Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Democracias y Utopías
Eduardo García Gaspar
23 febrero 2017
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Es un riesgo del que las democracias no se libran. Me refiero a la «venta» de una utopía por parte de candidatos en elecciones.

No están lejos de ello las campañas electorales normales y acostumbradas. En ellas hay un elemento esperanzador aceptable. Cada candidato, en resumen, se presenta como la opción que permitirá al país un futuro mejor. Es la venta de promesas a la que estamos acostumbrados.

Y, sin embargo, hay un punto en el que esas promesas de cada candidato pasan un límite que las lleva al terreno de la esperanza vana, muy cerca del sueño utópico. Piense usted en promesas como esta y juzgue su viabilidad:

«El Partido Popular ha ofrecido su dato de la esperanza a modo de gran anuncio preelectoral: si Mariano Rajoy gana las elecciones generales aspira a crear tres millones y medio de puestos de trabajo en la próxima legislatura». libertaddigital.com

O bien este caso en el que se ha rebasado todo límite razonable de promesa política:

«El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, celebró este martes los tres años de su sexenio en una concentración de simpatizantes, a quienes prometió felicidad y una “expansión” económica en la segunda mitad del mandato». sipse.com

Estamos entonces en la zona de las promesas políticas utópicas, es decir, irrealizables. Por ejemplo, la promesa de felicidad y grandes ingresos.

Examinar la venta electoral de utopías bien vale una segunda opinión.

Comienzo por señalar que se trata de objetivos exageradamente ambiciosos para los que no hay cimiento razonable sobre cómo alcanzarlos. Establece los propósitos, pero los medios permanecen ocultos.

Y sigue con un rasgo que le es natural: toma la realidad, la modifica para convertirla en algo peor de lo que es y, sobre ella, construye opuestos ambiciosos extremos. Me explico, con la conducta del vendedor de utopías.

Si el país es pobre, habla de un país aún más pobre; si la economía crece pero no mucho, habla de una economía en retroceso; si hay desempleo, habla de desempleo mayor todavía. Construye su plataforma en un empeoramiento de la realidad que llega a niveles dramáticos.

Sobre esa base inexacta, entonces, ofrece lo opuesto. Vende prosperidad, empleo, bienestar y llega a los extremos de felicidad y cuidar al ciudadano desde que nace hasta que muere. Es la propuesta de una realidad paradisiaca, presentada sin asomo de rubor ni modestia. Por supuesto, ese paraíso es posible solo si él es el elegido.

Supongamos que resulta vencedor este vendedor de utopías y sube al poder. Comienza la implantación de sus promesas y ella se realiza bajo la conclusión natural de su modo de pensar: la destrucción de lo anterior, necesidad indispensable. Deshacerse de todo, costumbres, leyes, estructuras, cultura. Su nuevo mundo no puede realizarse si se respetan las libertades anteriores a él.

Eso es natural porque la venta de su utopía ha criticado tanto la situación previa a su mandato que nada merece ser preservado. Sobre la destrucción de lo anterior es que promete construir el paraíso y así comienza la demolición de todo lo que le contradice.

Eso devasta a la sociedad entera, la que sin lo anterior se pierde en el desorden, pues lo nuevo no puede construirse de un día para otro. Este proceso de destrucción toma tiempo pues se encuentra arraigado en las conductas y las mentes de la gente.

Así surge un elemento clásico del gobernante y su utopía: alcanzar sus promesas necesita tiempo, etapas por las que debe pasar y ante las que no hay que desesperar porque la felicidad está más cerca.

Los desastres y los errores tienen la justificación en esa serie de etapas, pero también en una excusa útil: los enemigos ocultos del régimen que desde adentro o afuera buscan que la utopía fracase. La cacería de enemigos ha iniciado.

«Todos, por su pensamiento libre y porque no reciben órdenes de la maquinaria ideológica del partido comunista, son considerados “enemigos de la patria” […]» diariolasamericas.com

Así, paso a paso, todos previsibles, nace eso que conocemos como totalitarismo: la vida entera de cada persona es sujeta a supervisión y corrección estatal para sofocar el natural descontento con la realidad del desastre de la utopía.

Mi intención con lo anterior es darle al lector un aviso de peligro serio e inminente en todo candidato a gobierno que se presente a sí mismo como un mesías prometedor del paraíso y a su proyecto como ese paraíso posible.

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