Las palabras dirigidas a la juventud. Una colección de clisés que son engaños repetidos sin misericordia. Un discurso artificial que está lleno de lugares comunes y distorsiones malintencionadas.

Introducción

Fue insoportable escucharlo. No tanto por la duración. Fueron las ridículas frases, usadas y reusadas. Hicieron recordar tiempos idos.

Tiempos en los que escuché las mismas palabras dirigidas a la juventud sin sentido, vagas, carentes de significado y las que, en ese tiempo, eran como el sonido de la lluvia, conteniendo dosis homeopáticas de inteligencia.

El tema fue la juventud, el apelar a los jóvenes.

«Ustedes son el futuro del país… el porvenir es de ustedes… la juventud es el mañana promisorio… el éxito es de la juventud… el destino es de la sangre que renueva… estamos en sus manos».

No es la primera vez que se dicen estas palabras a la juventud.

Lo insufrible es que, mucho me temo, no será la última. Somos víctimas, en demasiadas ocasiones, de discursos tan llenos de frases hechas que resultan estar vacíos. Verdaderos clisés.

Y uno de los temas en los que eso es común, es el de la juventud. Se le habla a los jóvenes y, los adultos les dicen tonterías que son creídas más de lo que sería saludable.

Un caso real

Vayamos a Campeche, en México, para encontrar un caso clásico. La publicación (expresioncampeche.com, 30 noviembre 2012) de un texto de Alexis Andrei Herrera Aké, dirigente juvenil de Morena, la asociación de admiradores de López Obrador. Allí escribe ese joven,

«Dicen que los jóvenes somos el futuro de México y estoy completamente de acuerdo con esa idea, pero el futuro se construye desde hoy y si nosotros, los jóvenes, queremos tener una patria mejor es nuestra responsabilidad iniciar desde este momento la construcción de esa patria que queremos […] luchó y murió defendiendo las causas justas y dignas de su pueblo, Salvador Allende [quien dijo]: ‘Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción biológica’».

Continúa ese con más palabras a la juventud,

«…hacemos un atento llamado a los jóvenes de nuestro estado, que no callemos, somos jóvenes y somos mexicanos y nuestra voz debe ser valorada, porque tenemos propuestas que dar para el beneficio de todos».

No es el único. Otro personaje, con ideas muy diferentes, dijo lo mismo en 1994. Diego Fernández de Cevallos aseguró que

«Para nosotros la juventud es el presente luminoso de México, toda la juventud es para mí, toda sin exclusión, sin distingo, sin excepción, es el futuro luminoso de mi patria».

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Discusión

Los ejemplos anteriores bastan para ilustrar el fenómeno al que me refiero, el de la adoración irrestricta de la juventud, colocada en palabras vacías y discursos repetidos.

¿Es merecida esa adoración? No lo creo. Por supuesto, la frase es verdadera en cierto sentido inevitable. Los jóvenes de hoy serán los adultos del futuro y ellos estarán a cargo de lo que suceda. Igual que los niños de hoy serán los adultos del futuro.

Nada digno de adulación hay en esto. No significa que el futuro sea mejor, ni peor, que el presente.

Quien haya dicho a Cristina Kirchner de joven que ella era el futuro de Argentina tuvo razón, fue el futuro, pero no precisamente el mejor.

En resumen, decir que la juventud es el futuro es una verdad innegable. Los jóvenes de hoy serán sin remedio los adultos del futuro sustituyendo, por muerte, a los adultos de hoy. Ningún mérito hay en este proceso que es inevitable.

El centro del asunto

El punto importante es el tipo de futuro que se tendrá y en esto, la juventud presente no es ninguna garantía de que ese futuro será mejor. Puede ser peor.

Otra falla de la frase es notable. Me refiero a su colectivismo. Trata a la juventud como si quienes la forman sean todos iguales, y no lo son.

Dentro de ese segmento de edades tempranas hay una enorme variedad de personas: inteligentes, tontos, esforzados, perezosos, preparados, incapaces, perspicaces, ingenuos. Reunirlos a todos como si fuesen uno y decir que son el futuro tiene que ser una de las frases menos afortunadas de estos tiempos.

Por ejemplo, el alcalde de Querétaro, Roberto Loyola Vera, aseguró que «los jóvenes son el futuro hecho presente…» Una variación incomprensible de palabras sobre la juventud, pero que demuestra su popularidad. La retórica mala gana al contenido y a la lógica.

Peor aún, la juventud está asociada con la inexperiencia, el desconocimiento, la ingenuidad. Eso la hace presa fácil del adulto taimado y bribón que la conquista con halagos y elogios.

Quizá sea que al final de cuentas, en estos tiempos de demasiada televisión y escaso seso, cualquier frase, por hueca que sea pasa por ser algo sabio y profundo. No es un buen futuro el que eso traerá.

Creo que mi punto es obvio: a la juventud se le dice, así en general, que ella es el futuro, implicando que ese futuro será maravilloso porque los jóvenes son maravillosos.

Ser joven, mucho me temo, no es garantía alguna de ser mejor que el resto y, sin embargo, es una costumbre arraigada hablar así, hasta el punto en el que los jóvenes mismos llegan a creer que son ellos algo como superhéroes.

Un discurso alternativo a los jóvenes

Si se me encargara decir unas palabras a la juventud, diría algo como esto:

«Buenas tardes, lo primero que quiero decir a ustedes, los jóvenes reunidos aquí, es que han oído mentiras. Lo segundo que quiero decirles es que agradezco a quien sea que organizó este evento el riesgo que está corriendo al dejarme hablar y decir que hace bastantes años escuché lo mismo que ustedes han escuchado.

«Que los jóvenes son el futuro del país, que la juventud es la esperanza del porvenir, que por ser jóvenes están dotados de cualidades especiales. Pues bien, todo eso es mentira.

«Las frases son viejas, repetidas, pero sobre todo, falsas. Cuando yo tenía su edad, las escuché y, siendo ingenuo las creí ciertas. Me hacían sentir bien. Creíamos que por ser jóvenes y solo por eso, remediaríamos todo lo malo que hay en el mundo y que los adultos habían producido.

«Todo eso son pamplinas. El futuro es de los inteligentes, de los innovadores, de los preparados y sí, de los que están muy por encima del promedio. Ser joven es garantía de nada. La edad de la juventud es irrelevante, lo que importa son palabras como el talento y saber usarlo con responsabilidad.

«Sí, con responsabilidad que es el saber aceptar las consecuencias de los actos propios, sin la protección de padres confundidos que, cuidando demasiado al hijo, producen criaturas que sienten tener derecho a todo y obligación de nada. Es lo que se llama madurez, no juventud. Se llama sensatez, no juventud.

«Tal vez tengan que desaprenderse mucho de lo que los adultos les han enseñado. Cosa como el creer que todas las opiniones son respetables e igualmente dignas. Como el creer que opinar no requiere saber del tema. O como el pensar que todo lo viejo debe ser ignorado, sin darse cuenta que lo viejo son los cimientos en los que estamos parados.

«O como eso que les han inculcado, el creer que todo es relativo y que no hay verdades absolutas. Y, por supuesto, el hacerles pensar que ser joven es una garantía de un futuro mejor. No son ustedes el futuro, excepto en el hecho de que los adultos moriremos antes. Pero el futuro de ustedes no tiene certeza de ser mejor que este presente.

«Solo unos pocos de ustedes serán triunfadores. No todos. Lo serán quienes sepan más, quienes innoven más, quienes razonen mejor y sí, quienes acepten que tienen responsabilidades, no solo derechos. Quienes sean independientes y autónomos, no quienes vendan su vida por el plato de lentejas que los gobiernos ofrecen.

«Ustedes serán exitosos en la medida que defiendan su libertad, no su libertinaje. Su responsabilidad, no su imprudencia. El éxito es una forma de vida libre, responsable y con sentido común. Más otra cualidad, la valentía de mantenerse firme ante los ataques de lo promedio, lo políticamente correcto y lo mediocre. Gracias por escucharme».

Y cosas más…

Debe verse para completar la idea:

El derecho a tener opiniones

Ideas relacionadas:

[La columna fue revisada en 2020-11]

Notas extras: la inexperiencia juvenil

«Adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos no tiene poca importancia: tiene una importancia absoluta» Aristóteles.

La experiencia del adulto contra la inexperiencia del joven. La comparación que se hace es común. Un asunto de madurez contra inmadurez, de puerilidad contra sabiduría. ¿Es justificado eso?

Me resulta irresistible entrar al tema. Veamos primero la naturaleza de la aseveración. ¿Son los jóvenes en lo general inexpertos y son los adultos en general experimentados? La respuesta usual es afirmativa. Hay una razón esencial para afirmarlo, el tiempo.

La experiencia

El joven ha vivido menos tiempo que el adulto, por ejemplo, una persona de 18 años contra una de 55. Este diferencial de tiempo existe siempre y, se dice, tiene un efecto. El más viejo ha vivido más que el más joven.

Eso quiere decir que el joven ha pasado por menos situaciones, ha vivido menos situaciones, ha enfrentado menos problemas que el más viejo. Esto es algo que no puede contradecirse como regla general. Más años vividos representan más experiencias por las que se ha pasado.

Pero hay algo que falta. El haber vivido más problemas, más ocasiones, más experiencias no parece ser suficiente para concluir que efectivamente el joven es un inexperto y el adulto un experto. Todo lo que puede decirse es que ha vivido más tiempo y ha pasado por más situaciones.

Sabiduría

Lo que creo que falta es una habilidad para sacar lecciones sobre lo vivido, haber sacado conclusiones sobre la vida y lo que ella presenta y significa.

Es decir, pueden existir viejos que aunque hayan vivido muchas experiencias no ha sido capaces de sacar esas conclusiones. Y pueden existir los viejos que sí.

Igualmente, pueden existir jóvenes con capacidad para sacar conclusiones aún de sus escasas experiencias y jóvenes sin esa habilidad. La cosa, por tanto, ya no es tan sencilla.

Con una complicación adicional, la de la cierta tendencia general y variable del joven que desecha al viejo, considerándolo que no sabe lo que él. Es una especie de soberbia que le hace al joven decir «sé lo que estoy haciendo» frente al más viejo que no aprueba su conducta.

Un ejemplo actual en EEUU. Los jóvenes tienden a ser ahora más socialistas que sus padres. Esos jóvenes no han vivido realmente bajo el socialismo, ni conocen lo suficiente aún de historia (lo que introduce el tema la baja calidad de la educación de esos jóvenes).

Podemos concluir algo razonable, el de mayor edad sí ha vivido más que el joven y eso le representa una ventaja potencial. Una ventaja que se convierte en real si el de mayor edad tiene la capacidad para sacar conclusiones sobre lo vivido por él.

Es decir, habilidad para examinar su vida y desarrollar eso que puede llamarse lecciones de la vida.

En resumen

El corolario no es nuevo. Puede remontarse milles de años atrás, hasta Aristóteles y la capacidad de tener ideas morales que sirvan de guía en la toma de decisiones diarias. Es eso que se llama razón práctica y que es la que se usa en las acciones humanas.

Quizá entonces el tema de la inexperiencia juvenil pueda entrar en terrenos promisorios si se comprende que buena parte de la educación de los humanos, especialmente en la juventud y la niñez es el desarrollar su razón práctica (lo que no excluye a los más viejos).

¿Cómo hacerlo? No sé con exactitud, pero puedo apuntar una idea, la de no olvidar los aspectos «filosóficos» de la educación, los «humanistas» o como quiera decirles usted.

Me refiero a Historia, Filosofía, Lógica, y en general, curiosidad intelectual, por no mencionar Economía. La ciencia y la tecnología no bastan, son buenas, pero no suficientes.

También, otra idea, la del terrible efecto que tienen en la educación los esfuerzos de adoctrinamiento ideológico, que son en realidad censura académica. Piense usted en el significado de una aula llamada Ho Chi Minh en una universidad mexicana.

La razón práctica en el joven le pondrá en menos desventaja con el de mayor edad. Y eso significa amor por la verdad, curiosidad intelectual, razonamiento disciplinado, pasión por la libertad y valentía intelectual.

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Mitos y palabras escolares a la juventud

Por Leonardo Girondella Mora

Creo que es muy razonable decir que las ideas malas llevan a resultados malos —y lo hacen de manera consistente, pues solo una casualidad haría que llevaran a buenos resultados.

Una columna de Anthony de Jasay provee un ejemplo de esto al mostrar las ideas equivocadas que se enseñan en las escuelas. En esa columna, él hace referencia a la economía que en las escuelas es calificada como imparcial, pero que no lo es.

Concretamente tres ideas falsas, enseñadas a la juventud, son las que señala: la independencia de la distribución, la defensa del trabajador y la tesis de los derechos de propiedad.

La distribución

En los niveles de educación intermedia se enseña, dice él, que el capitalismo deja la distribución del ingreso a los caprichos del mercado —lo que sigue es sabido por todos: el capitalismo crea inequidad de ingreso, lo que no es socialmente justo y alguien debe intervenir para remediar la injusticia. Ese alguien es, por supuesto, el gobierno.

Eso es basura, dice el autor —y tiene razón porque proponer medidas redistributivas de ingreso supone que todo lo demás se mantiene igual en la sociedad intervenida de esa manera.

El error es craso y sin embargo, son palabras que se enseñan a la juventud con seriedad en salones de clase. Un sistema dinámico en el que se cambia una variable se comporta de manera diferente —cualquier ecuación en la que se modifica uno de sus valores da un resultado distinto.

Jasay dice que un ingreso nacional no es un sistema de irrigación en el que pueden cambiarse los flujos de agua de un lugar a otro —es decir, no pueden moverse los ingresos de unos grupos a otros sin consecuencias en todo el sistema.

Tiene razón: los ingresos son una variable de consideración, estímulos que mueven a las personas. Alterar los ingresos necesariamente cambiará los resultados finales y eso no se enseña.

No es cuestión de tener clases en las que se enseñe que el capitalismo es superior al intervencionismo estatal y a la planeación de la economía —pero sí es una cuestión de enseñar bien, mostrando que al cambiar una variable de tanta importancia los resultados finales serán diferentes, no los mismos, y que entonces, deben mostrarse los resultados de la intervención estatal que no serán iguales a los de un mercado libre.

Los trabajadores

La segunda mentira enseñada en los salones de clase es la de la necesidad de tener defensas para los trabajadores —los empleadores siempre tratarán de usar su poder para explotarlos: los patronos son malos y los trabajadores son víctimas.

Esta es otra excusa que justifica la intervención del gobierno para remediar el problema de explotación.

Por esta causa es que se legisla sobre los derechos de los trabajadores —como en México, donde la ley laboral que debería ser igual para todos, está sesgada en favor de los empleados.

Se crean disposiciones de salarios mínimos, jornada laboral, derechos de huelga, tiempo extra y, muy notablemente, sindicatos en extremo poderosos.

En conjunto con el mito anterior, el alumno es indoctrinado volviéndolo un patrocinador inconsciente del intervencionismo estatal que tiene la obligación moral de hacer justicia en la sociedad evitando los resultados de la libertad personal.

El tema ha sido tratado antes por Mises exponiendo la simpleza de una visión de caricatura de la realidad que los legisladores presuponen real.

La propiedad

El tercero de los mitos enseñados en clase se refiere a los derechos de propiedad —que son explicados como una invención social: es la sociedad la que ha conferido esos derechos de propiedad a los propietarios, es decir, el gobierno los otorga.

De nuevo surge el gobierno como un centro de vida, ahora permitiendo la propiedad, como lo hace la Constitución Mexicana.

La realidad es exactamente la opuesta —primero existieron los derechos de la persona y más tarde los gobiernos, quienes no los crean, sino que los reconocen teniendo la tarea de hacerlos respetar.

Palabras falsas a la juventud

Las tres mentiras que Jasay expone pueden colocarse juntas para sacar una conclusión adicional —un estudiante expuesto a los tres mitos terminará con una mentalidad distorsionada: tenderá a pensar que lo mejor que le puede pasar es que el gobierno intervenga para resolver sus problemas y esto a su vez es lo mejor que puede sucederle a un gobernante, que lo vean como el solucionador de cuanto problema se tiene.

Alguien educado de esa manera jamás pensará en otra posibilidad, pues según él, la mejor opción que tiene es ceder sus libertades para que el gobierno lo abrigue.

Cuando la mayoría en un país piense así, los partidarios del intervencionismo tendrán más probabilidades de ser elegidos, todo por causa de ese indoctrinamiento escolar. Jasay no es el único en notar este fenómeno de educación basada en falsedades que ayudan a crear ciudadanos dóciles al gobierno.

Juventud y Mérito

Por Eduardo García Gaspar –   4 abril, 2016  282

¿Han cambiado los jóvenes de hoy? ¿Son menos esforzados, menos trabajadores, menos sacrificados?

El tema fue planteado por alguien que narró sus experiencias de empresa. Afirmó que no contrataba egresados de una cierta universidad porque ellos sentían tener derecho a más sueldo, menos trabajo, más jerarquía, cuando no lo merecían.

La idea de fue concretando gradualmente. Al parecer existe un segmento creciente de personas jóvenes que perciben tener derechos y libertades sin conexión a responsabilidades y obligaciones.

Varias otras personas narraron casos, como el del joven que un día, sin avisar, dejó de ir a su trabajo; más tarde supieron que lo hizo porque eso le significaba levantarse por la mañana demasiado temprano. Hubo varios casos de quienes no aceptaron puestos que veían por debajo de su categoría.

En fin, en el intercambio de opiniones pudo intuirse la existencia de un fenómeno que, mucho me temo, no afecta solo a los jóvenes, como en los casos vistos. Quizá pueda explicarse como una interconexión fallida, la interconexión entre derechos y obligaciones; entre libertades y responsabilidades.

Cuando se rompe la conexión entre ellos, suceden cosas curiosas: se piensa tener libertades pero no ser responsable de ellas; se cree tener derecho a todo, pero nunca tener obligaciones. Ortega y Gasset lo describió a su manera:

«Mientras que en el pretérito vivir significaba para el hombre medio encontrar en derredor dificultades, peligros, escaseces, limitaciones de destino y dependencia, el nuevo mundo aparece como un ámbito de posibilidades prácticamente ilimitadas, seguro, donde no se depende de nadie».

Es un contraste entre dos mentalidades que se caracterizan por la conexión que hacen entre dos conceptos, el de libertades/derechos, por un lado, y por el otro, obligaciones/responsabilidades.

Para una mentalidad, existe una conexión directa e íntima entre ellos; para la otra forma de pensar, simplemente no hay conexión entre esos conceptos. La diferencia es notable y produce esos casos narrados al principio. O como el del estudiante que se negaba a estudiar para el examen al mismo tiempo que alegaba tener derecho a un diploma universitario.

En otras palabras, parece haber indicios claros de que existe una mentalidad creciente en la que la conexión entre libertad y responsabilidad ha sido borrada. El efecto es una serie de acciones realizadas por personas que alegan ser libres, pero que no comprenden los efectos de sus actos, ni los buenos ni los malos.

Quizá pueda expresarse esto contemplando la noción de exigencia sobre sí mismo, la de la autodisciplina, Para la mentalidad que encuentra una conexión natural entre libertad y responsabilidad, resulta también natural el hábito del esfuerzo personal. La noción del autocontrol es obvia en esta manera de pensar, la que acepta con gusto otra idea, la del merecimiento no gratuito.

Por el contrario, la otra mentalidad, entiende al merecimiento pero no le asigna un costo, ni un precio: las libertades y los derechos se merecen sin necesidad de acudir a obligaciones y a responsabilidades.

Quizá sea este un signo de nuestros tiempos, el de haber extraviado la conexión que naturalmente existe entre derechos y obligaciones, entre libertades y responsabilidades.

Otro de los casos narrados lo ilustra, el de una joven que afirmó tener derecho al placer del sexo sin consecuencias para ella. Quería tener libertad sexual absoluta, pero sin responsabilidad.

El real problema comienza a surgir y es el de reflexionar sobre la subsistencia de una civilización que olvida la conexión entre libertad y responsabilidad, entre derechos y obligaciones. El asunto es uno de sustentabilidad de sociedades que se basan solo en derechos y libertades sin el yugo que les imponen las obligaciones y la responsabilidad.

Otra vez Ortega y Gasset:

«El simple proceso de mantener la civilización actual, es superlativamente complejo y requiere sutilezas incalculables. Mal puede gobernarlo este hombre-medio que ha aprendido a usar muchos aparatos de civilización, pero que se caracteriza por ignorar de raíz los principios mismos de la civilización».

Ese es mi punto precisamente. La conexión íntima y natural entre libertad y responsabilidad, entre derechos y obligaciones, es uno de esos principios básicos que sostienen a la civilización en la que vivimos.

Una civilización que ha sido tan exitosa que ha producido esa mentalidad, la de creer que no existe la responsabilidad, que no se necesitan obligaciones.

Juventud y rebeldía

No sé si esto haya sucedido en todas las épocas.

Creo que sí, o al menos me parece razonable que haya sucedido.

Me refiero a las actitudes de los jóvenes.

En específico cuando ellos se revelan o están inconformes con algunas de las cosas del mundo.

Más aún, me parece que en muchos casos los jóvenes están por sistema en contra de lo que ven como perteneciente a generaciones anteriores.

Creo que el tema bien vale una segunda opinión. Revisemos esa actitud rebelde del joven.

Primero, el estar inconforme con las cosas es algo positivo cuando ello mueve a tratar de mejorarlas. Este estar inconforme, por tanto, es una fuerza positiva, no exclusiva de los jóvenes, pero sí una de sus características.

Solamente estando inconforme e insatisfecho van a poderse tener ideas para hacer a las cosas mejores. El que está satisfecho no tiene razones para hacer nada. Si en sus calificaciones el joven considera que un ocho es bueno, es seguro que su promedio andará por esa cifra y sólo por casualidad lo subirá.

Segundo, para mejorar las cosas se tiene que sentir que puede hacerse, que se tiene poder para hacer que ellas cambien.

El que cree que el mundo se mueve según las condiciones de los planetas y de las estrellas y que su vida depende de la alineación de los astros, es un ser que no siente que tiene poder y que, por tanto, no va a hacer nada para cambiar las cosas.

Pero el que cree que sí tiene poder para mejorar las cosas y que sus acciones van a hacer una diferencia en el mundo, ése sí va a cambiar al mundo, aunque sea un poco solamente.

Y tercero, hay que reconocer que hay cambios malos y cambios buenos. Esto significa que un joven o cualquier otra persona que está inconforme, siente que tiene poder y que por eso va a intentar hacer cambios.

Esa persona tiene que pensar en las consecuencias de los cambios que está intentando. Las consecuencias pueden ser buenas o pueden ser malas.

Obviamente Hitler y Stalin quisieron hacer cambios, el punto es que esos cambios eran malos y por ello murieron millones de personas que ninguna culpa tuvieron de las ideas de esos dos locos.

Quizá algún joven quiera remediar la pobreza en algún país y para ello quiera cambios en la política de su nación. Esa inquietud es correcta y muy loable, pero si para lograr los cambios la persona comienza a poner bombas u organizar una guerrilla al estilo de los terroristas, sus acciones se convierten en malas.

Hay reacciones que son naturales de la juventud y una de ellas es la música porque ella es una manera de innovar que permite lograr una identificación de grupo.

En cada generación, al menos las recientes, hay una música que los identifica y hasta los contrapone con la generación de sus padres. Recuerdo haber leído que el vals era visto como un escandaloso baile por parte de los viejos hacen cien años, igual que en los 20 lo fue el charleston y después el swing y luego el rock.

Lo mismo sucede con la moda, con las faldas cortas de 1920 o de 1960 que escandalizaban a los menos jóvenes.

Música y moda son formas relativamente fáciles para mostrar protesta e inconformidad. De lo que no nos damos cuenta siendo jóvenes es de dos cosas.

Una es que nos gusta lo que a los más viejos disgusta, aunque sea horrible y de mala calidad eso que decimos que nos agrada. Basta que a los más viejos les disguste una cierta moda o una cierta canción nueva para que a los jóvenes les guste más.

La otra es que ese rechazo general hacia los que no son jóvenes hace que se desperdicie lo que saben y conocen los más viejos y que los jóvenes podrían aprovechar.

Recuerdo que a mi abuela le gustaba oír música española lo que era suficiente para que yo odiara esa música y, sin embargo, hoy mucha de esa música me gusta. Es decir, perdí años de buena música por una posición personal bastante tonta.

Y esa actitud de desprecio de lo viejo tiene un peligro enorme que es el dejar de poner atención en los conocimientos y las experiencias de los que no son tan jóvenes que es lo mismo que querer manejar por una ciudad desconocida sin querer usar mapas porque esos mapas los hicieron los viejos.

Esto se llama idealismo extremo y quiere decir que se desean hacer cambios sin conocer lo que se quiere cambiar, que es como querer trabajar de técnico nuclear sin saber de átomos.

En fin, se acabó el espacio. Espero haber sido claro.

Es bueno estar insatisfecho, es bueno sentir que pueden cambiarse las cosas. Pero hay que saber si lo que uno quiere hacer y cómo lo quiere hacer, es bueno y no daña a los demás. También hay que aprovechar lo que otros saben, no importa la edad que tengan.