Una persona atea y de no escasa inteligencia presenta un argumento en favor de su ateísmo de la manera siguiente —la que es muy digna de explorar.

Primero, la expresión religiosa de otros, como el Credo católico, o bien la fe en la creencia de la venida del Mesías por parte de los judíos. Son oraciones que se repiten proclamando la fe en una creencia religiosa.

Segundo, la expresión no religiosa de este ateo, el que dice que con fe perfecta cree que dos más dos son cuatro —una convicción que no siente él la necesidad de anunciar al resto de la gente. Simplemente lo sabe.

El contraste que hace es interesante: él sabe que dos más dos son cuatro, no cree que dos más dos son cuatro —sino que lo sabe y no tiene necesidad de recordarlo cada mañana, como hacen los que rezan diciendo que creen en tal o cual cosa de su religión.

Por tanto, en esa argumentación, se encuentran dos tipos de creencias.

Una de ellas es la creencia en cosas en las que se quiere creer, en cosas de las que se quiere estar convencido.

La otra es la creencia que da el conocimiento seguro —una vez que se sabe, no hay necesidad de andarlo recordando todos los días.

Su conclusión, a partir de lo anterior es muy clara. Dice que, por ejemplo, el hecho de que en una misa católica se rece el credo cada domingo es una prueba de que en realidad nadie cree lo que ese credo dice.

La clave de la argumentación parece encontrarse en la diferencia que existe en la seguridad con la que se sostienen creencias. Cuando se tiene la seguridad total de la verdad de una creencia, no hay necesidad de recordarse que se cree en ella —simplemente se toma como cierta y no hay nada más qué hacer.

Pero cuando no se tiene la seguridad total de esa creencia como una verdad cierta e incuestionable, se tiene necesidad de creer que se cree —y de repetir con frecuencia eso en lo que se quiere creer, por lo que se hace necesario repetir y repetir eso en lo que se quiere creer.

En resumen, dice el argumento de este ateo, alguien que realmente estuviera seguro de la existencia de Dios y de la verdad de los preceptos de su iglesia, no tendría necesidad alguna de recordar sus creencias a diario —un musulmán, por ejemplo, no tendría necesidad de rezar varias veces al día, como tampoco el judío de ir a su templo.

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Este argumento es interesante —erróneo, pero interesante. En lo que sigue exploro algunos errores que contiene.

• Propone que tiene igual valor el conocimiento de verdades científicas o lógicas que el conocimiento de verdades religiosas —saber que dos y dos son cuatro, es igual a saber que Dios existe. No creo que sean comparables.

Muchas verdades del conocimiento humano tienen comprobación sensorial o mental con muy alta o total certeza, pero no lo tiene el conocimiento religioso —ni creo que lo tenga jamás en la vida terrenal.

• Propone que si la persona religiosa realmente creyera en la existencia de Dios como una verdad revelada, su conducta lógica sería la de dejar de repetir que “cree en Dios” pues no habría necesidad de hacerlo. Uno no tiene necesidad de repetir los domingos en una ceremonia oficial que cree que dos más dos son cuatro.

De nuevo, no es lo mismo —se trata de diferentes tipos de conocimiento. Es correcto afirmar que no hay necesidad de tener celebraciones ni rezos que repitan la creencia en que tres al cuadrado es nueve. Pero, si se cree que Dios existe, las cosas cambian drásticamente.

Creer en Dios, me parece razonable, lleva a las personas a conductas lógicas como el orar y asistir a ceremonias que honran a ese Creador —sería absolutamente ilógico que creyendo en Dios la persona simplemente lo tomara como un hecho sin que eso le provocara la necesidad de honrarlo y respetarlo a la manera como lo plantea su religión.

• Propone que no hay necesidad de repetir las creencias religiosas si efectivamente la persona creyera en la existencia de Dios —una vez que la persona cree totalmente en Dios, dice el ateo, la conducta lógica sería la de no hacer nada más para seguir convencido.

Es un punto interesante. Es cierto que creyendo que dos más dos son cuatro no hay necesidad de hacer nada más que vivir con ese hecho y ya —tener una oración diaria que diga que “creo que dos más dos son cuatro”, sería efectivamente absurdo.

Pero la naturaleza del conocimiento de Dios no es igual a ese otro conocimiento —tener la certeza de que existe Dios no lleva a la indiferencia ante ese hecho, lleva a la conducta lógica de ponerse frente a Dios y solicitar de él su ayuda para ser mejor.

Quien efectivamente cree en Dios no puede tener una conducta de aceptar ese conocimiento y no hacer ya nada más. Todo lo contrario, aceptar la existencia de Dios implica por lógica irrebatible el tratar de hablar con él, es decir, orar y una forma de orar es esa, la de reafirmarle a Dios que se cree en él.

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He tomado un argumento en favor del ateísmo y lo he examinado en términos de su lógica —sin, por eso, defender la existencia de Dios, que es otro punto diferente. He llegado a la conclusión de que ese argumento del ateo no tiene sentido.

Según ese argumento, el hecho de rezar repetidamente que se cree en Dios es una prueba de que no se cree en él, aunque se quiere creer.

Lo que he propuesto es exactamente lo opuesto: el rezar repetidamente a Dios es una prueba de que se tiene la convicción de que existe —no rezarle sería una prueba de que no se cree en él. Lo contrario de lo que argumenta el ateo.

Addendum

Este argumento ha sido mencionado en diferentes ocasiones y articulado en Landsburg, S. E. (2010). The Big Questions: Tackling the Problems of Philosophy with Ideas from Mathematics, Economics, and Physics. Free Press, pp. 55 y ss.

La exploración que hice estuvo fuertemente inspirada en la exposición de Landsburg de ese argumento.

Nota del Editor

Temer o no Temer

Por Leonardo Girondella Mora –   24 marzo, 2011  325

Existen, de cierto modo, dos creencias religiosas que son dignas de destacar —para examinar sus diferencias. Ambas son creencias que sostienen personas religiosas y representan dos formas diferentes de entender el poder de Dios.

• Una está bien representada en un tipo de oración —en la que se hace un ruego a Dios: el de solicitarle que nada malo suceda en la vida de quien reza. Pide que nada de las cosas que teme le acontezcan.

Un ejemplo: hay una epidemia de alguna enfermedad y sus oraciones a Dios se concentran en rogar no ser contagiado por la enfermedad.

• La otra está bien ilustrada en el ejemplo de quien ora de manera diferente —en sus ruegos a Dios reconoce que hay cosas a las que teme, y solicita a Dios el quitarle ese temor.

Un ejemplo: hay una epidemia de alguna enfermedad y sus oraciones piden a Dios no temer a esa enfermedad.

Son dos oraciones de un tipo distinto y no creo que sean mutuamente excluyentes.

Veo como una reacción muy humana en la persona religiosa el orar a Dios pidiendo que le evite algún mal, algún suceso al que teme. Si viaja en avión, por ejemplo, considero razonable que la persona rece pidiendo que sea un vuelo seguro, sin accidentes.

Pero me parece que puede verse como una acción más profunda la que considera que pueden suceder cosas a las que se teme, como un accidente de avión y, sabiendo eso, orar en otro sentido —el de pedir que esas cosas a las que se teme no sean ya temidas.

Hay en las religiones un sentido de jerarquía, donde Dios es colocado en primer lugar —un ser perfecto, que tiene todas las cualidades en su totalidad. Considerando esto, resulta muy humano pensar en acudir a él en busca de protección, no diferente a lo que hace un niño cuando busca a sus padres.

Ese creyente, en ese entendimiento de Dios, lo considera un protector —como un defensor todopoderoso que puede prevenir esas cosas a las que la persona más teme: solicita que no le sucedan. Ese gran bienhechor puede impedir los malos sucesos a los que se tiene miedo.

No está mal, pero no puede ser todo —esa manera de ver a Dios es demasiado limitada a la de un escudo contra lo que se teme. Sería el papel de un guardaespaldas. Hay mucho más en Dios que eso sólo. Por esto, pienso, el segundo tipo de oración es más maduro.

En ese tipo de oración, la oración da un giro total —ya no se pide que la persona sea protegida, sino que ella deje de temer a eso que teme. Esas cosas malas y que amedrentan, sucederán sin remedio, por ejemplo, la muerte. No hay manera de evitar todas.

La oración, por tanto, ya no pide amparo ni salvaguarda, al menos en la forma de un escudo contra lo temido. Pide ahora entender esa jerarquía con Dios en la cúspide: todo eso que se teme pasa a un lugar tan secundario que no importa. Lo infinito de Dios hace que lo demás no tenga importancia.

No es difícil pensar que eso sea más fácil decir que hacer —la pérdida de una vida, por ejemplo, conmueve hasta lo más hondo y es una tarea ardua en pensar que ella no importa tanto como Dios y el amarlo. La inmediatez de la muerte puede ganar a la jerarquía de Dios, tanto que puede provocar un rechazo.

Finalmente, todo lo que he intentado hacer es aportar una idea sobre esos dos tipos de oración, siendo uno superior a otro, pero ambos humanamente comprensibles —tan humanos que estoy seguro que el amor de Dios por sus criaturas entiende las limitaciones de uno y las dificultades del otro.