Creer en Dios sin evidencias, ¿es eso posible? La posición estándar dicta que no puede creerse en nada de lo que no se tengan pruebas. Correcto, pero si las evidencias se obtienen después de creer, esa es otra posibilidad.

Introducción

Tener creencias religiosas, incluso a pesar de no tener evidencias convincentes que confirmen tal creencia. Este es el tema de este resumen, con una idea de W. James.


La idea fue encontrada en el libro Just the Arguments: 100 of the Most Important Arguments in Western Philosophy, capítulo 6, «James’ Will to Believe Argument», de A. T. Fyfe.


Punto de partida

Puede argumentarse que siempre y en todo lugar es equivocado el creer en algo de lo que se tiene poca evidencia. Puede estarse de acuerdo con eso, dice James, y por eso, como creyentes, se tiene el deber de creer en la verdad, pero también el deber de evitar lo falso.

Es decir, cuando alguien cree en algo de lo que no tiene evidencia suficiente, esa persona está actuando de manera irracional. Lo racional es, por el contrario, creer en eso sobre lo que se posee evidencia suficiente.

Con este punto de partida, arranca la idea de James. Es irracional creer en aquello de lo que no se tiene evidencia que justifique esa creencia. Por tanto, creer en Dios sin evidencias es imposible. ¿O no?

Buscar las evidencias de lo creído

Es cierto que creer en algo sin pruebas suficientes puede ayudar a encontrar las pruebas de que ese algo sea verdadero, pero eso no quita que se esté yendo en contra del principio de creer solo en aquello que tiene evidencias suficientes.

La pregunta es entonces si siempre se está siendo irracional cuando se cree en algo que no tiene pruebas satisfactorias de su veracidad. La respuesta de James es «no siempre», hay ideas que pueden ser diferentes.

La posibilidad de creer en Dios sin evidencias

James propone que hay creencias cuya evidencia suficiente solamente está disponible después de que se cree en ellas, a pesar de su falta anterior de evidencia.

Son ideas que, si son verdaderas, la evidencia de serlo está disponible, pero solamente se tiene después de creer en ellas a pesar de su falta de evidencia.

Esto significa que son ideas para las que nunca se tendrá evidencia si se mantiene la posición de no creer en ellas. Sus pruebas se hacen disponibles después de creer en ellas.

Un ejemplo

El autor del resumen, A. T. Fyfe, usa un ejemplo. Una persona decide dedicar su carrera profesional al descubrimiento de la cura contra el cáncer.

Eso supone que la persona cree que esa cura es posible y real, a pesar de no tener la evidencia suficiente y ella se hará disponible tiempo después.

Creer en Dios sin evidencias anteriores

Las creencias religiosas son de ese tipo, según James, la evidencia suficiente se tiene solamente después de creer en ellas desde antes, cuando no se poseían esas evidencias.

En el resumen, Fyfe dice que este argumento es el segundo en prominencia después de la apuesta de Blaise Pascal.

La gran idea de William James no niega la posición tradicional y lógica de evitar lo falso y creer en lo verdadero, eso para lo que se tienen pruebas satisfactorias.

Pero a ello agrega que esas pruebas satisfactorias, en algunos casos, se obtienen posteriormente, después de creer en esas ideas y probando así su verdad.

Un debate al respecto

Especulando sobre esta idea, puede pensarse en lo que acontece en un debate entre ateos y creyentes.

Los creyentes tendrán sus pruebas suficientes, pero ellas no estarán disponibles a los ateos, Y, por supuesto, las pruebas de los ateos tampoco estarán disponibles a los creyentes.

El resultado es un debate con pruebas de un lado que no son accesibles al otro. ¿Un camino cerrado y sin solución de acuerdos?

Posiblemente, pero que puede ser remediado quizá parcialmente por el deseo de ambas partes de encontrar la verdad.

Simpatizar con el contrario

La idea de James, más aún, puede verse como un caso extremo de una posición personal, la de simpatizar con el opositor, la de ponerse en sus zapatos y tratar de entenderlo.

El ateo tratando de entender al creyente y este al primero. O el socialista al capitalista, y el capitalista al socialista.

Siguiendo a James, por ejemplo, el socialista tendría que creer en las bondades de la libertad económica para encontrar entonces las pruebas suficientes de su superioridad. Mientras se mantenga como socialista no tendrá esas pruebas a su disposición. Y viceversa.

Pero el foco de atención de James es la creencia religiosa. ¿Es razonable creer en Dios sin tener evidencias de su existencia?

Si se respeta la racionalidad, se va en contra de lo lógico de creer solamente en lo verdadero, es decir, lo que tiene pruebas satisfactorias. Si no se tienen pruebas satisfactorias de la existencia de Dios, es irracional creer en él.

Y, entonces, la persona no cree en Dios hasta el momento en el que se tengan pruebas suficientes de su existencia y solo en ese momento podrá creer en él. Muy bien, todo parece perfecto, excepto por algo que es razonable suponer.

Las pruebas y evidencias suficientes para creer en Dios existen y están disponibles, pero el acceso a ellas está solo abierto a quienes desde antes creen en Dios, cuando no tenían esas pruebas.

Esas pruebas nunca les llegarán a los demás mientras no crean; su espera será vana.

Más sobre si es o no posible creer en Dios dependiendo de evidencias disponibles.

Que Dios venga y lo pruebe

Por Eduardo García Gaspar

El reclamo tiene su razón y no es mala. Lo ilustró una persona recientemente. Hablaba de lo irracional que es el creer en Dios sin tener evidencias.

Un ateo convencido dijo: «Si Dios existe, bien podría decirlo abiertamente, dejándose ver a todos y ofreciendo las pruebas de su existencia. Mientras no haga eso, no podré creer en él».

Tiene su punto. ¿Por qué no, de una vez por todas, acabar con la discusión de si existe o no? Cuando lo haga, al instante siguiente, se acabarán las discusiones y peleas. Se sabrá cual dios es el real; nadie podrá negar la evidencia que presente.

No es una mala sugerencia. Plantea un problema fascinante de nuestro entendimiento de estas cuestiones. Me recuerda la idea del libro de E. Jardiel Poncela, La Tournée de Dios, que narra los sucesos no afortunados, y humorísticos, de la aparición de Dios a principios del siglo pasado.

Incluso a pesar de que venga

Pero en un plano de razonamiento serio, el reclamo tiene su peso. Unos creen, otros dudan, a muchos les importa un comino, algunos lo niegan.

Se tienen discusiones infructuosas y hasta se usan causales divinas para justificar hechos horrendos.

No estaría mal, nada mal, que Dios apareciera a todos y acabara con las dudas y discusiones, por ejemplo, en una transmisión de televisión en todo el mundo. En esencia, ese es el reclamo.

Tiene su lógica y justificación, al menos en nuestro nivel humano. Es aquí donde comienza lo interesante porque hay un contraste notable entre ese reclamo de aparición inmediata perfectamente identificada de Dios y lo que aparece en la Biblia cristiana.

No me quiero meter en terrenos teológicos que me llevaría a errores (que tal vez cometa en lo que sigue), pero lo que recuerdo que aparece en el Nuevo Testamento es llamativo. Si se leen los evangelios, se verán ocasiones sorprendentes.

Esas en las que Jesús no se puso a gritar en ciudades, montes y calles que él era Dios. No solamente no se puso a gritarlo a todo pulmón, sino que solía hacer lo contrario.

No respondía directamente a esa pregunta, incluso mandaba callar a aquellos en los que obraba milagros. Solamente en pocas ocasiones respondía abiertamente y eso cuando parecía no haber otra posibilidad.

Tenemos entonces, de un lado, una petición muy humana, la de solicitar a Dios que se aparezca en nuestro mundo y nos quite toda duda al respecto de su existencia. Seguramente se le pedirían algunos milagros que lo demostraran, en un laboratorio.

Del otro lado, curiosamente, Jesucristo rehusándose a hacer eso. Si le pedían milagros o señales como prueba, lo rechazaba; respondía con evasivas e indirectamente. No se subió al templo y les gritó a todos que él era Dios con demostraciones masivas de su poder. Curiosa actitud.

Una persuasión propia

Una actitud que merece verse más de cerca. Si Jesús es Dios, entonces debe concluirse que eso que hizo era lo mejor para nosotros.

Quizá es mejor ser persuadido suavemente, por convicción voluntaria y sin ser forzado por una contundencia abrumadora. Creer antes y tener las evidencias después.

«Pienso que Jesús entendió a su identidad como un misterio que necesita ser revelado». Brant Pitre, The Case for Jesus: The Biblical and Historical Evidence for Christ.

Revelado gradualmente, internamente, porque nuestra naturaleza no podría enfrentar de golpe en un solo instante a Dios frente a frente, diciéndole: «Muy bien, ya te vi, ahora haz tres que cuatro prodigios para que te pueda creer y recuerda que hay científicos observando lo que haces».

No creo que las cosas funcionen así en estos terrenos.

«[…] la habilidad de Pedro para reconocer que Jesús es el “hijo del Dios viviente” no es, en el análisis final, el resultado de esfuerzo humano o habilidades intelectuales [… sino] porque Pedro está abierto a recibir el misterio». Ibídem

En fin, es seguro que nuestras discusiones al respecto continuarán dejándonos como nuestra responsabilidad el creer o no. Cada uno será responsable de examinar a conciencia su decisión y que podrá cambiar en cualquier momento.

Esto me gusta. No sería de gran mérito el decidir creer cuando para ello se exigen a Dios pruebas científicas que pasen todos los estándares científicos.

Y, más aún, dada la naturaleza humana, aunque eso sucediera, no serían pocos los que se negarían a creer. Algo muy propio de estos tiempos seculares.

Dios: Pruebas Ineficaces

Por Leonardo Girondella Mora –   4 septiembre, 2013  324

Es llamativo el hecho de que existen pruebas que pretenden demostrar la existencia de Dios —y lo poco exitosas que suelen ser entre muchas personas que parecen no convencerse, e incluso opinar lo opuesto.

Lo que trato en lo que sigue es exponer con extrema brervedad las cinco pruebas de la existencia de Dios —las tratadas por Tomás de Aquino— y al final hacer un comentario sobre el por qué de la ineficacia de esas pruebas.

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Las demostraciones de Aquino son cinco:

1. Argumento del movimiento. Es imposible que las cosas se muevan por sí mismas, si se mueven es por una causa que llega hasta la primera de ellas —eso que es lo que mueve al resto.

2. Argumento de la causa eficiente. Los efectos de las cosas son precedidas por sus causas, en una cadena hacia atrás que llega a la causa última y que no tiene causa previa.

3. Argumento de la existencia. Si nada existía y nada puede generar por sí mismo su propia existencia, dado que existen cosas se concluye que algo les dio existencia —la última razón de la existencia, del mundo y la vida.

4. Argumento de las gradaciones. Las cosas tiene atributos de ciertas perfecciones, de verdad, de vida —algo al final debe tener todas las perfecciones de manera absoluta.

5. Argumento del orden. El universo tiene un orden, las cosas inanimadas son gobernadas por leyes que no son el producto del azar —algo las ha diseñado.

Suplico perdón por la brevedad y lo necesariamente incompleto de las demostraciones —mi punto es mostrar que existen razonamientos que pretenden probar la existencia de Dios y que ellos no son fácilmente despreciables.

A pesar de esas y otras demostraciones, muchos parecen no considerarlas —ni siquiera interesarse en ellas.

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¿Qué es lo que hace que dichas pruebas sean tan poco efectivas para convencer a las personas? En lo que sigue exploro algunas razones, con especial interés en una de ellas.

• Las personas tiene escaso interés en terrenos filosóficos, que tienen la fama de complejos, abstractos y de escasa utilidad —y menos incluso en razonamiento lógico que requiere esfuerzo y ciertos conocimientos.

• En algunos simplemente gana la terquedad de la posición propia —desechando toda posibilidad de revisar las demostraciones rechazando de antemano sus conclusiones.

• El uso exclusivo de métodos racionales para demostrar la existencia de Dios no parece ser suficiente porque, según apunta el mismo Aquino, no es posible lograr por ese medio el real conocimiento de Dios.

Esta es la razón que más me interesa, la de que la razón no es suficiente en sí misma para convencer a la persona —se necesita otra cosa, lo que Aquino llama “gracia”. Su explicación es la siguiente.

Para conocer por medio de la razón se necesitan dos cosas —primero, las imágenes que los sentidos obtienen de la realidad y, segundo, la razón misma que es la que permite “abstraer conceptos inteligibles” de esas imágenes. Imagino que en esto puede verse el proceso que sigue un científico que observa, concluye y conoce.

Pero hay más. Esas dos cosas pueden recibir la asistencia de la “luz de la gracia” —”por la acción de Dios las imágenes son a veces colocadas en la imaginación de los hombres” para expresar mejor las cosas divinas, mejor que si se vieran sólo con los sentidos.

Es decir, a mi entender, que podemos razonar la existencia de Dios con demostraciones lógicas que en sí mismas son aceptables y sólidas, pero eso no es suficiente. Las pruebas no funcionan por sí solas, no bastan, lo que dados los resultados me parece una realidad absoluta.

Lo que se necesita para llegar al convencimiento de Dios es —dudo cómo expresarlo— tener la mente abierta a las cosas que hay en la propia razón y que están expresando a Dios, de maneras personales y quizá un tanto difíciles de reconocer, al menos en el inicio.

Addendum

Doy las gracias al editor de la página por llamar mi atención sobre esa parte de los escritos de Aquino y que está en Aquinas, T. (1987). St. Thomas Aquinas on Politics and Ethics (Norton Critical Editions). W. W. Norton & Company, pp. 30 y ss.

Nota del Editor

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Dios.

Quiero añadir otra idea de santo Tomás de Aquino (1225?-1274) sobre la felicidad mayor y más grande del intelecto, la de llegar a la última y mayor razón de todo, a la Primera Causa. Eso es el cumplimiento absoluto del conocimiento humano, la real felicidad a la que se aspira.

Una Sociedad sin Dios

Por Eduardo García Gaspar –   21 junio, 2005  328

Comienzo por la idea central que quiero compartir con usted: de todos los males que podemos sufrir en este mundo, el peor de todos es el de una sociedad que pone de lado a Dios.

Una sociedad de ese tipo creará las condiciones que conocemos ya, las del nazismo, del comunismo soviético, de Pol Pot. Y mucho me temo que eso es lo que esté sucediendo en las sociedades actuales.

Del tema se han ocupado mentes superiores a la mía. Tocqueville lo trató en su famoso libro, “La Democracia en América.” Paul Johnson en “Tiempos Modernos.” y muchos otros lo han hecho, como Chesterton y Lubac.

La idea central es ésa con la que inicié la columna y vale la pena recordarla porque suele olvidarse a diario.

Lo que hace la idea de reconocer a un ser superior es simple: pone un freno a nuestras acciones, crea un conciencia de lo que no debe hacerse, exalta a cada persona como un ser digno, da sentido a la vida y pone una sana limitación a nuestras libertades.

No estoy acudiendo a las complejas pruebas filosóficas de la existencia de Dios y lo que de él podemos conocer. Sencillamente acudo a un razonamiento muy pedestre y hasta primitivo.

Dios tiene en nuestras vidas el provechoso efecto de hacernos pensar en las opciones que tenemos frente a nosotros para decidir entre lo que podemos hacer y lo que no debemos hacer. La creencia en Dios es un freno a lo que es posible realizar.

Y si alguien me recuerda que por culpa de creencias religiosas se sufrieron terribles abusos y cruentas persecuciones, lo primero que hago es reconocerlo. Sí, sí han existido esos abusos que a la luz de nuestras ideas modernas vemos como reprobables.

Mi punto es otro, el de que en la actualidad, en estos tiempos de libertades amplias, más que nunca necesitamos distinguir entre lo que es bueno y lo que es malo… y nada como la idea de Dios para lograrlo. No es lógico dejar nuestro sentido de lo permitido y de lo moral en la psiquiatría, ni en la psicología, la sociología, la sexología, ni similares, pues no son ellas las especialistas en valores.

Es decir, un error de nuestros tiempos es haber equivocado la especialización de las ciencias y asignar una responsabilidad moral a ciencias que no la pueden tener.

Es este error el que nos manda a decir que si en un hallazgo antropológico las culturas varían por lo tanto la moral también. La antropología no es estudia valores, por más que creamos eso. De eso se encarga la Ética. Un resultado de un estudio en sexología no es tampoco un análisis de qué valores debemos tener, sino la simple descripción de una realidad.

Quizá las ciencias descriptivas hayan ocupado el sitio de las ciencias morales y nos produzcan la equivocada noción de que lo real es lo bueno. Eso sucede, creo, por el olvido de Dios. Son los resultados de una educación laica que se ha interpretado como el ignorar a Dios. Añado otra consideración práctica.

Una persona puede adentrase en la religión por la vía de los complejos y largos tratados de teología y ética, algo que dudo sea la opción más popular. Pero al mismo tema de la creencia en Dios, las personas pueden adentrarse por otra vía, la de seguir los preceptos de una religión y aceptarlos con una mezcla de fe y razón, sin necesidad de profundos estudios.

Es más fácil para la mayoría hacer esto y lograr así que Dios se convierta en el dictado de conciencia personal. No sorprendería encontrar, por esto, una extrema asociación inversa entre la creencia en Dios y conductas reprobables.

Las personas con menos conciencia de Dios, con menores creencias en él, deben tener una propensión mayor a realizar actos reprobables. Habrá notables excepciones, pero la tendencia es lógica: quien posee menos frenos morales cometerá más actos malos.

Existen burlas hacia las creencias de que efectivamente existen el mal y el bien, de que realmente existe Dios. Otros dicen que el Cielo es una invención y cuestiones similares.

Pienso sinceramente que esas burlas son causa de decaimiento moral, de perversión y que esas actitudes causan males reales, como criminalidad y corrupción. Cuando deja de creerse en un ser superior, ese vacío es llenado por basura intelectual que nos conduce inevitablemente a la ruina.