pudra, que pierda significado y se eche a perder.

Las palabras son una cita de lo dicho por Jesucristo y se refiere a los cristianos, responsables de esa labor frente a otros. La de actuar mejorando la vida, preservando su sentido.

Siendo o no cristiano, da lo mismo, no puede sino aceptarse que son palabras hermosas y optimistas. Palabras que entienden al ser humano como capaz, libre, con un sentido natural, con una causa final.

Una decisión libre

Cada uno de ellos puede ser eso. Pueden ser la diferencia, pueden mejorar las cosas, pueden preservar lo bueno, pueden ser una buena influencia en los demás. Pueden ser todo eso, si lo quieren.

Y eso es lo maravilloso del asunto. Cada persona, una por una, es la que decide o no ser la sal de la tierra. Lo que significa, por definición, que cada ser humano es libre de serlo o no.

Es esa posibilidad de serlo, lo que abre la puerta a una visión grandiosa del ser humano, la de ser lo que él quiere ser. Hay una buena dosis de individualismo en esto, entendido como el ser diferente e independiente.

Es pensar por sí mismo, incluso con la consecuencia de ser distinto e ir contra la corriente del resto. Hay algo de heroicidad en esto, de independencia personal y perseverancia.

No es una labor grata ir contra la corriente. La corriente, las opiniones mayoritarias, son fuertes y aíslan a quienes se mueven en dirección distinta.

Ser la sal de la tierra, pienso, es lo opuesto muchas veces a las terribles corrientes de pensamiento grupal o mayoritario Hay en eso un sabor a Sócrates y su terrible manía de hacer preguntas, una manera de ser sal, de mejorar la vida, de buscar la verdad.

Sin duda, el griego ha puesto más sabor a la vida y la ha hecho mejor que quienes decidieron no ser la sal. Es una metáfora que termina por ser impresionante, la sal de la tierra contra las insípidas corrientes de lo políticamente correcto y lo que «todos creen».

Conclusión: revivir el sentido de la vida

En estos tiempos de demasiada televisión y escasa razón, la idea de ser la sal de la tierra merece ser revivida.

Son tiempos en los que se premia lo colectivo y se castiga la individualidad, se promueve el pensamiento uniforme y se fustiga la independencia, se recompensa la aceptación ciega y se sospecha de la originalidad.

Tiempos de pereza mental en los que se producen ideas masivas que piden ser creídas sin cuestionamiento.

Tiempos de una democratización extrema que supone la superioridad de las mayorías y la supresión de las ideas distintas. Es como una colectivización del pensamiento, al que vuelve insulso e insustancial.

Tiempos en los que todo es soso y sabe a lo mismo. De ideas insustanciales y desabridas, cuando todo lo que se exige es decir que sí a lo que alguna autoridad decreta.

No sé usted, pero me revuelve el estómago pensar en la posibilidad de que no seamos esa sal de la tierra. Quizá no lo logremos, pero la posibilidad de serlo es lo mejor que puede pasarnos. Es responder negativamente a ¿es esto todo?

El párrafo siguiente al citado, dice:

«Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa».

Lo opuesto a lo que en estos tiempos se cultiva y cosecha, la uniformidad insípida, la igualdad insabora, la monotonía insulsa.

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Y unas cosas más para los curiosos…

Debe verse al menos una de estas dos ideas:

Filosofía, ¿por qué molesta tanto?
¿Qué es hacer filosofía? Es hacer preguntas
Los tres elementos: libertad, razón y amor

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La canción de Peggy Lee, ¿Es eso todo lo que hay?