Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Xenofobia Económica
Eduardo García Gaspar
15 diciembre 2016
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Es parte del panorama mental nacionalista.

Es el lamentar que las empresas extranjeras envíen sus utilidades o beneficios al exterior. Se dice que eso es una explotación imperialista que no debe tolerarse.

El tema bien vale una segunda opinión y un libro bien puede ayudarnos a examinarlo: Jesús Huerta de Soto, Lecturas de Economía Política, Vol. III (Madrid: Unión Editorial, 1987), p.21-22.

Primero, lo que se reclama: la empresa extranjera operando en el país no debe enviar sus utilidades al extranjero sino mantenerlas en él; enviarlas es un acto de explotación capitalista de la nación en la que esa empresa invirtió. Eso se dice.

Segundo, vayamos a lo que sucede cuando una empresa extranjera invierte en el país.

Esa inversión es un aumento del capital instalado en el país, una acción positiva que crea empleos, presiona a la elevación de ingresos reales, contrata a proveedores locales, paga impuestos y, por lo general, ofrece productos a los consumidores nacionales.

Todo eso es positivo para la gente del país, no diferente en realidad de los mismos efectos que produciría una inversión de origen nacional, pero sí significa una adición al capital local. Nada malo hasta ahora.

La empresa, sea nacional o extranjera, si tiene éxito, producirá beneficios a quienes aportaron el capital, sean quienes sean. Esas utilidades son propiedad justa de los accionistas que hicieron la inversión. Quizá el inversionista nacional use parte de ese dinero para reinvertirlo, o para salir de vacaciones a Cracovia a tomar vodka.

El inversionista extranjero podrá hacer lo mismo porque entre su inversión y la del nacional no hay realmente diferencia. Alguna proporción se reinvertirá posiblemente y la otra se irá a la sede de la empresa en algún lugar del extranjero.

¿Es injusta la utilidad o beneficio obtenido? No. El inversionista tomó un riesgo e hizo contribuciones que ayudaron a otros que recibieron pagos con poco o nulo riesgo. Sería injusto que el inversionista no recibiera una compensación por sus acciones. Y esa compensación es su propiedad legítima.

«Se puede decir que sería mejor para la capitalización del país que esas utilidades también fueran invertidas en el país. Eso es cierto», escribe Huerta de Soto. Absolutamente cierto. Y sería fantástico que todos los capitales existentes en todas partes se invirtieran en el país.

Vayamos algo más a fondo con un clásico ejemplo de panaderos.

«Cuando compramos pan, verificamos el hecho de que el pan adquirido vale más que lo que entregamos a cambio. Qué hace el panadero con el producto de la venta, si se lo envía a su madre en el exterior, si se lo guarda en la caja fuerte, etc., es algo que no nos atañe». Ibídem

Las remesas pueden ayudarnos a entender el tema. Ellas son transferencias de fondos de alguien en el extranjero a una persona en el país. Lo ganado por un trabajador fuera de su país y que envía a su familia, por ejemplo (no son cantidades despreciables).

Si a una empresa extranjera se le impidiera enviar sus utilidades a su «casa» en el extranjero, esa manera de pensar provocaría que a los trabajadores también se les impidiera enviar el producto de su trabajo a su casa. Impedirlo a unos y permitírseles a otros sería una aplicación desigual de justicia.

El tema, me parece, queda razonablemente claro: no hay justificación alguna que pueda usarse para impedir que una persona que trabaja en el extranjero sea propietaria de sus ingresos y pueda enviarlos a donde ella quiera; sea esa persona un trabajador emigrante o un inversionista en el extranjero.

Reclamos, como el de impedir que las empresas extranjeras remitan sus utilidades a su casa matriz en el extranjero, son aseveraciones que tienen un gran atractivo popular inmediato. Capitalizan la xenofobia, el «odio, recelo, hostilidad y rechazo hacia los extranjeros» tiene en esto una manifestación económica.

Fuera de esos sentimiento es posible aceptar que al final de cuentas se trata de un asunto de libertades y propiedades, como derechos iguales para todos, y que no deben ser aplicados a discreción por los gobiernos.

Post Scriptum

Para la posibilidad de inversiones extranjeras que usan financiamiento nacional, véase el comentario de Huerta de Soto en la obra mencionada.

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