Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Creencia, Diferencia, Tolerancia
Eduardo García Gaspar
12 diciembre 2016
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
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El asunto es complicado, muy complicado. Tiene que ver con la religión y la influencia de ella en el resto de la sociedad.

Una influencia que va más allá del ser o no un practicante de una religión, lo que es importante, pero que desarrolla un marco mental, una manera de pensar.

Tome usted a una religión que tenga la puerta abierta al uso de la razón y otra que no la tenga. Para más claridad, vea usted la posibilidad de dos religiones diferentes pero que tienen algo en común: textos que son aceptados como revelación divina. El contenido de esos textos es aceptado como palabra de Dios.

En eso, las dos religiones son iguales, pero entre ellas hay una diferencia. Una de ellas solamente admite como material a esa revelación, sin otra opción posible. En cambio, la otra religión, acepta un elemento adicional, a la razón, al pensar y a la reflexión.

El marco mental que producen será diferente. La religión que admita la posibilidad de que razonando se pueda también conocer a Dios, producirá otra manera de pensar que la religión que no admite nada más que los textos de la revelación.

Veamos una consecuencia clara. Para la religión que solo admita a sus textos revelados, la única sociedad posible es aquella que se acomode integralmente a tales textos y le será extraordinariamente difícil encontrarle sentido a lo que la otra religión seguramente produzca: la posibilidad de una sociedad en la que existan otras fuentes para formar esa sociedad.

Más específicos: una religión tenderá a crea teocracias, donde la frontera entre la autoridad pública y a autoridad eclesiástica sea confusa e indistinguible; mientras la otra aún a pesar de sus propios deseos, producirá una autoridad política diferenciada de la eclesiástica.

No he colocado énfasis alguno en los dogmas de la revelación de esas dos religiones, solamente en las consecuencias que tiene el que una esté abierta al uso de la razón para entenderla y la otra solamente requiera seguir solo a los textos de su revelación.

La religión creada por una de esas religiones tendrá un marco mental por el que sea incomprensible lo que el pensamiento pueda crear; si acaso se encuentra con, por ejemplo, las ideas filosóficas de los griegos clásicos, las desecharía considerándolas innecesarias. La otra religión, en cambio, podría pasar apuros y dificultades con esas ideas paganas, pero les pondría atención e incluso asimilaría.

Tome usted, por ejemplo, a la idea de una Constitución nacional. Para una de las religiones, esa idea es innecesaria; su «constitución» ya existe y se encuentra en los textos de su revelación. Para la otra. una Constitución es una idea admisible dado que acepta que su revelación tiene lo más importante, pero no contiene todo.

Pero hay más, la religión que admite la posibilidad de pensar, adicionar, encontrar, entender y ampliar el contenido de su revelación, tarde o temprano tendrá que admitir que existe algo natural en la persona, su libertad. Todo un concepto en sí mismo y que llega al extremo de tener que aceptar la posibilidad de negar y desobedecer a Dios. Y, por mucho que eso se combata, tendrá que considerarse como real.

Para la otra religión, el concepto de libertad será extraño e inadmisible.

Lo que quiero hacer es mostrar una idea: las religiones tienen una influencia profunda, de muy largo plazo y múltiple en las sociedades en las que domina, creando mentalidades diferentes, culturas distintas, historias desiguales. Usted quizá pensó que lo anterior se refería al Cristianismo y al Islam; es cierto, pero también puede aplicarse a otras comparaciones.

En un escenario teórico de esas diferentes culturas sin contacto entre ellas, cada una viviría su historia, la que no creo que estuviera libre de evolucionar y cambiar y tampoco estaría exenta de conflictos y problemas severos.

Piense ahora en el escenario actual, en el que esas culturas tienen contactos continuos y, más aún, en sociedades dentro de las que viven personas cuyas culturas o maneras de pensar son realmente diferentes.

Una sociedad que enfrenta choques entre socialistas y liberales, entre progresistas y conservadores, al estilo Occidental, tiene habitantes con ciertas ideas en común. Pero qué sucede cuando ni siquiera esas ideas en común se comparten con otros que viven allí. Vea, como ejemplo visual extremo, las vestimentas occidentales y las musulmanas.

Para unos existencia de revistas como Charlie Hebdo es algo cotidiano, para bien o para mal; cuando para otros es incomprensible. Un debate entre ateos y cristianos puede convertirse en un espectáculo organizado, una posibilidad imposible para otras mentalidades.

El problema es uno de incomprensión mutua casi total entre esas personas de mentes tan distintas.

La solución propuesta por la tolerancia mutua quizá sea la única posibilidad pragmática para no llevar la diferencia a niveles indeseables, pero acarrea la separación de ambas culturas (cada cultura en partes separadas de una misma ciudad) y a la indiferencia mutua en el mejor de los casos.

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