No es ésta la interpretación experta de un teólogo; pero sí es la reacción de un creyente convencido, quien ha intentado examinar con su limitada capacidad algunas de las ideas contenidas en  los Evangelios.

Perdón, pues, por algún error de interpretación que pueda existir, ante el cual únicamente puedo argumentar buena intención.

Parte I

Inicio esta peregrinación con mi primer descubrimiento, algo tan obvio que no puede ser original.

El primero de los Evangelios es el de Mateo, quien muy al principio coloca el capítulo de las Bienaventuranzas. Usa palabras breves y directas para mostrar a Jesús como alguien que viene a hablarnos, a enseñarnos, a mostrar un camino. Leyendo no puede dudarse de que Jesús es un enviado, no un enviado cualquiera, sino alguien que viene a dar todo y ese todo está en los Evangelios. Será responsabilidad nuestra el descubrir ese mensaje, ese camino. Esta idea es en extremo clara, Jesús trae un mensaje.

Viendo a la muchedumbre, subió a un monte, y cuando se hubo sentado, se le acercaron los discípulos y abriendo Él su boca los enseñaba diciendo. Mt 5, 1-2… porque les enseñaba como quien tiene poder y no como sus doctores. Mt 7, 29

Con esa descripción tan sencilla, Jesús nos es presentado pronunciando lo que creo son las palabras más maravillosas que se hayan dicho jamás. Son las Bienaventuranzas, las reglas más sublimes y hermosas acerca de la conducta de los seres humanos.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos. Mt. 5,  3-6

Tengo que detenerme aquí. Y es que estas palabras llenan la mente y la mente pide un descanso, un tiempo para medir las consecuencias de lo que se ha dicho. Hay que darse espacio entender ese mensaje.

Veo en esas palabras una idea base, la de una recompensa final. Quien ahora llora, mañana será consolado; quien quiere justicia hoy, será saciado después. Sin duda, existe algo más tarde; hay un mañana, un premio último. Basta seguir esas conductas, ser mansos, desear justicia, aceptar el sufrimiento. Mateo sigue con estas palabras.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque es suyo el reino de los cielos. Mt 5, 7-10

Este es el fin de un párrafo en el texto, lo que da otra oportunidad de descanso. Ignoro si el lector necesita ese descanso, pero supongo que sí; y es que estas palabras, estas enseñanzas, llenan y abruman. Allí está la idea de nuevo, la de una recompensa final para los misericordiosos, para los pacíficos, para los limpios de corazón. Más claro no puede ser el mensaje de Jesús, pero creo que hay otra idea que no es tan diáfana, la de una conducta voluntaria. Me explico.

Quien es misericordioso, o pacífico, o manso, es así porque lo ha decidido; nadie le ha obligado a serlo. Querer la justicia, padecer persecución, todo eso, necesariamente, es una opción personal. Las palabras de Jesús, entonces, están diciendo, «si actúas de esta manera tendrás una recompensa, pero eso te lo dejo a ti para que decidas». Sí, esta la idea del premio final, pero esa idea se entiende a la luz de ser un premio para quien actúa por iniciativa propia de cierta forma.

Esto queda aún más claro en las siguientes palabras del Sermón de la Montaña.

Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa, pues así persiguieron a los profetas que hubo antes de vosotros. Mt 5, 11-12

No hay duda, allí está la idea, confirmada de la recompensa final y de que ella se logra bajo ciertos principios. Pero hay más.

Yo veo otra noción, la de que si actuamos con esos valores, nuestra vida terrenal podrá pasar por situaciones alejadas de lo placentero; podremos pasarla nada bien. Más aún, sufriremos males. En otras palabras, el premio final tiene un costo ahora; no es gratuito, ni sencillo, ni fácil actuar bajo esos principios. Pero si lo hacemos, tendremos una gran recompensa final. En nosotros está la posibilidad de recibir el premio.

Hay otra idea que me impresiona mucho en esas palabras. Es la idea de la comparación entre nosotros y los profetas. En el Antiguo Testamento, los profetas eran enviados de Dios, literalmente. A ellos, Dios encargaba llevar su mensaje al resto de los hombres. Ahora, Jesús nos compara con los profetas, es decir, nos dice que somos sus profetas, que nos pueden perseguir simplemente por llevar sus mensajes a otros, por actuar como Él desea que actuemos.

Es una responsabilidad enorme que Jesús coloca sobre nuestros hombros; quiere que llevemos su mensaje pero que lo hagamos por nuestra propia voluntad. Podemos o no aceptarla, no hay obligación, pero allí esta la enseñanza, clara y obvia.

Veo, además aquí algo muy halagador para los seres humanos. Dios nos otorga su confianza al invitarnos a ser sus profetas; nos ama y por eso tiene fe en nosotros al darnos la posibilidad de aceptar la invitación. Pero nos previene, eso puede no ser placentero; va a requerir esfuerzos e incluso nos puede acarrear grandes males.

Hablar con más franqueza no se puede. Jesús nos exhorta a actuar de cierta manera con la promesa de una recompensa más allá de todas nuestras expectativas y con toda honestidad nos dice que si eso hacemos, que si somos sus profetas, es una posibilidad real que no la pasemos bien, que tengamos problemas serios.

El Sermón de la Montaña continúa y el lector hará bien en leer esas palabras que continúan y que yo omito aquí. Me detengo únicamente en las siguientes.

Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve a presentar tu ofrenda. Mt 5, 23-24.

Estas palabras hablan de prioridades que son una consecuencia lógica de lo dicho antes. Veo como de simple sentido común el colocar una acción de reconciliación por encima de la formalidad de un rito, así sea dedicado ese rito al mismo Dios. En el fondo, el mensaje es que amar al hermano, a las demás personas, equivale a amar a Dios mismo.

Y esto se encuentra de mil maneras diferentes en los Evangelios: el gran principio de nuestra conducta debe ser el amor. Si amamos a Dios tenemos por necesidad que amar a nuestro hermano y amar a éste tiene que significar amar a Dios. Y, si juntamos esta idea con la anterior, tenemos que nuestra labor de profetas muy bien puede ser ésa, la de amar y de actuar amando a los demás, que es el mensaje Divino.

Hay otra enseñanza de prioridades poco después de ese texto. Una que impresiona mucho.

Si pues, tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti, porque mejor te es que perezca uno de tus miembros que no que tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano te escandaliza, córtatela y arrójala de ti, porque mejor te es que uno de tus miembros perezca, que no que todo el cuerpo sea arrojado a la gehenna. Mt 5, 29-30

De nuevo y más claro ya no puede ser, allí está la mención de la recompensa final, o del castigo, el ser arrojado a los infiernos. La repetición del ojo y de la mano tiene un valor didáctico, que es como empieza esta parte de Mateo, «… y abriendo Él su boca los enseñaba diciendo…».

En estas palabras se encuentra la prioridad de lo Divino sobre lo material, incluso sobre el mismo cuerpo; hay también, creo, una confirmación de las consecuencias de ser Su profeta, la del dolor. Nos va a ser doloroso, nos va a significar esfuerzo el cumplir con esos principios de amor.

Otro Evangelista, Marcos, repite el texto anterior con otras palabras, a mi parecer aún más terribles. La advertencia es transparente.

Si tu mano te escandaliza, córtatela; mejor será entrar manco en la vida que con ambas manos ir a la gehenna, al fuego inextinguible, donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga, Y si tu pie te escandaliza, córtatelo; mejor te es entrar en la vida cojo que con ambos pies ser arrojado en la gehenna, donde ni el gusano muere, ni el fuego se apaga. Y si tu ojo te escandaliza, sácatelo; mejor te es entrar tuerto en el reino de Dios que con ambos ojos ser arrojado en la gehenna donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga. Mc 9, 43-48

Cumplir con esos principios, más aún, será al menos sorprendente y de seguro paradójico, como Mateo narra poco después con las palabras de Jesús.

Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al mal y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra; y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto, y si alguno te requisara para una milla, vete con él dos. Da a quien te pida y no vuelvas la espalda a quien te pide algo prestado. Mt 5, 38-42

Es aquí cuando me viene a la mente lo que se ha dicho de Jesús: o era un loco o era verdaderamente Dios. ¿Quién ha dicho que en él se perdonan los pecados del mundo y ha predicado cosas tan extrañas como éstas? Creo que no necesito decir que pienso que es en verdad Dios, pero creo que sí necesito mencionar estas cosas extrañas que se deducen de la conducta que nos pide y que Mateo menciona así.

La verdad es que no veo a nadie en la historia humana que nos haya dado las palabras de Jesús, nadie, y por eso me rebelo cuando escucho que se le menciona junto a otros «grandes líderes espirituales» de la humanidad; como si Él pudiese estar en la misma categoría de Ghandi.

Jesús va mucho más allá, hasta lo infinito, hasta las consecuencias lógicas de su mensaje, que es el amor llevado a los extremos lógicos; en buena parte, esas palabras pueden parecernos ajenas a nuestro razonamiento terrenal.

Las enseñanzas extrañas continúan.

Habéis oído que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen…. pues sí amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? Mt 5, 43-46

Es definitivamente algo extraño, pero lógico, muy lógico. Si Jesús tiene como principio básico el amor por encima de todo, no puede concluirse otra cosa que ésa, la de amar incluso a quienes nos causan daño; amarlos, rezar por ellos, porque allí es donde está el mérito. Eso es lo que cuesta, lo que requiere esfuerzo.

En las enseñanzas divinas, entonces, se encuentran frases y palabras que en la superficie nos pueden parecer extrañas y paradójicas. ¿Qué es eso de dar la otra mejilla y de amar a los que nos causan daño? Las palabras muestran lo desusado de las aseveraciones, pero su significado muestra una profunda congruencia de ideas y principios.

Si el amor es el gran principio, entonces resulta por demás natural obtener esa conclusión, la de que el amor debe prevalecer sobre el odio. Puesto de otra manera, poco valor tendrían estas enseñanzas si ellas predicaran el amor al mismo tiempo que aprobaran lo del ojo por ojo; sería una total contradicción.

Hay otras partes que vuelven a impresionarme por la lógica que contienen. Esas palabras a las que me refiero, tratan la idea del interior del hombre y de Dios, que puede ver dentro de nosotros. Esto está puesto en palabras como las siguientes.

Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres. Mt 6, 2 Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los cantones de las plazas para ser vistos por los hombres… Tú cuando ores, entra en tu recámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará. Mt 6, 5-6

El tono de enseñanza no puede ser más claro al repetir el punto: lo que importa no es lo que ven los demás hombres, en realidad eso poco vale para propósitos de la recompensa final en los cielos. Lo que vale es lo que Dios ve en cada persona, lo que esa persona tiene dentro de ella. Esto se repite en otro de los pasajes.

Cuando ayunéis no aparezcáis tristes como los hipócritas que demudan su rostro para que los hombres vean que ayunan… Tú, cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara, para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que está en lo secreto, te recompensará. Mt. 6,16-18

El mensaje de Jesús es ciertamente imponente: Dios es capaz de ver nuestro interior hagamos lo que hagamos, es decir, hay alguien fuera de nosotros que puede entrar en cada uno de nosotros. Es difícil pensar en un concepto que conmocione más que éste; somos libres, pero Dios nos ve en lo más íntimo, sin posibilidad de que le engañemos.

Él nos conoce como nadie nos puede conocer y no hay manera de ocultarnos a su mirada, lo que es perfectamente lógico, pues si nos promete una recompensa final, ese juez tiene que conocernos completamente para emitir un juicio terminante.

Puesto en términos de esta época, al leer esto pensé en que éstas son las reglas de juego que Dios nos da, sus leyes podría decirse, y nos previene que Él puede ver nuestro interior, no lo podemos engañar; más aún, le disgustan las manifestaciones externas de las mismas reglas que nos da. No se trata de impresionar a las demás personas, se trata de actuar honestamente, con convencimiento, de acuerdo con esas reglas y, siendo humildes rehuir la admiración de los demás.

Este juez no necesita testigos que hablen bien de nosotros, o mal. Él lo sabe todo sobre cada persona, lo que como dije es perfectamente lógico si Él es el juez que emitirá el veredicto final sobre los hombres y mujeres, uno por uno. Quiero dejar claro esto a riesgo de ser repetitivo.

Dios nos dice que si actuamos de cierta manera tendremos una recompensa final y que somos libres para hacerlo. Implícita está la idea de un juicio individual, persona por persona, de acuerdo al que hay una sentencia final. La única posibilidad lógica de hacer un juicio real y objetivo es conceder a Dios la cualidad de ver nuestro interior. Sin poder ver el interior humano no hay forma de hacer un juicio justo.

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La noción de un juez es inequívoca en las Escrituras; se repite una y otra vez, lo mismo que la idea de la recompensa final. Es, sin embargo, un juez diferente, uno que establece las reglas que en el fondo son formas de acercarnos a él. Es la idea de un juez mezclada con la idea de un padre que nos pide actuar como Él: nos perdonará si nosotros también perdonamos, será clemente si nosotros lo somos.

Cuando os pusiereis en pie para orar, si tenéis alguna cosa en contra de alguien, perdonadlo primero, para que vuestro Padre que está en los cielos, os perdone vuestros pecados. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre, que está en los cielos, os perdonará vuestras ofensas. Mc. 11, 25-26

Es la idea de un juez compasivo que practica la misericordia que nos pide y por esto la figura de Dios como un padre es la mejor descripción que podemos tener de Él. Esto es otra cosa muy lógica. Dios nos pide ser compasivos y misericordiosos, pues también Él lo es. Su promesa al respecto no puede ser más clara.

Y como un padre verdadero se pone de nuestro lado, nos promete ayuda, nos promete apoyo, nos promete estar con nosotros, siempre que se lo pidamos. También esto impresiona cuando se piensa en sus consecuencias: allí está el juez que ve nuestro interior y que determinará nuestra recompensa final, lo que sin duda es una imagen que asusta; pero esa imagen no está completa, pues Dios además es padre y nos quiere ayudar. Es como si tuviéramos un juez en la tierra que fuera parcial hacia nosotros, que deseara dar un juicio positivo.

Por eso, la imagen de un padre es mejor que la de un juez. Un padre ayuda, aconseja y cuando se le llama, va y escucha.

Pedid y se os dará: buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Mt. 7, 7 Por esto os digo, no os inquietéis por vuestra vida sobre qué comeréis, ni por vuestro cuerpo sobre qué vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mt. 6,25

Esa es la voz de un padre que habla a sus hijos; cierto, es juez, pero más es padre. Un padre que nos exhorta a seguir ciertas reglas, todas inspiradas en el amor en el trato a otros. Las palabras sobre no perder la tranquilidad sobre nuestro sustento son difíciles de entender y no puedo decir que las he comprendido.

Pienso que en ellas hay un fuerte elemento de fe, de creencia voluntaria y de lógica absoluta con el resto de Sus palabras. La prioridad es el alma, es la recompensa final, pero ¿debe ser eso una causa para olvidarnos de nuestro cuerpo, de nuestra comida y sustento?

No lo creo así, aunque hace varios siglos haya habido esa opinión; recuerdo haber leído algo sobre Simón del desierto y las costumbres de algunos que dejaron de bañarse, de cortarse el pelo y las uñas, incluso de vestirse. Si Dios nos dio la vida y nos pide ser sus profetas, no veo la lógica de olvidarnos de eso que nos dio, la vida en un cuerpo terrenal. La vida, al fin, es la oportunidad de ser sus profetas.

Lo que sí veo en esas palabras es un sentido de prioridades que en los Evangelios se lee una y otra vez: lo importante es el alma, el alma está por encima de lo material. Nos debe preocupar nuestra alma mucho más que nuestra vida, lo que no significa abandonar nuestra vida, al contrario, pues ella es un don Divino, la oportunidad de ser esos profetas. Y Dios, a quienes quieren ser sus profetas, otorga poder; si ellos piden se les dará, si ellos llaman, se les abrirá.

En pasajes siguientes continúan las lecciones, las enseñanzas sobre cómo debemos actuar. Aquí, me viene a la mente una idea: supongamos que vivimos en un mundo sin reglas, donde nada es bueno, ni malo, ni conveniente, ni inconveniente; ése sería un mundo caótico y sin congruencia, pero sobre todo sin sentido, en el que la existencia humana no tendría significado. En ese mundo caótico, la palabra felicidad no podría existir, pues ella implica objetivos y reglas.

Para que nuestra vida tenga sentido debemos tener reglas que nos lleven a tener ese sentido. Y, desde luego, puede haber muchos sentidos. Hay quienes dan un sentido temporal a la vida creyendo que vivimos unos pocos años y morimos sin nada posterior a esa muerte; éste es un pensamiento que me parece cruel en exceso, pues nos da una excusa para vivir sin sentido o vivir con metas cortas que no trascienden.

Por el contrario, Jesús con sus palabras no da un sentido eterno y trascendente: los humanos podemos ser felices en la eternidad, ése es el premio final que da sentido enorme a la vida y que da razón a las reglas de conducta.

Algunas de esas reglas son éstas, en las que seguimos encontrando la natural congruencia entre el amor hacia los demás y el amor hacia Dios. Si no amamos a Dios, no amamos a los demás; más aún, si juzgamos a los demás con severidad así seremos juzgados.

No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados y la medida con la que midiereis se os medirá. Mt. 7, 1 Por eso, cuando quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos, porque esta es la ley y los Profetas. Mt. 7, 12

El común denominador de ésas reglas, puede deducirse sin dificultad, es el amor entre las personas. Ése es el principio central, lo que me parece muy lógico, pues sin duda es lo que llevó a Dios a realizar la Creación. Quien crea, ama lo que crea y quiere que dentro de su creación haya amor. Pero es una creación particular y que es una consecuencia lógica de esas reglas: si ellas no son impuestas obligatoriamente, si ellas pueden ser ignoradas, si ellas son motivo de prédica, eso necesariamente significa que hay poder en el hombre, quien es libre y puede pensar y razonar y actuar con convencimiento personal.

Dios no quiere imponerse, sino buscar nuestro convencimiento para que con entera libertad lo aceptemos como Padre, para que así cumplamos sus enseñanzas. Nuestra libertad, así, tiene un sentido para ser profetas de Dios; y no un limitado sentido de simplemente no tener obstáculos a nuestra voluntad.

Y Dios nos manda a su hijo para darnos esos mensajes, donde destaca el más recordado de todos, tratar a los demás como quisiéramos ser tratados. En esas palabras se encierra todo quizá. Pero como somos libres, podemos pensar y elegir, necesariamente necesitamos reglas y principios. Elegir requiere saber, necesita conocer consecuencias de las elecciones hechas, necesita reglas y principios.

En otro pasaje, más adelante, del mismo Evangelio, Mateo habla del joven rico y la conversación que él tuvo con Jesús. Esto arroja más luz sobre estas cuestiones.

Acercósele uno y le dijo: Maestro, ¿qué de bueno haré yo para alcanzar la vida eterna? Él le dijo: ¿por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno solo es bueno; si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Díjole él: ¿cuáles? Jesús le respondió: no matarás, no adulterarás, no hurtarás, no levantarás falso testimonio; honrarás a tu padre y a tu madre y ama al prójimo como a ti mismo. Mt 19, 16-19

Aquí, creo, puede entenderse que hay dos niveles en la conducta que Dios nos exhorta a seguir. Desde luego, los mandamientos son ese primer nivel y que en este pasaje Jesús menciona en un orden inverso al acostumbrado, es decir, termina con el mandamiento del amor al prójimo.

Los primeros mandamientos en el orden seguido dentro de ese pasaje son negativos, hablan de cosas que no debemos hacer y que no son novedades para nadie. No hay mucha originalidad en esos mandamientos que nos piden abstenernos de conductas que producen daño: no matar, no lastimar a otros, no robar. Son éstas cosas que las leyes humanas contienen y que consideramos lo más natural del mundo.

Pero Jesús comienza a dar pasos atrevidos, poco a poco, ya no sólo se trata de evitar conductas negativas, sino de hacer cosas positivas: honrar a los padres y amar al prójimo. Es decir, no solamente no debemos robar al vecino, sino que debemos amarlo. Mateo continúa el pasaje y nos ilumina mucho en esto.

Díjole el joven: todo esto lo he guardado. ¿Qué me queda aún? Díjole Jesús: si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme. Al oír esto el joven, se fue triste, porque tenía muchos bienes. Y Jesús dijo a sus discípulos: en verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Mt 19, 20-23

Estas palabras me causan una turbación muy grande. Es posible ver la confirmación de una esencia de las palabras de Jesús: para entrar al cielo hay que seguir ciertas reglas. Lo obvio es pensar en seguir las reglas más claras, las que nuestra razón puede deducir y que hemos llamado derecho natural; no debemos lastimar a los demás en sus personas y bienes, lo que equivale a no robar, no mentir, no matar y esas reglas que inician con un «no». Esto equivale, creo poder resumir, a no hacer a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Es un lado de la moneda.

Pero Jesús va más allá de eso, quiere ir al nivel de tratar a los demás como uno quiera ser tratado, lo que es un paso adicional inmenso, enorme, que nos lleva a otro plano. Una cosa es simplemente abstenerse de robar al vecino y de golpearlo; supongo que muchos puedan vivir con eso sin gran esfuerzo.

Sin embargo, hay que ir más allá, hay que hacer un esfuerzo y amar al vecino, amar al prójimo. Ya no es nada más abstenerse de robarle, sino amarle y actuar en consecuencia. Esto es ser su profeta.

Ese joven está frente a su gran oportunidad cuando pregunta a Jesús lo que debe hacer para alcanzar el premio final, la vida eterna. Jesús responde en congruencia con lo que ha predicado: deben seguirse los mandamientos, que son ésos, los que empiezan con «no», pero también los que hablan de amar a los demás.

El joven debe ser un buen tipo, porque él guarda esos preceptos y quiere saber qué más es necesario hacer, que es cuando Jesús habla de «si quieres ser perfecto», entonces lo que tienes que hacer es seguirlo, igual que se lo pidió al resto de los apóstoles, dejando atrás todo lo que tienes.

El joven salió del lugar con desconsuelo, pues, cuenta el evangelio, poseía muchos bienes. Obviamente no los quiso abandonar en esa oportunidad que él buscó; valoró más sus bienes que el deseo de seguir a Jesús.

Creo que es una cuestión de prioridades de nuevo. Jesús nos repite otra vez que lo material está por debajo de lo Divino. No creo que sea una condena de lo material, pero sí creo que es una condena de la inversión de valores que pone a lo material por encima de lo espiritual, cuando debe ser lo contrario.

Veo en esto la historia de una oportunidad, la de estar de alguna manera frente a Jesús, oír su voz y decidir hacer caso a esas enseñanzas que tienen una lógica y congruencia impresionantes.

Parte II

Continuo esta peregrinación con mi segundo descubrimiento, algo tan obvio que no puede ser original.

No tengo duda de que Dios nos habla. El punto es escucharlo o no. Sencillamente lo creo con firmeza, Dios nos habla; no es ésta una cuestión de sentirse iluminado al estilo de los grandes santos. Es una cuestión de simple sentido común: las oportunidades para que Dios nos hable están allí a nuestra disposición, porque para hablar se necesitan dos. Si es uno solo el que habla y el otro no lo escucha, para éste es como si el primero no existiera.

Quizá no haya mejor ejemplo de la voz de Dios que la siguiente narración del Evangelio de Mateo. No titubeo en creer que estas palabras son una de las maneras en las que podemos oír hablar a Dios. Si lo quiero escuchar y tengo dificultad para ello, al menos tengo la seguridad de que leyendo los Evangelios lo puedo hacer; y más aún, conforme ellos son de nuevo leídos, más se escucha esa voz.

Las palabras de Mateo son preciosas y creo que muy significativas pues en ellas se habla del nacimiento de Jesús.

La concepción de Jesucristo fue así: estando desposada María, su madre, con José, antes de que conviviesen, se halló haber concebido María del Espíritu Santo. José, su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto. Mientras reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido por ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien podrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados. Mt 1,18-21

San José tiene una conducta para la que los adjetivos más asombrosos quedan cortos. Un hombre que tiene noticia de lo sucedido a su futura esposa, si es un caballero, posiblemente decida eso mismo: no hacer ruido, no armar alborotos, simplemente hacerse a un lado y decidir el repudio. La calificación de hombre justo le viene muy bien; no quiere denuncia, no quiere escándalo.

Más aún, el texto dice que reflexionaba sobre esto, tal vez considerándolo sin haber tomado una decisión final y absoluta. Lo que esto revela es la personalidad de José, la del hombre cuya próxima esposa ha concebido antes de convivir con ella y reacciona sin aspavientos.

Esto habla de una conducta que nos conviene seguir, la de la paz interior que nos manda pensar, dar tiempo, considerar y reflexionar, antes de actuar en contra de quien pensamos nos ha lastimado de alguna manera. Aún en las condiciones más extremas.

Pero lo de José, que ya es una conducta extraordinaria, nos lleva a un nivel aún superior, muy superior. Él escucha la voz de Dios, por medio de un ángel, quien le da el mensaje más increíble que haya escuchado ser humano. Dentro de un contexto que señala el sentirse engañado por la futura esposa, José recibe otro golpe: el aviso de recibir a María en su casa como su esposa pues lo concebido por ella es la obra misma de Dios.

Y más aún, ese hijo futuro tiene que recibir un nombre ordenado por Dios, pues Jesús tiene una misión, la de salvar de los pecados al mundo.

La impresión es difícilmente describible y tan solo la podemos imaginar, lo que resulta en un buen ejercicio personal si tomamos el lugar de José y pensamos en nuestra reacción propia, como si a nosotros mismos nos hubiera sucedido exactamente eso.

Pienso que hay varios niveles en esta situación. El primero es la noticia de una traición de un ser amado y que es recibida por el futuro esposo. El segundo es la reacción de José, quien reflexiona, piensa y opta por una decisión humana, lógica, pero tranquila. El tercero es el mensaje que aclara la situación con una explicación poco creíble, pero que es recibida y aceptada; no fue una orden, sino un mensaje que José pudo rechazar siguiendo la reacción humana más natural en esas circunstancias. Y el cuarto es la revelación del hijo de Dios que nacerá para bien de los hombres.

Por esto, cuando se trata de escuchar a Dios no es mala idea pensar en San José y lo que él hizo: hacer a un lado el alboroto, actuar con reflexión sin denuncias públicas, quizá con alguna decisión en el fuero interno. Pero sobre todo, creando la oportunidad de escuchar la voz de Dios; esa oportunidad se tiene que crear, se debe buscar.

Y puede llegar en algún momento, tal vez con una idea que al principio luzca paradójica y hasta loca; si alguien nos hace un mal grave, esa voz nos envió ya un mensaje, si nos pide no buscar la venganza, perdonar y amar a ése que nos lastimó.

Tal vez sea un signo de que Dios nos ha hablado cuando entendemos que lo mejor es hacer lo contrario de lo que hemos decidido en el momento de la ira y de la primera reacción. El mensaje del ángel a José fue lo contrario de lo que él pensaba hacer: no repudiar a la esposa, sino aceptarla y todo por una buena razón, la del hijo de Dios y su misión. Ese es otro signo del hablar de Dios, el darnos una explicación de lo que nos ordena, un bien mayor.

Lo que puede leerse en esta porción del Evangelio de Mateo es, desde luego, mucho más pues en ella está la misión de Jesucristo, la virginidad de María, el amor de Dios, incluso, de cierta manera, la libertad humana. No se lee el mensaje de Dios a José como una orden, pues primero le dice no temer y luego, aceptar a María.

Pero lo que me llama la atención es una clave para escuchar a Dios, la de dar y crear esa oportunidad, lo que es una responsabilidad de cada persona. Digo, es de sentido común que si deseamos escuchar a alguien, al menos debemos tratar.

Si alguien se queja de que Dios no le habla, puede ser que todo se deba a no haber propiciado la ocasión. Eso es lo que hay que hacer, crear el momento. Cada persona sabrá cómo y dónde y cuándo. El punto es crear el momento afortunado, propiciarlo, para lo que San José da una sugerencia, la de no reaccionar actuando de inmediato con la decisión que al instante parece la más sensata a nuestros ojos.

Y, si escuchamos o sentimos algo que suene extraño, raro, paradójico y hasta disparado, contrario a nuestra intención más obvia, quizá sí sea Dios el que habla.

Mateo sigue con el mismo asunto y una nueva dimensión: si acaso hablamos con Dios, es más probable que lo sigamos haciendo después; su voz será ya conocida por nosotros, igual que a José cuando el ángel volvió a aparecer.

Partido que hubieron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: levántate, toma el niño y a su madre y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te avise, porque Herodes buscará al niño para quitarle la vida. Levantándose de noche, tomó al niño y a la madre y partieron para Egipto. Mt 2, 13-14

Otra aparición, otra orden extraña. Medio dormido, podemos imaginar a cualquiera que recibe esa orden y al menos la cuestiona y pone en duda, con un «mañana salgo». La brevedad del texto de Mateo sugiere una acción inmediata pues ya José conocía esa voz y sabía que daba indicaciones extrañas aunque con una explicación. Ese niño está amenazado, lo van a matar. Más tarde, José recibe otra orden que sigue ese mismo patrón de conducta.

Muerto ya Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel, porque son muertos los que atentaban contra la vida del niño, Levantándose tomo al niño y a su madre, y partió para la tierra de Israel. Mt 2, 19-21

Puede verse en José, resumiendo, esa actitud que le lleva a crear un momento que da la oportunidad de un mensaje de Dios y una vez que lo recibe ya tiene la facilidad de reconocer quién le habla. Quizá otra de las enseñanzas de estos pasajes de Mateo sea también el saber que una vez que se crea la oportunidad y Dios nos habla, con mensajes extraños pero justificados, la siguiente vez será más sencillo reconocerle.

También en Mateo, hay otra parte en la que es posible reconocer el poder escuchar la voz de Dios. El pasaje también se encuentra en Lucas y Marcos; Mateo lo pone así.

Caminando pues, junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón que se llama Pedro, y Andrés, su hermano, los cuales echaban la red al mar, pues eran pescadores; y les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron. Mt 4, 18-20

La brevedad del texto es suficiente para sugerir una reacción inmediata de ambos, que dejan lo que estaban haciendo y van con Él. Pero Mateo añade un calificativo, «al instante», para dejar más clara la idea. El evangelista, entonces añade otro pasaje.

Pasando más adelante vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan, su hermano, que en la barca con Zebedeo, su padre, componían las redes y los llamó. Ellos, dejando luego la barca y a su padre, le siguieron. Mt 4, 21-22

Más tarde, en el mismo Evangelio, existen otros pasajes que muestran lo mismo.

Otro discípulo le dijo: Señor, permíteme ir primero y sepultar a mi padre; pero Jesús le respondió: sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos. Mt 8, 21-22 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, de nombre Mateo, y le dijo: sígueme. Y él, levantándose, le siguió. Mt 9, 9

Creo que Dios es todopoderoso y que podría hacer lo que le viniera en gana. Sin embargo, estos pasajes, que mencionan a la voz de Dios, muestran una característica importante: Dios no quiere hacer las cosas Él, quiere hacer participar a los hombres, sea José, sean los apóstoles.

Los quiere hacer partícipes de su obra, quiere que ellos le ayuden y que lo hagan por convencimiento propio. En nuestro mundo tenemos esas mismas posibilidades; si queremos que otra persona haga algo, tenemos ante nosotros la opción de obligarlo por la fuerza, o bien de persuadirlo.

Esas mismas opciones tiene Jesús ante sí en los Evangelios y siempre opta por el convencimiento; no usa la fuerza, sino la palabra. Esa es la palabra que podemos escuchar si creamos la oportunidad.

En el caso de los apóstoles, el común denominador es el seguirlo de inmediato, dejando atrás las redes, la barca, e incluso al propio padre, vivo o muerto. Se abandona el trabajo, también al ser querido. Eso lo puede hacer quien oye la voz de Dios y quien tiene el valor de dejarlo todo por Él.

Es lo contrario a lo que hizo el joven adinerado, al que Jesús pidió vender todas sus posesiones y seguirlo, y él no lo hizo; esto nos deja la idea de que valoró más sus posesiones que la oportunidad que tuvo de seguir a Jesús.

Me mueve todo lo anterior a pensar que es posible que Dios llame a las personas sin que ellas necesariamente hayan hecho algo para merecerlo. No hay forma de saber si, por ejemplo, Pedro y Andrés, eran de alguna manera excepcionales antes de ser llamados; igualmente, no hay forma de saber cómo es que la Virgen María se ha manifestado ante niños que antes de eso no parecían excepcionales.

Tal vez la lección aquí sea la de que Dios puede hablar a cualquiera, sea quien sea, incluso al mismo Pablo, perseguidor de cristianos; pero no puedo llegar a una conclusión que me satisfaga. Ignoro las razones de esas apariciones tan directas y de apariencia tan inequívoca a personas que nada de excepcional parecen tener. Pero lo que sí es posible concluir es que hay personas que reaccionan a esa voz y la siguen; y que hay personas que no hacen eso, que prefieren desaprovechar la oportunidad.

Y me quedo, al final, con una idea, no importa que yo sea una persona común y corriente, porque aún así, Dios me habla y lo que me queda es reconocer esa voz una vez al menos y así Él me hablará con más frecuencia.

Esa voz, la de Dios, está en los Evangelios que son lo más sencillo de conseguir; esto me maravilla. Pienso que yo mismo pude haber pensado que quizá algún día Dios me hablaría por algún soñado milagro, sin ocurrírseme jamás que poco tenía que hacer más que tomar los Evangelios o una Biblia y leer. Lo que allí se dice no deja lugar a dudas.

Por ejemplo, lo dicho por Jesús cuando se le preguntó cuál es el primero de todos los mandamientos. Su respuesta es clara y congruente.

Jesús contestó: el primero es: escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Mayor a estos no hay mandamiento alguno. Mc. 12, 29-31

He dicho congruente por lo visto en la primera parte de este ensayo, donde se ha hablado del amor como la esencia del mandato Divino y de que allí nace el resto de los preceptos. Hay en estas palabras el resumen más claro al que podemos aspirar leyendo los Evangelios. Y eso es Dios hablándome a mí, sin lugar a dudas; a todo aquél que lea eso y se dé un momento de tranquilidad para pensarlo.

Sin duda Dios nos habla en esas Escrituras y nos dice cosas que nos mueven; eso es, si es que nosotros tenemos la apertura para escucharlas. Por ejemplo, el pasaje del óbolo de la viuda, nos deja muy pocas dudas sobre lo que significa.

Estando enfrente al gazofilacio, observaba cómo la multitud iba echando monedas de cobre en el tesoro, y muchos ricos echaban mucho. Llegando una viuda pobre, echó dos leptos, que hacen un cuadrante, y llamando a los discípulos les dijo: en verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más que todos cuantos echan en el tesoro, pues todos echan lo que les sobra, pero ésta de su miseria ha echado todo cuanto tenía, todo su sustento. Mc 12, 41-44

Es muy difícil no sentirse movido en el interior por la imagen de esa mujer y lo que ella hizo; todo esto va dirigido a nuestro interior, donde cada uno saca la lección de lo que su conducta debe ser a la luz de esas palabras Divinas. Esas palabras son notablemente didácticas, nacidas del amor del Creador que quiere dejar claro lo que debemos hacer.

Mientras hablaba, le invitó un fariseo a comer con él; y fue y se puso a la mesa. El fariseo se maravilló de ver que no se había lavado antes de comer. El Señor le dijo: mira, vosotros los fariseos, limpiáis la copa y el plato por de fuera, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso el que ha hecho lo de afuera no ha hecho también lo de adentro? Sin embargo, dad limosna según vuestras facultades y todo será puro para vosotros. ¡Ay de vosotros fariseos, que pagáis el diezmo de la menta y de la ruda y de todas las legumbres, y descuidáis la justicia y el amor de Dios! Hay que hacer esto sin omitir aquello. Lc 11, 37-42

Igualmente, en el pasaje sobre la observancia del sábado, la voz de Dios nos deja claros sus principios. Lo que me llama la atención sin que pueda dejar de maravillarme por más que lo pienso es que esto es literalmente la voz de Dios, que la tenemos disponible cuando queramos.

Aconteció que un sábado, atravesando Él por los sembrados, sus discípulos arrancaban las espigas y frotándolas con las manos comían. Algunos fariseos dijeron: ¿cómo hacéis lo que no está permitido en sábado?…. Y les dijo: dueño es del sábado el Hijo del hombre… voy a haceros una pregunta: si es lícito hacer bien o hacer mal en sábado, salvar un alma o dejarla perderse. Lc 6, 1-9

La palabra de Dios está a nuestra disposición, lo único que hace falta es eso, nuestra disposición a escucharla y a darle tiempo, igual que José lo hizo. Aquí me viene a la mente una situación común.

Con frecuencia vemos la emoción que en muchas personas causa la presencia en su ciudad de algún cantante que se presentará en concierto; esto es suficiente a veces para causar desmayos en algunos y desde luego largas filas para comprar billetes de entrada. Ver en persona a esa celebridad es, desde luego, un gran acontecimiento.

Pues bien, escuchar esa voz de Dios es algo más grande, pero similar a eso. Jesús, en persona, está con nosotros en cada misa y cada lectura del Evangelio; y esto, si se piensa, debe ser causa de una emoción gigantesca. Si podemos agitarnos por causa de un artista que veremos en persona, ¡qué más grande sensación tendremos al darnos cuenta que Jesús, nuestro Dios, también nos visita!

Todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone por obra, os diré a quien es semejante. Es semejante al hombre que, edificando una casa, cava y profundiza y cimienta sobre roca; sobreviniendo una gran inundación, el río va a chocar contra la casa, pero no puede conmoverla porque está bien edificada. El que oye y no hace es semejante al hombre que edifica su casa sobre tierra, sin cimentar, sobre la cuál choca el río, y luego se cae, y viene a ser la ruina de aquella casa. Lc 6, 47-49

Una de las cosas que más asombro me causa en los Evangelios es esa serie de historias que usa Jesús para ejemplificar lo que Él quiere decirnos, las parábolas. El Evangelio de Lucas es el que más de ellas contiene; una es la que por años me ha impresionado. Jesús empieza la narración de la manera más sencilla posible.

Dijo pues: un hombre noble partió para una región lejana a recibir la dignidad real y volverse; y llamando a diez siervos suyos, les entregó diez minas y les dijo: negociad mientras vuelvo. Sus conciudadanos le aborrecían y enviaron detrás de él una legación, diciendo: no queremos que éste reine sobre nosotros. Sucedió que al volver él, después de haber recibido el reino, hizo llamar a aquellos siervos a quienes había entregado el dinero para saber cómo habían negociado. Lc 19, 12-15

En esas tan pocas palabras se plantea el caso, casi como un cuento en el que hay alguna dosis de curiosidad, casi una fábula que persigue ilustrar las bondades de un cierto tipo de comportamiento. Me parece que es una situación muy congruente con otras palabras de los Evangelios: obviamente el hombre noble de la parábola es el Señor que no quiere actuar solo, que quiere la ayuda de las personas, a quienes no deja sin recursos, pues les da algo para que hagan lo que deben.

Creo que eso que nos deja son sus palabras confiando en que nosotros las tomaremos y las convertiremos en obras; me agrada mucho esta visión, pues coloca a los seres humanos como personas libres y capaces, que gozan de la confianza de su Creador.

La historia continúa con la respuesta que los siervos dan al señor, es decir, una rendición de cuentas de lo hecho con las monedas.

Se presentó el primero, diciendo: señor, tu mina ha producido diez minas, Díjole: muy bien, siervo bueno; puesto que has sido fiel en lo poco, recibirás el gobierno de diez ciudades. Vino el segundo, que dijo: señor tu mina ha producido cinco minas. Dijo también a éste: y tú recibe el gobierno de cinco ciudades. Lc 19, 16-19

Las respuestas de los dos primeros siervos muestran que ellos han hecho algo con lo que su señor les dio y confió; a ese señor muestran los resultados, la multiplicación de lo que a ellos fue dado. Pero llega el tercer siervo y sucede algo diferente.

Llega el otro diciendo: señor, ahí tienes tu mina, que tuve guardada en un pañuelo, pues tenía miedo de ti, que eres hombre severo, quieres recoger lo que no pusiste y segar lo que no sembraste. Díjole: por tu boca misma te condeno, mal siervo. Sabías que soy hombre severo, que cojo donde no deposité y siego donde no sembré, ¿por qué, pues, no diste mi dinero al banquero, y yo al volver, lo hubiera recibido con intereses? Lc 19, 20-23

Hasta aquí, pienso, el que lee esto no tiene gran dificultad en entender lo que la historia ejemplifica. Es obvio que el Señor nos da recursos o capacidades o facilidades, y que eso nos impone una obligación con Él, la de entregarle más de aquello que nos dio. Quizá a unos dio más que a otros, eso no importa. Pero la parábola sigue.

Y dijo a los presentes: cogedle a éste la mina y dádsela al que tiene diez. Le dijeron: señor, tiene ya diez minas. Díjoles: os digo que a todo el que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Cuanto a esos mis enemigos que no quisieron que yo reinase sobre ellos, traedlos acá y delante de mi degolladlos. Y diciendo esto, siguió adelante, subiendo hacia Jerusalén. Lc 19, 24-27

Mateo narra la misma parábola y aunque utiliza otras palabras, la esencia es el misma. En conjunto, las dos versiones, producen una gran impresión y resulta curioso ver las diferencias en los detalles.

Porque es como si uno al emprender un viaje llama a sus siervos y les entrega su hacienda, dando a uno cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad, y se va. Mt 25, 14-15

Aquí es más clara la idea de una diferencia entre los siervos; no todos reciben lo mismo y se enfatiza la idea de «a cada cual según su capacidad». La historia sigue como en Lucas; el que recibió los cinco talentos fue y negoció y ganó otros cinco, igual sucedió con el que recibió dos, quien ganó otros dos. Pero el que recibió uno solamente decidió, no meterlo en un pañuelo y cuidarlo, sino enterrarlo para preservarlo.

Cuando regresa el señor, les pide cuentas y los siervos dan los frutos de lo logrado con esos talentos. A quienes han multiplicado esos bienes, el señor dice «muy bien siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré en lo mucho; entra en el gozo de tu señor». Las excusas del siervo que no hizo nada son muy similares en ambos evangelistas y en la versión de Mateo el señor le responde:

Respondióle su amo: siervo malo y haragán, ¿con que sabías que yo quiero cosechar donde no sembré y recoger donde no esparcí? Debías, pues haber entregado mi dinero a los banqueros para que a mi vuelta recibiese lo mío con los intereses. Quitádle el talento y dádselo al que tiene diez, porque al que tiene diez se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aún lo que tiene se le quitará y a ese siervo inútil echadle a las tinieblas interiores; allí habrá llanto y crujir de dientes. Mt 25, 26-30

Nada hay en Mateo sobre la parte que menciona Lucas, «Sus conciudadanos le aborrecían y enviaron detrás de él una legación, diciendo: no queremos que éste reine sobre nosotros…. Cuanto a esos mis enemigos que no quisieron que yo reinase sobre ellos, traedlos acá y delante de mi degolladlos».

No importa, pues el mensaje sigue siendo el mismo, el de la voz de Dios dando su confianza a los hombres, dándoles responsabilidades. Esta, creo, es una visión muy optimista de la naturaleza humana.

Al final, lo vea como lo vea, el contenido de los Evangelios me hace ver un panorama que es extraordinario y lleno de optimismo: Dios confía en nosotros y por eso es muy lógico que ponga a nuestra disposición recursos y talentos o capacidades. Él quiere que le ayudemos en su obra, que en esencia es la de ser sus profetas o enviados; pero ésta es una opción para nosotros. Él nos deja en libertad de hacerlo o no.

De seguro, todos tenemos talentos y capacidades para hacer algo, poco o mucho. Es decir, veo aquí la obligación de hacer algo en concordancia con nuestros talentos para que al final, con el regreso del Señor, exista ese acto de rendir cuentas. También esto me parece optimista y lógico, pues es la presentación de una oportunidad que podemos seleccionar y esto es mucho mejor que las creencias de un mundo sin sentido, de normas relativas y sin recompensa al esfuerzo.

El punto, al menos en mi mente, es claro en todo esto. Es un hecho real que Dios habla a todos; por lo menos, todos tenemos la oportunidad de escucharlo y para hacerlo lo único que hay que hacer es leer las Escrituras, o bien poner atención cuando ellas son leídas en alguna ceremonia religiosa. Para escuchar esa voz tan solo debemos poner atención.

Y esto me parece un milagro que podemos vivir todos los días.

Parte III

Continuo esta peregrinación con mi tercer descubrimiento, algo tan obvio que no puede ser original.

En la lectura de los Evangelios, hay pasajes que son verdaderamente extraños, o paradójicos, sorprendentes de alguna manera. Cuando se va a misa, en algunas ocasiones, la lectura del Evangelio presenta textos que son al menos insólitos y que narran situaciones o citan palabras que no pueden entenderse con facilidad. Peor aún es cuando los textos parecen ser contradicciones de lo dicho por Jesús y que es más sencillo de entender.

Aquí trato algunos ejemplos de esos textos; digo algunos porque hay muchos incluso ya citados en las partes anteriores de este ensayo, como los dos siguientes.

No siendo experto en interpretaciones teológicas, desde luego, lo primero que tengo que hacer es pedir de nuevo disculpas por algún error que pueda cometer en estos ensayos. Sencillamente quiero aportar lo que un católico ha sacado en conclusión cuando se enfrenta a estos casos.

Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al mal y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra; y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto, y si alguno te requisara para una milla, vete con él dos. Da a quien te pida y no vuelvas la espalda a quien te pide algo prestado. Mt 5, 38-42 Habéis oído que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen…. pues sí amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? Mt 5, 43-46

Tan insólitos son que forman parte de la sabiduría popular debido a su fuerte connotación y a sus palabras tan memorables; «pon la otra mejilla», «ama a tus enemigos». Extraños definitivamente, quizá porque son cosas que se oponen a la primera reacción humana, la de lastimar al que nos ha lastimado, la de aborrecer a quien nos aborrece.

Esa es la reacción más fácil, pero recordemos que Jesús lleva la congruencia del amor hasta sus últimas consecuencias lógicas; si el punto es amar, tenemos que amar, por tanto, incluso a quienes nos odian. Siendo pacíficos y mansos y limpios de corazón, tenemos que ofrecer la otra mejilla y no devolver golpe por golpe. Es, por tanto, al menos en mi parecer, perfectamente natural que se obtengan esas conclusiones, como la de amar al que nos odia, pues si se opta por el principio del amor es necesario reconocerlo como superior al resto.

El amor debe prevalecer sobre el odio, sobre el rencor, sobre los aborrecimientos. Si se dejase libre al aborrecimiento, eso significaría la no superioridad del amor.

En eso hay mérito y, por tanto, recompensa; en el hacer prevalecer al amor sobre el odio, cuando éste es el camino más lógico; desde luego que así hay mérito. No hay gran merecimiento, dice Jesús con razón, en amar a los que ya nos aman. No se necesita gran esfuerzo para hacer eso, pero sí en la otra posición, la de amar a esos que nos hacen daño, perdonarlos, rezar por ellos. Esto lleva al ser humano a otro nivel, uno muy superior, pues lo acerca a Dios y lo aleja de la reacción humana terrenal.

Y en esto, los Evangelios establecen algo que también es razonable. Me refiero a la distinción entre la acción de una persona y la persona. Esta distinción es en extremo útil para entender el principio del amor que debe prevalecer entre las personas; para los actos sí hay reprobación y crítica, pero para las personas hay perdón y, por tanto, amor.

El lector de los Evangelios enfrenta otros pasajes que deben causarle una extrañeza mayúscula. En las dos citas anteriores es sencillo imaginar a Jesús, ese ser humilde, pacífico, que lleva el amor hasta sus últimas consecuencias y que nos exhorta a poner la otra mejilla cuando ya nos han golpeado. Esa es la imagen más generalizada de Jesús, la de la bondad. Pero, ¿qué hacer cuando se lee lo siguiente?

No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá, y el que la perdiere por amor a mí, la hallará. Mt 10, 34-39

Allí está Él, que habla de amor y que alaba a los mansos y a los pacíficos, ahora hablando de violencia, de guerra. Peor aún, usa los ejemplos más sensibles, los de la familia; va a separar al hijo de su padre y a la hija de su madre. Creo que eso es la superficie de lo dicho, pues de lo que se trata es de prioridades y Dios está por encima de nosotros. Si acaso hay una disyuntiva entre seleccionar al padre o a Dios, la decisión debe ser Dios y lo que Él nos manda.

Y eso es causa de inquietud, no de paz; de angustia y de desasosiego, no de tranquilidad. Es obvio que Dios nos pinta un mundo material en el que la vida no será una utopía, estará muy lejos de serlo; allí no la vamos a pasar bien, tendremos que tomar decisiones, algunas de ellas terribles.

Pero la regla está allí, Dios es primero. En otras palabras, el amor es primero, pero el amor a Dios, no a las cosas de este mundo. Por eso está lo de «el que ame al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí».

Lo veo, todo esto, como a Jesús previniendo en su prédica: si sigues las reglas de Dios vas a enfrentar dificultades, vas a tener que tomar decisiones, vas a tener que elegir; y eso no será sencillo, pues puede significar el alejarte de lo que quieres y valoras. En la superficie esto puede producir pesimismo pues nos puede hacer ver a nuestra existencia como una de penas, sufrimiento, aflicción y tribulaciones; pero creo que esa es una visión equivocada.

Pienso lo contrario, es una visión optimista de la realidad porque coloca a los seres humanos con poder para hacer lo correcto, con capacidad para actuar y elegir. Es la diferencia entre preocuparse y ocuparse; entre ver problemas y ver oportunidades.

No hay rodeos en estas palabras que son duras, pertenecientes más a un juez que al Padre. Si amamos algo es a través de Dios; porque a Él amamos es que amamos a los demás. La insistencia en la vida que de verdad vale es obvia, pues se repite otra vez en el mismo Mateo.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: el que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame. Pues el que quiere salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la hallará. Y, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma? ¿o qué podría dar el hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras. Mt. 16, 24-27

Las palabras son casi iguales entre este pasaje y el anterior y contienen palabras que se han hecho parte del hablar cotidiano; «toma tu cruz» «el que encuentra su vida la perderá…» «¿de qué vale al hombre ganar el mundo…?».

Me llama la atención su dureza, sin duda derivada de la extrema claridad y del uso de paradojas. Pero el exhorto no deja lugar a dudas, es necesario pensar de largo plazo, pensar en el premio final, y para eso se necesita renunciar de alguna manera al beneficio inmediato.

Este es un mundo de lucha, entre el bien y el mal, en la que nosotros tomamos parte de manera libre, decidida por cada persona. Ésa es la decisión, la de tomar la cruz, la de perder la vida hoy si es necesario con tal de ganarla mañana.

Al final, creo que no hay contradicción entre el Jesús que nos habla de actos bondadosos y el Jesús que nos habla de lucha y de espada. Se trata de la lucha del amor por imponerse y triunfar con la recompensa final para dar «a cada uno según sus obras».

Hay otros pasajes que me parecen extraños o que de alguna manera llaman mi atención por lo desusado de la narración. Por ejemplo, el siguiente, sobre la curación del paralítico en el Evangelio de Mateo.

Le presentaron un paralítico acostado en su lecho, y viendo Jesús la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: confía, hijo, tus pecados te son perdonados. Algunos escribas dijeron dentro de sí: éste blasfema. Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: ¿por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿qué es más fácil: decir tus pecados te son perdonados o decir levántate y anda? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados, dijo al paralítico: levántate, toma tu lecho y vete a casa. El, levantándose, fuese a su casa. Mt. 9, 2-6

La frase de introducción causa una impresión obvia, es fácil adivinar que allí está otro milagro; eso es lo que espera el lector, que el enfermo del cuerpo sea curado. Esperamos que el paralítico sea curado, se levante, vaya a su casa y que Jesús le pida tal vez que no diga nada a nadie. Pero no, Jesús no dice lo obvio, sino que dice algo que parece irrelevante ante la situación física del enfermo: «tus pecados te son perdonados»; nada dice de la curación.

Esto da la ocasión para que Jesús penetre en el interior de los escribas y conteste con algo que me parece extraño a primera vista, eso de si es más fácil perdonar pecados que curar. Desde luego, lo más espectacular es el milagro, la curación y que el paralítico se levante y camine; eso lo puede entender cualquiera, como lo señala Mateo en el siguiente versículo: «Viendo esto, las muchedumbres quedaron sobrecogidas de temor y glorificaban a Dios de haber dado tal poder a los hombres».

Lo mismo sucede con la resurrección de la niña, de la que Mateo dice que «la nueva se divulgó por toda aquella tierra»; y con la curación del mudo, «se maravillaban las turbas».

Pero el otro nivel es más profundo y menos fácil de ver, es el interior de las personas, y que Dios percibe siempre, lo que es uno de los temas que corre en todos los Evangelios: Dios puede vernos como realmente somos; a los demás los podemos engañar, pero no a Él. Por eso sabe perfectamente lo que piensan los escribas en la curación del paralítico; los puede ver con claridad, sabe sus intenciones, sus ideas.

Y así, les hace esa pregunta extraordinaria: «¿qué es más fácil: decir tus pecados te son perdonados o decir levántate y anda?» Esto lo puede preguntar sólo un loco, o Dios. Como ya dije antes, no sé de nadie en la historia del mundo que haya hecho eso, el ofrecerse por el perdón de nuestras faltas.

Curar enfermedades es lo de menos, igual que resucitar muertos, pero perdonar pecados es otra cosa, muy diferente. Sólo Dios lo puede hacer; sería ilógico que eso pudiera ser realizado por otro ser humano. Los humanos podemos curar enfermedades, al menos en cierto grado, y cada vez con mayores avances, pero no podemos perdonar pecados.

En esto creo que hay una gran diferencia entre Jesús y personajes de la historia, como he mencionado antes. Varias veces se oye o lee eso de los grandes hombres del mundo, los mejores seres que hemos tenido, y se mencionan junto a Jesús a otros como Ghandi, Buda, Mahoma y quizá algunos más.

Jesús es totalmente diferente, es Dios, el que ofrece perdonar pecados, el que muere por nuestros pecados, por nuestra salvación. Nadie en la historia ha ofrecido eso; con Jesús se habla de alguien que es Dios. Me parece francamente erróneo la equiparación de Jesús con celebridades como ésas; no se parecen en nada pues están en planos totalmente diferentes.

Volviendo al tema de los pasajes extraños, el siguiente es un ejemplo de la distinción que Dios hace entre lo que es material y lo que es espiritual. Desde luego esa distinción es un tema que corre en todos los Evangelios, pero que aquí, en las palabras de Jesús, se hace más clara.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehenna. Mt 10, 28

Al cuerpo lo pueden matar, el cuerpo puede enfermarse, pero el alma es un terreno distinto. En ese terreno está Dios y el perdón de los pecados. Pero también allí está el mal, eso que puede hacer perder el alma y el cuerpo.

Poniendo las cosas juntas, entonces, tenemos un mundo en el que debemos esperar esfuerzos por nuestra parte y situaciones que estarán lejos de ser gratas, eso es lo que cuesta el seguir los preceptos Divinos. Más aún, no debemos temer a las amenazas que dañan el cuerpo, pues lo que importa es el alma. Por tanto, lo que daña el alma es lo que debe atemorizar.

Esto se amplía en otro pasaje, más adelante, del mismo Evangelio. Si la pregunta es qué debemos temer, aquí hay una respuesta impresionante.

Y llamando así a la muchedumbre, les dijo: oíd y entended: no es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre; pero lo que sale de la boca, eso es lo que al hombre le hace impuro… ¿no comprendéis que lo que entra por la boca va al vientre y acaba en el seceso? Pero que lo que sale de la boca procede del corazón y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Eso es lo que hace impuro al hombre; pero comer sin lavarse las manos, eso no hace impuro al hombre. Mt 15, 10-20

La idea no puede ser más congruente con todo lo dicho en el Evangelio. Si lo importante es el alma, si lo vital es el interior; si Dios puede vernos tal y como somos, incluso nuestras más pequeñas faltas; si lo crucial es el hombre mismo, entonces resulta lógico que en él esté la clave, en su mismo interior. La clave de lo bueno y de lo malo.

«Lo que sale de la boca procede del corazón…», ésa es la solución, lo que viene del interior y no lo que está fuera. No debemos preocuparnos tanto por lo exterior, lo que ha sido obvio en todo lo dicho, sino por lo que tenemos dentro y que Dios ve. Es cada persona la autora del bien o del mal, ésa es nuestra opción, la que debemos tomar.

Y juntando una cosa con otra, la clave es sencilla de ver ya: en nuestro interior debemos tener amor y actuar de acuerdo a ese interior o motivación esencial, lo que no va a ser sencillo ni fácil; de hecho, nos va a presentar problemas y dificultades, muy duros y ásperos, pero que tenemos que enfrentar con lo que tenemos en el interior, que es el amor. Para eso, desde luego, necesitamos fe en estas ideas.

Allí, en nuestro interior está la fe. Y la fe, por eso, nos da un gran poder; el poder para el bien. Lo que Jesús dice respecto a la fe es otra de esas cosas que parecen extrañas, pues a la fe da un poder milagroso. Me parece natural que Jesús haya recurrido a ejemplos notorios para describir el poder de la fe, como en estos pasajes del mismo evangelista.

Díjoles: por vuestra poca fe; porque si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: vete de aquí a allá y se iría y nada os sería imposible. Mt. 17, 20 Respondióle Jesús y les dijo: en verdad os digo que si tuviereis fe y no dudareis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que dijereis a este monte «quítate y échate al mar», se haría y todo cuanto con fe pidiereis en la oración lo recibiréis. Mt. 21, 21-22

Creer, sin embargo, que la fe mueve montañas le da a ella una connotación limitada y casi de truco de magia. Esta es una interpretación demasiado restringida. La fe es un poder interior y por eso mucho más fuerte que lo exterior. Es en esencia lo mismo que la curación del paralítico, antes mencionada: es más fácil decir levántate y anda que decir que tus pecados te son perdonados. Y la fe es la que permite el perdón de los pecados; es la motivación que hace confiar sin duda alguna en el precepto del amor a Dios.

En el Evangelio de Marcos hay un pasaje que me llama la atención por la apariencia superficial que se presenta y la solución que Jesús da. Pensemos en cualquier persona que conozcamos y de la que tenemos muy alta opinión; y algún día, sin quererlo y de sorpresa, vemos a esa persona con otras de muy baja ralea, gente mala con la que no pensaríamos siquiera relacionarnos. Desde luego, en este caso, nos llevaríamos una decepción; ¿cómo es posible que esa persona tan admirable se lleve con esa gentuza?

Los escribas y fariseos, viendo que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: ¿pero es que come con publicanos y pecadores? Y oyéndoles Jesús, les dijo: no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; ni he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores. Mc. 2, 16-17

Pero en el fondo está la sabiduría de esa respuesta tan admirable y lógica. El padre manda al médico a ver al hijo enfermo, no al sano. Son los pecadores los que necesitan a Dios más que los justos. La voz de Dios, como dije en otra parte, presenta paradojas que son conclusiones lógicas del gran principio del amor.

Otro pasaje que es asombroso también es el de los saduceos, esos que no creen en la resurrección. Cuenta Marcos que en una ocasión quienes tenían esa creencia se acercaron a Jesús y le hicieron una pregunta que considero muy humana y hasta con cierta dosis de curiosidad por el detalle.

Argumentaban ellos que, según Moisés, si un hombre muere y deja viuda sin hijos, ella debe ser tomada por el hermano del difunto. Con esta prescripción en mente, ellos ponen el caso de siete hermanos y una mujer; los siete mueren uno a uno y con cada muerte ella se casa con el siguiente hermano. En la lógica humana, la curiosidad implica una duda, pues al momento de la resurrección no hay forma de saber de quién será esposa esa mujer, pues los siete hermanos fueron sus esposos aunque en diferente tiempo. La respuesta de Jesús es impresionante.

Díjoles Jesús: ¿no está bien claro que erráis y que desconocéis las escrituras y el poder de Dios? Porque, cuando resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dadas en matrimonio, sino que serán como ángeles en el cielo… No es Dios de muertos sino de vivos. Muy errados andáis. Mc. 12, 24-27

Me recuerda esto las veces que en la escuela primaria preguntábamos al sacerdote, profesor de religión, sobre el cielo. Nuestra duda era natural: cómo podíamos creer que allí seríamos felices si había la posibilidad de que nuestros seres queridos fueran condenados a los infiernos.

Claro, nuestra imaginación no daba para más que una idea de un mundo terrenal ideal. Incluso ahora mismo, me gusta describir al cielo como una gran biblioteca, con tiempo para leer todo, en la que se toca música de Mozart y de los barrocos, donde sirven quesos, pan francés y vino y cerveza. La diferencia es que sé que el cielo es, desde luego, mucho más que eso; pero añado que me cuesta mucho trabajo entender lo de «serán como ángeles en el cielo».

No lo puedo imaginar y supongo que lo único que podemos pensar es que será una recompensa final ideal, una verdadera utopía. Tan grande que la imaginación no alcanza.

Otras cosas sorprendentes en los Evangelios son las diferencias entre ellos; por lo menos, ellas gustan de ser señaladas entre algunos de sus estudiosos, a veces por motivos que buscan la negación del origen Divino de las Escrituras. Por ejemplo, en el pasaje de la pesca milagrosa, Lucas da una narración muy extensa.

Agolpándose sobre Él la muchedumbre para oír la palabra de Dios, y hallándose junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban al borde el lago; los pescadores se habían bajado de ellas, lavaban las redes. Subió, pues, a una de las barcas que, era la de Simón, y le rogó que la apartase un poco de tierra y, sentándose, desde la barca enseñaba a las muchedumbres. Así que cesó de hablar, dijo a Simón: boga mar adentro y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó y dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando y no hemos pescado nada, mas porque tú lo dices echaré las redes. Lc 5, 1-5

Interrumpo aquí el pasaje porque hay dos cosas que llaman la atención. Primero, el hecho de que Jesús haya rogado a Pedro mover la barca; no lo ordenó, lo pidió y dejó a la voluntad de Pedro. Este es un motivo que corre en todos los Evangelios, el de las enseñanzas de Jesús enfatizando la idea del convencimiento interior y no de la coerción. Segundo, la respuesta de Pedro es sin duda una respuesta de fe; va a echar las redes a pesar de que eso mismo ha hecho sin resultados, sólo porque Jesús lo dice. La narración sigue con los pescadores echando las redes.

Haciéndolo, cogieron gran cantidad de peces, tantos que las redes se rompían, e hicieron señales a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarles. Vinieron y llenaron las dos barcas, tanto que se hundían. Viendo esto, Simón Pedro, se postró a los pies de Jesús, diciendo: Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador. Pues así él como todos sus compañeros habían quedado sobrecogidos de espanto ante la pesca que habían hecho, e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón. Dijo Jesús a Simón: no temas; en adelante vas a ser pescador de hombres. Y atracando a tierra, lo dejaron todo y le siguieron Lc 5, 6-11

La anterior es una narración detallada del encuentro con Jesús por parte de esos pescadores convertidos en apóstoles. Pero en otro Evangelio, la narración es diferente.

Caminando pues, junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón que se llama Pedro, y Andrés, su hermano, los cuales echaban la red al mar, pues eran pescadores; y les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron. Pasando más adelante vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan, su hermano, que en la barca con Zebedeo, su padre, componían las redes y los llamó. Ellos, dejando luego la barca y a su padre, le siguieron. Mt 4, 18-22

¿Son diferencias como ésta motivo de negación de la validez de los Evangelios? La verdad, no lo creo.

Sabemos que los Evangelios fueron escritos decenas de años después de los sucesos que narran, algunos por personas que no conocieron a Jesús. Es natural que haya diferencias; incluso sobre hechos de los que tenemos más información ahora, varios libros pueden contar versiones diferentes. Más sospechoso que encontrar diferencias sería el encontrar una perfecta identidad entre las cuatro narraciones.

En mis lecturas de hecho veo una enorme congruencia entre los Evangelios, pues su esencia es la misma y de cada uno de ellos saco las mismas conclusiones. Es decir, no pongo demasiada atención en los detalles de las circunstancias, sino en las palabras de Jesús; las circunstancias cambian dependiendo del Evangelio, pero no el fondo de las palabras. Si alguien me critica por hacer esto, tiene toda la razón en el sentido del análisis histórico; pero creo que la esencia es en extremo más importante y que ella está contenida en las ideas y no en las circunstancias.

Más aún, en estos terrenos, lo que leo lo hago de manera distinta a lo que leo en otro libro cualquiera. En esos otros libros busco ideas, razonamientos, argumentaciones, a los que juzgo y valoro de alguna manera.

Los Evangelios, pienso sinceramente, se leen de otra manera: buscando inspiración, consejo, consuelo, alegría. Y es que simplemente no puedo poner en la misma canasta, o mejor dicho repisa, a los Evangelios con el resto de la literatura. En ellos está todo de alguna manera y es tarea nuestra buscar lo que en ellos se dice para aplicarlo a nuestra vida.

Parte IV

Continuo esta peregrinación con mi cuarto descubrimiento, algo tan obvio que no puede ser original.

El pasaje de la tentación de Jesús, en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, me parece, contiene elementos que son en extremo relevantes para la vida diaria de cualquier persona. A mí me ha ayudado a entenderlas mejor el dividirlas en tres partes.

En la primera parte se nos pinta el escenario de Jesús en una situación de extrema debilidad, en un paraje sórdido y en ayuno prolongado. Puede verse esto como la situación de cualquier persona en condiciones, por la razón que sea, también de desventaja y debilidad. Allí, en esas circunstancias, nuestra posición es endeble y frágil, pudiendo ser nosotros víctimas fáciles de desvaríos y tentaciones.

Entonces fue llevado Jesús por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Pero El le respondió diciendo: escrito está «No sólo de pan vive el hombre». Mt 4, 1-4

El primer ataque del demonio es el lógico. Jesús siente hambre y se le ofrece una solución, la de usar su poder para cambiar la situación. Pero Jesús no lo desea, no quiere usar su poder, menos aún cuando la orden viene del diablo mismo. La ocasión es aprovechada para dar un mensaje, hay cosas que son más importantes que el pan, es decir, que las cuestiones tangibles.

Es casi una receta, simple y sencilla, la de saber que las tentaciones pueden ser enfrentadas teniendo claras nuestras prioridades sin el uso de nuestro poder para remediar una situación que significaría invertir esas prioridades.

En la segunda de esas partes, el diablo sigue apelando al uso del poder Divino y recibe una respuesta contundente. La situación sigue siendo esa misma, con Jesús debilitado y hambriento que pudiendo evitarlo escoge vivir ese tormento. Se le reclama de nuevo el uso de su poder, se le quiere poner una prueba, lo que implica una duda de su Divinidad, pero sobre todo un reclamo al amor propio del mismo Jesús.

Llevándole entonces el diablo a la ciudad santa y poniéndole sobre el pináculo del templo, le dijo: si eres hijo de Dios, échate de aquí abajo, pues escrito está «A sus ángeles encargará que te tomen en sus manos para que no tropiece tu pie contra una piedra». Díjole Jesús: también está escrito «No tentarás al Señor tu Dios». Mt 4, 5-7

En la tercera parte, inmediata a las anteriores de Mateo, Jesús es llevado a la contemplación de las riquezas y todo lo que ellas acarrean, con una propuesta tentadora: todo el mundo va a ser suyo, el diablo se lo dará, pero hay una condición, Jesús tiene que hincarse ante el diablo. Ya no es una tentación del uso del poder, sino una tentación de placeres físicos. Y de nuevo, hay una lección de prioridades: Dios está ante todo y nada hay más alto que El.

De nuevo le llevó el diablo a un monte muy alto, y mostrándole todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, le dijo: todo esto te daré si de hinojos me adorares. Díjole entonces Jesús: apártate, Satanás, porque escrito está «Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo darás culto». Entonces el diablo le dejó, y llegaron ángeles y le servían. Mt 4, 8-11

Son sin duda cuantiosas las glosas que pueden hacerse de este pasaje de Mateo, pero lo que más me llama la atención es la colocación intencional de Jesucristo en una situación de debilidad física y que es precisamente así que enfrenta al diablo.

Es un Jesucristo en verdad humano, como cualquiera de nosotros en los peores momentos de nuestra existencia, cuando nos podemos encontrar con depresiones y desilusiones. Y dentro de esa circunstancia enfrenta al tentador, como cualquiera, dándole siempre una respuesta de lo ya escrito y conocido: no sólo de pan vive el hombre, no tentarás al Señor tu Dios, al Señor adorarás y a Él sólo darás culto.

Más aún, el tentador tuerce las Escrituras para desviarlo cuando le dice que si es hijo de Dios, se tire de las alturas, a lo que Jesucristo contesta con otra cita sagrada.

Las últimas palabras de Mateo nos recuerdan la recompensa posible. Los ángeles pueden llegar a nosotros y satisfacernos.

Cualquier persona, humana al fin, está por naturaleza en esa posición de debilidad para la que Jesucristo nos da un ejemplo propio. Si alguien llega a estar en esa circunstancia, debe recordar que la tentación será insistente, que al menos tres veces le llegará con los argumentos más sutiles y atractivos, incluso torciendo los más sagrados mandatos; debemos recordar que hay una forma de derrotar a ese enemigo, pues aunque no se conozcan las citas sagradas de memoria, con sólo poner a Dios primero habrá una victoria.

Es, como dije, casi una receta de cocina sin complicaciones, poner a Dios en el primer lugar. Todo se sigue desde esa cúspide.

Siendo una persona como cualquier otra, sé como todos lo que eso significa y que puede sonar falso o irreal a la hora de la verdad. Allí estoy yo, frente a una situación no diferente en esencia a las descritas por Mateo; por ejemplo, se me ofrece un dinero, mucha plata, por hacer algo indebido, o bien bajo los efectos de la bebida, en una situación de fragilidad, está ante mí la situación de acudir a lugares viciosos, o alguna otra tentación. Es seguro que esas ocasiones están llenas de dificultades para recordar el mensaje de esos párrafos.

Naturalmente que hay atolladeros muy naturales de los humanos, pero lo que este pasaje nos muestra es que no son situaciones más allá de nuestro poder y que se pueden enfrentar con unos instantes para pensar en la prioridad, que es poner a Dios antes que el resto.

Y quizá al final, lo que nos dice Mateo es que los humanos tenemos poder y fuerza para soportar las tentaciones. Esa fuerza nos viene de Dios y la podemos invocar. Hacerlo es nuestra decisión.

Humanos al fin, supongamos que en una ocasión particular realizamos algún acto reprobable, algo verdaderamente malvado. Hay otro pasaje del Evangelio que nos pinta un cuadro de esa situación. Lucas nos da los antecedentes para entender la totalidad de la situación de Pedro cuando a él se dirige Jesús.

Simón, Simón, Satanás os busca para ahecharos como trigo; pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos. Díjole él: Señor preparado estoy para ir contigo no sólo a la prisión, sino a la muerte. Él dijo: Yo te aseguro, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme. Lc 22, 31-34.

Fácil es imaginarnos en la situación de Pedro, es decir, prometiendo al Señor las mejores de nuestras intenciones, diciéndole que le seguiremos hasta el final, que estamos dispuesto a todo por Él. Igual que Pedro, con la más absoluta de las sinceridades, con honestidad y determinación. Pero en la vida real, también igual que Pedro, podemos flaquear, que es lo que Lucas nos narra.

Apoderándose de Él, le llevaron e introdujeron en casa del sumo sacerdote; Pedro le seguía de lejos. Habiendo encendido fuego en medio del atrio y sentándose, Pedro se sentó también entre ellos. Viéndole una sierva sentado a la lumbre y fijándose en él, dijo: éste estaba también con Él. Él lo negó diciendo: no le conozco, mujer. Lc. 22, 54-57.

Aunque el suceso sea en extremo conocido, me produce sentimientos que no se desgastan. Pedro está lejos de Él, pero no lo ha abandonado, de cierta manera le sigue, pero no cerca. No lo deja, ni se retira del lugar. Pero en el momento que alguien dice que Pedro es de los de Jesús, lo niega. Y lo va a negar otra vez, poco después, ahora ya no frente a una mujer, sino a otra persona.

Después de poco, le vio otro y dijo: tú también eres de ellos. Pedro dijo: hombre, no soy yo. Lc. 22, 58.

Sin dejar el atrio obviamente, Pedro está en una situación media. Se ha quedado allí mientras Jesús está con el sumo sacerdote. La narración continúa según lo previsto y esperado con la tecera negación.

Transcurrida cosa de una hora, otro insistió diciendo, en verdad éste estaba con Él, porque es galileo. Dijo Pedro: hombre, no sé lo que dices. Lc. 22, 59-60.

Al igual que las tentaciones de Jesús, tres veces es Pedro puesto a prueba y cae las tres veces. Lucas continúa sin detenerse en la narración con las siguientes palabras.

Al instante, hablando aún él, cantó el gallo. Vuelto el Señor, miró a Pedro y Pedro se acordó de la palabra del Señor, cuando le dijo: antes de que cante el gallo me negarás tres veces; y saliendo fuera lloró amargamente. Lc. 22, 60-62

Las pocas palabras nos aclaran la situación y podemos ver un cuadro en el que Pedro, mezclado entre la muchedumbre que está en el atrio, puede ver a Jesús y Jesús a él. El gallo canta mientras Pedro aún no termina de hablar y Jesús no tiene que hablar siquiera, con la mirada le recuerda lo dicho para que el apóstol se retirara a llorar.

Este romper en llanto es lo que más me llama la atención pues significa el reconocimiento abierto de una culpa que se siente en lo hondo. Y esa culpa significa la comprensión de haber obrado mal, de haber hecho lo que no se debía, de haber roto las promesas hechas a Jesús.

El que había sido elegido como piedra de la Iglesia ha mostrado sus imperfecciones en la peor de las situaciones, delante del Señor lo ha negado abiertamente de palabra, pero se da cuenta y comprende lo que ha hecho. Por eso llora, porque se ha dado cuenta del significado de sus tres actos, uno detrás de otro. Creo que la clave está en esas últimas palabras de Lucas, «lloró amargamente», lo que implica entendimiento y arrepentimiento.

Me siento atraído a ver al atrio como nuestra vida terrenal, el sitio en el que vivimos rodeados de muchos otros como nosotros. En ese atrio se nos presentarán las tentaciones, allí sentiremos las presiones del mundo, ante la vista de Jesús. En el atrio le habremos prometido con sinceridad seguirlo y en el atrio también se nos presentarán las ocasiones de hacer realidad esas buenas intenciones.

Me puedo imaginar, en ese atrio, con gran facilidad la ocasión de alguien que nos pregunta burlón si somos religiosos y nosotros respondemos condicionalmente, lo que es al fin una negación de Dios. Me puedo imaginar las tentaciones de usar nuestro poder para convertir en nuestro el pan de otros, para caer sobre los demás que nos sirven de colchón sin lastimarnos pero dañándolos, para colocar a lo material por encima de Dios.

Esta es una lección para cuando hagamos algo indebido, cuando invirtamos las prioridades y coloquemos a Dios en otro sitio que no sea el primero. Dios nos verá y si nosotros lo vemos a Él y lloramos, esas lágrimas serán buenas; nos lavarán de la culpa porque ellas son la muestra de nuestro arrepentimiento limpio y franco.

Si mientras pecábamos, en Dios había un gesto, con nuestras lágrimas Dios nos dará su sonrisa. Las lágrimas son la comprensión de nuestra falta y el arrepentimiento de nuestra acción. De cierta manera esto es una confesión directa a Dios, para ser validada en el sacramento de la reconciliación, pero una confesión inmediata.

Creo que existe otra idea muy relevante relacionada con todo lo anterior. Pongámonos en el caso del humano, en extremo vulnerable, que está en la orilla, a punto de cometer una acción indebida; él siente esa debilidad, como si estuviera a punto de naufragar. Igual que un pasaje del Evangelio de Marcos.

Se levantó un fuerte vendaval, y las olas se echaban sobre la barca, de suerte que ésta ya estaba para llenarse. Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal. Le despertaron y le dijeron: maestro, ¿no te da cuidado de que perecemos? Y despertando, mandó al viento, y dijo al mar: calla, enmudece. Y se aquietó el viento y se hizo completa la calma. Les dijo: ¿por qué sois tan tímidos? ¿aún no tenéis fe? Y sobrecogidos de gran amor, se decían unos a otros: ¿quién será éste, que hasta el viento y el mar obedecen? Mc 4, 35-41

La imagen visual es en extremo fuerte y ello puede oscurecer lo que para mí es el fondo de este fragmento. Un alma en un momento de debilidad es similar a una barca que está cerca del naufragio; lo mismo es un alma después del pecado, como San Pedro y las tres negaciones.

Son esos momentos, en verdad, terribles, en los que el miedo y la incertidumbre pueden hacer presa a la persona. Igualmente, los detalles de la vida diaria, miles de ellos, pueden ser como el mar que en ocasiones levantan fuertes vientos y grandes olas amenazadores.

Nuestro miedo, en esos momentos, puede llevarnos a la desesperación. Y, nos dice Jesús, ésa es una prueba de nuestra fe. Teniendo fe, confiando en la palabra de Dios, haciendo lo que Él nos dice, todo saldrá bien. Pero, si acaso nos vence la desesperación, podemos despertarlo y recordarle que lo necesitamos.

El perdón, me parece en extremo lógico, es una consecuencia del gran principio del amor, que es la base de todo el mensaje en los Evangelios. Es de simple sentido común que uno perdona a aquél que ama. Si la palabra de Jesús es una de amor infinito, es obvio que el perdón juegue un papel principal en sus enseñanzas. Quizá el ejemplo más conocido de esto es la parábola del hijo pródigo.

Y añadió: un hombre tenía dos hijos y dijo el más joven de ellos al padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Les dividió la hacienda y pasados pocos días, el más joven, reuniéndolo todo, partió a una tierra lejana y allí disipó toda su hacienda viviendo disolutamente. Lc. 15, 11-14

La historia, desde luego, hace al padre una persona que confía en sus hijos y ello se demuestra en la repartición del patrimonio paterno. Sin preguntas siquiera, el padre da lo que le corresponde al hijo que decide irse. En esto veo otra idea que corre a través de estas Escrituras: Dios confía en nosotros, nos quiere como sus socios, por decirlo así, en su Creación y nos da parte de su hacienda.

Después de haberlo gastado todo sobrevino una fuerte hambre en aquella tierra, que le mandó a sus campos a apacentar puercos. Deseaba llenar su estómago de las algarrobas que comían los puercos y no le era dado. Volviendo en sí, dijo: ¡cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, se vino a su padre. Cuando aún estaba lejos, vióle el padre y, compadecido, corrió a él y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos. Díjole el hijo: padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Lc. 15, 15-21

La historia pinta ahora una doble situación desesperada. Es obvio pensar en la desesperación del padre; pero lo narrado es la desesperación del hijo que ante lo que está viviendo recuerda su casa paterna. Naturalmente quiere regresar a ella. La narración, hasta ahora, en realidad no cuenta nada que sea sorprendente. Es lo más natural del mundo que ese hijo quiera regresar.

Pero el padre dijo a sus criados: pronto, traed la túnica más rica y vestídsela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies, y traed un becerro bien cebado y matadle, y comamos y alegrémonos, porque este es mi hijo, que había muerto, ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y se pusieron a celebrar la fiesta. Lc. 15, 22-24

Esta parte de la historia, creo, hace un extraordinario contraste con la situación previa del hijo. Éste llega arrepentido y la reacción paterna es la más natural, la del festejo. Pero es ahora cuando la narración se pone interesante, pues se presenta el hijo que había permanecido en la casa paterna y tiene la reacción humana más natural.

El hijo mayor se hallaba en el campo, y, cuando, de vuelta, se acercaba a la casa, oyó la música y los coros; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ha vuelto tu hermano y tu padre ha mandado matar un becerro cebado, porque le ha recobrado sano. Él se enojó y no quería entrar; pero su padre salió y le llamó. Él respondió y dijo a su padre: hace ya tantos años que te sirvo sin jamás haber traspasado tus mandatos y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos; y al venir este hijo tuyo que ha consumido su fortuna con meretrices, le matas un becerro cebado. Lc 15, 25-30

El hijo mayor tiene un punto muy válido y de justicia, que cualquiera de nosotros puede ver con simpatía: allí ha estado él, obedeciendo, trabajando, respetando a su padre y su padre no le ha dado un regalo, no le ha otorgado un festejo. El trabajo y la obediencia no han sido recompensados, lo que sin duda y con facilidad se ve como injusto.

Hasta aquí, las simpatías mías están del lado del hijo mayor y le doy la razón en su reclamo al padre. Pero, como muchas otras veces, los Evangelios, dan un giro que tiene una aparente paradoja o que sencillamente llama la atención por ser un final no esperado, pero que en el fondo es el lógico. La respuesta del padre es la clave.

Él le dijo: hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todos mis bienes son tuyos; más era preciso hacer una fiesta y alegrarse, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado. Lc 15, 30-32

¡Las palabras del padre, son maravillosas! La razón es sencilla, tanto que pueden dejar de verse. Y es que el perdón es el punto más alto del amor; si no se ama no podría haber perdón. El perdón es la prueba del amor, por eso los evangelios dicen que no hay gran mérito en sólo amar a los que ya nos aman, sino en amar a los que nos aborrecen.

Lo más obvio del mundo sería haber tenido la reacción del hijo mayor, con unas razones lógicas en la superficie, pero Jesús da un paso gigantesco más allá, el perdón, el punto culminante del amor. Y desde luego, lo muestra con el festejo, la música, la comida. Poco después, el mismo Evangelio, agrega palabras acerca del perdón.

Si peca tu hermano contra ti, corrígele, y si se arrepiente, perdónalo. Si siete veces al día peca contra ti y siete veces al día se vuelve a ti diciéndote: me arrepiento, le perdonarás. Lc 17, 3-4

Esta es una insistencia sobre la misma conclusión lógica del principio del amor, aún en la exageración de «siete veces al día», que no tengo duda significa perdonar siempre. Si siempre debe prevalecer el amor, siempre deberá perdonarse. Pero en esas palabras se añade un elemento más claro que en la parábola.

Me explico: el hijo dilapidador, es obvio en la historia, se arrepiente de sus acciones y dice que «no soy digno de ser llamado hijo tuyo»; lo mismo sucede en el pasaje inmediato anterior, cuando dice «y si se arrepiente». Este es el elemento del arrepentimiento, que es el darse cuenta de haber obrado mal y querer corregir, reconciliarse.

Está en los Evangelios la palabra de Dios y ella se encuentra sorprendentemente cerca de nosotros; tanto que casi cualquiera la puede tener en sus manos en unos pocos minutos, si ello se desease. Esta es la condición para tenerla, el quererla y el darse tiempo para leer y releer.

Eso es lo que yo hice cuando por mi trabajo me veía obligado a viajar todas las semanas; todo fue cuestión de darse tiempo, y crear esa oportunidad. Por muy ocupados y cansados que estemos, lo podemos hacer. Es una cuestión de quererlo simplemente.

En esos viajes, para ocupar poco espacio en el equipaje, llevé una edición del Nuevo Testamento, de 1953, lo que explica las palabras viejas que se encuentran en los textos que cité y que decidí conservar simplemente como curiosidad amorosa por el lenguaje; no pienso que haya yo así añadido una dificultad imposible a su entendimiento.

Era el libro más pequeño de los Evangelios que encontré en casa. Y solía leerlo sin prisa, a veces varias veces, sin detenerme mayormente, dejando que sus repeticiones me revelaran ideas, permitiendo que las releídas dejaran huellas. No quería volverme un experto estudioso; deseaba encontrar inspiración e ideas.

No me cabe la menor duda, el amor es el principio central de los Evangelios; es lo que esas Escrituras nos quieren decir. Es el tratar a los demás como quisiéramos ser tratados, con actos, pensamientos y acciones que salen de nuestro más profundo convencimiento interno; de allí donde Dios sólo puede ver.

Supongo que todo o casi todo lo allí dicho sean variaciones sobre el tema, en una serie de enseñanzas que están destinadas a hacernos ver las consecuencias últimas del amor. Me refiero a esas consecuencias que no son las más fáciles de ver y que aunque lógicas y naturales, necesitamos que alguien más las señale para nosotros.

Cuando inicié la escritura de estos ensayos, hace ya varios años subrayando los pasajes que más llamaban mi atención, entendí que era una tarea imposible escribir sobre todo eso que me atraía. Peor aún, no soy experto teólogo, sino un sencillo creyente, si bien lector voraz de muchas obras, especialmente de política, economía y cuestiones sociales. Me convencí que era imposible hacer lo que intentaba y me limité a este ensayo de cuatro partes que ahora comparto con otros.

Comparto eso, mis «descubrimientos» de lo que esos Evangelios me dicen, es decir, las confirmaciones y verificaciones de ideas que son lógicas.

Otra cosa ha llamado poderosamente mi atención: los Evangelios redondean el sentido de la vida. Con esto quiero decir algo que me parece complejo explicar; lo intentaré.

Creo que los humanos somos libres y que tenemos una serie de talentos diferentes que nos hacen complementarios. Creo que es esencia humana el ser sociales, el tener que depender unos de otros y que por eso nuestras relaciones son muy importantes. ¿Cuáles reglas deben tener esas relaciones entre humanos? Usando la razón, estoy seguro, podemos crearlas y llegar al principio de no hacer a otros lo que no quiero que me hagan a mí. Por eso tenemos leyes y costumbres que llaman a eso, a no dañar a los demás, ni en sus personas ni en sus bienes.

Pero, ¿es eso suficiente? Definitivamente no, pues falta eso que los Evangelios señalan, el amor hacia los demás, el tratar a otros como queremos ser tratados. Y eso significa pasar de una conducta de abstención a una conducta de acción.

Más aún, es pasar de un talante de no me importa lo que los demás hagan, a una actitud de preocupación por los demás. Este es un paso significativo, el mayor de todos los tiempos, y allí está, en los Evangelios para todo el que lo desee ver y decida ser su profeta.