¿Quién define el bien y el mal? El asunto de en quién cae la responsabilidad de decidir qué es lo bueno y qué es lo malo. Una discusión que tiene un origen defectuoso, el iniciar con la pregunta errónea.

10 minutos

Introducción

Cuando se trata un tema de moral y ética, con opiniones opuestas, es casi seguro que alguien haga la pregunta de quién define el bien y el mal —es decir qué persona o institución determina que es lo bueno y que es lo malo.

Por ejemplo, en las discusiones acerca de los matrimonios de personas del mismo sexo y del aborto, los defensores de esas posturas suelen argumentar en su defensa preguntando a sus contrarios: «¿Quién es el que define lo que es bueno y lo que es malo, quién decide lo que está bien y lo que está mal?»

La pregunta es extraordinaria porque va al centro del problema moral y ético —el del origen de las nociones del bien y del mal.

La pregunta equivocada

En unas palabras u otras, el problema de las normas morales se ha cimentado en la respuesta a «¿Quién es el que define lo que es bueno y lo que es malo, quién decide lo que está bien y lo que está mal?».

Es decir, el origen de esos principios morales se entiende como una persona o varias que tienen el poder de decidir e implantar reglas que definen a lo bueno y a lo malo, y obligan a todos.

No es extraño que eso suceda, pues es la forma acostumbrada y visible de hacer leyes —una cámara de legisladores que proponen y votan aprobando o rechazando leyes que obligan a todos.

La duda que surge es si de la misma manera se hacen las normas morales que establecen que es lo bueno y qué es lo malo —pero antes de examinar eso es necesario examinar un efecto de la pregunta «¿Quién es el que define lo que es bueno y lo que es malo, quién decide lo que está bien y lo que está mal?»

¿Quién define el bien?

Supóngase una discusión sobre un asunto cualquiera, como el aborto, y el desacuerdo que genera entre el grupo F que está a favor y el que está en contra C.

Si la pregunta se plantea como «¿Quién es el que define lo que es bueno y lo que es malo, quién decide lo que está bien y lo que está mal?», solamente se tienen dos respuestas posibles.

1. El bien lo define el grupo F

Es esta posibilidad, lo bueno y lo malo es definido y determinado por ese grupo —el que decidirá que el aborto es moralmente bueno.

2. El bien lo define el grupo C

En este caso, lo bueno y lo malo es acordado y definido por ese grupo, —el que determinará que el aborto es moralmente malo.

Y el resultado final es…

Al plantear la pregunta como «¿Quién es el que define lo que es bueno y lo que es malo?», la respuesta se define como uno de imposición moral —muy similar al de la obligatoriedad legal, lo que tiene tres salidas posibles.

  • Se impone la opinión del grupo F
  • Se impone la opinión del grupo C
  • O se impone la voluntad de otro grupo más poderoso que F y C y que puede dar la razón a cualquiera de ellos, generalmente el gobierno.

Al hacer esa pregunta, el asunto de transforma en una cuestión de imposición de un grupo o de otro —un tema de disputa por el poder de obligar al resto. Un asunto de disputa por el poder moral.

Con un giro curioso

Si lo que está bien o mal lo define un grupo, lo que el otro grupo percibe esta situación como una imposición que usa poder.

En cambio, si se impone la opinión de un grupo, este argumentará que se deja el libertad a todos. Los del otro grupo actuarán de acuerdo a su conciencia. Por ejemplo, unos no realizarán abortos, pero los otros sí.

La solución es falaz en última instancia, porque en realidad se impone la moral de uno de los grupos —como si se aprobara el robo y unos robarían pero no los otros.

De nuevo, la pregunta equivocada

Cuando se hace la pregunta «¿Quién es el que define lo que es bueno y lo que es malo, quién decide lo que está bien y lo que está mal?», cualquiera que sea el tema específico, todo se convierte en una discusión de imposición de reglas morales.

Se impondrán unos u otros —más o menos la idea de F. Nietzsche acerca de la «voluntad del poder» como solución a problemas morales.

La interrogación que se plantea es la de quién determina lo que es bueno y lo que es malo y su falla está en el uso de la palabra ‘quién’. La que debe usarse es otra palabra, ‘qué.

Si se pregunta quién regula lo que es bueno y lo que es malo, todas las respuestas posibles contendrán una alusión a personas —todas sin excepción. Se responderá que eso lo decide cada persona según sus valores, o la ONU, o los psiquiatras, o los ministros religiosos, o el Vaticano, o los libros sagrados según las interpretaciones de alguien.

En la pregunta misma está el germen del error en la respuesta. Y, por eso, las discusiones sobre la definición de lo bueno y lo malo se convierten en un desafío, un duelo de poderes.

Y así, por plantear una pregunta con la palabra equivocada, la solución del conflicto entre ambas partes se resuelve efectivamente con la imposición de una de las dos partes —cualquiera que sea ella, se trata efectivamente de un problema entendido y comprendido como una imposición, como un duelo de poder entre las partes.

Cambiar a ‘quién’ por ‘qué’

Llego así al centro de mi tesis —si cambio la palabra ‘quién’ por la palabra ‘qué’, la pregunta sufre una transformación total en su significado.

Ahora la pregunta es «¿Qué es lo que determina lo que es bueno y lo que es malo, qué es lo que permite decidir lo que está bien y lo que está mal?»

Ya no es un conflicto de poderes

El primer efecto del cambio de palabras es evitar entender esto como un duelo de poderes y una imposición de unos sobre otros —ya no será una persona o grupo de ellas, quienes decidan lo bueno y lo malo para los humanos.

Será un criterio externo, fijo y absoluto, contra el que se evalúen las opiniones y así pueda llegarse a respuestas razonables y lógicas.

Y, además, se eleva la discusión a un nivel más prometedor: el de encontrar algún criterio objetivo ajeno a la voluntad personal y sobre el que se construya la definición de lo bueno y lo malo.

¿Cuál es ese ‘qué’?

¿Cuál es ese criterio que es independiente de la voluntad humana que determina lo bueno y lo mal?

Lo primero a investigar es si existe en realidad ese criterio externo y objetivo.

Si no existe, la respuesta de un bien y un mal objetivos, no es posible y la única solución posible es ese duelo de poderes. Toda la vida humana se convertiría en un desafío de voluntades y de ejercicio de poder No sería un paisaje tranquilizador este —en el que la violencia de todos tipos sería la respuesta universal a toda interrogante.

En cambio, si ese criterio externo y objetivo existiera, el mundo tendría un mejor panorama.

Sigue la interrogante, «¿Qué es lo que determina lo que es bueno y lo que es malo, qué es lo que permite decidir lo que está bien y lo que está mal?»

Es la naturaleza humana

No pienso que exista otra respuesta que la misma naturaleza humana, eso que las personas son esencialmente. La solución establece que lo bueno será lo congruente con esa naturaleza y lo malo, lo incongruente.

Por supuesto, existen discusiones sobre esa naturaleza, pero el intentar realizarlas elevaría la discusión a un nivel en el que la solución ya no está basada en la violencia ni en el ejercicio del poder —habría un viso de esperanza al encontrar una solución razonada.

Dos historias breves y su lección

Las dos historias fueron tomadas de Rothbard, Murray Newton (1995). Economic thought before adam smith: an austrian perspective on the history of economic thought. Aldershot, Hants, England ; Brookfield, Vt., USA. E. Elgar Pub.

Primera breve historia

Se trata un diálogo entre el doctor Quesnay, consejero económico de Luis XIV, y el Delfín, heredero de la corona. Hablando de la dificultad de ser rey, el Delfín pregunta al doctor qué haría si él fuera rey. Quesnay responde, «Nada».

La breve respuesta genera otra pregunta, la de que entonces quién gobernaría. Quesnay responde ahora «La ley». Se refería a la ley natural, la basada en la naturaleza humana. Es esa misma idea anterior. No es ¿quién define el bien y el mal?, sino ¿qué define el bien y el mal?

François Quesnay. Reproduction of engraving by J. C. François, 1767, after J. M. Frédou.

«François Quesnay. Reproduction of engraving by J. C. François, 1767, after J. M. Frédou.» is licensed under CC BY 4.0

Segunda breve historia

Otro diálogo, ahora entre Catalina la Grande y de la Rivière, un jurista famoso. Inquiriendo la mujer sobre la base de la ley, el jurista dice la ley debe estar basada en la naturaleza de las cosas y el hombre.

La zarina pregunta otra vez sobre cómo sabe un monarca qué leyes dar a su pueblo. De la Rivière responde ahora, «Dar o hacer leyes, Madame, es una tarea que Dios ha dejado a nadie, ¿qué es un hombre que puede pensarse capaz de dar leyes a seres a los que no conoce?»

A lo que añadió, «Querer ir más allá de esto será una gran desfortuna y una tarea destructiva». Proponía con sencillez reconocer a la naturaleza humana y las leyes ya existentes en ella.

Otra forma de plantear ese giro a la pregunta. No es ¿quién define el bien y el mal?, sino ¿qué define el bien y el mal? Y la respuesta es la naturaleza humana.

Las lecciones

Tanto el Delfín, heredero de la corona, como la zarina muestran preocupación por su papel. Sienten la responsabilidad de gobernar y, por extensión de hacer cosas buenas. El Delfín quiere saber lo que es gobernar, la zarina quiere saber la base de las leyes.

Y los dos, cada uno de distinta manera, enfrentan una respuesta directa.

Quesnay tiene una contestación lapidaria: el rey debe hacer nada, la que gobierna es la ley natural y nadie más. De la Rivière es más explícito: nadie puede hacer leyes, ellas se reconocen en la naturaleza humana y hacer más que eso es negativo.

Son ambos el lado opuesto del bien intencionado gobernante que quiere hacer lo bueno. Y enfrentan una idea extraña en nuestros tiempos: un gobierno solo puede reconocer esa ley humana y aplicarla, nada más allá es aconsejable.

El sustento de de la Rivière y de Quesnay es esa ley que está sustentada en las personas. Sin esa ley, todo se pierde y el gobernante es dejado libre con la gran desfortuna y destrucción que eso significa.

Conclusión

Se ha planteado el centro de las discusiones morales como uno generalmente planteado como un asunto de imposición de reglas morales usando la fuerza.

Eso es erróneo y su causa es haber hecho la pregunta equivocada, la de «¿Quién es el que define lo que es bueno y lo que es malo, quién decide lo que está bien y lo que está mal?».

La pregunta correcta es otra, la de «¿Qué es lo que determina lo que es bueno y lo que es malo, qué es lo que permite decidir lo que está bien y lo que está mal?»

No es ¿quién define el bien y el mal?, sino ¿qué define el bien y el mal?


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[Actualización última: 2021-06]

Nota extras

Cuando se habla de deberes y de obligaciones, la pregunta obligada es la del eje central que los guía —eso que en palabras simple se llama hacer lo debido, lo correcto, lo bueno.

Es claro que existe un acuerdo razonable por el que a (casi) todos resulta aconsejable que las personas hagan lo que es considerado bueno —y eso impone la pregunta de qué es lo bueno, como se determina.

No hay una respuesta aceptada por todos —pero entre las respuestas existe una idea común que es digna de resaltar; pero primero, las respuestas de qué es lo bueno.

• La respuesta religiosa: lo bueno, eso que debe hacerse, es vivir de acuerdo con los mandatos de Dios —lo que en el caso del Cristianismo está resumido en los Diez Mandamientos y las Bienaventuranzas.

• La respuesta del vigilante: lo bueno es hacer eso que la persona piensa será admirable y bien visto por un tercero que observa la conducta propia —una especie de observador de quien se busca aprobación total.

• La respuesta de las consecuencias: lo bueno es hacer eso que produce los mejores efectos en la propia persona y en los demás —una especie de medición de consecuencias que hace que las buenas consecuencias hagan que la conducta sea vista como buena y viceversa.

• La respuesta de la conciencia: lo bueno es hacer eso que dicte el sentido interno de obligación —para sentirse en paz interior causada por la congruencia entre conciencia y conducta.

• La respuesta de la libertad: lo bueno es eso que se hace en plena libertad y autonomía, sin que exista presión externa de terceros —lo que hace entender que todo acto libre, el que sea, es bueno.

• La respuesta del poder: lo bueno es eso que realiza el poder, cualquiera que lo tenga y ejerza, eso que hace será bueno.

• La respuesta del experto: lo bueno es lo que decretan los expertos que entre sí hacen declaraciones y elaboran principios morales —muy notorio en el caso de la ONU.

• La respuesta del absoluto: lo bueno está contenido en una serie de principios derivados de la propia naturaleza humana y ellos son universales y absolutos —por lo que la buena conducta es la apegada a esos principios.

• La respuesta de los usos y costumbres: lo bueno es lo que se considera tradición en cada cultura —sus creencias, normas, costumbres

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Claramente hay diferencias sustanciales entre esas respuestas, incluso contradicciones. Por ejemplo, un robo puede ser un acto totalmente libre, pero el que lo sea, no lo hace bueno en sí mismo.

Igualmente, pueden existir actos de dudosa bondad que sean dictados por la conciencia personal sin asomo de duda y que sean realizados en busca de la admiración de un observador supuesto —como un ataque terrorista.

Lo sorprendente, sin embargo, es que entre las respuestas existen algunas coincidencias —como la gran correspondencia entre los Diez Mandamientos y los valores derivados de la naturaleza humana. Más aún, estos dos suelen coincidir con muchas costumbres; como el no robar, la prohibición del incesto y otros.

Otra gran coincidencia es la existencia del concepto mismo del bien —y del mal por simple oposición. Hay algo en todas las respuestas que exhibe la idea de que existen deberes en la conducta humana y que separan la idea de la conducta real de la que debe ser.

Esto último apoya la idea de que existe en la naturaleza humana un elemento moral, que suele llamarse conciencia —esa especie de voz que califica en lo interno a cada acto que la persona realiza.

Igualmente, otro común denominador de algunas de esas respuestas parece ser el principio de tratar al resto como uno quiere ser tratado; o al menos el no dañarlos —lo que en el Cristianismo tiene un clímax en el mandamiento del amar al prójimo.

De entre las respuestas que he anotado, hay una especialmente odiosa —la de la definición de lo bueno por parte del poder, la opción mencionada por Nietzsche: la sustitución del bien por la voluntad del poder. Ella anula el elemento central de las respuestas anteriores.

Esas respuestas, en su gran mayoría, parten de un supuesto común: la libertad de la persona para decidir hacer el bien o el mal. Sin libertad, esas respuestas sobre lo bueno no tienen sentido.

La admiración del observador externo, la tranquilidad de la conciencia que ha obrado bien, la recompensa celestial del Cielo —ninguna de estas cosas tiene significado sin libertad humana.

Nota del Editor

Creo que en lo que Girondella expone hay otra idea escondida y supuesta por casi todas las respuestas, la de que la idea de lo bueno se aprende.

Puede ser que en nuestra persona existe una conciencia básica del sentido del deber, en forma primitiva y rudimentaria; pero es obvio que el sentido de lo bueno necesita instrucción y aprendizaje. No puede confiarse solo en la conciencia en estado bruto.